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21 de octubre de 2018
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Imagen de la India

JULIAN MARIAS

Editorial: LA LINEA DEL HORIZONTE EDICIONES
Lugar: ESPAÑA
Año: 0
Páginas: 112
Idioma: CASTELLANO
Encuadernación: Tapa blanda

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Finales de los cincuenta. ¿Quién sabía algo de India? Los hippies españoles, que veinte años después aparecieron por ahí, aún no habían nacido, pero era el país con el que había soñado Julián Marías desde niño y la ocasión le llevó hasta ese fascinante país gracias a un congreso de Filosofía. Marías abre los ojos de par en par. Todo le interesa, todo le conmueve y en ese primer acercamiento ya da cuenta de manera sencilla, como un viajero más, de los grandes temas que conforman una sociedad tan compleja y distinta. Un texto que no ha perdido la frescura con la que fue escrito y que podría pertenecer a un viajero sensible de hoy día.
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Diarios de una nómada apasionada

Por Adolfo García Ortega. Los escritos de Isabelle Eberhardt derraman pasión religiosa —quiso ser morabita—, pasión sensual —en sus descripciones del paisaje y en sus relaciones amorosas— y pasión moral —criticó la colonización árabe y se comprometió con el nacionalismo rebelde.

8 de octubre de 2018

Isabelle Nicolaievna Eberhardt nació en 1877 en Meyrin, localidad próxima a Ginebra. Era hija ilegítima de Nathalie d’Eberhardt, alemana que se había casado con el general y senador ruso Carlovisky de Moërder, y del ex pope ruso Alexandre Trophimovsky. La historia de esa relación, de la que apenas sí se tienen datos, es bastante compleja. En 1873, cuatro años antes del nacimiento de Isabelle, Madame de Moërder se instala en Meyrin, en una especie de mansión aislada llamada La Ville Neuve, con los tres hijos tenidos en su matrimonio: Olga-Pavlova, Vladimir y Augustin de Moërder. Va acompañada por un extraño personaje que cumple funciones de tutor: el ex pope Trophimovsky, amigo personal de Bakunin, filósofo, sabio, botánico reconocido y revolucionario, que hubo de huir de la policía secreta imperial y exiliarse. En la persecución de que fue objeto desempeñó un papel decisivo su relación adúltera con Madame de Moërder, quien, por lo que se deduce, prefirió seguir a su amante al exilio llevándose consigo a sus hijos.

Isabelle, cuya madre optó por ponerle su apellido de soltera, creció en aquella casa de La Ville Neuve. Por ella pasaron numerosos revolucionarios que huían de la Rusia zarista, gente perseguida, conjurados, miembros de sociedades secretas, anarquistas más o menos famosos, seres oscuros que hallaron ayuda en aquella rara familia rusa. Allí impera el aislamiento, la nostalgia, la ensoñación y una heterodoxa moral tolstoiana que lo envuelve todo de una irrealidad evasiva. Estos rasgos influyeron mucho en el carácter de Isabelle, que se acabaría convirtiendo en una desplazada social que solo habitaba en sus fantasías.

Sin embargo, a través de la diversidad de gentes que pasó por la mansión y también gracias a la colosal sabiduría de Trophimovsky, Isabelle tuvo una educación muy por encima de lo normal: ruso, francés, alemán, árabe, literaturas occidentales, sobre todo la francesa, y orientales, conocimientos científicos, antropológicos… y un heredado odio hacia la injusticia, empezando por la del Zar.

Con su hermanastro Augustin tuvo una intensa relación. Desde niña fue su confidente y estaban unidos por lazos de complicidad y cariño. Augustin, individuo neurasténico y apocado, fue incapaz de lograr los sueños de aventura que planeó con su hermana en la infancia, y tras una serie de fracasos en la carrera militar, se casó con una mujer totalmente carente de imaginación y se trasladó a vivir primero a Cagliari y luego a Marsella. Su vida se vulgariza y su relación con Isabelle se deteriora hasta disolverse. En los Diarios de ella puede seguirse el proceso de esa disolución.

En 1897 Isabelle se traslada con su madre a Bône (Argelia), donde al parecer Madame de Moërder llegó a entrar tan a fondo en los círculos de la sociedad árabe que acabó por convertirse al islamismo. No obstante, otras fuentes ajenas a los Diarios desmienten este extremo. Aquel mismo año, Madame de Moërder muere en Bône y es enterrada en un cementerio árabe. El dolor de Isabelle es inconsolable y a él hace repetidas referencias en sus Diarios. Trophimovsky, al que familiarmente llaman Vava, se queda en la casa de Meyrin, aumentando su aislamiento. Isabelle, instalada en Argelia, va poco a poco introduciéndose en la sociedad indígena, incluso adquiriendo relativa notoriedad, pues algunas de las familias más notables de la zona quieren casar a sus hijos con aquella tan extraña como fascinante mujer.

Diarios de una nómada apasionada

La falta de recursos económicos obliga a Isabelle a volver a Ginebra. Un tiempo antes se ha suicidado en La Ville Neuve su hermanastro Vladimir. Y otro suceso contribuirá a dar a la casa la aureola de «fatídica» con que la denomina Isabelle en sus Diarios: la noche del 15 de mayo de 1899 ocurre un hecho que nunca llegó a aclararse: la muerte de Trophimovsky. Según parece, Trophimovsky estaba enfermo y, para paliar los dolores, tomaba una determinada droga. Aquella noche, queriendo evitarle más dolores, Isabelle y Augustin incrementan la dosis de la mortal medicina. Nadie investigó el asunto, tal vez a causa de las extravagancias del ex pope.

Comienza para ella la etapa que aborda en sus Diarios. Estos comprenden los años que van de 1900 a 1903, más unas notas de 1904. Son cuatro diarios que Isabelle nunca pensó escribir con vistas a su publicación. Tienen por tanto un estilo fresco, inmediato, a veces descuidado y sin querer desarrollar todos los temas, muchas veces meramente apuntados. Se publicaron de forma póstuma en París en 1923. Llama la atención de manera poderosa la ingenuidad de muchos de sus pasajes, en ocasiones candorosa hasta la ternura cómplice por parte del lector. Su romanticismo conserva aún las galas febriles de la adolescencia, y hay en ellos una pujante visión para saber discernir y registrar todo un cúmulo de sensaciones. Pero junto a estas características nos encontramos también con la fuerza de dos rasgos que permiten ubicar estos Diarios en el marco de pleno derecho de la literatura fin de siècle: una tristeza melancólica —el famoso ennui de la época— que lo llena todo como una pesada bruma, y una fascinación sensitiva por el misticismo religioso y por el misterio mágico.

Todas estas huellas hallaron en el mundo árabe una enigmática y predestinada materialización para Isabelle. Y en él volcó el caudal de desaforada pasión que, como romántica (y muy joven), llevaba dentro. La pasión es lo que se derrama en cada línea de estos Diarios. Pasión religiosa —quiso ser morabita o santa islámica—, pasión sensual —en sus descripciones del paisaje y en sus relaciones amorosas, primero con un diplomático turco apodado Archavir, luego con el escritor Eugène Letord, que vivía en Bône, y finalmente con el que será su esposo, el lugarteniente indígena de la guarnición de El Oued Slimène Ehnni— y pasión moral —criticó las injusticias de la colonización árabe y se comprometió con el nacionalismo rebelde.

Su vocación literaria es el motor que la anima. De hecho, sin ser una escritora de primera línea y pese a morir a los veintisiete años, llegó a escribir tres novelas, Rakhil, Yasmina y Trimardeur, así como unos artículos que se recogieron en los volúmenes Dans l’Ombre Chaude d’Islam, Notes de Route y Pages d’Islam, todos ellos publicados póstumamente.

Estos Diarios dan cuenta en especial del hechizo que le causó el mundo y la vida árabe. Es cierto que encontramos en ellos lo caótico de impresiones sueltas, de sensaciones anotadas, de puntas de iceberg de cosas más hondas que nunca se aclaran, o que se van aclarando en la lectura morosa. Es cierto, asimismo, que encontramos a una escritora «haciéndose», evolucionando, sacando a la luz unas condiciones inigualables para la prosa impresionista. Pero, por encima de todo esto, encontramos aquí a una devota y convencida musulmana. La Causa Árabe le obsesiona: dirigió una revista nacionalista de corte bakuniano, Akhbar, se introdujo en la influyente tribu de los Kadryas, que la acogieron cálidamente, cambió su nombre por el de Mahmoud Essadi, encontró el placer y el dolor de la vida nómada del desierto sahariano, y amó locamente —y de ello sus Diarios son fieles testigos— a Slimène. Con cada paso que daba se topaba con la rémora de su sexo, y para ello cambió sus atuendos por los masculinos de jinete bereber. Sufrió la pobreza y la frustración, padeció el rechazo de una parte de la sociedad árabe, que intentó matarla en un atentado que se detalla en los Diarios. Y, por fin, con su amado Slimène quiso retirarse al fondo del sur misterioso y crear una línea de caravanas comerciales. La muerte, absurda, lo truncó todo en el preciso momento en que la felicidad se abría a sus pies. El 21 de octubre de 1904 ella estaba en Aïn Sefra esperando a Slimène. Rouh —como le llamaba cariñosamente— llegó, e hicieron planes para su proyecto; habían conseguido el dinero. Slimène salió de la casa. Una tormenta atroz cayó sobre el poblado produciéndose una riada. La gente huía. Isabelle, desde el balcón de su casa, miraba aquel torrente. En unos segundos la casa se vino abajo. Cuatro días después hallaron su cuerpo bajo los escombros.

 

Adolfo García Ortega

Nació en Valladolid en 1958. Escritor, articulista y traductor. En 1975 se enamoró de Madrid y eligió esta ciudad como su residencia. Mientras formaba parte del resurgir político de la izquierda de entonces, trabajó en diversos empleos, tales como fontanero, carpintero y empleado del servicio de Correos, a la vez que estudiaba las carreras de Filología Hispánica y Filología Francesa. Francia es una de sus grandes pasiones, por su cultura y por su lengua, prueba de ello es su trabajo como traductor literario del francés y de los Diarios de una nómada apasionada de Isabelle Eberhardt en la edición publicada por La Línea del Horizonte.

Durante los años 80 se dedicó fundamentalmente al periodismo cultural y a la crítica literaria, especialmente en los periódicos El País, La Vanguardia y Diario 16. Entre los años 1988 y 1995 fue asesor en el Ministerio de Cultura, formando parte del gabinete de los sucesivos ministros Solana, Semprún y Solé Tura. De 1995 a 2000 fue editor en El País-Aguilar, de donde salió en el año 2000 para llevar las riendas de la editorial Seix Barral, de la que fue director hasta el año 2007. Desde entonces trabaja en el área editorial del Grupo Planeta en funciones de asesoramiento. Es firma habitual en algunos periódicos nacionales. Autor de una obra muy variada, su poesía completa está recogida en Animal impuro (2015) y sus cuentos se han reunido en el volumen Verdaderas historias extraordinarias (2013). En cuanto a las novelas, ha publicado las siguientes: Mampaso (1990), Café Hugo (1999), Lobo (2000), El comprador de aniversarios (2003), Autómata (2006), El mapa de la vida (2009), Pasajero K (2012) y El evangelista (Galaxia Gutenberg, 2016). Ha sido galardonado con algunos premios (el Dulce Chacón, el de la Crítica de Castilla y León) y distinciones (Pluma de Plata de la Feria del Libro de Bilbao, Premio Samuel Haddas del Estado de Israel). En 2017 publicó un singular ensayo literario titulado Fantasmas del escritor (Galaxia Gutenberg). Sus obras están traducidas a distintas lenguas.

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