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Cuerpo y subordinación en la frontera de Etiopía

Gumuz y Dats’in son dos grupos étnicos que habitan en la frontera entre Etiopía y Sudán. La bibliografía los define como sociedades igualitarias, pero existe una clara subordinación de las mujeres frente a los hombres, que se construye a través de estrategias corporales.

21 de julio de 2016

En nuestra sociedad nos hemos olvidado de la importancia del cuerpo. Nos parece un objeto que tenemos, al igual que tenemos una casa o un vestido, porque creemos que lo que realmente nos define, lo que somos, es nuestra mente. Esta manera disociada de entendernos nos parece universal, pero no lo es. La mente no se conoce ni se contempla hasta la aparición de la escritura, porque hasta que no vemos las palabras, el pensamiento no es una entidad pensable, ni por tanto puede concebirse la instancia que lo genera.  En las sociedades orales no existe ningún verbo que se refiera a acciones de la mente (como creer, pensar, dudar, afirmar, decidir…), porque la identidad se construye, principalmente (no entraremos en mayores complejidades) a través del cuerpo.

Podríamos decir que en las sociedades donde no hay división de funciones ni especialización del trabajo no hay noción del Yo, que se construye a través de la mente, y es el cuerpo el que sostiene toda la identidad, que  es básicamente relacional, colectiva. La Ilustración pretendió que de este tipo de identidad comunitaria se fue pasando gradualmente a la identidad individualizada del Yo, pero yo sostengo que lo que sucedió es que cuando la individualidad fue apareciendo en el proceso histórico, las personas individualizadas comenzaron a construir el Yo a través de la mente, mientras seguían construyendo una identidad colectiva, de pertenencia, a través del cuerpo, aunque esto no se reconociera precisamente porque no pasa por el pensamiento (basta reflexionar un instante cómo nosotros, a través del cuerpo, reproducimos acentos al hablar, o posturas corporales al sentarnos, al saludarnos, etc., que nos identifican como parte de un grupo de pertenencia, sea éste un género, una nación o una comunidad particular).

Esta convicción de la importancia del cuerpo para construir la identidad relacional, junto a mi interés por entender cómo se reproduce la desigualdad de género, me han llevado a participar en un proyecto de investigación en la frontera entre Etiopía y Sudán [i]. Allí, entre otros muchos, habitan dos grupos de similar grado de complejidad: los Gumuz y los Dats’in. Ambos se dedican a las agricultura de azada y son consideradas en la bibliografía (que no suele tener mirada de género) sociedades igualitarias, aunque un análisis más detenido pone en evidencia que la igualdad es una relación que sólo sostienen los hombres entre sí, mientras que las mujeres ocupan una posición claramente subordinada (véase el artículo anterior de este post).

Cuerpo y subordinación en la frontera de Etiopía. Viaje y género.

Almudena Hernando.

Uno de los objetivos de mi trabajo es entender qué papel tiene el cuerpo en la construcción de esa subordinación, cuál es el dispositivo (en términos de Foucault) que opera para que las mujeres asuman como natural su inferioridad respecto a los hombres.  Y es a tres de esos mecanismos a lo que quiero referirme en esta ocasión.

El primero es la inscripción física del grupo en el cuerpo de las mujeres a través de marcas indelebles, que pueden llegar a ser muy dolorosas y que hacen del cuerpo de la mujer un cuerpo apropiado por el grupo. Me refiero a dos prácticas que no son comparables entre sí, dado el grado de gravedad e implicaciones de la segunda, pero  que en ambos casos implican la apropiación del cuerpo por parte del grupo:

1. Las escarificaciones de las mujeres gumuz, que son siempre más abundantes y realizadas en más partes del cuerpo que las de los hombres (aunque el orden puede invertirse en otros grupos, por lo que debe aclararse que la escarificación en sí no es necesariamente expresión de orden patriarcal). En el caso de los gumuz, los hombres solo tenían escarificaciones en las mejillas, pero ahora los niños ya no las presentan, mientras que las mujeres gumuz las tienen también en la espalda y parte alta de los brazos, e incluso a veces en el pecho, y siguen haciéndoselas en la cara a niñas muy pequeñas, alrededor de los 12 años.

Cuerpo y subordinación en la frontera de Etiopía. Viaje y género

Almudena Hernando.

Y 2. La ablación del clítoris de las niñas dats’in a esa misma edad, al sufrir la cual no se les permite quejarse ni llorar, y tras la que tendrán que pasar cuarenta días tumbadas o sentadas con las piernas abiertas, dada las gravedad de las heridas infligidas. Sin duda ninguna, esta práctica constituye uno de los más violentos ejercicios de dominación masculina por sus terribles implicaciones y efectos físicos, psicológicos y simbólicos, aunque podemos presumir que no existía entre los dats’in antes de su islamización, ya que es  propia de sociedades estatales musulmanas o cristianas (profundamente patriarcales) del Cuerno de África, pero es virtualmente inexistente en sociedades acéfalas y paganas (como era la dats’in).

Cuerpo y subordinación en la frontera de Etiopía. Viaje y género

Almudena Hernando.

El segundo mecanismo es la identificación de las mujeres con cuerpos vulnerables que necesitan ser protegidos toda la vida, a diferencia de los hombres, que sólo necesitan ser protegidos cuando son bebés. La estrategia expresiva de este nuevo mecanismo de subordinación pasa por entender la importancia de la asociación del cuerpo con la cultura material, y en concreto, con las cuentas de colores. Cuando nace un bebé gumuz o dats’in, independientemente de su sexo, se le llena de cuentas para protegerle de espíritus malignos y, en particular, del mal de ojo. Dedos, muñecas, cintura, espalda y pecho son cubiertos por hileras de cuentas, preferiblemente rojas, para garantizarles protección. Sin embargo, a partir de la edad en la que aprenden a andar, a los niños se les retira esa decoración, mientras que las mujeres seguirán llevando hileras de cuentas (en el cuello, brazos, cintura y, a veces, tobillos) hasta más allá de la muerte (fig. 5 y 6). Cuando ésta ocurre, se quitará la mayoría de las cuentas al cuerpo de la difunta, pero se dejará siempre al menos un par de hileras en cuello y cintura porque, si no, no podría entrar en el paraíso (mezclan sus creencias tradicionales con la religión musulmana). Dios las rechazaría. Es decir, el cuerpo de la mujer (su Ser) es un cuerpo que no puede disociarse de su protección,  es siempre un cuerpo protegido, lo que indica el carácter intrínsecamente vulnerable y frágil, infantilizado como un bebé, de la mujer.

El tercer mecanismo es la ocultación del propio cuerpo de las mujeres cuando atraviesan ritos de paso, como la primera menstruación entre las gumuz o la boda en los dos grupos. Aunque no entraremos en detalle en estos ritos, baste decir que a la mujer se la oculta y aísla dentro de su comunidad hasta que ocurre la segunda menstruación en el primer caso, y se la mantiene oculta  y aislada durante una semana en la aldea del marido, adonde se traslada tras la boda, en el segundo caso. La comunidad receptora pretende que esa mujer no existe. Nadie la puede ver ni relacionarse con ella, a través de las paredes de la cabaña. Incluso si necesita salir para hacer sus necesidades, la tiene que llevar a cuestas algún familiar o amigo del marido, e irá con la cara tapada, como un fantasma sin consistencia, que no pisa el suelo.

Cuerpo y subordinación en la frontera de Etiopía. Viaje y género

Almudena Hernando.

Sin duda, los tres mecanismos forman parte de un dispositivo de poder orientado a reproducir la desigualdad de género en ambos grupos. Los tres se siguen reproduciendo como mecanismos inevitables para la aceptación social de las mujeres y para la propia construcción subjetiva de ellas mismas: ser mujer implica ser un cuerpo protegido con cuentas por su vulnerabilidad, marcado o torturado en expresión de su apropiación por el grupo, e invisibilizado cada vez que se atraviesa una etapa que podría ser de crecimiento o maduración. A través de estos mecanismos, hombres y mujeres asumen como natural la inferior condición de las segundas respecto de los primeros, en un claro dispositivo de poder que sólo es actuado, sin pasar por la reflexión o el discurso del grupo.

Sería interesante analizar hasta qué punto sigue operando algún dispositivo de este tipo, relacionado con el cuerpo, entre las mujeres de la sociedad actual. Sin duda, la individualidad que ya nos caracteriza neutralizaría y escondería esos otros dispositivos relacionales orientados a la subordinación, pero no por ello dejaría de ser interesante preguntarnos si con el cuerpo seguimos actuando y reproduciendo un mensaje que, por no ser pensado, por no partir de la mente, tiene muchas más posibilidades de no poder ser combatido.



[i] Proyecto titulado Prospección arqueológica y etnoarqueológica en Metema y Qwara (Etiopía), dirigido por Alfredo González Ruibal y financiado por el Instituto de Patrimonio Cultural de España, Ministerio de Educación, Cultura y Deporte.

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