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Histórico noticias



El Museo de Carrozas Fúnebres de Barcelona

Las diferencias sociales viajan con los difuntos al más allá, con rituales funerarios y carrozas mortuorias, más o menos lujosas, que se exhiben en un curioso museo de Barcelona. Allí está el coche que trasladó al cementerio a Tierno Galván o a Francesc Macià.

22 de noviembre de 2013

El Museo de Carrozas Fúnebres de Barcelona tiene desde junio de 2012 un nuevo y muy acertado emplazamiento junto al cementerio de Montjuïc, en la ladera de la montaña del mismo nombre que mira al Mediterráneo y a un puerto siempre activo.  Allí, en la carretera de la Mare del Déu de Port 56,  se nos impone la fuerza del fluir vida-muerte con la circulación incesante de camiones y coches, sobre un trasfondo de enormes grúas portuarias y el recogimiento que inspira la entrada al cementerio junto a la del museo, tan amplia que, ya desde la calle, nos permite la visión de sus carrozas.

Una sugerencia: si tenéis tiempo, visitad este cementerio. Fue creado en 1883 y en él se refleja una parte muy importante de la vida política y cultural de Barcelona. Encontraréis, por ejemplo, desde panteones de representantes de la alta burguesía catalana, como los del industrial Salvador Bonaplata o el político Francesc Cambó, hasta las tumbas de Francesc Macià, el primer presidente de la restituida Generalitat catalana durante la Segunda República, la de Lluís Companys, su sucesor, fusilado en el castillo de esta misma montaña, en 1940, por orden de Franco, o las de los  dirigentes anarquistas Buanaventura Durruti y Francisco Ascaso.  Aprovechad el excelente plano que os facilitan gratuitamente en el museo, donde se indican distintos itinerarios artístico, histórico o una combinación de ambos con claros planos e indicación de la duración de los mismos.

La singular colección de carruajes del Museo refleja los rituales funerarios desde mediados del siglo XIX hasta bien entrado el siglo XX. Eran los vehículos que conducían los difuntos a los cementerios. Pero tanto aquellos como estos fueron evolucionando y cambiando a lo largo del tiempo. Si os interesa, antes de entrar a leer sobre el museo, os invito a un recorrido sobre la evolución de todo este mundo relacionado con la muerte.

Ángel en el cementerio de Montjuïc.

Xavi, Flickr.

Un poco de historia: los cementerios

La preocupación por  buscar un lugar propio para los muertos se remonta a la prehistoria. Ya dentro de nuestra civilización greco-romana, encontramos que los griegos los enterraban al comienzo en sus templos, hasta que Solón, para evitar los malos olores o los peligros de incendio que podían derivarse de las incineraciones, ordenó que se hiciera extramuros. Los romanos continuaron con esta práctica con sus necrópolis fuera de las ciudades; aunque, durante un tiempo, emperadores, vírgenes vestales y algunos caballeros romanos fueron autorizados a reposar en sitios especiales dentro de la ciudad.

Los cristianos, superada la fase de las persecuciones que les obligaron a los entierros en  tumbas subterráneas, las catacumbas, o en los campos de sus heredades, pasaron a hacerlo dentro de las ciudades, en espacios a los que llamaron cementerios, palabra que deriva del griego Koimeterior, que significa “dormitorio”, ya que consideraban que los fieles dormían esperando el día del Juicio Final.

Pero el abandono en que se fueron encontrando estos lugares generalizó la tendencia a enterrar dentro de los templos o junto a ellos. Algunos ataúdes eran de madera; otros, estaban cubiertos solamente por una ligera capa de tierra. La humedad y la falta de ventilación de no pocas iglesias originaban fuertes olores fétidos y graves problemas de salubridad, al facilitar la propagación de enfermedades. Esto dio pie a denuncias, algunas póstumas, como la de un médico fallecido en París en 1618, que así manifestaba en su losa sepulcral su defensa de los cementerios fuera de las ciudades: “Simón Pietre, varón piadoso y probo, quiso ser enterrado aquí al descubierto para que su muerte no perjudicase a nadie el que en vida había sido útil a todo el mundo”. (1)

Esta preocupación alcanzó su punto más álgido con la Ilustración. Un ejemplo lo tenemos en las exhortaciones de la emperatriz María Teresa llamando a estudios serios para instalar cementerios fuera de la ciudad de Viena. Preocupación hondamente compartida por Carlos III de España,  quien ordenó la construcción de cementerios extramuros, por la Real Cédula del 3 de abril de 1787. Pero fueron muchas y variadas las resistencias: desde las de gran parte de la población, que prefería el entierro tradicional en recinto sagrado, hasta los problemas económicos de muchos ayuntamientos para edificarlos o el afán del clero por no perder el control total sobre este campo social. Control que, de hecho, mantuvo, ya que la jurisdicción eclesiástica continuaba sobre los cementerios construidos con fondos civiles  y, como veremos más adelante, era la Iglesia la que decidía quién podía ser enterrado o no en ellos.

Aunque el primer cementerio civil parece haber sido el de Cartagena, allá por 1774, destinado a los esclavos moros que trabajaban en las obras del Arsenal, la generalización de los cementerios civiles fue tan lenta que, más de un siglo después de la promulgación de la Real Cédula de Carlos III,  José Bonaparte tuvo que ordenar la construcción de los dos primeros  cementerios generales fuera de la ciudad de Madrid. En Barcelona el primer cementerio fuera murallas fue el Cementerio del Este, en Poblenou, inaugurado en 1775 pero que fuera destruido por las tropas napoleónicas en  1813 y vuelto a levantar e inaugurar en 1819.

Poco a poco, los viejos cementerios eclesiásticos de las iglesias urbanas se fueron transformando en plazas. En Barcelona, nacieron así las actuales y famosas plazas de la Catedral y del Pi. La revolución del 68 refuerza esta política  ordenando cerrar antiguos cementerios y sacramentales, y prohibiendo la inhumación en ellos.

Plaça del Pi, Barcelona.

Jaume Ventura, Flickr.

El control social de la Iglesia católica se extendía también al destierro social que ejercía sobre el lugar de la última morada. El uso de este espacio iba acompañado de distinciones y segregaciones. Así como se continuó permitiendo durante siglos el entierro dentro de las iglesias a reyes, altos miembros de la nobleza y de la jerarquía eclesiástica y, en patios interiores como los claustros, a los miembros de la orden religiosa que habitaba ese recinto, el cementerio expulsaba de sus límites a apóstatas, miembros de sectas heréticas, masones, excomulgados , a los que “se han suicidado deliberadamente (sic)”, a los muertos en duelo, a los que hubieran ordenado su cremación y a los que hubieran muerto rechazando los últimos sacramentos. Todavía en el Código Eclesiástico de 1917 se recogía esta prohibición. Estos difuntos eran condenados a descansar en los cementerios civiles, que solían tener un aspecto lúgubre y eran conocidos con el despectivo nombre de “corralillos”.

Y no fue laxa en esta aplicación ya que, por ejemplo, entre 1856 y 1868 se registraron 39 expedientes para investigar si los difuntos de igual número habían sido merecedores de cristiana sepultura. Estas exigencias provocaron no pocos conflictos humanos, como el que padeció la colectividad inglesa, especialmente integrada por miembros de la legación diplomática, cuyos cadáveres fueron muchas veces abandonados en campos e incluso arrojados al mar.  La situación fue atenuándose parcialmente a lo largo del siglo XVIII, con la autorización de espacios reservados en la huerta del convento de los Recoletos para los integrantes no católicos de ese cuerpo en Madrid.

Merece recordarse también el incidente producido a raíz de la muerte por suicidio del escritor Mariano de Larra en 1837, y las presiones de sus deudos para no tener que  enterrarlo en el corralillo. Finalmente, el Vicario General de Madrid apaciguó los ánimos dictaminando que, siendo locos los suicidas, no había reparo para enterrarlo en recinto sagrado. Podemos sospechar de la sinceridad del argumento del Vicario, aunque no de su astucia.

Otra costumbre que costó mucho erradicar fue la de realizar las exequias de cuerpo presente, a pesar de la Reales órdenes que se fueron promulgando a lo largo del siglo XIX. Las protestas del clero de Cádiz, por ejemplo, quejándose de que muchos feligreses aprovechaban esa prohibición para omitir las exequias, con la consiguiente disminución de ingresos que ello significaba, es una muestra de los intereses económicos en juego. Algunos párrocos gaditanos llegaron a introducir en la partidas de difuntos la cláusula “se enterró de limosna” en las de aquellos que habían omitido esos gastos, como elemento de presión, lo que provocó múltiples reclamos ante las autoridades civiles.

Otro ejemplo del desapego popular hacia el pago de exequias religiosas lo encontramos en el informe del párroco de la Iglesia de Santa María del Poblenou, en Barcelona, que, en 1928, declaraba  que los entierros civiles habían descendido en los últimos años de un 25% a menos del 1%, y que la mayoría moría recibiendo los Santos Sacramentos, “cosa que antes era mirada con indiferencia”. Independientemente de que podamos sospechar una posible exageración a fin de acrecentar los méritos propios de su apostolado, el reconocimiento de esa actitud no deja de ser elocuente.

Ángel en el cementerio coruñés de San Amaro.

José Luis Cernadas Iglesias, Flickr.

La II República española estableció la secularización total de los cementerios, a la vez que desterraba la cruel separación de espacios por medio del artículo 27 de su Constitución, que establecía: “Los cementerios estarán sometidos exclusivamente a la jurisdicción civil.  No podrá haber en ellos separación de recintos por motivos religiosos”.

Pero el poder de la Iglesia fue ampliamente restablecido con el nuevo régimen dictatorial de Franco. La Ley de Cementerios de 1938, en cuyos siete artículos se desprende el máximo espíritu confesional, ordenaba que: “Las autoridades municipales restablecerán en el plazo de dos meses, a contar desde la vigencia de esta Ley, las antiguas tapias, que siempre separaron los cementerios civiles de los católicos”. Se reconocieron y devolvieron a la Iglesia y a las parroquias los cementerios incautados, quedando bajo la total jurisdicción eclesiástica los cementerios católicos, y, bajo la civil, los cementerios civiles, debiendo desaparecer de estos últimos “todas las inscripciones y símbolos de sectas masónicas y cualesquiera otros que de algún modo sean hostiles u ofensivos a la Religión Católica o a la moral cristiana”.

El retorno de la democracia en España se reflejó también en la derogación de la ley franquista de 1938. En su lugar, la ley 49 del 3 de noviembre de 1978, de Enterramientos Municipales, prohibía cualquier tipo de discriminación en los cementerios y  los  ponía bajo la autoridad municipal, incorporando la posibilidad de habilitar espacios para el culto de las diferentes confesiones en los cementerios. Por otra parte el l Código Eclesiástico posconciliar de 1983  permitió el entierro católico a los suicidas y toleró la cremación siempre que no se hubiera ordenado como afirmación anticristiana.

 

Los rituales funerarios

En cuanto al tema de los rituales funerarios, ya en la Hispania romana era costumbre acompañar al difunto con un séquito, que era de pompa diferente según la condición social, hasta la necrópolis, y una vez había concluido un velatorio que podía llegar hasta los siete días por el temor a las muertes aparentes. En la Alta Edad Media  la última despedida era protagonizada fundamentalmente por las familias, quedando para la Iglesia sólo la absolución cristiana póstuma. Pero, posteriormente, la Iglesia alcanzó una fuerte representación eclesiástica, con la presencia de capellanes y comunidades mendicantes, hasta alcanzar un monopolio total sobre el ritual fúnebre.

En Al-Ándalus, el difunto, una vez cuidadosamente amortajado, era conducido hasta el cementerio, acompañado por un séquito, también diferente según el estatus social del finado, y que debía detenerse ante la mezquita donde el imán realizaba la ceremonia religiosa. Posteriormente, y a partir de Alfonso X, en el siglo XIII, desde la Corona se buscó restringir las tendencias excesivas a las ostentaciones y al boato en las ceremonias fúnebres. Así lo demuestran las disposiciones de las Partidas que prohibían enterrar con los cadáveres ornamentos preciados, la reprobación del exceso de lutos y consumo de cera de los Reyes Católicos y la Pragmática de Felipe V de 1723, que buscaba mayor austeridad en el ceremonial y en la ornamentación de los ataúdes.

 

Los entierros

Las diferencias sociales durante la vida se trasladaban inexorablemente al momento de la muerte. Veamos esta colorida descripción de los entierros en el municipio de Elche durante el siglo XIX y comienzos del XX:

“Había  tres tipos de entierros:

Entierro de Primera: Participaban tres parroquias. Cada parroquia llevaba su cruz alzada por el sacristán y dos monaguillos, con ciriales a cada lado de la cruz procesional y los sochantres (que eran los sacristanes que cantaban). Los respectivos sacerdotes de cada parroquia con sotana y sobrepelliz, un sacristán con incensario, dos monaguillos con la naveta de incienso y el acetre con el hisopo. Junto a la carroza fúnebre se situaba el terno, que eran tres sacerdotes vestidos con dalmática, estola y pluvial negro que solía ser de terciopelo. La carroza fúnebre iba tirada, según la posición económica de los familiares, por seis caballos enjaezados de negro. Delante del clero iban los pobres del Asilo de ancianos llevando velas. Estos podían ser desde 10 hasta 100 según pagaran los familiares del difunto.
Entierro de Segunda: El entierro de segunda clase llevaba tres sacerdotes vestidos de dalmática, más simple que el entierro de primera, cuatro monaguillos, el sacristán con la cruz y el sochantre con el acetre y el hisopo. No llevaban incienso. La carroza fúnebre iba tirada con dos o cuatro caballos.
Entierro de Tercera: En el entierro de tercera clase iba el sacerdote con capa negra, el sacristán con la cruz, el monaguillo con la naveta del incienso y el acetre con el hisopo, y la carroza fúnebre iba tirada con un solo caballo.
El entierro del “Amor de Dios” era para los pobres de solemnidad: llevaba un sacerdote y una cruz sin monaguillo. El difunto era llevado a la Basílica de Santa María con un furgón, llamado en el pueblo “la Pepa”, y responsado por un sacerdote en la Puerta del Sol, situado junto a la Puerta Chica de la Basílica. Para la conducción del cadáver nunca había diácono o subdiácono con dalmática y tunicela.” (2)

Basílica de Santa María, Elche.

Juan J. Martínez, Flickr.

El concilio Vaticano II simplificó los rituales funerarios católicos, reduciéndolos a una sola ceremonia en la que el féretro estaba dentro de la iglesia y la despedida del duelo se realizaba a la salida de la misma, con participación igualitaria de hombres y mujeres. Actualmente, el avance hacia una sociedad laica viene transformando y simplificando aún más estos rituales, tanto por el cada vez mayor número de incineraciones como por la sencillez de la última despedida.

 

El Museo

La colección consta de 13 carrozas fúnebres, 6 carruajes de acompañamiento, 3 coches a motor, así como una interesante muestra de los  diferentes uniformes que vestían los palafreneros, cocheros y lacayos y de  los ricos aparejos de los caballos que tiraban de los carruajes. Claros paneles informativos y una curiosa galería fotográfica nos facilitan  una provechosa visita.

Las carrozas aquí expuestas, en su mayoría, eran las que se utilizaban en entierros de personas solventes. El desfile por la ciudad, acompañado por los deudos y amigos, permitía hacer gala de su destacada condición social, y ésta era una preocupación que abarcaba a sectores menos solventes, como se observa en el asociacionismo popular de Sant Martí de Provençals, en Barcelona, durante las últimas décadas del siglo XIX. Algunos montepíos, el Foment Martinenc y el Casino Provesalense, entre otros, establecían en sus estatutos la obligación para los socios de acompañar al séquito de los socios difuntos y la costumbre de aportar voluntariamente para financiar “el trofeo mortuorio”; esto es, las insignias que se colocaban en el féretro, con lo que se aseguraban un entierro de cierta relevancia y diferenciado del anonimato del de la mayoría de los trabajadores. Otra práctica era la de recordar a los socios difuntos con una sesión fúnebre especial en la que, después de leerse composiciones poéticas, un séquito, portando coronas, desfilaba por las calles principales hasta concluir en el cementerio, como, por ejemplo, en 1884, cuando los socios de La Alianza recorren en comitiva las calles del Triunfo, San Pedro y Mayor, en ocasión del día de difuntos. (3)

 

Las carrozas fúnebres

A continuación tenéis una descripción de los carruajes expuestos:

La Carroza Estufa  era llamada así por constar de un  habitáculo de cristales biselados, que permitían ver sin ser vistos, y recordaba a los antiguos calefactores. De nobles maderas y acabados plateados, su estilo austero, alejado del excesivo barroquismo de otras, hizo que fuera preferida por la burguesía catalana. Fue utilizada en los entierros del poeta Santiago Rusiñol, Enric Prat de la Riba –fundador de la Lliga Regionalista y primer presidente de La Mancomunitat de Cataluña– y en el del conde Godó. Pero también se utilizó la carroza estufa para el entierro el 23 de septiembre de 1912 de la infanta María Teresa, hermana de Alfonso XII. En 1929, alquilarla significaba desembolsar la nada despreciable suma de  250 pesetas.

Carroza estufa.

Museo de carrozas fúnebres de Barcelona.

La Carroza Grand Dumond, de ébano,  fue construida  en París por la casa Cellini en el siglo XVIII.  No tiene asiento delantero, lo que facilita la visibilidad desde el interior. En el lugar del cochero, un imponente ángel negro parece conducir el alma del difunto. Era guiada por seis caballos. En cada par de caballos, montaba un oficial y, a ambos lados, la escoltaban los palafreneros, cuyos uniformes eran de los mismos  tejidos que los ornamentos. En la parte posterior iban dos palafreneros vestidos a la Federica, estilo que imitaba al de los mayordomos de Federico el Grande de Prusia.  El techo se sostiene sobre columnas cariátides con formas de niños vestidos a la egipcia. De innegable barroquismo, abundan en su decoración elementos de la simbología referida a la muerte, como búhos y plantas de adormideras. Se utilizó en entierros populares, como el del torero Joselito, en 1920 en Madrid.

La Carroza Imperial, una de las perlas del museo, que realizó su último sepelio en 1986, cuando fue trasladada a Madrid para el entierro del alcalde y profesor Tierno Galván. Tiene una cúpula acristalada sostenida por columnas en las que aparece la figura del búho.  Su decoración abunda en la simbología alusiva a la fugacidad de la vida  y la vanitas humana: el  reloj de arena, los caracteres de alfa y omega (principio y fin), la corona de laureles, hojas de acanto y plantas adormideras, una guadaña y el dios Anubis, que en la religión egipcia era quien guiaba a los muertos hacia el otro mundo. La  arrastraban cuatro o seis caballos  conducidos por palafreneros vestidos a la Federica.

Carroza de lujo.

Museo de Carrozas Fúnebres de Barcelona.

La Carroza Gótica debe su nombre a la forma de las columnas de reminiscencia gótica. Fue fabricada en Francia. Aunque es una carroza de lujo con mayordomos vestidos a la Federica, es bastante más austera que las anteriores, ya que, si exceptuamos la cruz superior y un ángel con corona, casi no hay símbolos religiosos. Cuando el entierro era en Semana Santa, la ornamentación y el vestuario eran de color morado.

Las Carrozas Angélicas o Blancas, destinadas a infantes (no olvidemos la alta mortalidad infantil de aquellos tiempos) y doncellas fallecidas. Estaban las de lujo, parecidas a la Gótica y conducidas por mayordomos con uniformes  a la Federica. Todo en ellas era blanco, la ropa, la caballería… Cuatro columnas soportan la cúpula donde aparece un ángel blanco rezando. En la parte más alta tenía una cruz y, encima, una sábana (símbolo del sudario de Cristo).

Carroza Angélica.

Museo de Carrozas Fúnebres de Barcelona.

La Carroza Araña era la que acompañaba los entierros de menestrales y obreros. Su  nombre deriva de la forma que tienen las telas de ornamentación de la cúpula que cubre el féretro. Tanto el número de caballos como su ornamentación podían variar en función del poder adquisitivo de la familia del difunto. Fue utilizada en el sepelio del escritor y filósofo  Eugeni d’Ors en 1954. Cuando era totalmente blanca se destinaba a los entierros  de niños y doncellas.

Las Carrozas de Beneficencia eran las financiadas por la Casa de la Caridad y, en consecuencia, ostentaban su escudo, a diferencia del de la Diputación de Barcelona, que aparecía en las otras. Llevan cuatro ángeles en actitud de pedir limosna y, aunque muy austeras, llevan también algunos símbolos fúnebres.

 

Coches de lujo, de acompañamiento y los primeros automóviles

También se exponen varios coches de lujo, de construcción más moderna y sencilla, como el expuesto con el número 5, similar al que se utilizó para trasladar los restos del arquitecto Antonio Gaudí y los de los escritores  Narcís Oller y Joan Maragall. Y luego están los landós y berlinas de acompañamiento. Entre estos interesa destacar la presencia  de los Coches de Respeto, que llevaban a la viuda a la iglesia, ya que, hasta avanzado el siglo XX, la ceremonia del duelo final, en el cementerio, estaba reservada sólo a los hombres.

En las primeras décadas del siglo XX comenzó a utilizarse el automóvil desde el lugar del óbito hasta la sala del velatorio, quedando el uso de las carrozas reservado para el trayecto final hasta el cementerio. Vemos aquí un Hispano Suiza Y16, fabricado en Barcelona en 1920, un Buick Riviera Special, coche americano de 1958 con carrocería modificada en Cataluña y que dejó de usarse en 1976 debido a que la crisis del petróleo dificultaba su mantenimiento, y un magnífico Studebaker Six, fabricado en Indiana (Estados Unidos).

Berlina.

Museo de Carrozas Fúnebres de Barcelona.

(1) Pedro Felipe Monlau. Monitor de la Salud, pág. 547, Madrid, 1858.

(2) Sempere, María y Bouvard María del Carmen. Ritos y Costumbres Funerarias en Elche (2ª parte), Centro de Cultura Tradicional del Pusol.

(3) Mirri, María Teresa. El proceso de formación del proletariado en un barrio industrial. El caso de Sant Martí de Provençals. Integración y diferenciación social. 1862-1925. Tesis doctoral, Universitat de Barcelona, 1994, pág. 216.

 

Bibliografía

  • Martí, Casimir. Provocacions eclesiástiques a l’anticlericalisme 1856-1869. L’Avenç Nº 177, 1994.
  • Volumen 114/22 del Libro de Visitas Pastorales, Arxiu Diocesà de Barcelona.
  • Fernández de Velasco, Recaredo: Naturaleza jurídica de cementerios y sepulturas, Madrid, Revista de derecho privado, 1935.
  • De la Pascua Sánchez, María José: La lucha por el control de las exequias. La religiosidad popular. Álvarez Santaló, Buxó y Rodriguez Becerra (Coord.), Editorial Anthropos, Barcelona, 1989.
  • Acero y Aldovero, Miguel. Tratado de los funerales y de las sepulturas, Madrid, Imprenta Real, 1736.
  • Nistal, Mikel. Legislación funeraria y cementerial española: una visión espacial, Instituto Geográfico Vasco, 1996.
  • Cementiris de Barcelona S.A. Col·lecció de Carrosses Fúnebres, Barcelona, 2013.

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Comentarios sobre  El Museo de Carrozas Fúnebres de Barcelona

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  • 20 de diciembre de 2013 a las 7:55

    aunque habrá carrozas bellísimas, que mal rollo ver todas estas cosas, no? yo de museo en barcelona soy más del cosmo caixa ya que soy más de ciencias naturales. de todos modos, algo tan peculiar como el museo de las carrozas supongo que no puede perderse.

    Por lucas32
  • 19 de julio de 2016 a las 20:04

    Bellísimas e impactantes imágenes, que fueron presente, y que aún lo son. Todo pasado es presente.
    Espero recibir noticias de nuevas imágenes.

    Por Eloisa
  • 23 de septiembre de 2016 a las 9:35

    Cuando fui a Montjuic no era horario de visita , así que me quede sin poder visitar el Museo . Gracias a vuestra página he podido descubrir el arte de estas maravillas.

    Por Juan Reus Coll