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Discurrir la montaña

Subir o no subir, continuar o retirarse, he aquí el dilema shakespeariano en que se debate todo montañero cuando la niebla oculta las cumbres de los Picos de Europa y el viento azota. Caminar, observar y reflexionar con el macuto a cuestas, en una ruta a hacia la cima más alta de Cantabria: Peña Vieja.

15 de enero de 2016

…sin paz, sin sueño, pero sin dolores,

luchamos con la altura,

nuestro hambre es celeste,

se nos quedan los ojos allá arriba,

en esa línea de las cresterías

tallada a diamante…

Antonio Colinas

Dos realidades enredaban cada uno de nuestros pasos en la subida a Peña Vieja, en los Picos de Europa, encima de las praderías de alta montaña de Aliva, en Cantabria. Tres oxímoron, si el lector permite la pedantería, esto es, tres contradicciones, tres cosas imposibles de vivir, sentir o pensar al mismo tiempo. Y también los enredaban la niebla que se formaba y luego desaparecía de la montaña y amagaba con amargarnos la existencia a los que disfrutábamos a su costa.

Eran, a saber:

 

1.    La existencia de la Fuente escondida

Se encuentra en una cueva  justo al poco de pasar un paraje conocido como La Vueltona: imaginativo y simpático tautopónimo que describe la enorme vuelta que da un antiguo camino minero. A partir de ahí, hay que abandonar su cómodo trazado para iniciar la subida por los derrumbes que durante milenios la erosión ha ido arrancando a la Peña Vieja, que, por ahora, parece que gana la batalla, aunque sepamos que está perdida desde el inicio de los tiempos. Acabará destruida. ¿Hay metáfora más precisa de nuestra condición humana? Piedras como chinitas –por pequeñas, claro– y grandes como edificios. La ruta nos hará subir el equivalente a 175 pisos, según me informó ella más tarde en un alarde de poética descripción destilada del iPhone y sus programas deportivos. Fuente Escondida… Una fuente ha de ser conocida y accesible, o no sirve para calmar la sed.  Escondida sólo tendría utilidad militar o mágica. Las de los cuentos de hadas están ocultas… ¿Serán esas ranas princesas? Mejor seguir siendo republicano.

 

2.    Niebla y viento

La niebla y el fuerte viento en altitud hacían que ella, mi acompañante, fuera desarrollando a cada paso una actitud profundamente hegeliana con notas lacanianas. Obviamente, eso desataba en mí una posición intensamente shakesperiana: subir o no subir, he aquí el dilema. Tesis  y antítesis,  continuar y retirarse, facilidad y peligro, qué bien que hemos venido y cuánto te odio. La síntesis se demoraba pero el tiempo apremiaba. Mientras la niebla y el viento colaboraban con  esa  actitud, que se sumaba a las otras dos realidades descritas, di, en un rapto poético, en  calificar nuestra excursión de “ambigua poética de la montaña organizada”. Ella se quedó en estado de shock al oír esta definición y eso contribuyó a que siguiéramos avanzando.

Ascensión al Peña Vieja, Picos de Europa, Cantabria

Rafael Manrique.

Iniciamos el ascenso desde la horcadina de Covarrobles, cerca de la estación superior del teleférico de Fuente De. Íbamos hacia la canal de la Canalona (la toponimia de este lugar es de una lógica que aplasta). Es una de las rutas, la más fácil. La otra asciende por la canal del Vidrio, no lejos del hotel-refugio de Aliva. Más difícil. La dura e impresionante Canalona –y de ahí el aumentativo– se supera gracias a un increíble camino construido en ella y ya medio derrumbado. Al llegar al collado al que esa canal da acceso  nos encontramos frente a la gran pirámide final. Ahí convergen las dos rutas mencionadas. Vienen descritas en todas las guías de montaña. Cualquier interesado puede buscar información ahí. Esa ascensión final tiene algún jito de piedra de orientación y restos de lo que podría considerarse la ruta más fácil. Pero se pierde en numerosos lugares y hay que ir intuyendo. No es necesario trepar, sólo subir y bajar, evitando caerse en las inestables piedras y derrumbes. Entre dos y tres horas llevará la subida. Claro que eso depende de cómo se haga. Si se conversa, se compara, se mira, se fotografía, se lee, se interioriza, se interpreta el paisaje… será larga. Y esta observación no es tan banal como parece. Para éste que escribe, la montaña no es un deporte, sino un acontecimiento vital, por decirlo de manera grandilocuente. Eso significa que toda ascensión tiene un contexto, una razón y un problema. Y se lo digo dolido por la observación de lo que me dijeron acerca de lo que era un iron man. Por si alguno hay que, como yo, lo ignora, se trata de gente que sube a la montaña corriendo, sin mirar, sin hablar, saludar, hacer fotos ni decir cursiladas acerca de la grandiosidad del paisaje. Sólo hay que llegar a la cima y, cumplida la misión, al segundo siguiente bajar. Uno de ellos nos adelantó. Y les cuento esto a caballo entre la crítica, la sorpresa y el resentimiento: mientras nosotros moríamos luchando entre las pedrizas, él trepaba cual rebeco con TDH  (trastorno de hiperactividad, eso que dicen de los niños traviesos y desagradables).

 

 3.    Pájaros etiquetados y anillados

La cima es la más alta de Cantabria. Una altitud siempre en discusión, pero, en todo caso, superior a los dos mil seiscientos metros. Desde allí se observan muchas cosas. Algunas existen y otras no. ¡Quién supiera distinguir entre ambas! Pero en todo caso la producción de nuevas experiencias, en definitiva, aquello que cambia lo que somos, acerca de uno mismo y los demás, ocurre, imperceptiblemente, alrededor de cada maldita piedra que nos ataca camino de la cima.

Se está en el núcleo del macizo central. Su cumbre se sitúa frente a  todas aquellas que son alguien en estas montañas: Naranjo de Bulnes, Tesorero, Castil, Cabrones, Cerredo y, a lo lejos, la Peña Santa de Castilla, ya en el macizo occidental.  La cima de Peña Vieja, por otro lado, apenas se puede pisar. Casi no cabe más que una sola persona en el punto máximo, donde hay un humilde buzón metálico de esos en los que, en épocas pre-Internet, la gente depositaba mensajes.

Se vuela desde ella sobre  la vega de Aliva, dramáticamente situada mil metros más abajo. Al fondo, la cordillera Cantábrica. Miles de años separan la formación geológica de ese sistema montañoso de la época Terciaria de éstas de los Picos del Cuaternario. Son muchísimos más jóvenes, adolescentes casi. Eso tal vez explique su áspera belleza, su insolencia, su impiedad, su dificultad de trato… su atractivo no siempre recompensado.

Tal vez su arrogancia se vincule al hecho de que antes fueron planas, fondo del mar, conchas calizas de animales ya muertos, y que después de  ser mar y ascender a las alturas tras terribles plegamientos (¿otra metáfora geológica?) fueron glaciares o, más bien, los campos de nieve que alimentaban los glaciares que modelaron su paisaje.

Allí arriba había una clase de pájaros parecidos a los grajos (la ornitología nunca me supo despertar), anillados y etiquetados. Resulta desasosegante.  Se trata de un ave endémica  y salvaje, y ahí la tienen ¡con código de barras!  Cosas veredes, Mio Cid, que farán fablar las piedras (nunca mejor dicho). Nos reconoce. Sabe que los montañeros suelen acabar por dejar restos que podrá comer. Somos para él (o ella, o… a saber) “humanos objeto”. Una fuente, si no  de alimento –podrá comer sin nosotros–, sí de novedades gastronómicas.

Peña Vieja nos permitió subir, no sin antes advertirnos de su poder con el viento terrible que casi nos arrastraba en La Canalona y la niebla que abría y cerraba los sentidos. Entre ambas cosas la visión de la pirámide final que lleva a la cumbre que antes mencionaba nos hacía de nuevo titubear: ¿Era fácil o difícil? Desde abajo parecía inaccesible, pero sabíamos que no era así, que se podía subir con cierta  facilidad. De nuevo esa tremenda discordancia entre el ser y el parecer. La diferencia entre lo que vemos y lo que sabemos.

Aquí la naturaleza tutea. No tiene en cuenta que está delante de un par de homo sapiens, de los conquistadores de la Tierra, de la ciencia y de la realidad. Acurrucados entre unas rocas esperando que despejara la niebla, no sé si tendríamos algo de sapiens, pero de conquistadores, poco.  Al llegar a la cima nada importa. Se está de prestado. No es lugar para vivir. Y eso es algo bueno. Permite disfrutar sobriamente de esa posición de advenedizo, de invitado, de ajeno, de fragilidad. Placer del esfuerzo, placer del peligro… Más contradicciones.

En la cima, curiosamente sin niebla ni casi viento, más valía callar, mirar el paisaje, mirarse a uno mismo, mirarla a ella y empezar a bajar. 

¡Cima de la delicia!
Todo en el aire es pájaro.
Se cierne lo inmediato
Resuelto en lejanía.

Más, todavía más.
Hacia el sol, en volandas
La plenitud se escapa.
¡Ya sólo sé cantar!

Jorge Guillén

peña vieja, picos de europa, viaje a cantabria

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