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Cuando no se puede ser uno mismo

Aprovechando el pase por televisión de la serie ‘Diario de un nómada’, se publica este volumen en el que Miquel Silvestre narra el viaje que dio origen al documental. Más que una experiencia literaria, un testimonio del placer por viajar con poco presupuesto sobre una moto.

14 de mayo de 2015

Para muchos, la vida consistiría en procurar sentir el tedio de modo que no duela. Para casi todos, queda el deseo de ser dos reyes a la vez: el que se va y el que se queda. Para la mayoría, vivir en paz consiste en que no le pese demasiado el saber que existe. Para los que saben vivir, vivir aprendiendo, vivir con humildad, está a su alcance el conocimiento de que su voz es aparentemente poca cosa, pero con la suficiente presencia como para rebelarse con las millares de voces y soñar con que el universo es una equivocación en la que existe marcha atrás, que es posible un nuevo orden de las cosas. Basta un verso ilustre para que un poeta se salve, una frase feliz que haga fortuna en la calle y en los campos. Basta la conciencia de que Marco Polo y Fernando Pessoa compartían con uno la totalidad de las sensaciones diarias. No es preciso exigir a la rosa mucho más que su perfume para disponer de su felicidad. Aunque no todos sepan recibir esos regalos y algunos se lancen a una actuación, como si el mundo fuera un teatro. El teatro es una representación del mundo, pero el mundo no es un tablado donde subirse para que la gente aplauda al final de una demostración de superioridad, porque uno sabe el mejor truco de magia o declama los sonetos de Shakespeare, alguno de los cuales no es demasiado gozoso, mejor que los demás.

Si uno se atiene a lo que conoce de él a través de la serie documental Diario de un nómada, y a este libro oportunista, con idéntico título, se da cuenta de que Juan Salvador Gaviota no era un ave que descubriera la pasión por volar; era un ser que había encontrado dentro de su pecho una fórmula teatral para demostrar, o para demostrarse, que se puede ser mejor. Mejor, también, que los demás. De ahí esa destilación del mensaje que comparten estos relatos: si lees mi libro, te cambiará la vida. Si un proyecto literario se limita a ese objetivo, se trata de un proyecto literario muy pequeño. Más aún si este proyecto pretende mostrar miles de kilómetros de mundo, contando todo, con un cierto narcisismo que, a pesar de la contención y los episodios en los que insiste en sus errores, Miquel Silvestre relata con masculinidad. Y con ese principio de pensar que uno ya es leyenda, al menos para un grupo de incondicionales.

Diario de un nómada, Miquel Silvestre.

Pero estas erratas literarias no caben atribuírselas al autor. Al fin y al cabo, este Diario de un nómada es, en primer término, un producto comercial. De ahí esa escritura apresurada, que enuncia narrando más bien poco. Esa redacción aprendida en los libros de texto de Fernando Lázaro Carreter, que es válida, pero merecería una nueva revisión, que por premura no pudo tener lugar. De ahí que uno se quede con la impresión, tras su lectura, de no haber leído el viaje. Ese viaje que debería haber reflejado la trastienda de la producción de los documentales que recorren varios países de América Latina: las relaciones con la gente son esporádicas, anécdotas, para elogiar o para poner hecho un pingajo a cierta persona; la personalidad de los compañeros no termina de estar definida, y sin duda se trata de dos protagonistas de excepción, de dos grandes tipos; se pasa por el Chaco o las plantaciones de soja sin detenerse a denunciar, aunque sea brevemente, la destrucción del bosque chaqueño para implantar el monocultivo transgénico que está exterminando la forma de vida campesina, y provocando la huida a villas miseria, por ejemplo.

Aunque muchas de esas ausencias se deben a que la ruta sigue los pasos de los conquistadores españoles. Miquel Silvestre se identifica con ellos, cree que su aventura responde a una herencia de ese viril y, a su juicio honesto, afán de descubrimiento. Tal vez sea mejor no enfangarse con análisis ideológicos en un tema espinoso, pero sí conviene no obviar alguno de los supuestos literarios que también pretende seguir, como por ejemplo sus referentes entre los escritores. Elogia, no sin razón, a Josep Pla. Pero una frase como: “El tipo se encogió de hombros y sonrió como el cerdo más cerdo que había visto nunca” no parece propia del escritor catalán. Ante una situación semejante, Pla hubiera conseguido que sintiéramos más repugnancia por el individuo que viene a fastidiarnos una noche, sin hacer uso de la palabra repugnancia.

Y también está el cotejar su forma de viajar con el alpinismo. Es posible que el lanzarse en moto por una carretera, en solitario, o pretendidamente en solitario, provoque descargas de adrenalina y ácido láctico semejantes a las de los alpinistas; pero en el alpinismo, al menos en el más puro, no en estas expediciones comerciales al Everest que ya han dejado treinta y seis toneladas de heces humanas en el campo base, no se dispone de un medio mecánico con motor. La carretera es una extensión de la urbe, un paisaje contradictorio con la felicidad del alpinista. Aunque Miquel Silvestre se sienta más feliz en los caminos que sobre el asfalto, no deja de cabalgar una moto, una invención humana que precisa de gasolina y una suerte de mecanismos que son, también, una extensión de la tecnología más artificial, una herencia de la época industrial. Algo, por otra parte, opuesto a la limpieza del alpinismo que recrea sus pisadas en la roca o el hielo.

Pero este tema es un debate que queda abierto. Existen también alpinistas que adoran arrojarse a la carretera en moto. Tal vez no estaría de más que Miquel Silvestre probara una ruta alpina, una canal que le llevara hasta la cima del Mont Blanc, antes de cotejar su experiencia con la de una actividad que, por desgracia, también ha dado lugar a una variante competitiva e industrial. En cualquier caso, a Diario de un nómada no le hubiera venido mal una revisión, un debate, una paciencia para solventar el libro sin esa premura que el espíritu comercial obliga a que estos productos se queden en una experiencia para incondicionales. Para que haya más literatura, nos atreveríamos a decir, convendría añadir un poco más de poesía. El responsable de que falle este punto que nos atrape no es del todo el autor.

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Diario de un nómada, exploradores, libros de viaje, Miquel Silvestre, Viajes en moto

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Comentarios sobre  Cuando no se puede ser uno mismo

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  • 14 de mayo de 2015 a las 9:23

    No he leido el libro aunque sí he visto la serie, que me parece original, diferente. No sé qué tal escritor es Miquel Silvestre aunque dudo que Plaza & Janés publique libros de malos escritores. Lo que sí observo es bastante ponzoña en la crítica, como si Ricardo estuviera enfadado con la editorial por un rechazo a una obra suya o como si tuviera manía a Silvestre porque le está yendo muy bien con la serie y con los libro, o porque defiende el paso de España en América e ideológicamente sean dispares. Cada crítico es libre de opinar lo que quiera, pero creo que este texto rezuma despecho personal porque lo lógico no es extenderse tanto con una crítica a un libro que no nos gusta. Ahí hay mala leche. Lo siento, pero es como lo veo. Y como lectora de esta web no me gustan las vendettas personales ni que se use un medio como este para intentar ajustes de cuentas.

    Por Genara
    • 14 de mayo de 2015 a las 10:11

      Hola Genara. Aunque parezca mentira, agradezco el comentario. No he entregado jamás un manuscrito a la editorial ni tengo intenciones de hacerlo. Y ningún percance me empuja a tener manía a nadie (a no ser que hablemos de las SS). Lamento que a los que apreciáis el trabajo de Silvestre no os parezca una crítica literaria, que es lo que me propusieron hacer cuando me hicieron llegar el libro, y como tal lo he evaluado: la crítica a una obra no incluye sólo el trabajo del escritor, también el de las editoriales. Lo único que podría sugerirte es su lectura y si quieres, tras ella, estoy dispuesto a debatir sobre la calidad literaria de la obra.

      Por Ricardo Martinez Llorca
  • 14 de mayo de 2015 a las 12:48

    Respeto el punto de vista del autor de la crítica, pero no la comparto en absoluto. Seguramente se deba a que soy una de esas “incondicionales” que lee los libros de Miquel Silvestre desde que lo descubrió en Un millón de piedras. Para empezar, mucho de lo que aquí se dice poco o nada tiene que ver con el libro en sí, que si la tele, que si la editorial, el alpinismo y los desechos que deja en el Himalaya… pues muy bien.También se reprocha al autor que haga o no haga y hable o no hable de según qué temas, pero ahí reside la libertad de su proyecto: Miquel Silvestre decide hablar de los conquistadores españoles, y el autor de la reseña habría elegido hablar de otros temas. Pues muy bien también. Yo he encontrado el hilo conductor del viaje muy atractivo y a mi personalmente me ha enseñado cosas que desconocía. Y me ha gustado leerlas de ese modo vivo, escrito a lo largo de su ruta, pegado a las emociones de cada día, y que aquí se describe como apresurado. A mí me ha resultado auténtico y lo he disfrutado mucho. En fin, que yo sí recomiendo este libro.

    Por Isabel
    • 14 de mayo de 2015 a las 12:55

      Me alegro de que disfrutaras del libro. Ese es el objetivo de que esté en librerías: poner al alcance del lector el texto que desee leer. Ahora bien, si un libro es, en extenso, algo así como un artículo de fondo (toda narración, sea ensayo, novela o viajes comparte esa pretensión de hacernos partícipes y hacer creíble el relato), también lo es una reseña literaria. El libro es, también, todo lo que le rodea. Comparto, pues, la opinión de Isabel y participo de ella: el artículo es parte de la libertad de un proyecto

      Por Ricardo Martinez Llorca
  • 14 de mayo de 2015 a las 13:24

    De cara a los comentarios que sobre la reseña se están recibiendo desearía aclarar algunas cosas:
    1.- No conozco personalmente a Miquel Silvestre y no dudo que sea una buena persona.
    2.- Una crítica puramente literaria de un libro abarca una extensión mucho más larga de la que puede dar de sí este artículo y se centraría sobremanera en una forma de ensayo que haría poco divulgativo el texto.
    3.- El artículo forma parte de una visión personal de la literatura y de la vida, por supuesto, como se puede comprobar leyendo otras reseñas del autor sobre otros libros en este mismo blog.
    4.- El artículo forma parte de un proyecto editorial de blog y trata de respetar el mismo.
    5.- No compartir el proyecto de Silvestre no significa no respetarlo.
    5.- No compartir el proyecto de una editorial no significa no respetarlo.
    6.- Al igual que en el libro de Silvestre, no se ocultan los pareceres del autor aunque se intente ser objetivo.
    7.- La mayoría de dichos pareceres se expresan de forma que se abra un debate, no censurando, dada la imposibilidad de ser objetivo.
    8.- Escribiendo, Miquel Silvestre no es Josep Pla. Ricardo Martínez Llorca tampoco.
    9.- Me alegro de que se haga eco del artículo. Esa es la intención.
    10.- Intentaré responder con cortesía a los comentarios. Hasta ahora, quienes lo han escrito han sido corteses. Ruego me disculpen si dichas respuestas tardan en llegar, pues puedo estar fuera de línea en esos momentos.
    11.- Gracias, por mi parte a quienes han leído el artículo. Y me atrevería a dar las gracias, en nombre de Miquel Silvestre, a quienes han leído el libro. Espero que esto no le parezca mal pues, como se ha apuntado, no dudo que sea buena persona.

    Por Ricardo Martinez Llorca
  • 14 de mayo de 2015 a las 13:47

    La crítica de Ricardo me parece buena. Me encanta lo que hace Miquel Silvestre pero soy de la opinión que la calidad literaria de sus libros no es del nivel de otros escritores de viajes tipo Javier Reverte o Paul Theroux. Coincido con Ricardo en algunos puntos. Al fin y al cabo está bien que haya páginas donde los críticos no se dediquen solo a elogiar al escritor. Es muy interesante lo que hace Miquel Silvestre, pero pienso que le falta poesía.

    Por Bernarda
    • 14 de mayo de 2015 a las 14:09

      Gracias, Bernarda. Sí, uno siempre tiene en mente el poemas como el de Kavafis, “Viaje a Ítaca”, como brújula a la hora de lo que desearía leer, en un libro de viajes.

      Por Ricardo Martinez Llorca