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    The Map House, LondonTrescientos años antes de que los estadounidenses llegaran a la Luna, un sacerdote y erudito alemán, Athanasius Kircher, dibujó un mapa de la cara visible de nuestro satélite. Este y otros tesoros pueden verse en una exposición que explora la historia de la cartografía lunar y celeste: The Mapping of the Moon: 1669-1969, hasta el 21 de agosto en la Map House de Londres.

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    La fotógrafa y vídeo-artista Leila Alaoui (1982-2016) falleció trágicamente víctima de las heridas sufridas tras el atentado de Uagadugú, en Burkina Faso, el 15 de enero de 2016, cuando trabajaba en un reportaje sobre la condición de la mujer, por encargo de Amnistía Internacional. Una exposición en la Casa Árabe de Madrid homenajea su trayectoria y compromiso vital mostrando treinta retratos realizados por la autora en entornos rurales de Marruecos. Abierta al público hasta el 22 ...[Leer más]

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Histórico noticias



Beguinajes y resistencia femenina

Los beguinajes de los Países Bajos fueron espacios de resistencia al orden social dominante, lugares de paz, trabajo, actividad y solidaridad femenina, pero sobre todo, de oposición a unas normas y un destino de sometimiento al marido que algunas mujeres se negaron a aceptar.

23 de octubre de 2017

La historia está llena de pruebas que demuestran que el lugar que han ocupado las mujeres en la historia no deriva de ninguna esencia o particularidad que las diferencie irremisiblemente de los hombres, sino de procesos históricos y sociales empeñados en devolverlas una y otra vez al único lugar que la sociedad admitía para ellas: el de esposas y madres, sostenedoras de los hombres en tanto que reproductoras de los vínculos y las redes de afecto que permitían a ésos construir la fantasía de su propia individualidad.

Varias de esas pruebas proceden, sorpresivamente, del ámbito religioso. En este momento de modernidad tardía, cuando la necesidad de afirmación individualista se confunde muchas veces con la libertad, nos resulta difícil identificar el ámbito religioso con un marco de mayor libertad que el que representa la sociedad laica. Y es que no lo representa, en efecto, en el momento actual. Pero sí lo ha hecho en otros momentos históricos. Dado que la escritura se extendió por Europa a través de los conventos, quienes tenían acceso a ella desarrollaban mayores rasgos individualizadores (asociados al conocimiento y la capacidad de abstracción, y esto a la libertad de deseo y destino) que quienes permanecían en la analfabeta sociedad civil. A medida que la lectura y la escritura fueron generalizándose en la sociedad, sin embargo, la relación fue invirtiéndose, y poco a poco (con la imprenta como instrumento facilitador fundamental) la sociedad civil comenzó a posibilitar mayores opciones de vida que la religiosa, representando la Ilustración el punto de inflexión entre ambos equilibrios.

Viaje a Brujas

PMRMaeyaert, Wikipedia.

Antes de atravesar ese punto de inflexión, el marco religioso no solo facilitaba que la persona pudiera tener mayor libertad de pensamiento cuando aprendía a leer y a escribir, sino que también ofrecía a la gente analfabeta la posibilidad de escapar de las rígidas normas sociales que no les daban ningún margen de elección de su propio destino. Con la condición de que no pudieran reproducirse biológicamente, ni por tanto constituirse en modelo de vida alternativo para las mujeres de la sociedad civil, el mundo religioso les permitía escapar del destino inevitable del sometimiento a un marido y a una vida reproductiva que sería tan intensa como lo fuera la demanda sexual de aquel.

Por ello, no resultará sorprendente que paralelamente a la aparición de los comerciantes y artesanos de los primeros “burgos” en el siglo IV, cuando los hombres vieron abrirse las posibilidades de ampliar sus opciones de vida y de transformar su posición social, y se intensificó la presión para que mujeres no participaran de las mismas, ellas comenzaran a integrar movimientos religiosos que buscaban escapar del único camino que se les marcaba dentro de la sociedad. Lo hicieron, por un lado, a través del modelo de “monaca” (ingresando en conventos), y por otro, de la participación en los llamados “movimientos de célibes activas”. Estos últimos fueron creados por vírgenes solteras y mujeres viudas dedicadas a una activa vida pública a través del cuidado de mujeres enfermas, asistiendo al obispo en los bautizos o instruyendo a otras mujeres en la doctrina.

Estos movimientos se multiplicaron en toda Europa a partir del siglo XII, coincidiendo con la aparición de las universidades, cuyo acceso estaba restringido a los varones. La sociedad ofrecía a éstos nuevas vías para dar curso al creciente individualismo que les iba caracterizando, oponiendo paralela prohibición al de las mujeres. Así que éstas multiplicaron las vías de interactuación con la sociedad civil a través de una enorme diversidad de formas sociales enmarcadas en el ámbito religioso (freilas, hospitaleras, seroras, santeras, ermitañas, luminarias, devotas, honestas, beguinas, reclusas, emparedadas, terciarias o beatas).

El fenómeno tuvo tal magnitud entre los siglos XII y XVI (correlativamente a la multiplicación de funciones sociales y al aumento de la individualidad masculina), que ha recibido el nombre de “movimiento religioso femenino”. Se trataba de organizaciones laicas, excéntricas a las instituciones y a las jurisdicciones eclesiásticas, que no exigían el voto perpetuo, lo que permitía a quienes las integraban cambiar de vida cuando lo desearan. Los contactos que sostenían entre ellas, a través de cartas y viajes llegaron a ser internacionales y su visibilidad social alcanzó un punto tal que la Inquisición incluyó su comportamiento entre las “conductas desviadas” en los siglos XVI, XVII y XVIII, hasta acabar con su existencia.

La figura de las beguinas se desarrolló principalmente en los Países Bajos, conociéndose las comunidades en las que vivían con el nombre de “beguinajes”. Se ignora el origen de la palabra “beguina”. Parece que se utilizó por primera vez en torno al siglo XII, y se especula con tres significados: 1) su relación con el verbo “to beg” (suplicar, rogar o mendigar en inglés) y la fórmula “órdenes mendicantes” (“Begging orders”); 2) con una contracción de “albigenses”, o 3) con una especie de sobrenombre, derivado de la palabra neerlandesa “bagga”, que significa “vestir ropas gruesas”, junto al diminutivo “ine”.

Desde su aparición en dicho siglo XII, su número creció rápidamente. Estaban integrados por mujeres procedentes de la nueva burguesía y la baja aristocracia (mientras que los conventos se nutrían de la nobleza tradicional) y eran descritas por las crónicas del momento como “mujeres santas” e “indisciplinadas”, por contraposición a las monjas conventuales (Franciscanas, Dominicas, etc.), sometidas a una norma. También a diferencia de ellas, las beguinas surgieron de forma individual (aunque posteriormente constituirían comunidades informales), conservaban su derecho a la propiedad privada (pues no hacían votos), podían salir y casarse cuando quisieran, eran auto-suficientes económicamente (a través del trabajo y la limosna) y tenían libertad para moverse por las ciudades para atender a pobres y enfermos.

Entre los beguinajes conservados hasta la actualidad destaca el de Lovaina, pero ha sido el de Brujas el que yo he conocido este pasado verano, así que me referiré particularmente a él. Fue fundado en 1244 y adquirió tanta importancia en muy breve tiempo que en 1245 se le concedió estatus de parroquia independiente. Es conocido como “El Viñedo” o “El Beguinaje Principesco” porque en 1299 Felipe el Hermoso lo tomó bajo su jurisdicción para garantizar la libertad de las beguinas, sacándolo de la de la municipalidad de Brujas. Se comunicaba con la ciudad a través de un puente al que daba un portón que se cerraba por la noche, protegiendo a todos los que vivieran o estuvieran asilados en él. Su estructura constructiva es semejante a la de los demás beguinajes, expresando arquitectónica y espacialmente la esencia de la comunidad que los habitaba. Se trata de conjuntos de casitas de dos plantas, normalmente muy blancas, adosadas unas a otras y organizadas alrededor de un amplio cuadrilátero verde, con árboles, hierbas y pájaros, que les proporcionaba un ambiente propicio para la meditación y el recogimiento y en el que se emplazaba la iglesia que les permitía el culto sin tener que salir del recinto.

Viaje a Brujas

Yakovlev Alexey, Flickr.

El “Viñedo” ha sabido sobrevivir a todos las crisis y amenazas contempladas por sus viejas paredes. Alcanzó su cenit en el siglo XV, y aunque la Reforma y las guerras religiosas supusieron duros golpes, el principal vino con la Revolución Francesa y la disolución de monasterios bajo José II, entre 1765 y 1790, cuando el beguinaje perdió sus tierras, aunque las beguinas fueron autorizadas a quedarse si pagaban una renta. En 1922, Rodolph Hoonaert, el canónigo que entonces se ocupaba de la parroquia, y Geneviève de Limon Triest, “maestra” de la comunidad a la sazón, comenzaron a pensar cómo podría revivirse la vitalidad y el espíritu floreciente que siglos atrás había tenido el beguinaje, y consiguieron que desde 1927 comenzaran a llegar hermanas de toda Europa. Aunque al principio intentaron mantener las tradiciones beguinas, se establecieron después conforme a la regla benedictina, integrándose en la orden bajo el nombre de “Congregación Benedictina de la Anunciación”, aunque mantuvieron el nombre original del beguinaje, por lo que hasta el día de hoy sigue siendo conocido como “El Viñedo”.

En el momento actual el ámbito religioso representa en todos los casos un marco de desarrollo personal menos individualizado que el de la sociedad civil. De ahí que los beguinajes hayan perdido su sentido y solo lo mantengan los conventos, que canalizan deseos de vida comunitaria y relacional, contrarios a la individualización. La vida religiosa se identifica exclusivamente con ellos y se olvida el modelo tan distinto que representaron los primeros, ofreciendo amparo, libertad, un marco de resistencia a las normas patriarcales y un modelo alternativo de vida a todas aquellas mujeres que, por pertenecer a clases más liberales, crecían con la necesidad de desarrollar proyectos personales a los que no podían dar salida ni en la sociedad ni bajo la sujeción de las normas conventuales.

La historia que aprendemos es un relato parcial que hace referencia a los procesos protagonizados por los hombres de nuestro pasado. Las mujeres suelen quedar fuera del relato oficial. Sólo las que ocuparon excepcionalmente posiciones de poder (reinas, abadesas, etc.) son identificadas con aquellos e incorporadas al mismo. Sin embargo, existieron ámbitos que permitieron a las mujeres actitudes de resistencia y modelos alternativos de vida, ámbitos en los que regían lógicas ajenas a las que los hombres identificaban con el orden social. De ahí que la historia los haya excluido de la mayoría de sus crónicas, de la cadena de hechos que interesa recordar para poder seguir legitimando un orden que les favorece a ellos. Pero los beguinajes siguen ahí, abiertos para las visitas, testigos constructivos de la paz que ofrecían con su jardín interior, de la solidaridad que fomentaban a través de sus casitas adosadas, del espacio físico y simbólico que ofrecían a las mujeres para que pudieran ampliar los márgenes de libertad que se les permitía en sociedad.

Viaje a Brujas

René Boulay, Wikipedia.

Bibliografía:

Etienne, F. (2001): Beguinage “The Vineyard”, Brugge. Publisher Van Mieghem A. s.v., Ostende, Bélgica.

Muñoz, Á. (2001), Fent món en el món. El moviment religiós femení castellàSegles xii-xvi, L’Avenç, febrero de 2001, Dossier Dones i monaquisme. Vida Religiosa, pp. 60-65.

— (2005), Mujeres y religión en las sociedades ibéricas: voces y espacios, ecos y confines (siglos xiii-xvi), en Isabel Morant (dir.), Historia de las mujeres en España y América Latina, Madrid, Cátedra, vol. i, pp. 713-743.

— (2008), Ser monja en la Edad Media. La disciplina e indisciplina del hábito, en La Historia no contada. Mujeres pioneras, Albacete, Editora Municipal, pp. 29-43

Rivera, María-Milagros (2005), Las beguinas y beatas, las trovadoras y las cátaras: el sentido libre del ser mujer, en Isabel Morant (dir.), Historia de las mujeres en España y América Latina, Madrid, Cátedra, vol. i, pp. 745-767. (Rivera, 2005: 752).

The Beguinage. De Wijngaard Monastic Community. Bruges. Schnell, Art Guide No. 2343. Verlag Schnell & Steiner GMBH Regensburg. Ratisbona, Alemania, 2010.

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