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El momento mágico de un viaje a Marruecos

Un humilde Panda basta para viajar a Marruecos y recorrer los montes Atlas, serpenteando por sus laderas hasta alcanzar lugares recónditos de una indescriptible belleza humana, como la escuela donde la Fundación Acción Geoda enseña a leer a las mujeres de una aldea.

27 de junio de 2016

Todos los viajes tienen algún momento mágico escondido entre los pliegues de las horas y los sitios. Sabemos que están ahí, agazapados en la revuelta de un camino, escondidos entre las personas con las que nos cruzamos o detrás de la fachada de un monumento imponente. Pueden estar en cualquier lugar; pero, por mucho que los busquemos, no nos es dada la capacidad de descubrirlos. Siempre serán ellos quienes saltarán a nuestro encuentro. Sorprendiéndonos como la primera vez que los sentimos. Se nos revelarán siempre diferentes, vestidos con ropas exóticas o simples, hablando lenguas conocidas o extranjeras, enmarcados en paisajes grandiosos o en lugares anodinos, pero siempre con esa fuerza arrolladora que no nos puede dejar indiferentes.

Yo tuve la inmensa suerte de sentir uno de ellos durante el viaje a Marruecos que acabo de hacer.

Viaje en coche por los montes Atlas, Marruecos.

Javier Cacho.

Por el Atlas en un Panda

Sé que no suena muy épico, pero la elección del vehículo fue mucho más pensada, y certera, que lo que a primera vista pudiera parecer. Bueno, tanto el coche como el itinerario lo decidió un buen amigo que me invitó a ir con él, que además de saber de mecánica, y de encantarle conducir por aquellas pistas de montaña, lleva años recorriendo esas tierras.

Tampoco se equivocó al elegir la ruta a seguir. Con nuestro humilde vehículo desafiamos caminos de tierra y piedras, serpenteamos por laderas escarpadas y alcanzamos lugares recónditos de una belleza indescriptible. Desfiladeros, gargantas, quebradas, majadas, riscos y paredes se fueron sucediendo ante mis asombrados ojos. Y sus carcajadas de satisfacción hacían de eco a mis exclamaciones de admiración al coronar cada nuevo puerto de montaña, y ver surgir un nuevo valle más espectacular que todos los anteriores.

Y todo esto llevando en la parte de atrás del Panda, al que le habíamos quitado los asientos traseros para que quedase diáfano y tuviese mayor capacidad, una carga de casi 100 kilos de diverso material para una ONG española que colabora en uno de esos valles casi perdidos del Atlas.

Por fin, después de un par de miles de kilómetros y alguna que otra avería, que los ingeniosos mecánicos de la zona supieron resolver con pocos medios y mucho conocimiento, llegamos hasta el pequeño pueblo de Ifoulou.

Viaje a Marruecos.

Javier Cacho.

Fundación Acción Geoda

A mí me parece un nombre muy sugerente el de esta ONG, y lo que vi me hizo pensar que trabajaban bien. Aunque yo no soy ninguna autoridad en este tema, me dejo llevar por la intuición. El pueblo se encuentra emplazado en un angosto valle de altas laderas que sólo la presencia de un riachuelo de montaña hace habitable.

Literalmente aislado entre aquellas montañas, la luz eléctrica no llegó hasta hace tan sólo tres años, se accede por una pista de tierra que fue construida muy pocos años antes. Hasta entonces, el único transporte era a lomos de caballería; pero incluso ahora, cada primavera las avalanchas sepultan varios kilómetros del trazado de la pista, que casi no da tiempo a reconstruir antes de que otro derrumbe vuelva a sepultarla.

Sus casas de adobe, diseminadas sobre una ladera escarpada y desértica, nos hacen retroceder en el tiempo. No se escuchan más sonidos que el cacarear de los gallos, algún rebuzno distante y el siempre alegre griterío de los niños jugando. Tan sólo el tendido eléctrico, y alguna que otra antena parabólica, desentonan en ese entorno tan bucólico que tanto nos gusta a los que lo visitamos.

Pero ese paisaje apacible y romántico esconde carencias higiénicas, sanitarias y educativas para las personas que lo habitan, y que esta Fundación trata de paliarlas en la medida de sus posibilidades. Pero como no tiene nombres ilustres entre sus patronos de honor (de hecho no tiene patronos de honor), ni tiene su sede en una de las calles con glamour de la capital, sino en un humilde barrio de trabajadores, pues sus posibilidades económicas no pueden ser muchas.

Qué mejor ayuda que enseñar

Pues hasta allí llegamos con nuestro coche cargado de algo de equipo sanitario (guantes y apósitos para curas) y mucho material de higiene bucal, que mi compañero había comprado sableando a amigos y conocidos. Nos recibieron con sincera alegría y digno agradecimiento. Poco después descargábamos en el Centro Comunal, que había construido la ONG y donde una maestra, pagada también por Acción Geoda, estaba dando clase a los niños.

Allí volvimos de nuevo por la tarde, porque querían que viésemos cómo la maestra enseñaba a leer a las mujeres del pueblo. Tengo que reconocer que yo iba bastante renuente porque me apetecía más darme una caminata hasta otro de los pueblo del valle. Pero acompañé a mi amigo. Entramos y, después de escuchar unas breves palabras de agradecimiento y bienvenida de la maestra (que nos tradujo la persona que nos hacía de intérprete), nos sentamos en unas sillas al fondo de la clase.

Supongo que la clase no se diferenciaba mucho de la forma en que nos enseñaron a leer a nosotros, al menos a los que somos de cierta edad. La maestra leía una frase corta en árabe y todas las mujeres al unísono la repetían. La curiosidad de los primeros instantes dejó paso a una sensación de aburrimiento y de pérdida de tiempo, pero a ésta le siguió algo que no podía haberme imaginado jamás.

Viaje en coche por los montes Atlas, Marruecos.

Javier Cacho.

No sabría decir la razón, quizá fuera esa monótona repetición en una lengua desconocida, quizá fuera el esfuerzo de aquellas mujeres de edad difícil de estimar porque los constantes embarazos y el duro trabajo hacen desaparecer demasiado pronto los rasgos juveniles de su cara y, me temo, que también de su alma. Sea por la razones que fueran, mi momento mágico me envolvió. Y sin quererlo, pero también sin poderlo evitar, mis ojos se llenaron de lágrimas. Estaba contemplando una de las maravillas de la cultura humana, la que nos permite dejar un legado de hechos y de sentimientos para las generaciones venideras. Estamos tan acostumbrado a ello que casi no le damos importancia. Pero aquel acto de aprendizaje que yo contemplaba es el que permite a ti, amigo lector, leer en este instante lo que yo sentí a miles de kilómetros de distancia en una aldea perdida del Atlas. ¿No es algo grandioso?

Saber leer y escribir, que es en lo que aquellas mujeres se aplicaban con ahínco, es lo que nos ha permitido ir edificando los pisos de nuestra civilización, desde las tablillas de Mesopotamia para contar transacciones comerciales, a los manuales técnicos que llevaron al hombre a la Luna. Desde el poema de Gilgamesh a todas esas historias que, a lo largo de los siglos, han ido entrelazando nuestras culturas y dando forma a nuestras emociones, anhelos y sueños.

Puede parecer ridículo, pero aquel rato me ha dejado un profundo impacto. Haciendo que toda la belleza de aquellos paisajes, en la que me había emborrachado durante días, se complementara con la grandeza del acto de enseñanza. La de aquella maestra jovencita que, con la autoridad moral que da el saber, transmitía su conocimiento a mujeres que podían ser sus madres o sus abuelas.  Conocimiento que, un día, puede que a ellas les permita leer no sólo las páginas de aquel libro en el que practicaban o un prospecto de una medicina, sino también leer, y sentir, un poema de Benedetti, de Miguel Hernández o de Ibn Arabi.

Ojalá.

Insha’Allah, que dicen por allí.

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Comentarios sobre  El momento mágico de un viaje a Marruecos

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  • 28 de junio de 2016 a las 0:23

    Me ha emocionado.tu emoción.Nací en esas tierras y te veo sentado en la clase ,descubriendo.lo que a nosotros aquí ,nos parece obvio.Cuando era joven me empeñaba en intentar enseñar a leer a la hija del guarda,mi amiga María(la de Mónico) allá en la Mancha profunda.Me ha emocionado tu emoción Javier.

    Por María Poveda
  • 03 de julio de 2016 a las 18:56

    Impresionante, Javier! Tus palabras y reflexiones reflejan a la perfección la realidad del Valle Tessaout y de casi la totalidad de la zona Alto Atlas marroquí. Un gran placer haber compartido una parte de esta gran aventura de Panda. Mil y una gracias Javier, Monchu y equipazo de La Línea del Horizonte.

    Saludos desde el Atlas, Marruecos.

    Por Abdellatif
  • 05 de julio de 2016 a las 11:28

    Un viaje parecido de un par de semanas hicimos en 2010, también visitando escuelas y llevando material escolar, hablando con maestros, con muchachos y muchachas y envueltos en lospoderosos paisajes marroquíes y en sus gentes. Gracias, amigo Gildo, por aquella experiencia única.

    Por Teresa Martín Fillol