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Histórico noticias



El obi japonés

Kioto es la ciudad con mayor producción de obis de Japón. Esta indumentaria es una faja ancha de tela fuerte que se ata sobre el kimono a la espalda, lo que vendría a ser un cinturón. Data del inicio del período Edo (1603-1867) y, durante un tiempo, la forma de ponérselo distinguía a las mujeres casadas y solteras.

28 de enero de 2019

Desde el avión se vislumbra una extensa ciudad llena de luces de muchos colores, luego el mar, una inmensa bahía atravesada por un puente que parece que se extiende en volandas por encima del agua. Son tantas las luces y los edificios a los que poco a poco nos vamos acercando, iluminados de formas tan sencillas pero diferentes, que despierta curiosidad ver cómo vibrará la vida en ese espacio. La vista resulta impresionante, como me dijeron, y aunque en un primer momento es imposible no compararlo con Shanghái, sus luces no tienen ni tanto movimiento ni son tan cambiantes como allí, pero la imagen es extremadamente fulgurante.

Tokio es una ciudad que parece que oculta un truco en su interior, quiero decir, sus calles, edificios, tiendas… podrían pertenecer a algunos países del mundo occidental, pero salta a la vista que la vida que tiene lugar en ese escenario, tan atractivo y cercano al nuestro, es completamente distinta a la que entre nosotros sucede. De hecho, creo que ese es, al menos en parte, el problema que tenemos para entender la complejidad de su cultura y el significado de la vida en Japón. Aparentemente muchas similitudes externas y muy pocas o ninguna más profundas. Cuando llegas a la mayoría de los países de Oriente, las ciudades son tan diferentes, los edificios y cómo la gente se mueve en ellos son tan distintos, que rápidamente percibes la dificultad que entraña conocer esa cultura y entender lo que pasa. Aquí, sin embargo, el primer contacto con la realidad no es chocante, solo algunos detalles llaman la atención, y hay que observarlos detenidamente para apreciar la dimensión de las diferencias en los comportamientos. Los escenarios en las ciudades pueden ser hasta cierto punto similares a los de Estados Unidos, pero rápidamente identificas que lo que se desenvuelve en ellos no es más que un falso reflejo del mundo occidental.

El primer lugar donde encuentras una diferencia importante es en el trasporte público, en el metro. Las personas que se apiñan dentro de los vagones no solo no se tocan, ¡sino que además no se miran! Definitivamente la interacción que se establece entre los individuos es más difícil y tensa que en nuestro caso. Por supuesto, en todos los países la relación entre los individuos en los espacios públicos es diferente y está lógicamente mediada por los patrones culturales. Quizá, en Japón hay demasiadas normas que inciden en las relaciones personales, puede que algunas sean trabas. Y no me refiero al tradicional respeto que guardan entre generaciones dentro de las familias, o entre las distintas clases sociales, sino en cómo los individuos evitan mirarse a los ojos, mirarte. Puedes hacer algo estrambótico en el metro, en un tren, en una cafetería, y nadie te encara la mirada, y, por supuesto, exhiben un rostro carente totalmente de expresión, ni tan siquiera te miran aunque estés a pocos centímetros de ellos. ¡¡Qué fuerza de voluntad!!

De vez en cuando sufro ataques de calor, que prevengo abanicándome, y así consigo aliviar las súbitas subidas de temperatura. Mi abanico es grande y ruidoso, y nunca, cuando lo utilicé en el metro de Tokio, ni aun cuando este iba muy lleno, las personas que tenía más cercanas me miraron sorprendidas por su uso, teniendo en cuenta que el viaje se realizó en otoño. Pero más sorprendente aún fue lo que ocurrió en una cafetería donde decidí hacer fotos a una mujer mayor que estaba acompañada por un hombre muy atractivo, con el que me pareció mantenía una relación muy cercana. Ella, una mujer moderna, llevaba joyas sorprendentes por su tamaño y su belleza, además de exhibir un maquillaje muy llamativo; me pareció casi futurista, así que decidí, sentada a dos mesas de distancia, hacerla una foto. Una locura, una indiscreción imperdonable, pero no pude evitarlo; me sugería tantas cosas, que quería guardar su aspecto y su rostro como fuera, para no olvidarla. Ante mi indiscreción, de la que definitivamente fueron conscientes, ni se inmutaron. ¿Pero a qué responde su falta de reacción? A indiferencia, educación, displicencia… ¿Qué? Para mí, de alguna forma era también una prueba para saber su reacción. ¡Ninguna!

Pensé, dadas las características de mi viaje, que tendría pocas posibilidades de acercarme a la gente y poder así captar un poco la forma en la que se conducen los japoneses y, por tanto, los valores de su cultura. Cuando se viaja con gente, esta absorbe tanto de mi energía que desvía mucho mi atención y me resulta más difícil observar lo que sucede alrededor, aunque tampoco las zonas turísticas que visité se prestaron a entrar en contacto con los individuos del país haciendo sus tareas cotidianas. A pesar de ello, me ocurrió un suceso que me dio la medida de la sensibilidad y los valores que seguramente muchos japoneses comparten, producto de su cultura.

A pesar de que nuestro viaje iba bastante programado y, la verdad, bien pensado para desplazamientos y visitas, nos permitía introducir paseos por algunas zonas a nuestro aire, individualmente. Fue en Kioto donde estuvimos varios días en un hotel bastante céntrico, por lo que podíamos andar y movernos por el centro con facilidad. Fue un día que teníamos bastantes visitas programadas, varios del grupo deseábamos conocer el Paseo del Filósofo construido en la época Meji (1868-1912). Habíamos comido en un restaurante cercano, y sugerimos al guía que nos permitiera pasear por la zona, acercándonos en el bus y recogiéndonos luego. Hacía una tarde soleada, y aunque los arboles ya estaban de otoño, este solo comenzaba. El momiji, el cambio de color de las hojas de los árboles, no se hacía presente todavía en los cerezos y arces que principalmente se encuentran en este camino. Las abundantes hortensias y camelias con sus flores, marchitas en gran medida, le daban un aspecto melancólico pero muy ensoñador. Era una fantástica tarde para pasear en silencio. Así que decidí con una amiga tomar el tiempo que nos habían dado para vagar por la zona con calma, por este paseo que toma el nombre de un profesor de filosofía universitario, Nishida Kitaro (1870-1945), que meditaba en este camino de aproximadamente dos kilómetros, bordeando el canal Shishigatani, que forma parte del sistema de canales que llegan al lago Biwa y que se construyó para alimentar la primera planta hidroeléctrica de Japón. Otros del grupo decidieron andar deprisa y visitar el templo Ginjakuji del siglo XV.

Viaje a Japón.

Sin dudar de la belleza del templo, preferí dedicar mi tiempo a ver tranquilamente lo que sucedía en este otoñal entorno. Andábamos despacio, acercándonos a las plantas que nos resultaban llamativas y entrando en las tiendecitas de escultores y otros artistas que exponían y vendían su obra. Algunas cosas curiosas, hechas de madera para colocar en el jardín de las casas, también tapices y pinturas a los que no dedicamos tiempo en nuestro vagar por el paseo hacia el templo.

Pero nos paramos a hablar con varios paseantes occidentales, curiosamente todos con niños pequeños que sus padres llevaban en sillitas y dejaban corretear cuando se sentaban en un banco o en un cafetín. La placidez de la tarde era extrema, había poca gente, y era fácil darse cuenta que este lugar daba para pensar tranquilamente como lo había hecho tiempo atrás el profesor Kitaro.

Tomé algunas fotografías de las plantas porque me encantan, sobre todo las que están florecidas, aunque eran pocas, lo que incitaba aún más a pasear tranquilamente. Pasé de largo el puente que conducía al templo y vi que algunos compañeros de viaje empezaban a regresar y señalaban que visitáramos un precioso jardín de un cafetín que había un poco más adelante, así que forcé el paso y llegué a una, entiendo yo, casita de té donde un montón de jóvenes vestidas de forma tradicional tomaban consumiciones variadas tras un amplio ventanal que daba al maravilloso jardín japonés.

Viaje a Japón

En el jardín, los arbustos estaban plagados de flores de color rojo intenso y corría un canalillo que sorteaba los arbustos y árboles, circundados por piedras de distintas formas y tonos grises. Las clientas, sonrientes ante nuestra irrupción y sorpresa por el bello descubrimiento, se dejaban fotografiar gustosas tras el cristal protector que seguramente ayudaba a caldear el ambiente donde tomaban de forma ritual el té. Un lugar muy pintoresco y auténtico que me pareció una isla en medio de tantos días de turistas alrededor. Costaba marcharse de allí sin entrar y beber plácidamente una taza de té. Pero este es uno de los múltiples problemas de viajar con gente, cuando encuentras un sitio especial, tienes que marcharte y apuntarlo para volver en otra ocasión.

Viaje a Japón

Así que a regañadientes empecé a volver despacio, pero aún con un poco de tiempo para poder seguir disfrutando y parándome en los lugares que más me interesaban.

Volviendo, algunas personas del grupo retrasadas andaban a mi lado aceleradamente cuando vimos una tienda de grabados japoneses justo al lado de un cafetín, tipo occidental, en la que antes no había reparado. Varios nos acercamos a ver los grabados y los había tan bellos que fue imposible no entrar en la tienda, pequeña por cierto, para seguir admirándolos y ver qué más cosas tenían. Otra mujer del grupo, entró conmigo y, en la parte de atrás de la tienda, algunos de los grabados, incluso algunas pequeñas esculturas, estaban colocadas sobre una mesa alargada que se situaba en el centro de la estancia. La mesa estaba recubierta por un maravilloso paño dorado, al que nos acercamos para poderlo admirar. Estaba bordado con hilo de oro y plata, en un tejido que parecía una seda gruesa con un dibujo predominante de aves y abanicos grandes y preciosos que ocupaban, sin resultar recargado, toda la tela. Mi amiga estaba tan entusiasmada con este tapete tan especial, que empezó a rodearlo a la vez que preguntaba si la pieza era realmente un tapete. Próxima a la mesa que admirábamos se encontraba, en un lateral, otra mesa más pequeña donde una mujer mayor leía y nos observaba sin demasiado interés. Como el inglés de mi compañera no era bueno, me pidió que le preguntara si lo vendía y cuál era su precio, por lo que me dirigí a la señora, que me miró desconcertada y, en un inglés fluido, quiso asegurarse de que, efectivamente, preguntaba por el paño que recubría la mesa. Un poco asombrada, me dijo que esa tela estaba allí para recubrir la mesa, no para ser vendida. Mi amiga, ante tanta conversación, decidió marcharse diciendo que se nos hacía tarde y que ya estarían esperándonos. Se dio media vuelta y salió apresuradamente de la tienda. La señora, que vestía un kimono poco convencional en tonos rosados, con pelo canoso recogido en la parte posterior, me miró estupefacta, cortada diría yo, porque creo que ella había comprendido en la conversación que mantuve con mi compañera de viaje que la que había manifestado más interés por conocer el precio del paño era mi amiga y que yo hacía solo de traductora. Mi sorpresa ante la espantada con la que mi compañera desapareció fue enorme, todo se produjo muy rápidamente, así que me apresuré a decir: “por favor no se preocupe, yo también quiero saber cuál es su precio. Esta pieza es bellísima”. Nos miramos y comprendió que yo no iba a salir corriendo y que estaba tan sorprendida de la reacción de mi compañera como ella.

Se levantó con lentitud de su asiento y despejó lo que había en la mesita para que pudiera ver todo el paño, diciéndome: “Realmente es un obi antiguo de mi familia”. Y siguió “¿Sabe que es un obi…? Es una franja de tela que comenzó cumpliendo una función de cinturón, sustituyendo así a estos que entonces era muy finos, para cerrar los kimonos, inicialmente de hombres y mujeres. Data del inicio del período Edo (1603-1867) y cuentan que adoptó esta forma y anchura porque un actor (onnagata) del teatro Kabuki era tan alto que necesitaba que el obi achicara su imagen. Durante un tiempo, atarse el obi adelante o atrás permitía distinguir a las mujeres solteras de las casadas. En el siglo XIX ya todos los obi se ataban a la espalda y era exclusivamente utilizado por las mujeres”.

Kioto es la ciudad donde en la actualidad está la mayor producción de obis de Japón, y se considera un arte la sintonización entre el kimono y el obi. Más tarde he sabido que este obi es un Nishiki, que significa “bella combinación de color”, ya que recubre todo el abdomen de la persona que viste el kimono y se caracteriza por coserse en plata y oro, su dibujo más característico son las aves y suele ir forrado. Otros, como el Tsuzure, se parecen más a un tapiz, pero todos ellos son piezas valiosas y caras que se producen principalmente en una zona de Kioto llamada Nishijin, aunque existen varios tipos con distintos dibujos y tamaños. Lo que parece es que es imposible ponérselo sola, se necesita ayuda para poder sujetarlo. Los hay para ceremonias, para bodas o verano, exclusivamente para maikos, para niñas, etc. De hecho, yo nunca había visto tan de cerca una pieza de este tipo tan bien confeccionada, era una maravilla.

La mujer me miró y me preguntó si me gustaba, a lo que asentí profusamente sin tocarlo, expresando así mi admiración. Comenzó a mover lo que se encontraba encima de la mesita, depositándolo en otros lugares, y empezó a recoger el obi a la vez que decía: “Por favor, acéptelo como un regalo que yo le hago”, al tiempo que empezaba cuidadosamente a envolverlo en un delicado papel de seda color gris. No entendía nada, aquello me parecía una pieza valiosísima en todos los sentidos y la mujer se mostraba decidida a regalármelo. No se me ocurría nada que decir, así que empecé a sentirme feliz de tener entre mis manos una pieza tan maravillosa y también me sentía tremendamente elogiada. No me explicaba por qué esta mujer había reaccionado de esta forma tan desprendida y delicada conmigo.

Ya con mi paquete en las manos y tras darle las gracias muy efusivamente, incluso le estreché la mano a la vez que ella me sonreía. Desconozco las normas dentro de su cultura y si yo debía estrecharla la mano o no, pero sentí que mi agradecimiento no se debía estrictamente al maravilloso regalo que había recibido, sino a lo que rápidamente interpreté como la enorme sensibilidad de esta mujer, que, deduje, me lo regaló como resultado de mi actitud.

Tras agradecérselo de nuevo, me dijo: “Váyase usted ya, he entendido que la estarán esperando”. Ni que decir tiene que no me pareció un gesto frecuente en nuestra cultura occidental, tan apegada hoy en día a las cosas materiales. Quizá haya sido la mejor impresión que podía hacerme de un país y de una cultura tan desconocida para mi.

Viaje a JapónMaría José Sáez Brezmes

Me formé viajando y estudiando en países que no eran el mío. Así, comencé a incorporar en mi vida pedazos de otras cultura. Colaboré en la creación de la Casa de la India en Valladolid, país que adoro por sus gentes. La fotografía se hizo mi compañera, ayudándome no solo a recordar sino a vivir los destinos que visitaba, los momentos y las personas que me encontraba, que me acompañaban, que me querían y quisieron quedarse conmigo. Casi inconscientemente, el lugar donde paraba se hizo mi país y me sirvió de estímulo para seguir viajando. Empecé a interesarme por aquellos que recorrieron parte del mundo en tiempos remotos. Me apasioné por rebuscar en las civilizaciones primitivas de las que queda mucho por conocer y así viajar para ver, encontrar, descubrir nuestras raíces como humanos tanto en sus aspectos biológicos, que es mi formación principal, y culturales y civilizatorios, que es mi pasión.

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