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El aroma de la intemperie

Por Fernando Abascal Cobo. El escritor Rafael Manrique nos relata un viaje, mucho más que un viaje, que hizo a un remoto lugar, al noroeste de Australia, a la región de Kimberley, «el último Far West de la Tierra», un espacio enorme fascinante y casi vacío, un lugar metonímico, holograma que condensa nuestro planeta.

10 de enero de 2019

Rafael Manrique ya es poseedor de una amplia bibliografía, no solo en áreas y temas relacionados con su ejercicio profesional, el estudio de la mente o la psicoterapia, sino también en ámbitos como el pensamiento crítico, el cine, los viajes (recordemos títulos como La densidad del desierto o El viaje y las horas y la ficción narrativa (es coautor, de 19 rayas y El gran vacío amarillo, ambas publicadas por las editoriales cántabras, Milrazones y El Desvelo, respectivamente).

Estamos, pues, ante un autor con una obra ya importante y que, en mi opinión, está concebida y escrita desde una óptica profundamente humanística y cercana al lector, esto es, sin arrogancias intelectuales ni desbordamientos sentimentales, con una fluida y limpia prosa que no excluye nunca lo poético, la exploración personal, la atinada reflexión, las fértiles y ajustadas referencias culturales o, incluso, el guiño irónico y humorístico.

En La memoria de la Tierra. Kimberley o el Far Westaustraliano, el autor nos relata un viaje, mucho más que un viaje, que hizo a un remoto lugar, al Noroeste de Australia, a la región de Kimberley, «el último Far West de la Tierra», un espacio enorme fascinante y casi vacío, híbrido entre lo desértico y lo monzónico; un lugar metonímico, holograma que condensa nuestro planeta, nuestra memoria de la tierra y donde se cruzan lo universal y lo local, lo ontológico y lo singular.

La memoria de la Tierra. Kimberley, Australia.

El autor, acompañado de un pequeño grupo de cuatro personas y un guía (PT), a los que levemente iremos conociendo a lo largo de la lectura del libro, convierte el viaje y su narración en una experiencia que es a la vez ética y estética y que, en gran medida, podemos calificar como experiencia del asombro; asombro tanto en el sentido filosófico que emplea Aristóteles al principio de su Metafísica, como en relación a ese sentimiento que ilumina nuestra mente y que nos permite encontrar, a partir de la contemplación de lo que nos rodea, las respuestas a lo que nos desconcierta.

En este libro Rafael Manrique no trata tanto de dar respuesta a grandes interrogantes sobre la dialéctica mundo exterior e interior, como de atrapar la plenitud de una realidad sensible y extraordinaria que nos interpela y nos cuestiona sobre nuestro ser y estar en el mundo. Ya hablaba el poeta francés René Char de respuestas interrogativas.

El viajero, pero también los lectores, experimentarán leyendo esta obra el aroma de la intemperie, la memoria de lo abierto, la porosidad entre nuestra identidad y los lugares que habitamos, pero también la extrañeza que supone recorrer un espacio, a su vez extraño, donde contarnos y «encontrarnos» a nosotros mismos y en el que reflexionar sobre la posibilidad de sentirlo, de narrarlo y, de este modo, transformar nuestra capacidad receptiva. El viajero, pero también el lector de La memoria de la Tierra, quiere dilatar el tiempo en la ceremonia de la percepción. Y es que el viaje se concibe aquí como la potente manifestación de un deseo que, en palabras del autor, «no se deja explicar»; como una apuesta vital, una travesía por lo desconocido que nos permite percibir sensaciones nuevas, ángulos no hollados de nuestra fatigada sentimentalidad; emociones que no sean vicarias y que nos hagan «realmente» sentir; que perturben y disloquen nuestra identidad.

Rafael Manrique.

Aquí se entiende el viaje como la posibilidad de una conexión entre lo cercano y lo lejano, como algo que amplifica nuestra existencia y abre el abanico de una programada y uniforme visión. Y es que contar la lejanía, como dice Antonio Prete, es «conferir presencia a lo que la presencia escapa». En cierto modo, Rafa Manrique, en una época de contracción de la idea de lo lejano y en la que todo es simultaneidad, rapidez e inmediatez, da sentido, razón y tiempo, en suma, da palabras a lo inalcanzable. Pero también el viaje se manifiesta aquí como experiencia donde lo identitario se percibe con sus rigideces y sus estrechos límites; el viaje como resultado de un tiempo y un espacio donde nuestra fragilidad se vuelva un antídoto y donde podamos dialogar con la relatividad de la distancia, con lo extraño, con esa lacaniana «otredad» de orden simbólico. El viaje, en fin, como un modo de reescribir lo que somos.

Manrique nos habla en esta obra de una arriesgada y bellísima travesía (vean si no las fotografías del autor que acompañan la lectura del libro); una travesía muy alejada de la actual metástasis turística que convierte el viaje y la aventura en productos vendibles y masificados, en experiencias artificiales y televisadas producto de una generalizada lobotomía cultural.

Podríamos afirmar que aquí estamos ante lo que podríamos denominar un viaje geológico, y lo es porque en él se explora la singularidad de un espacio que conecta cuatro elementos superpuestos: la población humana aborigen (es decir, los pobladores que habitaron un territorio desde el principio, pues eso es lo que significa «ab-origen»), la interpretación cultural y antropológica, la producción artística y la realidad histórica y colonial.

Rafael Manrique.

Y así, La memoria de la Tierra se configura como una exploración de un lugar de origen, el mundo mítico y a la vez experiencial de Kimberley, un territorio que supera su «fisicidad» para constituirse en una articulada cosmovisión que se denomina, entre otros nombres, «Ensueño», y que conforma una compleja estructura narrativa que se manifiesta en esos cantos aborígenes que codifican mitos y creencias y que Bruce Chatwin contó magistralmente en su conocido libro sobre Australia, Los trazos de la Canción.

La mirada de Rafael Manrique se bifurca en este libro como un proceso doble, una alteridad visual: la de la intuición y la de la razón. Escribía Baltasar Gracián —frecuenten la lectura del extraordinario jesuita aragonés— que «se necesitan ojos incluso en los ojos mismos, ojos para mirar cómo miran», enunciado del que mucho tiempo después Antonio Machado se haría eco y que también se aproxima al del pintor romántico alemán Gaspar Friedrich cuando escribió: «Contemplar a los que contemplan».

Pues bien, la mirada de Rafael abarca aquí múltiples territorios: explora la inmensidad y el detalle de un espacio que, generosísimo en su diversidad, nos interroga y que es visto y a su modo también nos ve con su inmenso y polifémico ojo. El autor, así, nos habla del singular arte polinesio, de la íntima conexión que existe entre arte y realidad y entre imaginación y materialidad, pero también sus palabras nos proponen un diálogo con el espacio, con  la naturaleza y con la historia, y nos revelan la poética de la región de Kimberley, su belleza inefable y «sublime», ese concepto que tan bien describió  Edmund Burke al separarlo de la mera «belleza».

Rafael Manrique.

Aquí o allí, nos dice Rafael Manrique, nuestra prepotente ideología, nuestra engreída racionalidad manchan, empañan nuestra mirada. La belleza, lo dijo George Santayana y así lo cita el autor, se siente, mejor que se comprende.

Viajaremos en este libro por los desiertos, esos espacios, como decía Edmon Jabès, que se conforman como «el verdadero lugar de la palabra»; espacios irrepresentables que favorecen la meditación sobre la ausencia, la desaparición, lo blanco, la apariencia y la finitud; lugares «donde la palabra se ofrece en su desnudez liberada», donde sentir la alucinación del límite, las refracciones del silencio, lo indescifrado.

Viajaremos también (¿no es acaso el lector un sedentario viajero?), por el tiempo y su meditación, por las islas de intemporalidad que el arte, la belleza y otras manifestaciones de intensidad a veces parecen proporcionar; nos moveremos por las ciudades de Darwin y Broome, por la pista de Gibb River Road, que recorre durante 665 kms., de este a oeste, toda la región de Kimberley; nos detendremos en sus estaciones; contemplaremos los baobabs y los termiteros, los refugios en la sabana; dormiremos a la intemperie, bajo el hechizo de las estrellas; navegaremos por el lago Argyle; visitaremos con los ojos del autor el parque de Purnululu y las cúpulas de Bungle-Bungles, playas hipnóticas, formidables desfiladeros, edénicos ríos, toda una naturaleza excesiva que, a la vez, nos quita y nos da la palabra.

Rafa Manrique deja hablar a los sentidos, anota palabras en su agenda, comentarios, meditaciones, los desórdenes del día, miradas, conversaciones, y ahora nos las entrega en forma de libro, generosamente, casi diría amorosamente, a los lectores para que disfrutemos de todo lo que él ha disfrutado. Son palabras las suyas condimentadas con inteligencia y sensibilidad para hablar no solo de un sofisticado universo simbólico, el de Kimberley, sino también, como hemos mencionado, de nuestros paisajes interiores, de nuestra geología sentimental; de la naturaleza de nuestras pasiones y de la dialéctica poética entre persona y espacio; de la necesidad de encaminarse hacia la levedad del ser; de la espesa densidad de un espacio probablemente único, un poderoso lugar para comprender, y cito al autor, «la compleja y contradictoria inserción del hombre con la naturaleza». Y qué razón tiene Rafael cuando escribe que «todo viaje o es iniciático o es banal».

Lean y disfruten de esta magnífica obra de Rafael Manrique, que es un libro de geografías físicas y personales, pero también de topografías del inconsciente; una obra de poderosas imágenes a partir de las cuales el lector consigue reactivar su lectura. Lean La memoria de la Tierra, una obra escrita con el idioma de los sentidos y con un tono cercano y casi confesional. Y asombrémonos todos, como lo hace Rafael, por la Tierra y por su memoria, por la dicha de la vida y por la alegría de estar vivos.

La memoria de la Tierra. Kimberley, Australia.

Fernando Abascal Cobo

Catedrático de Instituto en la especialidad de Lengua y Literatura y profesor-tutor en el Centro Asociado de la UNED en Cantabria. Ha impartido clases de Literatura en la Universidad de Cantabria y actualmente colabora como profesor en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo.

Autor de los libros de poemas: Ramaizal (1977), De palabra (1981), La memoria del cuerpo (1985), Manual para cruzar el mar (1987), Tratado de pasión (1999), Los poemas ásperos (2010), Torre Hölderlin (2015). Su obra poética ha sido recogida en varias antologías nacionales, así como en revistas literarias como Peñalabra, Luna de abajo, Barcarola, Fábula, etc.

Autor de numerosos artículos y estudios sobre temas literarios, ha recibido los premios de poesía José del Río Sainz (Gobierno de Cantabria) y Gerardo Diego (Castilla-La Mancha).

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