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    Tan importante como rodear la Tierra siempre fue contarlo. No por casualidad la edad de las circunnavegaciones fue la época de la imagen del mundo, pero también la de la imprenta y el libro: mapas, derroteros y atlas, cuadernos de bitácora, diarios, literatura de viajes y, naturalmente, bibliotecas. Al fin y al cabo, ¿qué es una biblioteca sino un pequeño microcosmos, un lugar donde recorrer y perderse por estrechos y laberintos? Una exposición en la Biblioteca Nacional de España ...[Leer más]

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Histórico noticias

Libros sobre India




El final del viaje como el mejor perdón

Paul Theroux regresa a las librerías para volver a darnos una lección de cómo se escribe un libro de viajes. ‘El último tren a la zona verde’ es una obra indispensable para conocer a un escritor que debería figurar cada año entre los candidatos al Premio Nobel.

23 de noviembre de 2015

En los libros de viajes de Paul Theroux (Medford, Massachusetts, 1941) parece haber una dedicación esmerada por enunciar al tiempo que por hablar libremente. Pero esta enunciación va desenrollándose como un estilo propio y como una toma de partido, pese a que borre los perfiles de cualquier ideología, pese a que pueda aparentar una necesidad de no sentirse extremadamente literario, entendiendo por literario el exceso de estilo, o el imaginarse moderno o nocturno o poeta. Sus libros son largos para que podamos beberlos con lentitud, porque con lentitud se realizó el viaje. Carecen de los párrafos más hermosos o del atrevimiento de la exploración; del ingenio que engaña a través de la textura de la prosa o de las estructuras complejas. Son un relato de un viaje, y el viajero no es un corresponsal de guerra, pero tampoco un mochilero al uso. Son viajes con el punto exacto de azúcar y de sal para que se despierte el alma dormida de quien los lee un domingo por la tarde, mientras llueve sobre el asfalto, sabiendo que al día siguiente regresará a su puesto de trabajo a la espera de poder disfrutar de seis meses de vacaciones para imitar a Paul Theroux. En buena medida, nadie en la historia ha escrito con tanta conciencia de hombre normal que viaja. Es posible que ninguno de sus libros de viajes alcance la matrícula de honor para los más exigentes, aunque Tren fantasma a la Estrella de Oriente sea una obra maestra. Pero también es seguro que ninguno de ellos bajaría de un notable. Porque sorprende la capacidad del autor para encontrarse y establecer relación con tipos extraños en donde otros veríamos a alguien pintoresco o un detalle de realidad propio de los documentales. No importa si estos personajes son sus compañeros de vagón en el recorrido por la India, o el mismísimo Jorge Luis Borges, cuya entrevista, narrada en El viejo exprés de la Patagonia es un capítulo que no hubiera imaginado casi ningún autor de ficción.

Hasta ahora, hasta este extraordinario volumen, El último tren a la zona verde, los libros de Theroux se cerraban con el clarísimo deseo de regresar a la región visitada. De hecho, Tren fantasma a la Estrella de Oriente cobra una relevancia especial dentro de su obra por reproducir su primer gran itinerario, El gran bazar del ferrocarril, pero ya con menos urgencia, con menos ansia por abarcar el mundo, con una paciencia que raya con la sabiduría. En El último tren a la zona verde, Theroux retorna a África. Anteriormente había recorrido la región este, relato recogido en El safari de la Estrella Negra. Pero mucho antes de sus experiencias literarias en los viajes, Theroux vivió seis años en Malawi. Puede decirse, pues, que todo su gran proyecto comenzó en África y que en África debería terminar el círculo que cierra un itinerario que, revisando su obra, sus libros de viajes, cabe calificar como vida. El último tren a la zona verde pretende recoger el viaje por la costa oeste de África, de sur a norte. Durante semanas y a lo largo de muchas páginas, Theroux vuelve a ser el viajero que cualquier hombre corriente desearía ser. Aunque ahora ya mucho más humanizado a causa de la gota que padece, de una edad que le obliga a postergar los paseos más dañinos para su anatomía y a mirar el mundo como un paisaje.

Viaje a África

Ricardo Martínez Llorca.

Partiendo de Ciudad del Cabo, atraviesa Namibia y alcanza Angola. Siempre buscando alejarse de las ciudades, y dándose de bruces con la dificultad que esto supone en el territorio africano. Cuando pisa Angola, vemos que ya no es el Theroux de siempre. Hay algo de apocalíptico en su visión del país, de tierra arrasada por la explotación, de carencia de vida natural. Un deterioro contra el que, a su edad, ya no puede hacer nada. Pues aunque esté inscrito en el sector de denuncias, los frutos de las mismas, si es que llegan a existir, no podrá llegar a verlos. De ahí que las mejores líneas que jamás hayan salido de la pluma de Theroux las encontremos en el último capítulo de este libro. Bajo el tópico título de ¿Qué hago yo aquí?, Theroux reflexiona hasta perdonarse el abandonar un viaje a mitad de proyecto. Se acabaron los saltos en el vacío, al tiempo que lamenta que se haya ido exterminando la vida rural, que era un consuelo. De seguir viajando, lo haría por un territorio ya conocido: el de las masas hambrientas, los jóvenes depredadores y la gente para la que el extranjero es alguien a quien sacar dinero. Preguntarse “¿qué hago aquí?” no es un lamento, sino una idea confusa. Seguir camino es un esfuerzo temerario sin un “para qué”. El resto del viaje sería repetir cosas ya aprendidas sin nada que redimiera la experiencia. Recorrer la miseria y el caos de las ciudades, un lugar cuya principal característica es que la gente no se conoce, es tarea para otro tipo de escritores, para gente entregada a las incomodidades, para corazones tal vez más nobles, tal vez más temerarios.

Tras una vida de viajes durmiendo en camas extrañas y comiendo alimentos siniestros, porque lo normal es que un viaje sea incómodo o incluso ridículo, llega a la conclusión de que no verá nada nuevo, sería un viaje sin revelación. Y un viaje sobre el que nadie querrá leer será un viaje sin sentido. Reconoce que su temperamento le impide escribir la crónica de una vida infernal, esa que supone tragar un sapo en cada desayuno, para que la fealdad y la deformación posterior no sean tan estremecedoras. En buena medida, no sería un viaje feliz: los lugares visitados no se acercarían, ni por asomo, a esos sitios donde uno hubiera deseado vivir. Porque el gran incentivo para viajar, al menos para el hombre contemporáneo, es descubrir un posible nuevo hogar. Y para Theroux, por fin, el consuelo del hogar está en otro sitio.

Lamentaremos perder sus siguientes libros de viajes. Porque la suma de su producción hace que Paul Theroux haya sido, acaso, el mejor escritor de libros de viajes de los últimos cien años. Lo cual supone tanto como decir que debería encontrarse cada año entre los finalistas al premio Nobel de literatura. Posiblemente para no ganarlo nunca, pero sí para reconocer la dificultad que entraña escribir un libro de viajes atractivo, pues en realidad se trata de un género con las manos más atadas que la novela. Y Paul Theroux siempre ha salido ileso y más sabio de cada experiencia. Por nuestra parte, nos queda una ventaja sobre él: quizá Theroux no pueda regresar al viaje; nosotros sí a la lectura.

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