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Histórico noticias



De la choza a la residencia coralina

“El Hôtel des Arcades era un edificio de una sola planta con  fachada de estuco desconchado… En el patio tenía un limonero habitado por el mono más misantrópo que se pueda imaginar”. De tal modo describe Evelyn Waugh su hospedaje en Yibuti, allá por los años treinta del siglo pasado.

13 de mayo de 2019

“El Hôtel des Arcades era un edificio de una sola planta con  fachada de estuco desconchado, en la parte posterior una escalera de madera que conducía a dos grandes terrazas en las que había otras tantas salas. En el patio tenía un limonero habitado por el mono más misantrópo que se pueda imaginar”. De tal modo describe el escritor Evelyn Waugh su hospedaje en Yibuti, allá por los años treinta del siglo pasado. Para cuando él lo conoció, el Hôtel des Arcades llevaba ya tres décadas en pie, parte de la primera sin competencia en el puerto francés del Mar Rojo, hasta la apertura del hotel Continental. Nacido en España, aunque radicado al otro lado de los Pirineos, el comerciante Eloi Pino lo había edificado, en 1896, desde su actividad pionera en la Cámara de Comercio Francesa de Ultramar. El edificio pertenecía a los primeros ensayos arquitectónicos de la metrópoli en Yibuti, todavía pendientes de depuración las técnicas de mampostería  metropolitanas, en el clima húmedo de un puerto tropical africano. De ahí las calvas en el revestimiento de cal que el perspicaz Waught aprecia como “patrimoniales” en el edificio. Es la sal contenida en sus guijarros de basalto la que escupe el revestimiento con los años.

La revista Touring del Club de France ya se hace eco del hotel en 1902, describiéndolo con generosidad. El Hôtel des Arcades es lo que es, sin posible comparación en kilómetros a la redonda, pues no hay más hoteles, ni mejores, ni peores. Su puesta a punto tiene en órbita a comerciales como Louis Auguste Bremond, al comandante en plaza Léonce Lagarde de Rouffeyroux, al hombre de negocios que atiende por Alfred Bardey, al cónsul León Chefneux y al explorador Jules Borelli, caballero de la legión de honor gala para más señas. Tiempo después, el hotel testificará las notas que Albert Londres toma para su libro Pêcheurs des perles (Pescadores de perlas), oficio con calado en el Mar Rojo de Yibuti y disparada cotización joyerías adentro de Europa. Estamos en los años treinta, la década que al novelista Evelyn Waugh le tiene vagando de hotel en hotel por el Cuerno de África, desde que fuera invitado a la coronación de Haile Selassie. Por lo demás, la legión francesa trasiega a sus anchas en el hotel.

Viaje a Yibuti

Para el transporte de tropas a Indochina y hasta el año 1904, la Compagnie Nationale de Navigation fletó un carguero llamado Cao-Bang, con escala en el puerto de Yibuti. De él desembarcaron no pocos emprendedores europeos, dispuestos al comercio de cueros, café y… armas. Su primera estadía nada más pisar tierra firme solía ser el Hôtel des Arcades, claro está. Pero más gente aún había llegado y llegaba a Yibuti procedente de Obock, la vecina ensenada donde los occidentales desembarcaban militar y comercialmente antes de hacerlo en Yibuti. Napoleón III había pagado 55.000 francos en 1862 por semejante base en el Mar Rojo, donde abastecer de carbón a sus barcos de vapor, rumbo a la conquista de Indochina.

El capitán de marina Eloi Pino se había establecido en Obock desde 1879, abriendo mercado de materias primas con Auguste Bremond para la firma Tramier & Lafage de Marsella, en el reino abisinio de Shoa. Pero a los tres años, la casa comercial quiebra y no repatría a sus representantes africanos, que deciden probar suerte sin respaldos. Para colmo de males, solo se encuentra en Obock agua salobre, no potable para las caravanas que reciben y mandan. Así que en 1887, liándose la manta a la cabeza, Eloi Pino abandona la comunidad de dos mil personas que puebla Obock y salta a Yibuti, a la otra orilla del Golfo de Tadjaourah, dotada de manantiales, camino a Shoa más directo, mejor fondeadero y más protegido. No hace falta explicar mucho más.

En menos de doce meses gran parte de la colonia francesa de Obock sigue su ejemplo, se transfiere allí su administración oficial y Eloi Pino entra en sociedad industrial con Bremond y otros caballeros marselleses como Louis Bortoli, Jacques Tardieu y Albert Olive. En 1889, Eloi construye la primera residencia permanente en Djibuti, puerto en el que solo cinco años más tarde viven ya cinco mil personas. Un tiempo récord en el que las chozas iniciales de la  aldea se han convertido en casas de madrepora, la piedra coralina que en Yibuti sustituye al ladrillo. Un tiempo, no obstante, en el que a Eloi Pino le basta y sobra para contraer matrimonio en Francia y arruinarse de vuelta a Yibuti, con el financiero de su  empresa dado a la fuga, uno de sus socios víctima del cólera y otro de la sífilis. Es entonces cuando levanta el Hotel des Arcades con lo que puede salvar de su naufragio repentino en los negocios. Un hotel cuya gestión encomienda a su cuñado Joseph Garrigue, recién llegado de Francia.

La casa inicial que Eloi Pino edificó en Yibuti aún existe. No así su hotel, en torno al cual, a principios del siglo XX, gravitaron fortunas como la traída por la familia Marill, de origen catalán, que dispone los mismos miles de francos pagados por Napoleón III por Obock cincuenta años atrás, en su caso para instalarse en Yibuti, hacia 1903. Suyas serán las principales factorías de importación y exportación en el puerto, almacenando la producción algodonera de la zona y sin hacerle ascos al contrabando de mosquetones para las campañas militares del emperador abisinio. Entretanto, la administración portuaria de los franceses en el Mar Rojo pasa definitivamente a Yibuti y, mientras sus oficiales trasiegan en el bar del hotel, el dueño crea en solitario la compañía Eloi Pino, Djibouti & Ankober. En el membrete de la empresa ya solo se cita su nombre, el enclave de donde salen sus mercancías y el punto de llegada para su distribución en las tierras altas de Abisinia.

Entre las caras conocidas que se vieron tempranamente en el hotel de los soportales figuran las del capitán Clochette y el científico Bonvalot, célebres ambos por haber secundado la expedición francesa de Marchand, destinada a discutir a los británicos el control de las fuentes del Nilo. Cara y cruz.

También en el hotel se sabe sobre Pierre Moreil, vagabundo en África desde que deserta en la guerra franco-prusiana de 1870. Y acerca del explorador Denis de Rivoyre, el viajero decimonónico Lionel Faurot, Edmond de Poncin y el administrador colonial Hubert Deschamps. Expectación y mucha levantó, por otra parte, la llegada del cónsul Robert Peet Skinner, que desembarcó en Djibuti el 17 de noviembre de 1903 con idea de localizar al emperador Menelek II y ofrecerle por boca del presidente americano Roosvelt un tratado de amistad. Al cónsul le acompañaban el secretario de la expedición Horacio Watson Wales y el cirujano Abraham Per Lee Pease, más una treintena de hombres en la tropa. Y en Yibuti fue recibido por Atto Josph, el representante real de Abisinia en puerto extranjero.

Tardíamente conocen la plaza hotelera el urbanista Pierre Pascal con alto cargo en la colonia, Gaétan Fouquet y la escritora ucraniana Sophie Jablonska-Oudin. Ahora bien, si alguna visita al Hôtel des Arcades causó impacto, a poco de abrirse al público, fue la del príncipe Henri de Orleáns, la segunda vez que ponía un pie en Abisinia, hacia 1897, en vísperas de batirse en duelo. El príncipe había tachado de cobardes a los soldados italianos allí destacados en un artículo escrito para Le Figaro. La reacción no se hizo esperar, el Conde de Turín tomó la delantera en el asunto y le retó en duelo si no se desdecía de sus palabras. Cuestión de honor patrio. Al duelo se le puso fecha y hora en el bosque francés de Marechaux, no con pistola sino con espada, a la antigua usanza. Lo dirigió el Conde Leontief y hubo de lamentar que su amigo Henri lo perdiera, herido de gravedad por el arma del conde turinés, que años después reinaría en Italia como Vittorio Emanuele.

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