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Nansen, maestro de la exploración polar

El científico que llegó a Premio Nobel de la Paz

JAVIER CACHO GOMEZ

Editorial: FORCOLA
Lugar: MADRID
Año: 0
Páginas: 520
Idioma: CASTELLANO
Encuadernación: Tapa blanda

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Ya nos cae bien por esas fotos en las que queda claro que era un bellezón, pero también porque era una persona bella en toda su expresión. Nansen ocupa un lugar sagrado en el podio de los grandes exploradores polares y otro igual de destacado entre los personajes que contribuyeron a hacer del siglo XX, un tiempo más humano. Javier Cacho cierra su trilogía de retratos polares con este hombre superlativo que, tras dejar trineos y esquís, trabajó para la Sociedad de Naciones y creó el Pasaporte Nansen a favor de los refugiados a quienes dedicó su vida. Y fue Premio Nobel de la Paz en 1922. ¡Ahí es nada!  
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Días de ocio en la Patagonia

A lo largo de estas páginas, envidiaremos la calidad del ocio que se permitió disfrutar William Henry Hudson, el naturalista, memorialista y novelista nacido en Argentina que fascinó con sus escritos a Jorge Luis Borges, a Joseph Conrad y a Ricardo Piglia, entre muchos otros.

16 de marzo de 2017

Diciembre de 1870, a unas treinta millas de la desembocadura del río Negro, en el umbral de la Patagonia argentina. Un desvencijado barco a vapor encallado en la arena, un capitán de ochenta años y casi agonizante, una tripulación queriendo amotinarse controlada a punta de pistola por un ingeniero inglés. Desolación, pánico, desconcierto.

Uno de aquellos desventurados pasajeros es Wiliam Henry Hudson, hijo de colonos norteamericanos, nacido en una estancia de Quilmes, provincia de Buenos Aires. Viaja a la Patagonia con la misión de estudiar las aves patagónicas  y escribir artículos para varias revistas británicas especializadas en el tema.

Impaciente e incrédulo ante la imposibilidad de un rápido auxilio, decide, con otros tres jóvenes, desembarcar y continuar a pie. Serán dos días de dura marcha, con sol, sed y un hambre feroz, apenas mitigada con alguna caza ocasional. Finalmente, consiguen llegar a las orillas del río Negro y, durante unos días, en un pequeño pueblo, el joven Hudson sueña con el momento de reemprender su misión.

Días de ocio en la Patagonia. William Henry HudsonPero el azar volverá a jugarle una mala pasada: un fortuito accidente, lejos de cualquier asistencia médica, pondrá a prueba otra vez su resistencia física y su empecinamiento vital. Victorioso de ambos desafíos, pero con problemas de movilidad, ha de modificar su plan inicial. Sus desplazamientos habrán de limitarse, el caballo será su mejor compañero y las exploraciones reducirán su radio de acción.

Quien sin rubor alguno nos confiesa que “sueña pájaros” tiene entonces todo el tiempo del mundo para agudizar la observación de las aves con una entrega, con una pasión, que lo lleva en ocasiones a mimetizarse, a camuflarse entre los arbustos, con tal de que los pájaros olviden su presencia y se le ofrezcan así con todos sus encantos.

Hombre observador y curioso, se encanta y se interroga constantemente ante esa naturaleza que lo atrapa y lo ensimisma en una continua reflexión sobre tal profunda interrelación. Así, reconoce que “la monotonía de las llanuras, la reducida paleta de colores del paisaje, el color gris siempre presente y la ausencia de animales y objetos que distraigan la mirada, dejan la mente libre y abierta para recibir una impresión de la tonalidad de la naturaleza. Uno contempla el paisaje como contempla el mar…”

Pero Hudson observa sin descanso también el paisaje humano de esas tierras. Gran conversador, rememora  interminables veladas, ora con colonos, ora con gauchos, y a través de esos recuerdos nos llega la épica patagónica, desde los primeros tiempos de la colonización, a través de historias y leyendas apasionantes.

Por doquier, como una sombra en continuo acecho, pero cuyo próximo dramático exterminio se presiente, están los indios. Hudson no escapa a la visión colonial sobre los que actualmente reciben, con justicia, el nombre de “pueblos originarios”. Pero, aunque considera que el “contacto con una raza superior los ha rebajado terminando por reducirlos casi hasta la extinción”, observa maravillado cómo esos indígenas consiguieron un estado mental armónico, articulado a esa naturaleza tan hostil y que, cree, es lo que les permitió sobrevivir. Y será esta fascinación la que le guiará a reiterados paseos por los cementerios indígenas, no  con el afán del antropólogo o del coleccionista, sino  con la ilusión de poder aproximarse, a través de los restos hallados, a la percepción de la Patagonia que ellos habrían tenido.

Decididamente, a lo largo de estas páginas, envidiaremos la calidad del ocio que se permitió disfrutar Hudson, quien, al descubrir que había pasado dos meses sin leer un periódico, escribe: “La pasión por la política, la imperecedera exigencia de novedades, no es otra cosa que un febril sentimiento artificial, una compañía imprescindible en las condiciones de nuestra vida, tal vez, pero de la que nos recuperamos cuando nos damos cuenta  de que no es indispensable, al igual que le sucede al borracho cuando se aparta de la tentación, renueva la salud y descubre con sorpresa que puede vivir sin la ayuda de estimulantes”.

Poco después de esta experiencia en el valle del Río Negro, Hudson marchará a Inglaterra y no volverá nunca a la tierra donde nació. Escribe este libro desde el recuerdo y enriquece sus evocaciones  con versos de Shakespeare, de Longfellow, de Tennyson; y  en sus  reflexiones científicas dialoga con las teorías de  otros naturalistas como Henry Bates o Alfred Russel Wallace.

Un verdadero placer la lectura de esta mimada edición de Días de ocio en la Patagonia que brinda, además, a los apasionados por la ornitología, no solo deliciosas descripciones de las aves de la zona, sino también los dibujos de algunas de ellas realizados por naturalistas contemporáneos de Hudson. Y que se inicia con el  documentadísimo prólogo de Pila Rubio Remiro, que contextualiza y perfila la figura de este naturalista, memorialista y novelista que fascinó, entre muchos otros, a Jorge Luis Borges, a Joseph Conrad y a Ricardo Piglia.

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