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Histórico noticias



De pensión y sin pensión de guerra en Corea

La pensión Sontag fue la primera hospedería sin insectos antes que huéspedes de Seúl. Regentada por Fräulein Antoinette, una teutona de armas tomar, en ella se alojaron los escritores Mark Twain y Jack London durante la contienda ruso-japonesa de 1904, así como Winston Churchill.

14 de enero de 2020

De cuando las crónicas bélicas en primera línea otorgaban madera de novelista se nutrió la pensión Sontag, la primera hospedería sin insectos antes que huéspedes de Seúl. Un intento de recibimiento a la occidental… Claro que a veces los parásitos llegaban al lugar en la chamarra de los propios occidentales, que por entonces venían de Norteamérica en pos de meritoriaje literario, cubriendo guerras intestinas del Lejano Oriente. Fue el caso de Mark Twain y de Jack London, autores en ciernes y llamados a la rivalidad, que pasaron por Seúl durante la contienda ruso-japonesa de 1904. Poco después les llegaría a la zaga Winston Churchill, también alojándose en la pensión, pero no ya como enviado especial al conflicto, sino como subsecretario de Estado para las Colonias Británicas.

Ningún personaje se hizo a la pluma a London y Twain durante su estancia en la Pensión Sontag. No hubiera competido, además, en protagonismo, con la señora de la casa, Antoinette Sontag, teutona de armas tomar y cuñada del embajador ruso Karl Waeber, para más señas. Con tales credenciales, Antoinette se ganó la confianza de la primera dama coreana, la Emperatriz Min, que le dio espacio junto a las murallas de Deoksungung para su casa de huéspedes, con veinticinco alcobas, en 1902. Una casona que pasó de llamarse Sala de invitados Hansung a residencia Sontag cuando el príncipe Ito Hirobumi firmó el tratado de 1905, por el que Japón ganaba el protectorado sobre Corea. Un tratado, sin embargo, solo puede llamarse tal cuando más de uno lo rubrica: no lo firmó el emperador coreano Gojong y, en ese momento, la pensión redobló campanas como cenáculo de la resistencia nacionalista. Antoinette Sontag había tratado personalmente al Emperador, hacía buenas migas con su asesor prusiano Paul Georg von Möllendorff y, en adelante, se convirtió en la cocinera personal de su alteza Gojong, a quien alimentaba al modo occidental para evitar el envenenamiento camuflado en la prolija dieta coreana. El Emperador creía que los japoneses atentarían de tal guisa y guiso contra su persona.

Viaje a Seúl, Corea del Sur

Aunque no así su esposa Min, que fue asesinada. Por fortuna el emperador murió por causas naturales en su palacio, hacia 1919, después de abdicar en favor de su hijo y con Antoinette ya fuera de juego. La revolución soviética de 1917, así como la creciente presión japonesa en Seúl, forzaron a que Antoinette vendiese su pensión, finalmente demolida en 1922. La pensión Sontag, meeting point de la conspiración, había sido más, mucho más que un club social para diplomáticos. ¡Dónde va a parar!

Apenas dos décadas duró en pie la pensión Sontag, junto a los recintos palaciegos de Seúl, durante las cuales mantuvo un coffe-shop, llamado localmente dabang, en la planta baja. Lo nunca visto en Seúl… Es importante el dato, no solo porque motivaba la reunión de occidentales allí, en el café-tertulia; lo regentaba, además, la dama que introdujo al emperador en la afición severa a la cafeína: durante los trece meses de su refugio en la legación rusa, la encargada de su avituallamiento, Antoinette, consiguió que el dignatario desayunase a diario café negro, con un solo terrón de azúcar. Algo que, según algunos, le recordaba al emperador el sabor de la hierba medicinal china.

Las mujeres de los diplomáticos americanos, británicos y franceses regalaban a menudo bizcochos, galletas y pasteles a la familia real para ganarse su simpatía. Antoniette lograba algo más con el poder de la adicción. Porque hablamos de someter la voluntad de un mandatario firme, que apresado por los japoneses en su propio palacio, había logrado escapar de él con su hijo, disfrazados ambos de cortesanas, en palanquines, rumbo a la embajada rusa en 1896. Sin duda, por ello buscaban los japoneses quitárselo de en medio de uno u otro modo. Tanto que se sirvieron de un funcionario suyo, castigado por irregularidades y por tanto descontento, para progresar en sus intentos de envenenar al Emperador. De vuelta a su palacio, en 1898, el funcionario del complot sobornó a su mayordomo Kim Chong-hwa para intoxicar su primer café de la mañana, un 11-S, día de su cumpleaños. Gojong sospechó de su aroma y se resistió a beberlo. No hicieron lo propio su hijo y su eunuco jefe, ajenos a tales precauciones, con lo que acabaron retorciéndose de dolor abdominal en el suelo. Ambos se recuperaron. El príncipe heredero arrastró de por vida la impotencia sexual, tras el lance. El eunuco no pudo comprobar tales efectos secundarios. Y en cuanto a los conspiradores, fueron estrangulados entre rejas y sus cadáveres despedazados extramuros del palacio.

Viaje a Seúl, Corea del Sur

Por ninguna suerte de intereses se podría haber tentado a Fräulein Antoinette para que formase parte de la conjura. Antoinette jamás se casaba con nadie. De hecho, ni contrajo matrimonio a lo largo de su vida. Tuvo bastante con manejarse en primera persona frente a tanta intriga palaciega, dándose en su tiempo libre a la colección de estampitas e idiomas en los que expresarse con soltura. Hablaba ruso, alemán, inglés, coreano y hasta algo de japonés, dependiendo de la mayor o menor necesidad de hacerse la tonta.

La Ewha Girls High School se ha levantado en el lugar donde estuvo su hotel, todo un homenaje a la intuición y perspicacia de Antoinette, imposibles de aprender en escuela alguna. Aun así, en 2005 el Hwan Hall de la escuela Ewha para señoritas presentó el musical Sontag Hotel, en el que se narra su existencia ejemplar. Y eso cargando en exceso las tintas sobre los supuestos amores entre Antoinette y el activista coreano Seo Jae-Pil, personaje real del cenáculo que avivaba la pensión y artífice del rotativo Dongnip Sinmun, crítico con el intervencionismo japonés. El escritor Cha Bumseok redactó ese libreto, tras haber estrenado ya el título tres décadas antes, como pieza dramática, en el Teatro Nacional de Corea. Probablemente la leyenda de Antoinette Sontag termine simplificándose al gusto del gran público. Divulgada por un musical romántico más que por las investigaciones de biblioteca, reducirá su personalidad a la condición de enamorada pasional, pobre cosecha para tiempos tan vehementes y turbulentos como aquellos que vadeó. Una vez más, el recuerdo de las grandes mujeres anónimas que hicieron historia pasará por el aro, se dulcificará hasta la golosina, para sostenerse en pie. Ella, Antoinette, bailaba sola desde 1880 en Seúl.

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