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Histórico noticias



El coleccionista de pasajes

Los pasajes son grandes desconocidos que hacen más misteriosa si cabe la ciudad de Barcelona. A tratar de desentrañarlos se dedica Jorge Carrión en su último libro, unas veces como cronista, otras como biógrafo, como reportero o incluso como novelista.

2 de mayo de 2017

Hay un relato de Julio Cortázar, El otro cielo, en el que el protagonista entra en el pasaje Güemes de Buenos Aires y aparece poco después, como si hubiera hecho un viaje astral, en otro pasaje –el Vivianne– de París. Esta es la sensación que transmite la lectura del libro de Jorge Carrión Barcelona. Libro de los pasajes. El lector puede entrar por cualquier página en el libro y por una serie de asociaciones y carambolas terminar en el lugar más insospechado. Es como si toda la ciudad estuviera comunicada por esta red de pasadizos secretos. En ese sentido, se avanza por las páginas como por un tablero del juego de la oca. Esta asimilación del espacio urbano y el libro es explícito en varios momentos (“las ciudades se leen, como el resto de los textos”) y el autor juega a menudo con ese doble sentido de la palabra “pasaje”, una palabra ambigua que siempre se refiere al espacio, al tiempo y a algún tipo de transición. Y no es solo que las ciudades y los textos tengan sus pasajes, también los tienen la propia historia de las ciudades y de las personas. Cuando está describiendo la muerte de uno de los cientos de personajes que aparecen en el libro escribe: “Un auténtico burgués de Barcelona que dejaba el pueblito manchego muy, pero que muy lejos, al fondo del túnel de las pupilas negras… me hubiera gustado hacer un zoom en su máscara de carnaval aristocrático, en sus ojos esculpidos por el ascenso social, en esos túneles que conducen al pueblo a través de la oscuridad que se apaga”. Las vidas de las ciudades están llena de esos pasajes que comunican de manera misteriosa unos momentos con otros. A tratar de desentrañarlos se dedica Jorge Carrión utilizando toda clase de registros y de géneros. A veces es un cronista, o un biógrafo, o un reportero o incluso un novelista: sumando cuentos y pasos y citas, el libro de viajes, este libro de los pasajes se va transformando en novela, aunque sea contra su propia voluntad”.

Lo primero que sorprende en el libro es que los pasajes (sobre los que apenas hay bibliografía y sobre los que ni siquiera hay un claro consenso a la hora de definirlos) son los grandes desconocidos de Barcelona. A pesar de que existen más de cuatrocientos, la mayoría de la gente ni siquiera repara en ellos. De hecho, salvo unas pocas excepciones (la aristocracia de los pasajes), muchos sufren un considerable abandono. “En los primeros meses de esta investigación… ante las dificultades para encontrar documentación incluso sobre pasajes como el Bacardí o el Madoz, que son los más célebres”, escribe el autor, “el escritor y profesor Antoni Marí me facilitó el número de teléfono del propio Bohigas, a quién llamé para preguntarle por la bibliografía sobre los pasajes, por números monográficos de las revistas de arquitectura que él dirigió o donde él colaboró… y me dijo: “no hay nada, absolutamente nada escrito sobre los pasajes de Barcelona”. Y con los años comprobé que era casi verdad”.

Por supuesto, es una exageración. Claro que hay libros, no muchos, escritos sobre los pasajes de Barcelona, y el propio Carrión los cita en su extensa bibliografía. Lo que seguramente no hay ninguno con esta vocación literaria y esta voluntad de inscribirse en la tradición inaugurada por Walter Benjamin y que, valga la paradoja, da paso a una manera de entender la modernidad en literatura con obras cuyo impacto y cuya onda expansiva llega hasta nuestros días. Muchas de las características de las mejores obras de ficción y no ficción de hoy en día beben incluso sin saberlo de aquel proyecto radical en el que hace casi cien años se embarcó el autor de Infancia en Berlín hacia 1900, Dirección única, Diario de Moscú y Proyecto de los pasajes. Cuatro libros, escribe Carrión, en los que “el fragmento y la cita constituyen la unidad mínima de sentido de un collage de inspiración surrealista pero sistematizado, de un artefacto construido a partir del concepto de montaje como herramienta de conocimiento”. Y fueron las ciudades las que le sirvieron de inspiración. Esta es la lección que aprende Jorge Carrión en Walter Benjamin y aplica a este libro que está compuesto en buena medida de citas: de noticias sacadas de las hemerotecas, de blogs, de libros de memorias. Porque si bien es cierto que apenas hay una bibliografía sistemática, los pasajes aparecen de manera casual en muchísimos lugares. Uno se imagina al autor leyendo durante años de forma casi obsesiva todos los libros sobre Barcelona que caen en sus manos con la esperanza de que aparezca mencionado cualquiera de sus pasajes por cualquier motivo, y hasta puede sentir la alegría de esos hallazgos. Porque el coleccionismo (y él no solo colecciona pasajes, sino pasajes sobre pasajes) te obsesiona y te enloquece, pero te da tremendas satisfacciones. Es su maldición, su bendición maldita, llega a exclamar en un momento.

El libro de los pasajes. Jorge Carrión

La mirada de Jorge Carrión está a medio camino entre la del flâneur baudelaireano, que, como nos recuerda, prefigura al detective, y la de Walter Benjamin que puede parecer la de un arqueólogo o la de un forense que conciben la ciudad como una sucesión de estratos, como museo o yacimiento: todo sigue ahí escondido, esperando ser descubierto. Uno de los capítulos más interesantes del libro y que tiene relación justamente con esta idea es el que dedica al descubrimiento por parte del astrónomo norteamericano Andrew Ellicott Douglas de la dendocronología, que es la ciencia que estudia las anillas de los árboles en los que está archivado todo, a veces desde hace miles de años: los incendios, las sequías, los cambios de temperaturas. Además, al contrario que los fósiles, están dentro de un organismo vivo. Algo así es lo que está recogido en el interior de los pasajes.

Lo mejor sin duda del libro es este discurrir sin prisa, este pasear por la geografía y por la historia de Barcelona de una manera caprichosa, a golpe de azar. Hay algunos intentos aquí y allí de hacer una clasificación de los pasajes, por el estilo (pasajes de inspiración francesa o inglesa), por la época en que se construyeron o el grado de abandono (“hay una conspiración de pasajes violados, rotos, negados, interrumpidos y desaparecidos, como el pasaje Canalejas”, escribe), hay reflexiones sobre los nombres que reciben los pasajes y un nada sistemático intento de establecer su historia desde la época romana, a veces se apodera del autor un cierto afán enumerativo. Un capítulo  incluso lo dedica a establecer las diferencias entre visitar los pasajes de día o de noche (y aprovecha para contarnos lo que significó pasear de noche por las ciudades durante siglos): “Las ciudades son todas bellas en la hora azul del atardecer, pero cuando realmente se revelan en su esencia es de noche. Por eso me propuse recorrer los pasajes también en la oscuridad, para entenderlos en el mayor número posible de sus dimensiones”.

Porque en un pasaje tuvo su estudio uno de los pioneros de la fotografía, se detiene en contarnos la historia no solo de la familia Napoleón sino de los inicios de la fotografía en Barcelona. Y por esa misma razón, a lo largo de 340 páginas de libro, tenemos amenas píldoras sobre la historia de las farmacias, las librerías, los prostíbulos, las tertulias o los gimnasios de la ciudad. Lo mismo nos habla de la familia Egea, especializada durante tres generaciones en libros eróticos, revistas porno y películas X, que de la imprenta de la familia Tasso. Con el mismo interés leemos sobre la influencia que tuvo el fascismo italiano en Barcelona entre los años 1923 y 1926, cuyo centro de operaciones era el Instituto Italiano, situado en un pasaje inaugurado en 1868, el Méndez Vigo, que un poco más adelante leemos sobre la fauna urbana o sobre cómo ha ido evolucionando la recogida de la basura a lo largo del tiempo. Como en las buenas novelas de Galdós, pasamos en un momento de los ambientes de la alta burguesía al de las casas baratas ocupadas por las sucesivas oleadas de inmigrantes.

Naturalmente, el autor nos da una lección de historia del urbanismo, donde tienen un protagonismo destacado personajes como Ildefonso Cerdá, el alcalde franquista Josep Maria Porcioles o el propio Pasqual Maragall. Y como no podía ser menos, tiene muy en cuenta a los grandes cronistas que ha tenido Barcelona, desde el baró de Maldà a Huertas Clavería, aunque sin olvidar a todos los novelistas que han descrito la ciudad. Nos cuenta con cierto detalle algunas biografías de personajes importantes por el peregrino motivo de que tuvieron su estudio en un pasaje, es lo que hace con Josep Maria Sert, con Joan Miró, con Apelles Mestres. Por el libro desfilan nombres tan destacados en la vida de la ciudad como Josep Pla, Picasso, Casas o Dalí. Y con todo, son quizá los menos conocidos los que más llaman la atención. Por ejemplo, la historia de la pintora Lluïsa Vidal, muerta en 1918 y que pintó algunos cuadros deslumbrantes, que pasaron durante década por ser obra de Casas porque alguien decidió que la única manera de mantenerlos en el mercado era si los había pintado un hombre, un episodio más de una historia que nos debería avergonzar.

Hay autores recurrentes, como Italo Calvino, con quien el autor, no hace falta que lo diga, tiene una clara afinidad –sobre todo con algunos de sus textos como Las ciudades invisibles–, como George Perec, o como Joseph Mitchel, que escribió esa joya del periodismo que es El secreto de Joe Gould, quizá porque nos advierte del peligro de embarcarse en proyectos imposibles, y éste de Carrión tiene algo de eso.

Con todo, cuando Jorge Carrión brilla más es en las páginas en las que nos aparece como un cronista contemporáneo; por ejemplo en la entrevista a Benedetta Tagliabue, arquitecta, diseñadora y viuda del también arquitecto y diseñador Enric Miralles, o en la descripción de las visitas al escultor Francesc Ruestes y al escritor Eduardo Mendoza. Interesantísima también es la entrevista con Salvador Rueda, director de la Agencia Local de Ecología urbana, que “se siente nieto de Ildefonso Cerdà e hijo de Ramón Margaleff”, y todo lo que cuenta sobre el equipo interdisciplinar que trabaja para calcular la eficiencia de la ciudad y su interés en todo por todo tipo de organización que supere la familia. Para leer e interpretar la influencia de toda esta red asociativa, le dice: “hemos creado un sistema iconográfico, un diccionario pictográfico que es como el código genético de la ciudad”.

En este continuo viajar del presente al futuro y de nuevo al pasado reciente o remoto (en otro momento nos cuenta su visita al que considera el primer pasaje de la ciudad, uno construido en el siglo VI que permitía al obispo ir de su residencia al aula episcopal y que aún se puede visitar en el Museu d’Història de Barcelona) reside en buena medida el encanto del libro. Resultan especialmente interesantes, por lo que tienen de melancólicas, las páginas en las que nos explica cómo eran algunos enclaves que dejaban a los barceloneses boquiabiertos, como la Avenidade la luz (“el espacio comercial más alucinante de la historia de Barcelona, que entre 1940 y 1990 estaba iluminado por 216 tubos de neón, un auténtico boulevard subterráneo donde había joyerías, programas de Radio Nacional en directo, bombonerías, limpiabotas…”) o todos los parques y jardines que un día maravillaron a la población y que fueron desapareciendo a medida que crecía la ciudad, como el popular parque de La Bomba, frente al monasterio de Sant Pau. Y resultan maravillosas también pequeñas historias rescatadas de libros antiguos, como esa tan romántica del fotógrafo Emilio Napoleón, que un día recibió a una pareja de novios para hacerse un retrato para la boda y se enamoró perdidamente y en el acto de la  mujer. Juró que si no se casaba con aquella mujer no se casaría con nadie. La historia tiene un final que no voy a desvelar.

Es imposible recoger en una reseña como ésta todas las explicaciones que da el autor del libro sobre los posibles orígenes de los pasajes en general y sobre muchos de ellos en particular. Al final queda el recuerdo de algunas ideas discutibles pero sugerentes, como que los pasajes ayudan a poner toda la ciudad en perspectiva (“si te fijas en los pasajes, las calles, las manzanas y los barrios que los rodean cobran un nuevo sentido”) o la afirmación de que en ellos está contenida la historia secreta de la ciudad. Esta idea la repite Francesc Ruestes: “Lo que hace que una ciudad tenga interés es la existencia de secretos. Secretos que inviten a explorarla, a perderte por ella, que te desafíen. Una ciudad sin secretos deja de ser interesante, se condena a sí misma, se vuelve banal”. Y esto es lo que ha hecho Jorge Carrión con este libro, volver más misteriosa si cabe Barcelona.

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