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El grandioso Arsenal de Venecia

Es el astillero más antiguo de Occidente y la mayor instalación industrial del medioevo. Sus edificios rojos ocupaban una sexta parte de la ciudad de los Dux; empleaban a más de 16.000 hombres, y de sus talleres salía una embarcación diaria. Hoy parte del Arsenal aloja la Bienal de Arte.

15 de noviembre de 2013

Es difícil decir algo nuevo sobre Venecia. Todo está escrito, pintado, fotografiado, visitado y revisitado. Me atreveré, sin embargo, con un lugar singular, no desconocido, pero, al menos, no tan trillado como otros de la ciudad que todos tenemos en nuestra retina viajera. El Arsenal se encuentra en el distrito (sestiere) de Castello, el más oriental, limítrofe con San Marco. Por lógica, o logística, los inmensos astilleros, la industria más potente de la República de Venecia y fuente de su imbatible poderío naval, tenían que estar situados en un espacio de la laguna próximo a la salida al mar. Por conveniencia política, debían estar cerca del epicentro del poder, que no era otro que el palacio de los Dux.

Venecia no habría sido lo que fue sin su flota. Mercantil y guerrera, pues, para conquistar y conservar el monopolio del comercio en el Mediterráneo durante siglos, necesitaron barcos que llevaran sus mercancías y barcos que las protegieran, barcos que intimidaran y redujeran a sus rivales, barcos expedicionarios y barcos de asalto. Todos ellos salían del Arsenal, una ciudad dentro de la ciudad, con sus altas naves, sus dársenas al borde del agua, sus diques secos, sus talleres de carpintería, de fundición, de calafateado, de construcción de velas, de cordelería… A esta industria estatal, llegó a destinar el gobierno de la República el diez por ciento de su presupuesto.

Dársena del Arsenal.

María Unceta.

Cinco mil metros de muralla protegen el perímetro de este emporio industrial que ha cumplido 900 años desde su fundación. Quince torres se alzan aquí y allá, a lo largo de esa cinta de ladrillo rojo, para vigilar que nadie se pudiera hacer, desde el exterior, con los secretos de construcción del instrumento de dominación del mundo conocido más potente de la Serenísima: su flota.

Las instalaciones del Arsenal están también rodeadas y defendidas por canales naturales y artificiales: una isla dentro de otra isla. Pero, por si la muralla y los centinelas y los canales no fueran suficientes medidas disuasorias, los trabajadores del Arsenal tenían prohibido, bajo pena de destierro y hasta de muerte, la revelación de planos, materiales o técnicas. Como en una cadena de producción trepidante, se fabricaban cientos de embarcaciones al año: barcas y fragatas a remo, galeras de diversos tamaños, bergantines y galeones a vela más tarde, jebeques, bombardas… hasta llegar, ya en el siglo XIX, a los grandes barcos de vapor. El máximo esplendor de la construcción naval de la República de Venecia se dio entre los siglos XIII y XVII.

Calle del Castello, Venecia.

María Unceta.

En esa ciudad de claroscuros que es Venecia, en la que a una amplia piazza sucede un callejón sinuoso que lleva a un pequeño canal que, a su vez, va a dar a un palazzo cargado de historia o desemboca en una iglesia cargada de pinturas del cinquecento, el Arsenal es un todo compacto, de ladrillo y piedra, de aspecto impenetrable y reflejos rojizos. En su interior llegaron a trabajar hasta 16.000 hombres de todos los oficios. Imaginemos a un enjambre de carpinteros, herreros, calafateadores, torneros, cordeleros…, dirigidos por arquitectos e ingenieros navales y organizados en una estructura rígida y eficaz al mando de oficiales con largos años de experiencia. En la cúspide de la organización se situaba el jefe máximo, el Almirante, la segunda autoridad de la república después del dux.

Los arsenalotti eran los trabajadores más mimados de la Serenísima, bien pagados, con vivienda y manutención aseguradas para ellos y sus familias. La mayoría vivían en el entorno del Arsenal, en las calles del distrito de Castello, que hoy conservan un aire popular, con la ropa tendida de lado a lado, las macetas a pie de portal y los nombres –delle Ancore, del Forner, della Tana…– que recuerdan las tareas que allí se llevaban a cabo.

Talleres del Arsenal, Venecia.

María Unceta.

El Arsenal fue expandiéndose con el tiempo. Se fueron añadiendo edificios, pasó de un pequeño astillero a un gigantesco emporio, al Arsenal Viejo se añadieron el Nuevo y el Novísimo. Obras útiles y obras bellísimas, como las Gaggiandre, dos magníficas estructuras de ladrillo sustentadas en  columnas de granito, situadas en la zona norte del astillero, que fueron construidas entre 1568 y 1573 según un proyecto del arquitecto veneciano Jacopo Sansovino.

Las naves de las antiguas Cordelerías, ampliación también del siglo XVI, alojan la Bienal de Arte. Pinturas, esculturas, instalaciones, fotografías, vídeos y todos los modos de hacer del arte contemporáneo no podrían encontrar un espacio más grandioso para mostrarse que bajo esas gigantescas bóvedas rematadas por armazones de madera, como quillas de barcos invertidas, entre esas columnas de granito y mármol que parecen haber sido hechas para toda la eternidad.

Entrada a la Bienal de Arte, Venecia.

Maria Unceta.

Y en esto llegó Napoleón. En 1797, el emperador cayó sobre la ciudad, acabando con trece siglos de historia de una República independiente. Saqueó, destruyó y dejó un siniestro recuerdo entre los venecianos. Su furia guerrera se cebó también con el Arsenal, que quedó parcialmente arruinado. La historia siguió, Venecia pasó a dominio de Austria, se rebeló en 1848, fue castigada duramente, volvió a manos francesas y, en 1870, se incorporó a la Italia unificada. El Arsenal fue reconstruido.

Una vez perdida, aunque no del todo, su función original, el complejo del Arsenal tiene hoy otros varios destinos. El de centro de exposiciones, que incluye la Bienal es el más conocido, pero está también el Museo Histórico Naval y el Instituto de Estudios Militares de la Marina, todo un lujo para los estudiosos de la materia.

La Porta Magna, Venecia.

María Unceta.

La entrada principal al Arsenal, la Porta Magna, coronada –¿cómo no? – por un león de San Marcos, sigue siendo la misma que se construyó en el siglo XV. Muralla y torres de ladrillo rojo, portada de mármol blanquísimo, esculturas de diversos tamaños y un aire oriental que me recuerda, a otra escala, a la escenografía de los palacios asirios. Dos leones más flanquean la entrada; uno de ellos, el más desgarbado, fue arrebatado, en 1687, de Atenas, donde vigilaba la entrada al Pireo.

Jamás la Venecia que conocemos, que han preservado tan increíblemente bien, para nuestro solaz, los venecianos; jamás tanta riqueza y tanta belleza hubieran sido posibles sin la existencia del Arsenal. A él se debe, debemos, el poderío que esta ciudad única alcanzó y mantiene. Un edificio industrial cuya historia respira pura eficacia productiva, pura grandiosidad y puro arte. Para arrodillarse.

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