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Dos otoños en Compostela

La luz, la hora del día, las estaciones del año y la poesía de Rosalía de Castro y Gustavo Adolfo Bécquer dibujan Santiago de infinitas formas. Ciudad peregrina donde aprender que caminar es dejar de pertenecer a un lugar, es estar en el medio de todo y, a la vez, en mitad de la nada.

18 de diciembre de 2017

En algún momento, a finales de 1869 o en 1870, se produce el encuentro entre una mujer gallega y un hombre sevillano, ambos pálidos por enfermedades que les devoraban desde hace años. A ella, la negra sombra le daría alcance a los cuarenta y ocho años, en julio de 1885, y a él, a finales de 1870, con treinta y cuatro años. No he podido leer sobre ese encuentro, ni saber qué se dijeron aquellos dos rostros fatigados de las contrariedades de sus vidas. Dos humanidades que son los dos máximos exponentes de la poesía española del siglo XIX, posrománticos o precursores de la poesía de la Modernidad, como prefieran. Tal vez, entre ellos no fue necesario hablar de la angustia, del desasosiego, del amor doliente o de la existencia en carne viva; esos temas, ambos, los conocían. Quizá, Gustavo Adolfo Bécquer, soñando en un viaje ya imposible debido a la tuberculosis, quiso que Rosalía de Castro le hablase de Santiago. Entonces, ella le hablaría de la ciudad donde nació, según el registro, de padres desconocidos. Le hablaría de Compostela descendiendo al rincón de los detalles, porque sabía que:

Es feliz el que soñando, muere.

Desgraciado el que muere sin soñar

(Rosalía de Castro)

Dos otoños en Compostela
Dos otoños en Compostela

Rosalía de Castro nace un 24 de febrero de 1837 en Santiago de Compostela, una ciudad capaz de guiar cada año a miles de peregrinos hasta una punta occidental de Europa cerca del cabo Finisterre, allí donde acababa y ya no acaba el mundo. Los caminantes avanzan durante días empujados por razones claras o ambiguas hasta alcanzar el kilómetro cero en la Praza do Obradoiro.

Ella nació en una ciudad donde uno entiende que caminar es dejar de pertenecer a un lugar, es tener un origen que abandonas y una meta que no es tuya; es estar en el medio de todo y, a la vez, en mitad de la nada. Una ciudad donde uno experimenta que caminar es el viaje y el destino. A Santiago le acompaña su leyenda medieval, la que narra cómo el eremita Pelayo, alertado por luces nocturnas que se producían en el bosque de Libredón, avisó al obispo de Iria Flavia, Teodomiro, quien descubrió los restos del apóstol Santiago y de dos de sus discípulos en el lugar en que posteriormente se levantaría Compostela. No han faltado voces que cuestionasen la autenticidad de este origen; sin embargo, el camino físico está ahí, visible para todos, y lo está el otro, el invisible, para quien se atreve a entrar en los pasillos del alma. El camino es cualquier hombre en busca de su sentido, y ésta es la necesidad básica que mantiene viva la senda hacia Campus Stellae, el Campo de la Estrella o Composita tella, las tierras hermosas.

El que tiene imaginación,

con qué facilidad saca de la nada, un mundo

(Gustavo Adolfo Bécquer)

Dos otoños en Compostela

Muchas veces, Santiago te sella los labios en alguno de sus parques, te deja allí contemplando el cielo y todo lo que por él pasa. Y te quedas viendo cómo se van marcando con lentitud los perfiles, los contornos de la ciudad vieja, Patrimonio de la Humanidad desde 1985. Estés donde estés, en ese momento logras estar en todos los lugares que has conocido de la capital gallega, porque sientes cada calle y cada plaza: bajas desde la Casa da Parra en la Praza da Quintana de Vivos a la Praza da Quintana de Mortos, vas a la Plaza de Platerías, la Rúa do Vilar, la Rúa Nova, la Praza do Toural, la Rúa Travesa, el Arco de Mazarelos, y pasas por la Ruela Sae se podes, la calle más estrecha de la ciudad. Ves edificios románicos, góticos y barrocos dentro de una de las más hermosas zonas urbanas del mundo. Te detienes en la Praza do Obradoiro, donde se ubicaba el taller de los canteros que trabajaron en la construcción de la catedral y donde se agrupa un magistral conjunto de monumentos antiguos alrededor de la tumba de Santiago. Acabas en la Alameda recordando el Pórtico de la Gloria.

Compostela es una ciudad artística, de artesanía, de pequeñas tiendas, de música que resuena en las calles porticadas, en la piedra, en las fachadas de pazos e iglesias, en esquinas y tejas. Un lugar donde no ves dos rincones iguales, aunque no te muevas nunca. La luz, la hora del día, las estaciones del año, dibujan Santiago de infinitas formas. De ida, no es la misma ciudad que recorres de vuelta.

La urbe está hecha de puntos cálidos y mágicos, como la Plaza de Abastos, con el Mercado de Abastos. Cualquier mañana de lunes a sábado, el producto fresco de la zona se vende en sus hileras de puestos que poseen el olor de las tierras y los mares gallegos; y el domingo sigue activo con restaurantes y terrazas. Santiago es una ciudad de encuentros, un lugar de abrazos, de conversaciones, una casa que invita a compartir lo vivido y lo que quede por venir, Bécquer dijo que:

La soledad es muy hermosa,

cuando se tiene alguien a quien decírselo

(Gustavo Adolfo Bécquer)

Dos otoños en Compostela

Dos otoños en CompostelaQuizá, Rosalía y Bécquer hablaron del otoño que se había instalado en los dos. Del desengaño y la desilusión, de la pasión enjaulada y de la sangre perdida, también de la naturaleza y del sueño de otras vidas. Ella describiría el otoño compostelano, el orballo, el color de noviembre en los árboles que rodean el Convento de Santo

Domingo de Bonaval, donde hoy está su tumba. Rosalía otorgó prestigio al gallego al usarlo como vehículo en sus obras, y es hoy un símbolo del pueblo de Galicia. Ambos fueron referentes para los escritores del 98 y son iconos eternos de las letras españolas. En el anverso de los billetes de 500 pesetas, estuvo el retrato de Rosalía de Castro y en los billetes de 100 pesetas, el retrato de Bécquer. El dinero cayó rendido a la poesía impagable.

Ellos, ajenos al reconocimiento que les esperaba tras la muerte, tal vez intercambiaron aquel día apenas un par de frases, porque los poetas se consumen por escrito; o fueron muchas, porque Albert Camus escribió que “el otoño es una segunda primavera en la que cada hoja es una flor”, y a Rosalía le gustaban las flores. Poco antes de morir, ella quiso un ramo de pensamientos, y le pidió a su hija Alejandra que abriera la ventana para poder ver el mar. Estaba en su casa de Padrón, lejos del agua salada, imposible para otros ver el océano desde allí, pero no para ella. Rosalía sabía que el mar nunca desaparece de los ojos que lo han visto, que entra por cualquier rendija, al igual que la poesía, al igual que Santiago.

Yo no sé lo que busco eternamente

en la tierra, en el aire y en el cielo;

yo no sé lo que busco,

pero es algo que perdí no sé cuándo y que no encuentro,

aun cuando sueñe que invisible habita en todo cuanto toco y cuanto veo.

(Rosalía de Castro)

Dos otoños en Santiafo

Dos otoños en Compostela

Dos otoños en Santiago

Dos otoños en Santiago

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  • 18 de diciembre de 2017 a las 19:50

    Me ha gustado mucho. También las fotografías !!

    Por Jose Guitian