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El Cuerpo

Venimos reflexionando sobre ríos y bosques, sobre montañas y mares, sobre jardines y ciudades, y no hemos deparado en que el paisaje más asombroso somos nosotros, el propio cuerpo humano: los rostros, los gestos, las costumbres, tradiciones y lenguajes.

20 de enero de 2016

Cuenta Petrarca que aún en la cima del Mont Ventoux, ascensión que pasa por el origen del montañismo, se le ocurrió abrir al azar el libro de las Confesiones de Agustín de Hipona, lectura que su padre le había regalado y que siempre llevaba consigo, y allí encuentra las siguientes palabras:

“Viajan los hombres por admirar las alturas de los montes, y las ingentes olas del mar, y las anchurosas corrientes de los ríos, y la inmensidad del océano, y el giro de los astros, y se olvidan de sí mismos…” (1)

Estos pensamientos agustinianos producen en Petrarca un shock y, a pesar de la insistencia de su hermano, deja de leer, cierra el libro y durante todo el descenso, introspectivamente y en silencio, reflexionará sobre ellas, culpándose de atender las cosas terrenas y olvidar las espirituales.

Si hubiera continuado leyendo habría visto que en este punto la intención del filósofo no era precisamente suscitar en el lector el efecto que produce en el poeta, aunque ciertamente, a la larga, ese es el mensaje agustiniano. Por nuestra parte, podemos pararnos igualmente en este momento de la lectura de las Confesiones y dejar que nuestra mente haga también una interpretación propia.

Efectivamente, venimos reflexionando sobre ríos y bosques, sobre montañas y mares, sobre jardines y ciudades y no hemos deparado en que el paisaje más emocionante, más intrigante, más asombroso somos nosotros mismos, el propio cuerpo humano: los rostros y los gestos, sus adornos y vestidos, sus sonidos y lenguajes, sus movimientos, ademanes, costumbres y tradiciones. Sí, no hay nada más interesante que la geografía de los cuerpos, que velan y muestran a la vez desde los estados emocionales hasta las tradiciones históricas y culturales en los que han envejecido.

No hay mejor paisaje que el de un domingo por la mañana en Central Park, donde podemos contemplar los tipos humanos que allí se concentran para pasar un día de fiesta. En general, de cualquier viaje, lo que más se disfruta es de las personas que pueblan los territorios que visitamos, los encuentros que con ellas tenemos, descubrir la diferencia en sus costumbres, en sus ropas, en sus modos de vida… Todo ello reflejado en la apariencia de sus cuerpos. Más si el lugar visitado cae dentro de la etiqueta de lo exótico, pues lo exótico solo lo produce la cultura humana. La diversidad de etnias y de culturas que pueblan el planeta es el paisaje por excelencia. Un solo rostro merece la mirada más atenta, la fotografía más expresiva, el retrato más preciso: sus rasgos, la intensidad de su mirada, el despliegue de sus arrugas, el brillo de su sonrisa, su maquillaje, sus tatuajes, sus escarificaciones, el sonido de su voz, el ritmo de sus palabras, sus gestos, la textura o el color de su piel, sus ropajes y tocados. Un solo rostro es el paisaje total.

Si Petrarca hubiera seguido leyendo a Agustín habría comprendido que tras la apariencia del cuerpo hay una organización, un cuerpo organizado, que percibe y siente, que elabora creencias y alberga expectativas. Algo de lo que Proust era muy consciente: “Si pensáramos que los ojos de una muchacha no son más que brillantes redondeles de micas, no sentiríamos la misma avidez por conocer su vida y penetrar en ella. Pero nos damos cuenta de que lo que luce en esos discos de reflexión no proviene exclusivamente de su composición material; hay allí muchas cosas para nosotros desconocidas, negras sombras de la idea que tiene esa persona de los seres y lugares que conoce…” (2)

Desvelar un cuerpo no es tarea fácil, por eso el viajero permanecerá siempre en la superficie. La simple apariencia de los cuerpos ajenos constituye un territorio inabarcable. Todavía no sabemos lo que puede un cuerpo, se preguntaba Spinoza, y sigue siendo la gran pregunta a resolver, ¿de qué afectos es capaz?, ¿qué potencia expresa? Por eso no es extraño que temamos ante la diferencia. La historia de la humanidad es la lucha de los cuerpos ante la extrañeza que unos producen en otros, la resistencia a sus fuerzas, pero también la fusión de sus afectos y el incremento de sus potencias. Una cultura, una ciudad, una civilización no es más que el resultado obtenido de la conjunción de cuerpos, de su sintonía y sincronización, de su uniformización también. Los cuerpos han recibido en su piel las luchas de sus diferencias y han expresado en sus acciones las experiencias de sus vidas. Por eso es la metáfora perfecta que describe las formas de organización: el cuerpo político, el cuerpo teórico, el cuerpo de Cristo.

Pero al cuerpo, como a todo paisaje, podemos observarlo con medios amplificados. Igual que el espectáculo de los astros se nos desvela más grandioso con un telescopio, la cercanía a un cuerpo evidenciará nuestra condición de turistas o viajeros, de colonizadores o colonizados, de amos o de esclavos. No hay experiencia más anómala que sentirse extraño ante los extraños, de saberse exótico. El viaje que nos lleva a culturas lejanas nos deja indefensos ante las miradas locales que se asombran de nuestra piel tanto como nosotros de las suyas, de nuestro aspecto o de nuestros gestos como nos sorprenden los suyos, de nuestro lenguaje incomprensible como incomprensible es el suyo. Pero hay algo que, a pesar de las diferencias, de las extrañezas y de los contrastes, se percibe con profunda claridad, con la claridad propia de la universalidad; en la mera superficie del viaje, cuando un cuerpo se presenta ante nuestra mirada, comprendemos el rasgo crucial que revela un cuerpo: su fragilidad.

Los cuerpos son frágiles y por eso son fácilmente humillados, y por eso nos vestimos y nos protegemos, nos unimos y nos armamos y luchamos para dominar y resistimos para no ser dominados. Aunque sólo los que están más cercanos, con los que convivimos, pueden ser abarcables, penetrables; de nuestra mirada y de nuestro trato con ellos podemos obtener una nueva enseñanza que nos permita nuevas formas de comunicación y de relación. Debemos aprender a manejarlos asumiendo su fragilidad. Tocándonos, acariciando, descubriendo que en lo vulnerable hay una riqueza y una expresión de la excelencia humana. Tocándonos aprendemos a tratar con lo frágil, a conocer muchas más situaciones en las que pueden peligrar nuestras integridades. Tocándonos descubriremos la variabilidad de la experiencia, la inmensa contingencia de nuestros artefactos protectores y, a la vez, su inutilidad cuando conseguimos reducir las defensas ante una fuerza. Y tocándonos establecemos vínculos comunicativos profundos, nos destapamos y nos reforzamos precisamente ofreciendo nuestra fragilidad, mudos y desnudos, hacemos hablar a lo que no tiene palabra y creemos más, es decir, aprendemos e integramos nuevas experiencias y nuevas reacciones, comportamientos diversos, intenciones distintas. Pero sobre todo, aprendemos a tratar, con la misma fragilidad que nosotros somos, la vulnerabilidad que se nos ofrece. Y saber reforzarla, cubrirla o arroparla, tendrá que ser lo que el viaje proporcione.

Sí, es tiempo de volver a nosotros, al cuerpo, al cuerpo desnudo, al rostro; de iniciar un conocimiento desde el cuerpo, y tocándonos puede ser el comienzo de una renovada forma de comprensión de nosotros mismos.

 

Notas

(1) Agustín de Hipona. Confesiones, libro X, cap. 8. Traducción de Angel Custodio Vega, BAC, Madrid, 191, p. 402.

(2) Marcel Proust. En busca del tiempo perdido. A la sombra de las muchachas en flor. Traducción de Pedro Salinas, Alianza editorial, Madrid, 1966, pág. 421.

El cuerpo, el rostro, reflexiones sobre el paisaje, tribus

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