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Histórico noticias



El Macondo africano, un viaje sin retorno

África es enorme, compleja y diversa; ni con una docena de buenos libros sobre el continente se podría entender bien esa inmensa tierra. Pero, sin duda, el relato de Javier Brandoli nos acerca al realismo mágico de un lugar que no se percibe sólo con los cinco sentidos.

11 de enero de 2016

En cierta ocasión, la periodista argentina Leila Guerreiro escribió sobre Ébano, el libro del maestro Ryszard Kapuscinski, que no “hacía falta leer mucho más para entender el continente africano. Ni para entender por qué Kapuscinski era un señor muy genial”. De lo segundo estoy bastante de acuerdo, de lo primero no tanto. Intuyo que ni con una docena de buenos libros sobre África se pueda entender bien el continente. África es enorme, compleja y diversa, pero a fin de cuentas mesurable físicamente hablando. Lo que ocurre dentro de sus límites geográficos no siempre es fácil de abarcar, mucho menos de narrar, sin una imaginación capaz de entender el realismo mágico que la invade. Javier Reverte, que sabe a qué huele África y ha gastado muchas suelas de zapatos recorriéndola para contarla, se pregunta “¿Qué es África?” en el prólogo que ha escrito para el libro de Javier Brandoli, El Macondo africano. Su respuesta es rotunda: “Yo no lo sé. Y Brandoli tampoco”.

El Macondo africano, Javier Brandoli.

Javier Brandoli.

Al igual que la pasión de Rebeca, uno de los personajes de Gabriel García Márquez en Cien años de soledad, de comer tierra húmeda y cal, Javier Brandoli conoció el hábito de algunas mujeres embarazadas africanas por comer arena. “Entonces entendí que vivía en Macondo”, y de ahí ha tomado prestado el nombre de la aldea imaginaria del nobel colombiano para componer su propio Macondo africano. Brandoli asegura que le costó narrar África en un libro, en parte porque, dice, nunca llegó a entenderla “o puede que porque nunca, tras cinco años de vivirla y viajarla, me llegué a ir”. “¿Cómo contar lo que no ves, lo que no entiendes? Hablar de colas de hipopótamo que hacen llover, brujas que siegan vidas, campos de golf partiendo la miseria, esculturas de madera vivas, cocodrilos abandonados entre la basura, tribus de arcilla y barro…”, escribió en su blog. Este realismo mágico africano es el responsable de hacer posible que la  vida real y objetiva se difumine por la subjetividad de la fantasía. “Lo insólito da lugar a una atmósfera mágica que atenúa la miseria social y humana, de forma que lo mágico subraya la dureza y desajuste de la realidad, la violencia que domina la vida cotidiana”.

Como cada niño que nace, cada libro que se publica es una buena noticia. Y si ese libro es sobre África, mejor noticia –esta es sin ninguna duda una afirmación interesada y tendenciosa por mi parte–. Además, si el autor es español, la tarea tiene mucha valía. No hay muchos escritores y reporteros españoles que vivan y conozcan el continente en profundidad. Javier Brandoli es uno de ellos. Tiene oficio y olfato, sensibilidad y pasión. Abandonó la comodidad, la rutina y el hastío de la redacción del periódico madrileño donde trabajaba para irse a vivir a Sudáfrica y más tarde a Mozambique. Durante cinco años recorrió buena parte del continente hasta que el destino le llevó a México.

Conocí a Javier Brandoli en el verano austral de 2013 en Maputo. No recuerdo bien la fecha exacta ni el lugar concreto. Éramos los dos únicos periodistas españoles en el país. Él escribía para el diario El Mundo y yo para la Agencia EFE. Fue el año en el que Frelimo y Renamo volvieron a coger las armas veintiún años después de la firma de los acuerdos de paz que cerró en falso la guerra civil, y eso nos dio no poco que escribir. Sentados en el porche de su casa del barrio de Sommerschield, Brandoli me narró sus experiencias en Sudáfrica, me habló de sus palpitantes viajes de una esquina a otra del continente y de los meses que vivió en un hotel en una playa remota frente al Índico en Mozambique, que son la columna vertebral de su libro El Macondo africano. Intercambiamos historias, informaciones y contactos sin los traumas (muecas y faroles) de muchos periodistas paranoicos por las exclusivas. Nunca hablamos de futuro, porque bien sabíamos que precisamente en África el futuro sólo es el presente y, en el caso del periodismo, además es incierto. Compartimos no pocas frustraciones profesionales. Los dos éramos conscientes de que la profesión agoniza por culpa propia y ajena. Ambos sabíamos dónde estábamos y lo poco que importa África para los medios de comunicación de nuestro país. Más que nunca se hacía patente lo que Kapuscinsky dejó escrito tiempo atrás: “salvo por el nombre geográfico, África no existe”.

Libros de viaje

Javier Brandoli.

“Como periodista”, anotaría Brandoli recientemente al hablar de su libro, “siempre sentí que el continente se narraba con dos defectos: exceso de paternalismo, basado en la mirada triste que provoca la enorme miseria (entendí y sufrí que cuesta mucho aceptar que la pobreza no hace bueno a nadie y luego atreverse a plasmarlo en un papel), y con un exceso de crítica de quien juzga todo con la mentalidad occidental”. Y así lo explicaba: “Ambos defectos creo que tenían su origen en que África se narra en la distancia. A los medios no les interesa el continente. Ser periodista en esta tierra es un empeño que se sustenta generalmente en otros campos. Yo lo hice con un hotel y safaris, otros con ONG u hospitales, y el resto, en su gran mayoría, se cansan un día de explicar en sus redacciones que África es algo más que el ébola, Mandela, sida y guerras, y deben partir para sobrevivir. Se van por desinterés, de todos, y quedan sólo reporteros ocasionales a los que las ONG les pagan un viaje por contar el enésimo Pulitzer. ¿Y el campo labrado, las escuelas normales, la sexualidad sin violaciones, el afecto distante? No existe”.

Con unas buenas botas, un cuaderno y un bolígrafo –y en el caso de Brandoli también una cámara de fotos, con la que ha captado no pocas pinceladas del continente– se hace reporterismo. No parece un abultado equipaje. Ahora que las redacciones de los medios de comunicación han arrinconado casi hasta el olvido los grandes reportajes cocinados a fuego lento de otros mundos; ahora que los directores no invierten ni un solo céntimo en desplazar ni en pagar las buenas crónicas de los pocos entusiastas que aún desafían el espacio y el tiempo por amor a esta profesión –según García Márquez, “la más maravillosa del mundo”–, merece la pena adentrarse en las páginas de El Macondo africano para disfrutar de la experiencia del autor en el continente.

El Macondo africano, Javier Brandoli

Javier Brandoli.

El Macondo africano no es el libro de un viajero ocasional enamorado de África, que hace un par de rutas y fotografía en los parques naturales a los cinco grandes (leopardo, león, elefante, búfalo y rinoceronte), ni chinchetea un mapa colgado en el salón de su casa para que sus amistades se fascinen con sus exóticos destinos. Javier Brandoli ha vivido en el continente el tiempo suficiente como para saber que África no se percibe sólo con los cinco sentidos, y se ha dejado jirones de piel y trozos de alma en el intento por descifrarla. “Quedarme me ha hecho entender la diferencia entre estar y pasar. El viajero de paso tiene la virtud de irse convencido de sus ideas. No hay tiempo nada más que para constatar lo que ya se sabía antes de llegar o para disfrutar del mundo nuevo, aún caótico, sin rutinas que lo hagan viejo”. Así le ocurrió al autor en sus anteriores viajes a “la Amazonia o debajo del Everest, en los que las prisas me permitieron ver lo evidente sin tiempo para decepcionarme o entusiasmarme por lo real. Ya decía Oscar Wilde que «la diferencia entre un capricho y un amor para toda la vida es que el capricho dura un poco más»”.

No resulta fácil descifrar otras culturas a pesar de vivir en ellas. El turista (viajero de vacaciones) apenas ve y percibe algo de todo esto. Tampoco muchos expatriados occidentales de organizaciones no gubernamentales y de compañías extranjeras instalados durante años en estos países llegan a entenderlas. Una parte de ellos disfrutan de no pocos privilegios mientras viven ajenos a lo que les rodea dentro de una urna de cristal, rodeados de lujos que jamás acariciarían en sus países de origen. Brandoli tira del hilo para intentar explicar en su libro las dinámicas de las sociedades africanas que ha conocido, de los complejos de los europeos al hablar de África y del sentimiento de buenismo del hombre blanco. “El  buenismo, muy extendido en África entre los occidentales que tanto aman esta tierra, me parece un racismo de algodón de azúcar, pero un racismo que se basa en el principio de que un africano es bueno por ser pobre, y sus actos malos son fruto de la herencia recibida de Occidente y los buenos parte de esa genética que posee siempre, palabras de Rousseau, «el buen salvaje»”. El autor también se hace eco de las virtudes y defectos de la cooperación internacional y de la corrupción política en no pocos países, recogiendo las polémicas palabras de la zambiana Dambisa Moyo, consultora del Banco Mundial, que asegura que “la corrupción es un modo de vida. El problema no es que la corrupción exista en África sino que la cooperación es uno de los factores que más contribuye a que exista”.

Javier Brandoli ha sido sincero y honesto al escribir este libro. El Macondo africano es un relato lírico, conmovedor, íntimo e intenso, lleno de dolor y de humor, como la vida misma. El autor escribe en primera persona, sin esconderse de sí mismo. Habla de él y de otros europeos y, sobre todo, de los africanos con los que convivió durante años, cuyo único afán cada nuevo amanecer no era otro que sobrevivir y esperar, con resignación africana, a que su suerte cambiara, aunque al irse cada noche a dormir volvían a percibir que en aquella esquina del mundo nada había cambiado.

Libros de viaje. África

Javier Brandoli.

Brandoli no disimula su pasión por la naturaleza, y en África ésta se escribe en mayúsculas. Los colores del Índico, que durante meses vio en cada amanecer; los bosques indomables, que el hombre se empeña en desbrozar; la sabana, donde sobreviven algunas de las más maravillosas especies animales del mundo; el Okavango, “un delta que se traga un caudal en medio del mismo desierto del Kalahari”; las tribus de barro del neolítico de Namibia, que se resisten a perder el tren del progreso; y el paraíso de Bazaruto y la duna de la isla de Benguerra, de las que Brandoli escribe que son “la más bella de las obras que nunca observé en este planeta”.

El Macondo Africano no narra las experiencias sueltas de un “habitante, reportero y viajero”. Como dice Bandoli, “fui todas esas cosas”. Su libro narra “una vivencia concreta, lineal, en la que hay espacio para mis viajes por tantos lugares sin importunar el mensaje: yo quería narrar África desde mi rutina, sin tópicos, sin miedos a lo que digan los otros. El libro narra una dulce derrota o una amarga victoria, lo dejo a juicio del lector”. Una batalla de sentimientos, enquistados y escondidos, que sólo con la  contemplación interior y la observación del entorno el alma acaba por escupirlos. En definitiva, el libro habla de vida y muerte, porque en África la relación entre ambas es mucho más sencilla: “Por debajo de los pies ya solo queda el recuerdo”.

Javier Reverte, en el último párrafo del prólogo del libro de Brandoli escribe: “La  fe, la pasión y la fascinación del caos es lo que hallará el lector en un libro que no oculta las decepciones personales y que canta sin rubor el amor al más hermoso y enigmático de los continentes de este bellísimo planeta que habitamos. Léelo, amigo, y lárgate a África si es que quieres vivir, al menos, un par de vidas”.

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