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    Cine chinoLi Yu, Ann Hui, Zhao Wei , Guo Xiaolu y Sylvia Chang han dirigido algunas de las películas más relevantes realizadas en China desde el año 2007 hasta el 2017. Casa Asia y la Fundació Institut Confuci de Barcelona les dedican un ciclo de cine, donde a lo largo del mes de junio se proyectarán las últimas obras de las directoras. La entrada es libre hasta completar aforo con inscripción previa.

  • Dibujando entre leones

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    Exposición de Francisco Hernández en el Museo Nacional de Ciencias NaturalesEl ilustrador y pintor naturalista Francisco Hernández viajó al parque nacional de Etosha, en Namibia, con un objetivo claro: adentrarse en la naturaleza africana y dibujar su fauna y su flora, siguiendo el lento pero imparable peregrinaje de miles de mamíferos en busca del más preciado elemento: el agua. Sus dibujos, bocetos y pinturas pueden verse en el Museo Nacional de Ciencias Naturales hasta el 1 de septiembre.

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    Giambattista Piranesi soñó siempre con ser arquitecto, pero la única obra que llegó a ejecutar fue la restauración de una pequeña iglesia en el Aventino, una de las siete colinas que dominan Roma, donde yace enterrado. Sus arquitecturas las desplegó en grabados como los que se conservan en la Biblioteca Nacional de España, expuestos hasta el 27 de septiembre para celebrar por adelantado el tercer centenario del artista italiano. Entre las muchas estampas están las celebérrimas vistas...[Leer más]

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    Al noroeste de Namibia, en una vasta región denominada Kaokoland, habitan los himba, la tribu más bella de todo el continente africano. Perfectamente adaptados a un medio natural hosco y estéril, los pastores himba (unos 10.000 individuos) viven de espaldas a un mundo en constante cambio, aislados en pequeños kraales donde abrazan la forma de vida y tradiciones de sus ancestros. Su nombre, himba, significa mendigos, y su historia habla de persecuciones y expolios por parte de otras ...[Leer más]

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    El bosque de Nordmarka, al norte de Oslo, será en 2114 la Framtidsbiblioteket, la biblioteca del futuro. La madera de sus árboles se convertirá en papel para imprimir una antología de cien libros inéditos, que nadie podrá leer hasta ese momento. El proyecto, creado por la artista escocesa Katie Paterson, va sumando cada año una obra nueva: Margaret Atwood fue la primera que en 2014 entregó un manuscrito, del que solo se ha desvelado el título; tras ella han presentado textos David ...[Leer más]

Histórico noticias



De marcha por los Altos Páramos de Bélgica

Por Xavier Arnau Bofarull. Uno nunca viaja solo. Como mínimo, uno viaja siempre con su ignorancia. ¿Qué hace una especie de Stonehenge en memoria de Apollinaire, escondido en las afueras de la aldea belga de Bernister, en el Parque Natural de las Hautes Fagnes-Eifel?

29 de septiembre de 2016

Desconcertado. Y aturdido. Así fue como me quedé ante una estela de piedra abujardada de casi tres metros de altura, rodeada por otras seis estelas  menores, también de piedra. El conjunto parecía un templo megalítico prehistórico, una especie de crómlech. Leyendo la inscripción que había en la parte superior del menhir central, descubrí que uno nunca viaja solo. Como mínimo, uno viaja siempre con su ignorancia.

La inscripción rezaba: Guillaume Apollinaire 1899. ¿Qué hacía esta especie de Stonehenge en miniatura en memoria de Apollinaire, medio escondido en las afueras de la aldea de Bernister, municipio de Malmédy, en las lindes del Parque Natural de las Hautes Fagnes-Eifel?

De marcha por los Altos Páramos de Bélgica

Había ido a pasar unos días en Bélgica, en la provincia valona de Lieja para visitar el Parque Natural de las Hautes Fagnes-Eifel que se reparte entre Bélgica y Alemania. En territorio belga están las Hautes Fagnes; en el alemán, el macizo del Eifel.

Las Hautes Fagnes, que se puede traducir como Altos Páramos, son una vasta extensión de turberas, landas, páramos y bosques donde espacio y horizonte, apenas delimitados por el gris del cielo y el blanco de la nieve, forman un paisaje de gran belleza, profundamente modificado a través de los siglos por la naturaleza y sus pobladores. Este altiplano, que es el macizo de turba más importante de Bélgica, se encuentra en el corazón de las Ardenas, entre las ciudades de Eupen al norte, Monschau al este, Spa al oeste y Malmedy al sur.

Lo que me interesó desde el primer momento de esta región fue el hecho de que las Ardenas, junto con el Eifel, son los primeros relieves montañosos con que se encuentran las borrascas del Atlántico Norte al llegar a Europa septentrional. Este encuentro entre vientos oceánicos y montañas continentales produce abundantes precipitaciones —entre 1500 y 1700 mm de precipitación anual—, dando lugar, a pesar de los escasos 700 metros sobre el nivel del mar de ambos macizos, a una región pantanosa de clima frío y extremadamente húmedo, idóneo para la formación de turba y para una vida dura y difícil.

En esa apasionante fase previa del viaje en la que nos vamos construyendo una geografía de hipotéticos e imaginados paisajes, acudí a diversas fuentes. En la Nouvelle Géographie Universelle de Elisée Reclus, edición de 1875, leí: “Les hauteurs ardennaises [..] sont formées des roches les plus anciennes de la Belgique, ardoises et quarzites […] Beaucoup plus élevé pendant les époques geologiques anterieures, le massif de l’Ardenne est une grande ruine, que des failles, des ecroulements, l’action des eaux ont divisée en fragments  distincts et constamment abaissée pendant le cours des ages. […] Les hauteurs d’entre Moselle et Mause sont d’un aspect en général mélancolique..

Al interés inicial se unió, pues, una creciente fascinación por ese macizo montañoso, que a lo largo de las eras geológicas ha sido desmantelado repetidas veces por la erosión y otras tantas rejuvenecido por cataclismos orogénicos y afectado por múltiples regresiones y transgresiones marinas.

El paisaje de las Hautes Fagnes, tal como se puede admirar hoy en día, es una construcción humana. Desde tiempos inmemoriales, sus pobres pobladores desbrozaron y roturaron estas tierras de suelos ácidos e impermeables, tan pobres como aquellos, para obtener un escaso sustento.

Así pues, las Hautes Fagnes no solo aparecieron ante mi imaginación envueltas en el misterio y la melancolía de las brumas, la pobreza y el aislamiento, sino que se revelaron como un paisaje cargado de memoria geológica e histórica, un verdadero monumento geográfico, como define Eduardo Martínez de Pisón en su obra Miradas sobre el paisaje:El paisaje es un monumento, el monumento geográfico, tantas veces humilde, siempre a la intemperie, y está teñido de un agregado cultural surgido del conocimiento y del arte sin el cual su contenido queda mutilado”.

Mi campamento base fue la aldea de Longfaye, perteneciente al municipio de Malmedy. Su ubicación me pareció idónea, ya que, sobre el mapa, era un lugar perfecto para recorrer los ríos Bayehon y Warche y acceder a las Hautes Fagnes sin necesidad de coger el coche. El día de mi llegada, el posadero, Monsieur Ruddy, me dijo que ellos no tenían restaurante, pero que si me apetecía, me podían preparar algo para la cena. Dado que mi viaje a través del Hunsrück y del Eifel había sido bastante agotador, decidí cenar en la posada.

En la pequeña estancia que servía de comedor me encontré con una pareja que vivía en Bruselas. Ella era portuguesa y él era hijo de inmigrantes españoles. Al finalizar la cena, Monsieur Ruddy se acercó a mi mesa con un vaso y una botella de cerveza. Le dije que no me apetecía en aquel momento la cerveza, a lo que él me respondió, con una pícara sonrisa, que la cerveza no era para mí, sino que era para él, y si yo se lo permitía, se sentaría en la mesa para charlar con nosotros. La pareja de Bruselas le dijo que en sus excursiones habían visto muchos caballos de “esos de patas gruesas” y le preguntaron a Monsieur Ruddy si se utilizaban para transportar los árboles que se talaban. No, respondió él, son para shows. ¿Shows? Si, el cine, espectáculos, cosas de esas…

Le preguntaron también si todo el mundo tenía, en la zona, el alemán como segunda lengua. Monsieur Ruddy explicó que toda la región era germanófona y su padre —Ruddy dijo tener 65 años— solo supo el alemán. Esta región, denominada Cantons de l’Est, en los últimos siglos ha pertenecido ora a Bélgica, ora a Alemania. La última vez que perteneció a Alemania fue al inicio de la Segunda Guerra Mundial, cuando Alemania, tras la invasión, se anexionó estos territorios. A continuación, muchos jóvenes de la región fueron incorporados a la Wehrmacht. Y de pronto, la guerra hizo acto de presencia en nuestra conversación. Monsieur Ruddy explicó que su madre casi nunca hablaba de la guerra, pero que cuando lo hacía, era como un torrente de dolor que no se podía parar. Explicaba cosas terribles.

Monsieur Ruddy cambió rápido de tema. Nos explicó que antes había tenido un restaurante, pero tuvo un grave accidente de moto y no pudo seguir. Por eso, él y su mujer montaron el pequeño hotel. De ahí que, si los clientes del hotel se dejaban “sorprender”, a él le gustaba ofrecer cenas. Eso le permitía “no perder la práctica”.

Obviamente no podía dejar de hablarse del tiempo. Según Monsieur Ruddy, últimamente en las Hautes Fagnes el tiempo era muy irregular, y este invierno en particular, estaba siendo muy suave.

La pareja se retiró y nos quedamos Monsieur Ruddy y yo. El apurando su cerveza; yo mi café. Le comenté mi intención de recorrer al día siguiente el Bayehon. Sacó un mapa, lo extendió sobre la mesa y me dio indicaciones y consejos sobre la ruta.

 

El Bayehon

El Bayehon es un corto arroyo que nace en el corazón de las Hautes Fagnes y, tras un recorrido de unos 6 kilómetros, desemboca en el rio Warche. A parte de ser una bella e interesante excursión, el Bayehon tiene la particularidad de tener una de las cascadas más importantes de Bélgica.

Salí sobre las nueve de la mañana. Había nevado durante la noche y todo estaba cubierto de una leve capa de nieve. El camino salía prácticamente de la posada, dirección norte, hacia las Hautes Fagnes. La primera etapa debía llevarme hasta el Viejo Roble, le Vieux Chêne que Monsieur Ruddy me había aconsejado ver. Según me explicó, el Vieux Chêne era multicentenario, con sus ramas al cielo, casi hueco, apenas una corteza viviente, pero orgullosamente erguido. Llegué a una encrucijada de caminos en dónde supuse debía estar el Viejo Roble. No lo vi.

Mientras intentaba hacer una foto de un prado rodeado por una cerca fotogénica que terminaba al pie de una conífera (¿un abeto?, ¿una picea?: mi ignorancia me miró socarrona), llegó un ciclista veloz que, ante la encrucijada, frenó en seco. Estaba a unos tres metros de mí pero ni me miró. De hecho, no miró para nada a su alrededor. Se concentró en el GPS que tenía montado en el manillar. Estuvo tocando teclas, mirando fijamente al aparato durante unos minutos. De repente, levanto la cabeza, miró a un lado, a otro y emprendió raudo su camino haciendo derrapar la rueda trasera de su bicicleta. Proseguí silenciosamente mi camino a través de una plantación de piceas y de unos prados hacia el río para el que, según el mapa, no debía faltar mucho.

En otra encrucijada de caminos, me rebasó un grupo de corredores, con sus mallas y maillots multicolores ajustados. El grupo de cabeza iba hablando y riendo. A medida que me pasaban, se espaciaban más y más los corredores y  las conversaciones y las risas eran más escasas, hasta que el último, notablemente rezagado, acusaba en su semblante el esfuerzo que le representaba seguir a los otros. Estuve a punto de decirle: ¡Pero hombre, que las Fagnes no son el Monte Calvario ni el deporte es una cruz! ¡Déjelo, hombre, déjelo y camine, que el bosque es una maravilla! ¡Disfrute del silencio y de la nieve! Pero le dejé pasar, siguiendo con la mirada su patético esfuerzo hasta que se perdió tras los árboles en un recodo del camino.

Llegué a una zona donde el terreno, bajo la nieve, estaba totalmente empapado y los pies se hundían hasta el tobillo. ¿Por dónde habrían pasado los corredores con sus zapatillas? Evidentemente, conocían el camino mejor que yo. Dando un errático rodeo llegué al Bayehon. Me sorprendió. No esperaba lo que encontré. Arroyo y camino seguían paralelos y al mismo nivel, sin diferenciarse apenas el uno del otro. Dudé de que aquel exiguo flujo de agua pudiera dar lugar a la segunda catarata de Bélgica. Miré y remiré el mapa. Si, sin duda era el Bayehon.

Fui descendiendo el curso del arroyo por su margen derecha. En sentido contrario subía una familia. Me llamó la atención su vestimenta casi de paseo. Había nevado, el camino era un sendero con charcos y nieve y la temperatura estaba bajo cero. Pensé que hoy en día había un exceso de frivolidad, cuando no irresponsabilidad, en cuanto a ir de excursión. Era como si con una prenda etiquetada como outdoor, cualquier excursión se convertía milagrosamente en un paseo dominical. Pero recordé que, según el mapa, cerca de la cascada había un aparcamiento. Me temí lo peor.

A medida que descendía el curso del Bayehon, su caudal aumentaba. Diversos arroyos bajaban de las Hautes Fagnes juntando su caudal al del Bayehon. Solitario, el camino era una delicia. Recordé una frase del libro Marche et Geopoétique, edición 2007, una interesante aproximación geopoética a las excursiones a pie: Sans exception [...] il vaut mieux marcher seul […]. La solitude (ou la solitude à deux) est donc un sine qua non. Et le silence est indispensable. Pas de question de le gachêr avec du babardage […]. Prononcés lors d’une randonnée des remarques telles que qu’est ce qu’on fait maintenant? gâchent tout, il n’y a plus qu’a rentrer à la maison.

Arroyo y camino serpenteaban plácidamente en medio del bosque, ora juntándose, ora separándose. Los troncos de los árboles tenían un lado cubierto de una fina capa de nieve. Una verdísima capa de musgo recubría las rocas, los troncos de los árboles y los tocones adyacentes al arroyo. El rumor del arroyo era fascinante. Había momentos en los que el murmullo del agua parecía el eco de una conversación cercana de voces graves, fascinantes y sabias. Me paré más de una vez a escuchar, intentando entender qué arcanos murmuraba el arroyo. ¡Hay tanto que desvelar en la Naturaleza!

En algún momento, a unos cinco o seis metros delante de mí, alguna ave que picoteaba en medio del camino emprendía el vuelo y se posaba, a salvo, sobre la rama de un árbol vecino. ¿Qué pájaros eran aquellos? Ni miré a mi ignorancia. Ya sabía que cara pondría. Antes de la cascada encontré una especie de glorieta con un banco en su interior adosado a las paredes. Aproveché para sacar el termo, beber té caliente y comer algo. Pasaron tres personas y, esas sí, iban bien pertrechadas para una excursión en condiciones rigurosas. Y saludaron.

De marcha por los Altos Páramos de BélgicaLlegué a la bella y pintoresca cascada del Bayehon que, con una altura aproximada de 9 metros, es la segunda más importante de Bélgica.  Unos 30 metros antes de la cascada, el Bayehon entraba en una especie de tobogán y, al llegar a la cúspide de la cascada, caía por ella con ímpetu.  Para llegar al pie de la cascada había que descender unos cinco metros por una ladera de pendiente abrupta. Allí se forma una poza circular de tonos rojizos de unos quince metros de diámetro. Bajé y me dispuse a hacer alguna foto y a disfrutar del lugar. No había nadie, a pesar de ser las once de la mañana de un domingo. Fue como si entrara en otro mundo. El ruido del agua precipitándose sobre la poza por encima de la roca húmeda y brillante y la propia hondonada me aislaban del resto del mundo.

Junto a la cascada principal que caía rápida e impetuosa, caía otra más pequeña y pausada formando diminutas colas de caballo a medida que rebotaba sobre los pequeños resaltes de la roca. Las gotas que salpicaban la roca cercana desaparecían como por arte de magia: al tocar una gota la roca, crecía un pequeño círculo oscuro que en pocos segundos se disipaba. Más tarde leería que el color rojizo del agua de la poza y del arroyo se debía a las numerosas filtraciones de aguas ferruginosas y carbonatadas.

Durante el largo tiempo que estuve allí nadie bajó. De vez en cuando veía sobresalir por encima de la ladera brazos alargados sosteniendo entre las manos cámaras fotográficas y teléfonos móviles. Alguna que otra vez incluso vi cabezas de personas que miraban hacia la poza y la cascada.

A partir de la cascada, el camino se convirtió en una pista forestal que seguía junto al río, un par de metros más abajo. El paisaje había perdido su intimidad y el camino transcurría por un bosque en transformación, en el que las coníferas iban desapareciendo en beneficio de especies de hoja caduca. Llegué hasta el molino del Bayehon, un molino construido, según había leído, en 1800. Tenía interés en ver un molino tan antiguo. Pero mis expectativas se vieron defraudadas. El supuesto molino parecía ser un bar o restaurante con cierto aspecto de abandono. No obstante, pensé que no había mal que por bien no viniera. Al menos podría venir a cenar aquí, ya que Longfaye no tenía ningún restaurante abierto. Entré en el edificio. En la primera estancia había la barra del bar. No había nadie. En una sala contigua sólo había una mesa ocupada por un grupo de hombres en animada charla. Bigotes, patillas largas y anchas, camisetas, brazos tatuados, muchas botellas de cerveza sobre la mesa… Me acerque al dintel de la puerta que separaba las dos salas y miré hacía la mesa ocupada. Nadie me hizo el menor caso. Volví hacia la barra y miré por una puerta que había detrás de aquella. Nada. Nadie a la vista. Uno de los hombres de la mesa se levantó con desgana. Pensé que iba al baño. Pero no. Vino hacia mí y me preguntó qué quería. Pregunté si era un restaurante. El hombre, con cierta desidia, me dijo que no era un restaurante, pero algo se podía comer.  ¿A qué hora cierran?, pregunté.  Bueno, de hecho ya hemos cerrado… Me había costado pero al final capté el mensaje: molestaba. Le di las gracias y me fui.

El regreso hasta Longfaye por la carretera duró apenas una media hora. Como aún me quedaban unas horas de apagada y grisácea luz diurna, decidí ir a ver qué tal eran los valles del Trôs Marets y de l’Eau Rouge. Ambos valles eran muy recomendados en las distintas guías que había consultado. Al llegar a Bevercé me equivoqué de carretera: me pasé de largo el valle del Trôs Marets y no llegué al de l’Eau Rouge. Sin embargo, llegué a Bernister, donde intentando hallar la salida del pueblo me encontré con el monumento a Apollinaire. De regreso a la posada, le pedí a Monsieur Ruddy si podría cenar algo. Un poco contrariado, me dijo que alguna cosa podría prepararme.

Tras un descanso fui al comedor a cenar. Era lunes y yo era el único cliente del establecimiento. Al poco de sentarme a la mesa, apareció Monsieur Ruddy asistido por su nieta, una simpática y responsable niña de siete años que, tras él, llevaba con cuidado extremo el vaso de vino que yo había pedido. Tras la cena, repetimos el ritual de la noche anterior: Monsieur Ruddy tomó su cerveza, la niña un vaso de leche caliente, y yo, mi café.

Me preguntó cómo me había ido la jornada.  Le resumí la excursión al Bayehon y le pregunté por el monumento a Apollinaire. Efectivamente —me dijo— no sólo esté el monumento de Bernister, sino que, además, en Stavelot está el museo Apollinaire.

¿Qué piensa hacer mañana?, me preguntó. Bueno —le respondí—, había pensado recorrer el río Warche… ¡Buena idea! —exclamó— Si quiere —añadió— le puedo acompañar con el coche hasta Ovifat, de tal manera que se ahorrará casi una hora de camino y puede regresar a pie hasta Longfaye por el río Warche. Y si se cansa, me llama y le vengo a buscar. Le dejaré en el aparcamiento de la Chapelle du Chêneux. Sólo tendrá que bajar hacia el castillo de Rheinhardstein y, poco antes de la entrada, tomar el camino que le llevará al río Warche.

 

El Warche

A las ocho de la mañana subía al coche de Monsieur Ruddy, y diez minutos más tarde me dejaba en el aparcamiento de la Chapelle du Chêneux. Siga este camino hacia abajo —me indicó— y poco antes de la entrada del castillo, a la derecha, verá el sendero que baja hacia el Warche.

Nevaba bastante. Un sordo crujido acompañaba cada uno de mis pasos, que iban dejando profundas huellas en la nieve. De pronto, a través de la densa cortina de copos de nieve, vi la impresionante figura del castillo. Llegué ante la verja del castillo sin que hubiera visto el camino hacia el Warche. La verja estaba abierta. Entré cuando un hombre salía de un pequeño almacén cargado de leña. Le pregunté por el camino y me lo indicó: unos doscientos metros antes de la verja de entrada, a la izquierda. Volví sobre mis pasos y lo vi: un pequeño sendero que subía vertiente arriba.

De marcha por los Altos Páramos de BélgicaEl castillo de Rheinhardstein se levanta sobre un abrupto risco de esquisto que se precipita vertiginosamente sobre una estrecha garganta que forma el río Warche  y —como supe más tarde—, sobre la que cae el arroyo de Ovifat formando la cascada más alta de Bélgica, con una caída de más de cuarenta metros. El castillo se construyó hacia 1354 y llegó a  pertenecer a la familia de Clemente de Metternich, el conocido ministro de asuntos exteriores del Imperio Austríaco, impulsor del Congreso de Viena de 1815 y artífice de la restauración del absolutismo en Europa. El padre de Metternich lo vendió en 1812, fecha a partir de la cual sufrió un constante deterioro hasta llegar a convertirse en una ruina. Pero en 1965, Jean Overloop, profesor en Bruselas, compró el castillo e inició su restauración. Actualmente, el castillo organiza visitas guiadas y distintas actividades culturales y deportivas.”

En un recodo del sendero que descendía hacia el Warche pude contemplar la magnífica vista del castillo, imponente sobre el risco. Seguía nevando. Pausadamente. Silenciosamente. Sólo el bajo continuo del agua me acompañaba. El camino y el bosque formaban un fascinante paisaje de formas redondeadas, suaves y blancas. Me acerqué a la orilla y me detuve a escuchar el murmullo del agua, de la caída de la nieve, y a oler el aire cargado de humedad. Me acordé de nuevo del libro Marche et Paysage, en el que había leído: ”Si je pouvais demeurer assez longtemps sur une telle lisière sensible, j’apprendrais à lire une des plus sensibles formes poetiques qui soient: la biographie d’une chute de neige. Oui, un jour il me faudra cette patiente”. Paciencia, silencio, atención… como sugiere la geopoética: ”La marche requiert et conforte le silence.

También recordé un texto —Terres de Mémoire— de un autor que conoció bien las Ardenas, André Dhôtel: ”Ces lieux saisissantes exigent avant tout qu’on s’attarde. Pour quoi faire? Pour apprendre sans doute qu’on n’est qu’un passant très ignorant du monde et que néanmoins le monde inconnu est là sous vos yeux, autour de vous, l’inaccessible qui existe avec toute la force des végétations et de la lumière

A medida que me iba acercando “…en se laissant aller aux influences du paysage…” (Marche et Paysage) al Bayehon el bosque de coníferas, la famosa Picea, iba ocupando todo el espacio. Estas enormes plantaciones de coníferas con sus troncos rectos y altísimos, llenos de hirsutas ramas muertas y un sotobosque yermo, casi estéril, me resultaban angustiosas y sombrías.

Llegué al Bayehon y lo seguí curso arriba hasta encontrar el valle del Pouhon, desde el cual debía tomar el curso del arroyo Roannai hasta llegar directamente a Longfaye. Cuando finalmente llegué a la carretera de Longfaye me di cuenta de que la curva que describía la carretera no tenía la forma esperada. Me había despistado y había seguido el valle del Pouhon, lo que me obligó a caminar dos kilómetros más de carretera en la que pasaban raudos los automóviles belgas, convirtiendo mi apacible y geopoética marcha  en casi un deporte de riesgo.

Tras una siesta reparadora en la posada, me fui a Stavelot, a ver si desentrañaba el misterio del monumento megalítico dedicado a Apollinaire. 

 

Stavelot y el museo Apollinaire

A medida que descendía la carretera en dirección a Stavelot, la nevada fue   cesando. Cuando llegué a la ciudad, ubicada en la confluencia de los ríos Amblève y L’Eau Rouge, la tarde era gris y triste, y en los bordes de las aceras y bordillos de las calles se acumulaba una desagradable pasta de nieve sucia.

El museo se encontraba en lo que fue la abadía de Stavelot, un monasterio benedictino fundado en el siglo VII y sede de un principado abacial, el principado de Stavelot-Malmedy, en el que el abad era, al mismo tiempo, el príncipe. Tras la Revolución Francesa, entre 1793 y 1804 los monjes fueron expulsados de la abadía, que fue vendida y demolida, terminando así, el principado de Stavelot-Malmedy. El museo se construyó sobre lo que quedó de la abadía.

Al entrar en el aparcamiento del museo, empotré la baca del coche contra la barra indicadora de la altura máxima permitida dentro del aparcamiento. Tras algunos intentos, conseguí desenganchar el coche de la barra y fui a buscar otro lugar para aparcar. Con un estado un tanto alterado, compré mi entrada para visitar las salas dedicadas al poeta Apollinaire del museo de Stavelot.

En el vestíbulo del museo Apollinaire, había una vitrina con objetos que habían pertenecido al poeta y un pequeño cartel que aclaraba el por qué  del museo:

Guillaume Apollinaire à Stavelot

Le séjour d’Apollinaire à Stavelot date de l’été 1899: il a alors dix neuf ans. Avec son frère Albert, il réside à la pension Constant, tandis que leur mère, Angelica de Kostrowitzky, va tenter fortune non loin de là, au casino de Spa.

Guillaume et Albert explorent la région et parcourent les Fagnes environantes. Mais les vacances vont se terminer de manière precipitée: en pouvant pas régler la note de la pension, Madame de Kostrowitztky demande à ses fils de partir sans payer! Les deux frères s’enfuient donc à la cloche de bois et rejoignent leur mère à Paris.

 A pesar de tan interesante presentación, el contenido del museo me defraudó, opinión influida, sin duda, por mi alterado estado debido al incidente del aparcamiento. El museo Apollinaire constaba de tres salas. La primera, quizá la más interesante, tenía, a modo de columnas, una serie de hilos que pendían del techo, a lo largo de los cuales colgaban fotos y textos que daban noticia de la vida y obra del poeta. En la segunda había dos o tres tresillos, en los cuales el visitante se podía sentar y escuchar diferentes grabaciones de poemas de Apollinaire, ya fueran recitados o cantados. Un cartel rogaba discreción en el hablar, a fin de que el visitante pudiera oír las grabaciones. Pero no conseguí descubrir cómo se podían oír tales grabaciones. La tercera, habilitada como sala de lectura, contenía una vitrina con diversas cartas de artistas amigos de Apollinaire que se comunicaban la muerte del escritor, una librería con libros diversos y la mesa y las sillas para leer. Aunque defraudado, al menos había conseguido saber el porqué del museo y del monumento megalítico de  Bernister.

Wilhelm Albert Włodzimierz Aleksander Apolinary Kostrowicki nació el 26 de agosto de 1880 en Roma.  Su madre, Angelika Kostrowicka, había nacido en el seno de una familia de la nobleza polaca en Nowogródek, en el Gran Ducado de Lituania, perteneciente, en aquel entonces, al Imperio Ruso. Madame de Kostrowitzky, que según algunas fuentes consultadas vivía del juego y de sus encantos, tardó algunos meses en reconocer al niño. Dos años más tarde, Madame de Kostrowitzky tuvo un segundo hijo al que dio el nombre de Alberto. Tras pasar por Bolonia, Mónaco y París, en 1899 la familia Kostrowitzky cruzó la frontera franco-belga: la señora de Kostrowitzky se instaló en Spa, ciudad famosa por sus aguas termales y su casino, donde esperaba rehacer su maltrecha economía, y sus dos hijos se instalaron en Stavelot. Al no cumplirse las expectativas económicas que Madame de Kostrowiztky había puesto en el casino de Spa, abandonó la ciudad a finales de julio, marchando primero a Ostende y luego a París. Wilhem y Alberto pasaron unos tres meses solos en Stavelot, período durante el cual realizaron grandes paseos y excursiones por la región, sobre todo por las Fagnes, por las que se sentían muy atraídos. Wilhem, que decidió durante su estancia en Stavelot llamarse Guillaume, participaba también en la vida cultural de la ciudad, frecuentando el Círculo Poético y Dramático La Fougère. Finalmente, desde París llegó el aviso de Madame de Kostrowiztky. El 5 de octubre 1899, al alba, los dos jóvenes abandonaron clandestinamente la pensión.

Départ à la cloche de bois par un temps de gel, la nuit, avec malle sur le dos, valise à la main, à travers 7 kilomètres de forêt, odeur de champignons de Stavelot à Roanne-Coo; heureusement pas de rencontre. 2 h. dans le froid devant la gare de Roanne-Coo et départ pour Paris.” (Carta de Guillaume Apollinaire a James Onimus[1]).

Como consecuencia de la visita al museo, me quedó una duda: ¿Cómo fue posible que Apollinaire, hijo de una mujer tan interesante, admirablemente marchosa que diríamos hoy, y cosmopolita, acabara alistándose como voluntario en el ejército francés para participar en la bárbara carnicería de la Primera Guerra Mundial?

Al salir del museo me dirigí al coche para regresar a la posada. Sentada sobre el capó estaba mi ignorancia, que por esta vez no mostró ni ironía ni sarcasmo. Quizá recordaba el poema de Apollinaire que habíamos visto en el memorial de Bernister: 

Soyez indulgents quand vous nous comparez

A ceux qui furent la perfection de l’ordre

Nous qui quêtons partout l’aventure.

La Grand Fagne

Las Fagnes, tal como se pueden ver y recorrer hoy en día, son una construcción humana. Debido a la agricultura y a las necesidades de madera,  se desbrozaron ya en tiempos remotos estas tierras. Labor de numerosas generaciones de granjeros pobres forzadas a sacar lo que podían de una tierra tan pobre como ellos. El bosque actual tampoco tiene nada que ver con el bosque que había hace mil años. Así se plantea una paradoja: es este medio transformado el que se quiere proteger. Sin quererlo los campesinos de antaño crearon un paisaje más propio del extremo norte de Europa que de las Ardenas.

Quien se encarga de la protección de las Hautes Fagnes es el Parque Natural de las Hautes Fagnes-Eifel. El centro de acogida e información del parque está en Botrange, a un kilómetro de la Signal de Botrange, donde se encuentra el punto más alto de Bélgica, con 694 metros sobre el nivel del mar. En 1923 se construyó una loma —la loma Baltia—, un montículo de tierra que permite alcanzar la altitud de 700 metros.

Desde la Signal de Botrange parten normalmente los caminos que recorren la Fagne Wallone, que se extiende desde el otro lado de la carretera hacia levante. Desde un mirador que hay, pude verse como la Fagne Wallone se extendía, en suave pendiente, inmensa, excesiva, hacia el noreste. Preferí recorrer la Grand Fagne y la Fagne de la Poleur, más pequeñas y acogedoras.

El punto de partida para la Grand Fagne es la Barraque Michel, un histórico albergue y refugio para viajeros extraviados que se construyó en el siglo XIX, y que hoy en día es cafetería, restaurante y, en verano, hotel. Como se me pegaron las sábanas, llegué a la Barraque Michel apenas unos minutos antes de que saliera el sol. El cielo empezaba a adquirir un delicado color rosáceo que se iba reflejando en la nieve. Había nevado abundantemente durante la noche. Pero el cielo estaba despejado y el aire, inmóvil. El paisaje era fascinante. Todo, desde la más pequeña brizna de hierba hasta la más diminuta ramita de árbol, estaba cubierto por una capa de nieve. La temperatura era de -10º C.

Avancé rápido por el camino marcado, una pasarela de tablas de madera que impide que los visitantes pisen las zonas protegidas, al tiempo que evita que el caminante hunda sus pies en el agua. Ante mí se extendía un prístino espectáculo de tundra, una impresión de infinito rota solamente por algunos abedules y piceas solitarios. A los pocos minutos de andar me encontré con un fotógrafo agazapado tras el trípode esperando, como yo, la salida del sol.

El camino seguía la antigua frontera entre Bélgica y Prusia creada tras el Congreso de Viena de 1815, al final de las guerras napoleónicas, y que integró los territorios de Eupen, Malmédy y Saint-Vith a Prusia. El día se levantaba y todo el paisaje iba convirtiéndose en un estallido de blanco. Apareció un mojón fronterizo marcado por un lado con la B, de Bélgica; por el otro, con la P, de Prusia. Llegué a una encrucijada en la que esperaba hallar una cruz, la Cruz de los Novios (La Croix des Fiancés), en memoria de una joven pareja que murió al ser sorprendida por una tempestad de nieve en enero de 1871. Y no estaba la cruz. Rehice el camino pensando que la había pasado de largo. Me encontré con dos fotógrafos que, tumbados sobre la nieve, montaban sus trípodes. Les pregunté si sabían dónde estaba la cruz y me respondieron que no tenían ni idea, que era la primera vez que venían a las Fagnes. Seguí retrocediendo hasta que vi a una persona que se acercaba a paso rápido. Era una mujer que también llevaba una cámara fotográfica. Cuando llegué a su altura, le pregunté por la cruz. Sí, claro —me respondió—. Esta más adelante. Yo voy hacia allí. Si quiere acompañarme le llevo hasta ella.

De marcha por los Altos Páramos de Bélgica

Así que volví de nuevo sobre mis pasos acompañando a la decidida señora. Miró mi cámara y me preguntó si era fotógrafo. No, no, sólo aficionado, le respondí. Ella me contó que estaba haciendo un curso de fotografía en Spa y que le entusiasmaba la fotografía de territorio. Al ver mi cara de incomprensión, me aclaró: me gusta fotografiar aquellas cosas que son propias de un territorio, en este caso, de las Hautes Fagnes. Vivo cerca de aquí, apenas unos minutos en coche y vengo a menudo. Soy muy afortunada —dijo— por vivir cerca de un lugar tan bello. Esta frase, pronunciada como si nada mientras marchábamos por aquel paisaje prístino, de rutilantes blanco y azul, ante el testimonio silencioso de algún abedul inmóvil que sostenía en sus lánguidas ramas la nieve caída durante la noche, me conmovió profundamente. Continuamos andando durante un trecho en el que sólo escuchábamos el crujir de la nieve bajo nuestros pasos. La mujer siguió contando que le gustaba mucho venir en julio o agosto para fotografiar la genciana de turbera. Puse cara de entendido y respondí: ¡Ah, Claro! En una rápida mirada vi, al otro lado de la mujer, a mi ignorancia partiéndose el pecho de risa y a punto de revolcarse sobre la nieve. Y en junio —prosiguió la mujer—  me encanta venir a fotografiar la violette des marais. Hice caso a mi ignorancia y confesé: no sé cómo es la violette des marais… Es una hermosa planta con unas pequeñas flores lilas con venas violeta en el pétalo inferior —me explicó la amable mujer.  ¡Tiene usted que venir en primavera! Bueno, de hecho, debería usted venir a las Fagnes en cualquier estación.

Al final llegamos a la Cruz de los Novios, junto a la cual había otro mojón fronterizo belgo-prusiano. Ella hizo unas fotos y regresó. Bonne journée! Yo también hice alguna foto. Y me quedé mirando la cruz y el mojón, símbolos religiosos y nacionales. Religión y nacionalismo. Dos creencias o sentimientos de los más excluyentes que haya creado la humanidad: o se es creyente o se es infiel; o se es compatriota, o se es extranjero. En ambos casos, el infiel y el extranjero, siempre acaban considerados como enemigos.

Por la tarde recorrí la Fagne Pouleur, recorrido que inicié en el Mont Rigi, otro punto de partida de excursiones por las Hautes Fagnes. En Mont Rigi hay también una cafetería-restaurante junto con la estación científica que la Universidad de Lieja tiene en las Hautes Fagnes.

Seguía el día sin una nube y la temperatura había aumentado un poco. La nieve acumulada sobre los árboles y plantas parecía que se había convertido en cristal. El espectáculo era sobrecogedor. Era como caminar por un maravilloso paisaje de cristal. Con el sol en lo alto, los árboles refulgían como filigranas del más fino cristal.

Había más visitantes que por la mañana. Alcancé a una joven pareja que hacía esquí de fondo. Él me saludó y yo le contesté al saludo: Bon jour! Bon Jour! Y la chica le dijo: Why you say hello to everybody? No alcancé a escuchar la respuesta, pero me hubiera gustado oírla. Cuestión cultural importante: al encontrarse con alguien en un camino perdido en medio de un páramo helado,  ¿hay que saludar o no hay saludar? La chica era joven y norteamericana: ¿diferencia cultural o generacional? Mi ignorancia y yo nos miramos y nos encogimos ambos de hombros.

Llegué a una zona en la que había bastante agua: era el nacimiento del río Hoegne, un río que, según había leído en alguna guía, vale mucho la pena recorrer. En el silencio inmóvil de la tarde se oía el murmullo de distintos riachuelos bajo las planchas de madera fluyendo lentamente hacia un encantador bosquecillo de hayas y abedules, donde se formaba el Hoegne. Esperé hasta la puesta del sol. El frío era intenso, vivo. La luz devenía violeta, azul, como el frío. Ya no quedaba ningún visitante. El silencio era tan azul como el paisaje. Hice las últimas fotos e inicié el camino de regreso.

Como ya había avisado a Monsieur Rudy, cené en la posada. Mientras tomábamos lentamente la cerveza y el café, hablamos de las Fagnes, de la vida en Longfaye… Bonne nuit!  Bonne nuit!

A la mañana siguiente, como tenía un largo viaje de regreso, marché muy temprano. Pero la cuenta, la había pagado la noche anterior.

 

Xavier Arnau Bofarull

He trabajado como informático durante casi toda mi vida profesional, pero me licencié en Geografia e Historia y obtuve el título de Capitán de Yate. La geografía me ha permitido mirar y ver el mundo en su belleza y complejidad; la navegación, capear temporales y buscar alternativas a las rutas preestablecidas. En la actualidad, vivo entre Francfort, Barcelona y otros lugares a los que viajo. Intento describir lo que descubro en ellos. Aunque prefiero perderme por la Naturaleza, no desdeño las ciudades y los pueblos. Perezoso en iniciar el viaje. Reticente a abandonarlo una vez empezado. LinkedIn.

 


[1]Apollinaire, Guillaume. Oeuvres Complètes. 1965

bernister, guillaume apollinaire, Hautes Fagnes-Eifel, parques naturales, viajes culturales

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  • 30 de septiembre de 2016 a las 15:08

    Qué fotos tan bellas y qué completa crónica de la visita a uno de los parajes más bellos de Valonia, ¡muchas gracias!

    Por Oficina de Turismo de Bélgica: Valonia y Bruselas