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Histórico noticias



Desafiando al elegante fatalismo ruso

El hotel Astoria no pudo surgir en tiempos más convulsos: La Gran Guerra le llegaba al año y medio de abrir sus puertas; luego, el Octubre Rojo… Así fue como los escritores y poetas rusos lo tomaron como cuartel general de las letras en las noches blancas de San Petersburgo.

4 de enero de 2016

No disponía de rótulo aún como apéndice del Hotel Inglaterra cuando Chejov lo visitó, en 1895, enfermo de tuberculosis y tocado moralmente por el fracaso inicial de La gaviota, su pieza teatral maestra, llamada con el tiempo a consagrar su nombre, no como médico o filántropo, sino como dramaturgo. Apenas llevaba inaugurado un lustro, en el número 39 de la Bolshaya Morskaya, la tarde en que Ossip Mandelstan observaba el estallido de la revolución bolchevique, desde una de sus alcobas. El poeta polaco tenía frente a sí la imponente catedral de San Isaac, cuya larga sombra no evitaría su detención, destierro a Siberia y muerte en cuestión de pocos años. La inspiración de Madelstan se resistiría a comulgar con los cánones del realismo socialista.

El hotel Astoria, en definitiva, no pudo surgir en tiempos más convulsos, bajo planos del arquitecto Fyodor Lidval y tratando de conciliar la estética de la Rusia Blanca con la modernidad art nouveau de Europa. La Gran Guerra le llegaba al año y medio de abrir sus puertas; luego, el Octubre Rojo… En consecuencia, la gran lírica rusa con sentido trágico de la vida lo tomó enseguida como cuartel general de las letras, apelando a los versos con que Pushkin acababa de engalanar la ciudad fundada por Pedro el Grande. Su canto de cisne sobre gélidos canales, llamado a dictar el fin de la aristocracia con blasón e intelecto zarista.

El hotel Astoria fue el primero que contó con teléfono y calefacción central en San Petersburgo, la Babilonia de las nieves. La línea telefónica no sirvió, sin embargo, para que el también poeta Sergéi Esenin pidiera socorro en sus días de depresión aguda, alojado en el hotel. Las tuberías calefactoras sí le fueron útiles: valieron para soportar su peso, la correa de la maleta al cuello y a ellas anudada, un oscuro 27 de diciembre de 1925, día que Esenin eligió para ahorcarse sin salir de su habitación. Poco antes había escapado de Moscú y de su mujer, Sofía Tolstoi, para refugiarse cara también a la catedral de San Isaac, dispuesto a rememorar días de vino y rosas, tres años atrás. Su primera mujer, aquella con la que había convivido en el Astoria, se llamaba ni más ni menos que Isadora Duncan.

Hotel Astoria, San Petersburgo, Rusia.

Se asegura que la indiferencia hacia sus versos por parte de Kliuiov, el único que amigo que a Esenin le quedaba en los salones literarios, acabó desatando su claustrofobia, el terror al vacío y, a la postre, un desenlace fatal. El desasosiego llevó a Esesin a deambular por el vestíbulo del hotel minutos antes de suicidarse, tal vez imaginando que todos le veían ya ahorcado… Dejó escrito junto a su cadáver esto:

«Tras mi ventana el viento gime, solloza,

cual si sintiera la cercanía de un entierro.

¡Ay! Me veo difunto, en lo hondo de un féretro.»

Las veleidades de la bohemia intelectual y artística ya no divertían a Esenin, poeta mayor de la Rusia tradicional y ortodoxa, al que los versos de Maiakovsky habían destronado, ensalzando el progreso y la vanguardia…

«En esta vida morir no es nada nuevo, más vivir no lo es tampoco.»

Escribiría también, esta vez con sangre, después de abrirse las venas y antes de dedicar un último esfuerzo, en su cuarto, a pasarse una soga por el cuello.

San Petersburgo cambió su nombre por el de Petrogrado durante la época de entreguerras. Y, en los años veinte, pasó a llamarse Leningrado, buscando un topónimo definitivamente socialista para sus noches blancas, su ópera, ballet y teatro Mariinsky, su almirantazgo al final de la Perspectiva Nevsky y su Palacio de Invierno reconvertido en Museo Ermitage. «Capital del vicio y la virtud», la había denominado el enciclopedista Diderot, amigo de Catalina la Grande, su emperatriz más polémica. El Hotel Astoria, por su lado, también cambió de peripecias, a la hora de alojar huéspedes más variopintos e internacionales, a partir de los últimos años treinta, cuando su principal restaurante parecía resignado a servir la mesa a Hitler. Era deseo expreso del mismísimo Fürher celebrar la caída de Leningrado allí, tras el largo cerco a la ciudad que llenó de tullidos y moribundos las camas del Astoria. Tal era su deseo, que los tarjetones de invitación, para la que se vislumbraba como gran cena de gala nazi, en el Astoria, habían salido ya de la imprenta.

Viaje a San Petersburgo, Rusia

La estrella del Astoria parecía aciaga si consideramos que, antes de suicidarse Esenin, también sus estancias habían visto morir a muchos heridos en la Gran Guerra de 1914, como improvisado hospital de campaña. La nueva década, no obstante, barrió en el hotel maleficios y maldiciones, rincón a rincón, logrando estadías dichosas para la nueva casta de ilustres que el país conocía. Pese a que el régimen soviético había puesto coto al lujo en la ciudad, los escritores Bulgakov y Stchedrin conocieron en su restaurante Davidov’s la vajilla de porcelana Lomonòsov, a poco de que lo hiciera Máximo Gorki, padre de las letras socialistas. Y se hospedaron en el Astoria renovado ajedrecistas rivales como Karpov y Kasparov. Y el compositor Rostropovitch. Y poco después, con la Unión Soviética ya desmembrada, los presidentes de Azerbaijan, Bielorrusia y Kazakhstan, aparte de George Bush. Es más, allí pidieron huevas de esturión, entre pieles de astracán, el escritor británico de ciencia ficción H.G. Wells y famosos del star system más cosmopolita como Pierre Cardin y Paco Rabanne, Rodolfo Valentino, Alain Delon, Gina Lollobrigida, Mastroiani y Jack Nicholson, entre otros actores. Sin olvidar las gargantas del Olimpo que con más tronío resonaron en sus espléndidas salas, la de Pavarotti y Plácido Domingo, antes de que lo hicieran los chicos de Duran Duran, banda de pop british y neorromántica, años ochenta. Nada que ver ya con poetas dispuestos a suicidarse o a morir en duelo como Pushkin, por más romanticismo que destilen sus existencias.

El hotel Astoria grabó en chapa todos los nombres de sus visitantes VIP junto al ascensor de época que mantiene su hall, aprovechando la reforma acometida en 1987, a iniciativa de la cadena Rocco Forte Hotels que lo adquirió. Una remodelación a partir de la cual el Astoria renació presentando nuevo lustre: jardín de invierno florido y brillante samovar metálico en su lobby lounge, con la mejor pâtisserie a la hora del té. Y eso con vistas a formar parte de la prestigiosa cadena Leading Hotels of the World, que celebró su último lavado de cara y puesta a punto a cargo de Olga Polizzi, hermana de Sir Rocco, en el 2002. Recuerdo que por entonces llegué yo al Astoria, procedente de su vecino Grand Hotel Europa, donde auditaba con el paladar su nuevo Cavier Bar a la temperatura que requiere el vodka que lo acompaña. Su spa y fitness center me reconcilió en aquellos días conmigo mismo, hasta moverme a cavilar qué hubiera sido del poeta Esenin, con su  fatal depresión a prueba de aroma o musicoterapia en el Astoria. ¿Le hubieran sobrado los tubos de la calefacción para ahorcarse, al calor de una buena sauna?

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