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Histórico noticias



Donde nadie conoce a Simbad

En Omán, uno de los pocos sultanatos que quedan en la tierra, todo el mundo adora al sultán y nadie parece saber quién era el famoso viajero de ‘Las mil y una noches’. No hay rastro de las aventuras de Simbad el Marino en el siempre sorprendente país de la Península Arábiga.

3 de noviembre de 2016

¿De qué modo, bajo qué circunstancia, por qué causa y cegada por qué obstrucción mental decidí presentarme aquel mes de agosto a 53 grados en Omán?

Después de leer Los árabes del mar, de Jordi Esteva, había tomado un autobús desde Dubái, uno de los Emiratos Árabes, y atravesé el desierto para llegar a Mascate, la capital de uno de los sultanatos más enigmáticos del planeta.

Omán se encuentra en la península arábiga lindando con Arabia Saudí, Yemen y Emiratos Árabes. Tiene una población de menos de cinco millones de personas, lo tradicional es llevar una daga anudada al cinturón y las rotondas lucen figuras megalíticas aptas para ciegos. En Omán, uno de los pocos sultanatos que quedan en la tierra, todo el mundo adora al sultán, el misterioso Qaboos.

No quería salir de mi hotel en Mutrah, la corniche de Mascate, la capital; más de cincuenta grados eran demasiado para una occidental medio perdida como yo. ¿Qué hacía allí?, ¿por qué elegí ese destino? Observé que los omaníes madrugaban mucho y cuando el sol estaba alto se retiraban a la intimidad de las umbrías casas hasta el atardecer. Y yo decidí hacer lo mismo. Qué remedio.

Viaje a Emiratos Árabes y Omán

Mónica Hernández.

La primera mañana me animé muy temprano a visitar la lonja, a pocos minutos andando desde mi hotel. ¡Todos los vendedores eran Simbad el marino! Hombres ataviados con dishdashas impolutas y turbantes o gorros llamados Kilna; vendían decenas de clases de pescado, incluyendo tiburones. Ni una sola mujer. Me tenía que acostumbrar, ya que en los países árabes la mujer y la vida pública no suelen ir de la mano. El pescado fresco y recién traído de dios sabe qué mares me llamaba la atención al igual que los vendedores.

Viaje a Emiatos Árabes y Omán

Mónica Hernández.

La zona antigua de Mascate estaba formada por  calles estrechas y angostas, zocos mágicos, puertas ricamente ornamentadas. Mujeres de negro caminaban huidizas y escapaban de mi cámara y hombres de blanco me miraban entre curiosos y extrañados. Yo era una mujer blanca sola. Quizá la primera que veían.

En mis paseos por los zocos, me venía a la mente la imagen de la catedral de Santiago de Compostela, no entendía muy bien el motivo. Más tarde lo averiguaría con gran sorpresa.

El transporte en Omán

Difícil porque, al no recibir mucho turismo, no existe infraestructura. Fácil porque la red de carreteras es espectacular. Y esa es una de las razones por las que todo el país adora al sultán. Qaboos supo invertir el dinero del petróleo  en modernizar su país. La sanidad es gratuita, la gasolina barata, la electricidad llega a cualquier lado, las tierras se regalan cuando el nivel de ingresos es bajo… A cambio, nadie sabe nada de su vida privada. Si está casado, si tiene hijos, la vida que lleva, la edad que tiene…

Y yo seguía pasando calor. 53 grados de temperatura. 80% de humedad.

Viaje a Emiratos Árabes y Omán

Mónica Hernández.

El taxi

Tras intensas averiguaciones para saber cómo podía trasladarme por el país sin alquilar un coche, decidí visitar Nizwa, una de las ciudades más bonitas, dentro de una muralla restaurada, que fue capital de Omán. Hasta allí llegué en autobús de línea. Reservaban los primeros asientos para mujeres. Nizwa estaba repleta de calles pintorescas, antiguas fortalezas y personajes muy curiosos comprando la daga tradicional del país. Nizwa era como haber retrocedido en el tiempo, por tópico que sonara. Nizwa había sido siempre así.

Como los hoteles se encontraban a unos cuatro kilómetros del centro, para acudir allí necesitaba un taxi. Era una mañana muy calurosa y húmeda. Yo vestía un blusón ancho sin mangas y pantalones anchos y largos de algodón. Gorro y gafas de sol. Comencé a caminar hacia el centro con intención de levantar la mano al paso de los taxis. Llevaba unos veinte minutos levantando la mano sin cesar y me ignoraban olímpicamente. Y yo derritiéndome por todas las rotondas… De pronto paró uno: a rayas y con una inscripción árabe en la parte de arriba. Todo bien. Dos cosas me llamaron la atención: el taxista era manco (pensé: ¡si pasa algo puedo con él!) y en el asiento del copiloto había dos pedales. Sin más. Quién sabía cómo eran los taxis omaníes… El conductor hablaba un pobre inglés y se negaba a cobrarme por el recorrido que yo le pedía. Se excusaba con un argumento que yo no entendía a pesar de mi insistencia. Me explicó que el resto de taxistas no me habían parado porque yo mostraba mis hombros, algo insoportable y casi ilegal en el país a pesar del termómetro a punto de explotar, así que me llevó a un zoco y me compré un nuevo blusón hasta las rodillas con manga larga. Dispuesta a socarrarme pero no a incumplir la sagrada ley, recorrimos toda la mañana pueblos aledaños de Nizwa, las ruina yemeníes de Al Hamra, las montañas, los oasis. Al terminar, yo tenía billete de bus dirección Mascate pero él me sugirió que recogiéramos a un amigo suyo y serían ellos quienes se ofrecían a llevarme porque precisamente esa tarde tendrían que estar allí dando unas clases. A la hora convenida recogimos a su amigo y, aunque en viaje me asaltaron algunos temores sobre si estaría yo cometiendo alguna temeridad al irme con dos desconocidos por una autovía, hubo buen ambiente. En la capital fuimos  a un bar algo lúgubre con la excusa de que yo era occidental y podía beber alcohol y, como allí no estaba permitido, en ese bar harían la vista gorda. El alcohol era carísimo. El taxista manco se fue a las famosas clases de no entendí qué y al rato regresó. Después le tocó el turno al amigo y, cuando volvió, nos fuimos los tres a cenar. El manco se había emborrachado y estaba algo pesado. Fuimos a un restaurante con chicas bailando. Decidí irme. Cuando insistí en que me llevaran a mi hotel, el manco me espetó que cogiera un taxi. Le respondí que ellos mismos ya lo eran, y el amigo, en un inglés mucho mejor, extrañado por mis palabras, me soltó: “¿Taxi?, nosotros somos profesores de autoescuela, el coche es el de nuestra autoescuela y una vez por semana venimos a Mascate a dar clase. Y si te ha parado mi amigo esta mañana es porque sabía que no te iba a parar ningún taxi por ir mostrando los hombros y se apiadó de ti!”

Viaje a Emiratos Árabes y Omán

Mónica Hernández.

Pasados unos días decidí viajar a la blanca y portuaria Sur. En ninguna de las ciudades de Omán sabía nadie quién era Simbad el Marino. Yo preguntaba por Simbad the Sailor y me miraban con extrañeza. Había leído en Las 1001 noches que Simbad era omaní. Tampoco era tan raro. Probé suerte en la marítima Sur con igual resultado. En las playas se veían los dhows, las embarcaciones tradicionales, marineros, pescadores… familias ricas con muchos hijos y asistentas filipinas o indonesias… Pero nadie se bañaba. Cuando traté de hacerlo yo, provoqué espectáculos sólo comparables con el número de espectadores de la Champions League. Pero aquel calor tan terrible y aquellos mares tan exóticos y azules…

Al mismo tiempo, la catedral de Santiago cada vez se hacía más presente en mí. Fue en Sur donde descubrí por qué.

Antes de que llegara la noche y visitar la zona donde desovaban las tortugas marinas en las zonas de Ras Al-Hazz y Ras Al-Junayz, decidí caminar por el paseo marítimo, ver el faro restaurado y pasear sin rumbo por el casco antiguo. Sur era una mezcla de la tunecina Sidi Bou Said y Almería. A causa del calor, tuve que entrar a reponerme en los bares de la ciudad, donde a mi llegada se hacía siempre el silencio. Los hombres se quedaban estupefactos mirándome y después reanudaban sus conversaciones. Ninguna mujer en ningún bar. La mayoría tapadas completamente con su obaya negra se escapaban de mí por las umbrías callejuelas. En cada establecimiento que me detenía, comenzó a ser habitual una práctica de la que me terminé beneficiando: al llegar y sentarme, alguno de los hombres que más me miraban venían a mi mesa y me pedían disculpas en un perfecto inglés; me preguntaban de dónde era, qué hacía yo allí y qué quería visitar; tras mis respuestas todos se ofrecían a llevarme en sus grandísimos coches preparados para el desierto. En un principio declinaba las invitaciones por miedos, precauciones o pudores. Cuando comprendí que era más la curiosidad y la amabilidad que las segundas intenciones lo que les acercaba a mí, terminé por tener decenas de chóferes en todo el país y pude llegar a todos los rincones que me propuse. Uno me llevó a un zoco y me esperó a la salida a que yo terminara mis compras; otro me llevó al aeropuerto; otro a recorrer oasis; otro a las playas, en la que los locales no se bañaban sino que jugaban al fútbol… El que me llevó al zoco de Sur tuvo que escuchar el resultado de mis hallazgos sobre mis recuerdos de la catedral de Santiago. Resulta que Omán produce gran parte del incienso que se consume en el mundo. Hay una zona del país llamada Dhofar donde se siembra el árbol del incienso, el olíbano. Y el olor del incienso quemado se extiende por todo el país evocando, en mi caso, al Botafumeiro.

Viaje a Emiratos Árabes y Omán

Mónica Hernández.

Pensé que para completar mi visita al país debía ir a Salalah, segunda ciudad más grande del país, más fresca que el resto y cuna del sultán Qaboos. Sólo podía ir en un bus nocturno viajando toda la noche o en avión. Decidí ir en bus. Me senté en la primera fila y miré a mi alrededor. Me puse al borde del infarto: todo hombres, con vestimenta paquistaní, mirándome como si acabaran de entrar en el bus Pamela Anderson con su bikini de vigilante de la playa. No me quitaban ojo. Yo iba con un blusón hasta las rodillas tres tallas grande, moño y gafas de ver. Ninguna mujer. Ningún turista. Me senté y me recorrió un escalofrío. Pero, ¿qué hacer? ¿Iba a pasar la noche en ese bus? En la estación me habían dicho que no había más horarios, había dejado ya el hotel, tenía otro reservado en Shalalah y se me acababan las vacaciones. No tenía margen para cambiar de planes. Quedaban diez minutos para que partiera el bus y yo estaba a punto de arrancarme los pelos a mechones. Entonces entraron dos pasajeros omanís. Uno de ellos, que iba a acompañar a su hermano al autobús, se dirigió a mí extrañado ante la situación: “¿Estás sola? No es recomendable que hagas este viaje… Los paquistanís no son de fiar… Ven conmigo que yo te consigo otro billete”. Algo me decía que tenía que salir de ese bus urgentemente, así que le seguí hasta la estación. Antes de entrar se dio la vuelta misteriosamente hacia mí y me susurró: “No entres. Si ya te han dicho que no hay billetes, te lo van a volver a decir. Dame el dinero y el pasaporte y espérame”. No tenía opción. Le di lo que me pedía y esperé. Pero en cuanto desapareció de mi vista comprendí que acababa de cometer el gran error de mi vida, así que entré en la atestada estación dispuesta a cometer cualquier locura. No había ningún policía, así que, en estado de trance, me dirigí a un barrendero y le pedí su escoba, lo primero que se me ocurrió para defenderme. No me entendía. Yo estaba ya fuera de mí, creyéndome la víctima de una conspiración internacional: me acababan de robar el pasaporte en mis narices con dios sabía qué objetivos. Entonces me lancé desatada en busca del asesino-ladrón-falsificador de documentos por toda la estación. De pronto, apareció de la nada, sorprendido, ante mí: “¿Adónde vas, no te dije que no entraras? ¿Y qué haces con esa escoba? Aquí tienes tu dinero de vuelta, tu pasaporte y tu billete en una compañía en la que suelen viajar familias. Tienes sitio en la primera fila, reservada para mujeres. Te doy también mi teléfono por si tienes algún problema”. Todavía estoy buscando mesas para meterme debajo y no volver a salir.

En Salalah corrí nuevas aventuras con  mi improvisado chófer de turno que me llevó al zoco, me esperó, después a las verdes montañas, torrentes y cascadas providenciales en el país, a la tumba del profeta Job, y después le di libre el fin de semana. Omán seguiría sorprendiéndome hasta mi regreso de vuelta a Dubai. No había ni rastro de Simbad el Marino pero, de verdad, fue lo que menos me importó.

las mil y una noches, viaje a oman

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