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Cuando fuimos chilangos

México es mucho más que cualquier enfermedad, que cualquier párrafo de su larga Historia. Un lugar con multitud de lugares para perderse, donde todo está por suceder y todo sucede. Una ciudad que te acoge sin prueba de sangre ni pasaporte, porque cualquier viajero es chilango en el DF.

28 de agosto de 2014

Junto al estacionamiento de bicicletas un vigilante contesta mensajes en el celular. Un taxi cruza la calle marcha atrás y alguien lo regatea. Un guardacoches arroja un manojo de llaves a la acera de enfrente: quien lo recoge finge un gesto de dolor. La empleada se apoya en un árbol y observa a la pareja que entra en el restaurante.

Es domingo y a la ciudad le ha entrado un ferragosto de veinticuatro horas, el olvido de que ayer, y otra vez mañana, los coches tomarán las calles y darán cuerda sin pausa al mundo.

Tengo en la mesita un pan de elote, un diario y un café; y, mientras sale de los portones el aroma que anuncia la comida, miro una noticia que no leo y agarro retazos de conversaciones, de frases como cebos de existencia.

Estoy en el DF y me entrego a una pasión, dejar que el tiempo que transcurre entre mi salida a la calle y mi regreso a cualquier habitación se llene de vidas ajenas. Es domingo y hay una placidez en el cruce de Río Lerma, un lugar al que vengo –todos los sitios a esta hora se parecen– cada vez que vuelvo a la ciudad. A la última ciudad que quiso seducirme.

En el periódico, una noticia habla una vez más de decapitados; en una página de opinión, otro columnista vuelve a criticar la lucha contra el narco; en una agencia de viajes a kilómetros de este café, una pareja de novios cambia el destino de su luna de miel por temor al miedo. Cada vez que un turista, un ejecutivo o un empresario saca un billete con destino a este país, sus amigos le asustan, le advierten, le adiestran, como si tal actitud fuera obligatoria.

Cada vez que alguien me cuenta y me aconseja, le pido que calle. Hace tiempo que me negué a aceptar la relación México igual a violencia. México es, siempre lo ha sido, mucho más que cualquier enfermedad, que cualquier párrafo de su larga Historia, de su pasado de reinvenciones. Un lugar donde, frente a lo previsible de Occidente, todo está por suceder y todo sucede.

Tarde lluviosa en el Zócalo, México DF.

Carlos Adampol Galindo, Flickr.

Vine por primera vez al DF un verano, cuando las tardes se rompían en diluvios. Cada día estaba en un lugar distinto a la hora en que las nubes soltaban la tromba que habían juntado en el Este. En vez de acostumbrarme, su desgarro siempre me sobrecogía. Una tarde me encontraba en la Universidad Nacional Autónoma de México, donde tiempo atrás unos soldados habían rasgado la autonomía de la ciudad autónoma: la tierra volcánica ya no podía tragar más agua y regurgitaba la lluvia, pero las burbujas ensayaban una danza y algunos estudiantes se remangaban para ir de un lado a otro.

Un día me pilló en una terraza, y quienes tomábamos algo recogimos y nos metimos –café cortado con lluvia, gin tonic de chaparrón– en la cafetería que se llenó de vapor y apreturas. Otra tarde iba camino de cualquier lugar, en el coche de una amiga que aún no lo era: por encanto, las carreteras se volvieron canales del viejo lago y los vochos, barquitos de papel. Y en ese viaje sin movimiento, donde habían amortajado las bocacalles con sacos terreros, tuvimos tiempo de hacernos amigos.

 

Ciudad Juárez

Era verano, llevaba cerca de un año recorriendo la República, y aún no había llegado al Distrito. Alguien me había propuesto ir a Ciudad Juárez cruzando los Estados Unidos. Ciudad Juárez. Yo apenas sabía que quedaba al sur de lo que los mexicanos llaman Río Bravo y los tejanos Río Grande river; que de ahí partían cada noche miserables, pastoreados por coyotes, para conocer las pesadillas del sueño americano. Ciudad Juárez, el lugar al que había arribado Cabeza de Vaca y otros tres supervivientes de un naufragio, a principios del siglo XVI, y ahora sólo existía en las páginas de sucesos.

Fui allí cargado de prejuicios, y me llevaron a ver las maquilas, las plantas de ensamblaje que no se ajustaban a las normas laborales: chicas muy jóvenes, hombres derrotados, emigrantes que no se habían atrevido a cruzar el borde, ensamblaban carros y trocas que irían a parar a otros mercados. Había un solar donde un mosaico de cruces rosas recordaba a las mujeres muertas, de cuando las noticias se llenaban con otras tragedias. Un barrio con fachadas de colores donde los extranjeros, al llegar la oscuridad, se metían en abarrotes de amor. Vi todo eso, pero también sentí el primer rasgo que me acompañaría a lo largo de mi viaje por México: la vitalidad.

La vitalidad estaba hecha de juventud y furia, de pasión y esperanza. México era un territorio antiguo, lleno de pasados que se sobreponían al anterior y hacían renacer a la tierra y a los hombres. Igual que en los relatos de la mitología maya, que en las leyendas nahuas. Tal vez Ciudad Juárez no fuera México, porque las tierras de frontera no se pertenecen más que a sí mismas, a los bordes. Pero yo ya había probado una botana de mi nuevo país y quería comerme el resto de sus platos.

 

La leyenda de Tenochtitlan

Era junio y me iba a engullir el DF: no tenía amigos pero llevaba media docena de citas. Llegué una mañana a las afueras de la ciudad, aunque todo eran adentros, y un camión después de otro me dejó en el centro. Tenía que ir a la catedral, donde en la sacristía había pinturas de Juan Correa y Cristóbal de Villalpando, dos artistas novohispanos que parecían nacidos para el barroco. La catedral se había terminado de construir a principios del XIX, dos siglos y medio después de que se comenzara: se había levantado sobre una iglesia, y ésta sobre un templo azteca, con sus mismas piedras, en el corazón de la capital azteca, donde confluían todas las calzadas.

Los mexicas habían abandonado Aztlán en una peregrinación masiva, y un centenar de años después, junto a los juncos del lago de Texcoco, su sacerdote tuvo un sueño: sobre un nopal verían un águila que sometía a una serpiente. Al día siguiente, en medio del lago, descubrieron un islote, Tenochtitlan, donde la visión se cumplía. Habían llegado a su destino.

No hay quien no haya oído la historia. Es vano discutir cuánto de ficción encierra lo que cuenta. Abandoné la catedral y salí al Zócalo. El Sol, al que tiempo atrás se había adorado en esta plaza, cubría el mundo. Turistas, policías, enamorados, vendedores de remedios, empresarios, limpiabotas e inmigrantes danzaban en busca de su suerte. Cada día, mil nuevas almas llegaban al Distrito para quedarse y seguir sumando millones a la cuenta, a la calle. Así se habían hecho los chilangos: no había que haber nacido en el DF para ser chilango, eso la ciudad lo daba gratis, sin prueba de sangre ni pasaporte.

Algunos de los nuevos chilangos salían de la vida rica, pero casi todos venían del sur de la existencia: de los pueblos que se empobrecían, de Centroamérica montados en la Bestia, el tren de carga que era una lotería de vida y muerte. Algunos tomarían aire en el DF y subirían más arriba: harían de Juárez su nueva Tenochtitlan, o también allí tomarían oxígeno para seguir en busca de sus sueños. Aunque la mayoría se quedaría en el DF.

El siglo pasado, miles de colonos excavaron viviendas en la lava del Xitle y extendieron el DF; ahora, cuando hasta el malpaís estaba urbanizado, los nuevos nómadas tenían que buscar casa en otros lugares, en las delegaciones del sur, donde aún quedaban algunas chinampas, jardines flotantes plantados en los lagos.

Fui a Tacuba, a las calles que entraban y salían del Zócalo; paseé ante museos, librerías de segunda mano, palacios marchitos que vendían videojuegos y tiendas de novia. Todo moría y resucitaba.

Acababa de llegar y ya quería quedarme.

 

Con Diego Rivera y Frida Kahlo

Esas dos letras, DF, ofrecían multitud de lugares para perderse. El museo Soumaya, donde Rodin había resucitado y Modigliani convivía con una custodia colombiana de oro. El Museo Nacional de Antropología, donde cualquiera podría quedarse a vivir una existencia y los mayas habían encontrado acomodo. Había museos arqueológicos y de la inquisición, de lo increíble, de indumentaria, de música, de poetas. Había una docena de domicilios, museos y exposiciones de Diego Rivera, aunque yo prefiriera su casa estudio, el doble edificio que había hecho Juan O’Gorman para él y Frida Kahlo; una casa –en realidad dos: la del hombre, grande; la de la mujer, más pequeña– que mostraba el exhibicionismo del muralista: México había tomado partido por él, aunque fuera de allí, para muchos, ese hombre sólo fuese el marido de Frida.

Iría a todos esos lugares; a la plaza en que los escribamos aún redactaban por encargo; al bosque de Chapultepec, donde quienes no usaban Facebook escribían “Me gusta” con los ojos. Caminaría por San Ángel, respiraría en una tienda de flores, merodearía en el Bazar del Sábado en San Jacinto y llegaría a Coyoacán entre jacarandas o entre librerías: todas las rutas lanzaban tentaciones. Pero aún quedaba mucho tiempo, muchos viajes. Apenas llevaba unas horas y ya tenía mi segunda cita.

Grafiti de Frida Khalo, Mexico DF.

Hector Lecuanda, Flickr.

El metrobús se detuvo en Insurgentes. Tal vez para contrarrestar la intensidad del Zócalo, los urbanistas habían levantado una plaza sin horizonte, con entradas de metro y pasadizos como vías de escape.

Los adolescentes llenaban los Internet Centers, las oficinistas cruzaban a paso rápido para cambiar de transporte, los colegiales demoraban el paso y un viejo lanzaba burbujas de jabón al cielo. Busqué una salida y desemboqué en la zona Rosa, cuyo nombre encerraba una docena de etimologías. A mí me gustaba una de ellas: demasiado tibia para ser roja, demasiado pecadora para ser blanca. Las calles se llenaban de guiris, los gorilas de las puertas echaban el lazo a los clientes; olía a citas a ciegas y ambientador barato, a humo y ansia.

La tromba me encontró en la calle y un sastre me dio cobijo en su taller. También volvería a él: contaba leyendas y las mezclaba con su vida; contaba su historia y le salían culebrones y viejas, las viejas güeras que le habían gustado.

Había quedado en una casa de la colonia Roma, un oasis que tenía alcorques y casas liberty al gusto mexicano. Alguien a quien sólo conocía por email me había abierto las puertas de su portón art decó y había cocinado para mí. Sólo llevaba un día en el DF y, yo también, me había vuelto chilango.

Un lugar es un estado de ánimo. En ocasiones se produce una identificación entre ese estado y el de quien lo encuentra. O quizá esto sea mentira y en el DF haya lugares para todos los ánimos, para todas las almas.

Iba de camino por la República, pero caí a los pies del Distrito. Allí convivían el historiador de arte, el matón de puerta, el ejecutivo de multinacional, el buscavidas, el que había venido en el tren de la muerte, la directiva fresa, el burócrata, la reportera, el artista adolescente. Todo lo bueno y lo malo, lo dulce y lo triste, se extendía por la Ciudad de México y se hacía parte de su presente.

Tengo en la mesita un pan de elote, un cuaderno y un café. Un niño sale de un portal y lanza pompas de jabón al sol. Y mientras dos mujeres hablan de su viaje a Chihuahua en el chepe, una chica cuelga en un árbol el anuncio de una exposición. Nunca he visto tantos creadores –despreocupados del canon, libres de críticas que aún no se han escrito– como aquí.

Abro el cuaderno y leo lo que un día escribí: “México es un comal donde la vitalidad se aparea con todo y todo lo tiñe: el pasado, la economía, las leyendas, los profetas, la cultura, la esperanza, la corrupción, la busca y la muerte; un comal en el que la juventud se vierte sobre los mitos, temores y recuerdos que han quedado pegados a sus grietas”.

Tengo un café y un pan de maíz, pero esta mesa ya no está en el DF. Leo lo que escribí entonces y pienso cuándo regresaré a probar de ese comal, ese comal del que todo lo que sale es nuevo.

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Comentarios sobre  Cuando fuimos chilangos

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  • 16 de octubre de 2014 a las 16:19

    Me ha encantado el artículo, soy fan de visitar lugares mágicos como es el DF, y cuando voy me siento una turista en toda la expresión de la palabra. Me siento contagiada al leer el artículo, por esa sensibilidad de estar en el lugar y te remonta a la histria tan exquisita que tenemos los mexicanos.
    Saludos cordiales,
    Pilar
    Mty. N.L.

    Por Pily Sánchez
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