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Histórico noticias



El Ogro y el Tíbet

El Eiger es una montaña de 3.970 metros de altitud en los Alpes berneses de Suiza. Declarado Patrimonio de la Humanidad, se pensaba que su cara norte era inexpugnable hasta que en 1938 un equipo de dos escaladores alemanes (Heckmair y Vörg) y dos austriacos (Harrer y Kasparek) la conquistaron.

21 de diciembre de 2015

Basta con dar un paseo por los prados de Grindelwald para sentirse atraído por su figura amenazadoramente bella. La cara norte del Eiger, el Ogro, que es lo que significa su nombre en alemán, preside el paisaje de esta parte de los Alpes Berneses plagada de monumentales esculturas como el Monch o el Jungfrau. Cada una de estas montañas puede fascinarnos magnéticamente y, tal vez, sea uno de los mejores paisajes del mundo. Sin embargo, el Eiger destaca entre ellas: su pared norte está cargada de Historia y de historias: su caja negra guarda para siempre la vida de los cuarenta y tres alpinistas que la dejaron allí entre el año 1935 y el 1977. Pero también su cumbre tiene el recuerdo de quienes pusieron sus pies en ella tras haber superado los 1.800 metros de terribles dificultades.

El Ogro y el Tíbet

Puede que haya sido la pared más temida; también, por tanto, la que con más fuerza ha llamado a superarla. Y aunque hoy en día el alpinismo moderno ha cambiado muchas cosas, el Ogro sigue presente en todos los sueños montañeros.

Además, es posible que si pusiéramos una sobre otra las páginas escritas, las fotos tomadas y las películas de que ha sido protagonista, la pila formada alcanzaría su altura. Hasta nos acabaríamos encontrando con Clint Eastwood que en 1972 dirigió y protagonizó The Eiger Sanction, en la que una escalada de la Norte sirvió de pretexto e incómodo escenario para una trama de espionaje. Como muestra, vale decir que incluso la televisión suiza retransmitió en directo una ascensión en 1999.

Tampoco podemos olvidar su cercanía, la gran montaña vive muy cerca del Hombre; se puede contemplar desde los telescopios del hotel de Kleine Scheidegg y mirar a los escaladores mientras se toma un café confortablemente instalado. A pocos metros de la gran mole, todo son senderos de ensueño para cualquier paseante y, además, hasta se pueden cruzar sus entrañas montado en un tren.

El Ogro y el Tíbet

Entre el 21 y el 24 de julio de 1938, las cordadas que formaban Anderl Heckmair, Ludwig Vörg, Fritz Kasparek y Heinrich Harrer, consiguieron lo que hasta ese momento parecía inalcanzable: tras tres vivacs y cuatro días en la pared, pisaron la cumbre.

De entre los cuatro, he querido situar el foco sobre Harrer. Tal vez no fuera el más importante en la historia del Eiger, pero sí quien más contribuyó a la difusión de la hazaña; como diríamos ahora, fue el más mediático.

Pero antes de seguir sus pasos, situémonos en aquel mes de julio. Seguramente nadie, o muy pocos dentro de nuestras fronteras, se habrían enterado de la noticia; bastante tendrían con los dos años de guerra que cargaban sobre sus espaldas, el año que aún les quedaba y todo lo que vendría después. Y tal vez todo esto explique la tardanza en la aparición de nuestros alpinistas en el Eiger: Rabadá y Navarro murieron intentándolo en 1963 y Anglada y Pons hicieron la primera ascensión en 1964.
En Alemania, Adolf Hitler estaba en el poder desde 1933 y la lucha por la conquista de la Norte era una magnífica caja de resonancia, que seguramente ningún régimen político hubiera dejado escapar, y menos todavía aquél basado en gran medida en el empuje, la salud y la fuerza de sus juventudes racialmente puras.

La escalada está suficientemente bien documentada y puede disfrutarse de ella en buenos libros como Los tres últimos problemas de los Alpes, de Heckmair, o en La araña blanca, del propio Harrer. En ellos hay cientos de detalles que permiten comprender perfectamente la ascensión y que revelan la talla de sus protagonistas. Hay que ponerse en la piel de Harrer cuando en el paso de la araña iba recuperando el material y acababa escalando con diez kilos de clavos; o pensar en la sangre fría de Heckmair, que en el tercer vivac, tras 1.500m de dificultades y, además, mojado y helado, solamente protestaba por no tener un cigarro seco; tampoco debía ser despreciable el valor de Vorg, que tuvo que escalar todo el tramo final con una mano herida por los crampones de Heckmair. Para tener una idea más o menos aproximada de lo difícil de la empresa, basta con darse cuenta de que no fue repetida, por Lachenal y Terray, hasta 1947.

El Ogro y el Tíbet

Tras su victoria, los cuatro fueron, si no condecorados, sí al menos recibidos por Hitler, que quiso felicitarles en persona en el festival de gimnasia de Breslau. A partir de ese momento, sus vidas tuvieron distintos rumbos y fortuna: la peor parte se la llevó Vörg, que murió en el frente en el año 1941 y tras él Kasparek, muerto en 1954 en el Salcantay de los Andes. Heckmair, por el contrario, vivió hasta el año 2005. ¿Y Harrer? ¿Qué fue de él?

Había nacido en 1902 en Hüttemberg, un pueblecito austriaco que ahora tiene un museo dedicado a su memoria y que en 1992 inauguró el Dalai Lama en persona.
Sus 96 años le dieron tiempo para vivir varias vidas: fue escritor, explorador y, sobre todo, alpinista. La vida le interesaba y tuvo fuerza para dedicarse a ella. Tal vez la controversia por su pasado nazi fue el peso más difícil de cargar y que le acompañó durante toda su vida.

Es muy posible que en la Alemania de aquellos años fuera muy difícil hacer nada sin ser miembro del partido o por lo menos merodear sus cercanías; en cualquier caso, sí que parece cierto que fue Himmler, uno de los grandes jerarcas del régimen, quien propuso a Harrer para la expedición al Nanga Parbat del año 1939. Nada más empezar la exploración del macizo por el valle del Diamir, estalla la guerra. La región, ahora paquistaní y entonces parte de la India Británica anterior a la partición, también se considera en guerra y los miembros de la expedición son hechos prisioneros como alemanes e internados en el campo de Dehra-Dun. En 1944 consigue escapar e inicia el viaje que, seguramente, más cambió su vida. Para darse cuenta de lo gigantesco de esta empresa hay que pensar que tardó un año y nueve meses en llegar a Lhasa caminando, tuvo que atravesar el Himalaya y regiones que –no se debe olvidar que eran los años 1940– apenas eran manchas blancas, espacios vacíos en los mapas, todavía a la espera de que alguien pusiera algún dato sobre ellas. Además, si alguien quiere tomarse la molestia –o más bien darse el gusto– de seguir su ruta sobre un mapa detallado del Himalaya, rápidamente se dará cuenta de qué distancia estamos hablando y de que recorrerla a pie, y sin apenas nada, da tal contenido a la palabra aventura que debería avergonzar a quienes la emplean para explicar a qué se dedican los fines de semana.

Harrer vivió cuatro años en Lhasa, fue testigo privilegiado de la forma de vida del techo del mundo, seguramente desconocida para la gran mayoría de los occidentales. Vivió entre el pueblo, conoció sus costumbres y, a buen seguro, debió vivir unos años fascinantes. El 14º Dalai Lama, ávido, a pesar de su juventud, de conocer el mundo exterior, le nombró su preceptor y fue su amigo. No cabe duda de que, para una mentalidad inquieta como la de Harrer, aquellos tuvieron que ser unos años dorados. Tras la ocupación del Tibet por China en 1950, salió del país y regresó a Europa. Todo este gran viaje y sus años en Lhasa están magníficamente contados en su libro, tal vez el más famoso y conocido Siete Años en el Tibet, traducido a cuarenta y ocho idiomas. Cuando, años más tarde, Jean Jacques Annaud estrena la versión cinematográfica del libro, se reavivaría toda la polémica sobre sus años de nazi que siempre negó.

El Ogro y el Tíbet

No sé, se me hace difícil juzgar. Él para entonces ya había aprovechado el tiempo para escalar en los Andes y hacer la primera ascensión a la Pirámide de Carstensz, viajado y explorado en el Ruwenzori y la Amazonia y, mientras tanto, escribir Vengo de la Edad de Piedra o Reencuentro con el Tibet. Con todo esto vivió hasta 2006, dejando tras de sí una figura que no sé si el tiempo empequeñece, agranda o deja en su lugar. Yo, como antes decía, no estoy aquí para juzgarle, me quedo con los hechos y con esa foto en blanco y negro que detuvo a los cuatro nada más descender del Ogro: en ella veo a cuatro chicos jóvenes, agotados y vigorosos, dueños del valor y la determinación necesarios para las grandes cosas. Me miran desde muy lejos, desde los setenta y un años de distancia que nos separan de aquel momento en el que pusieron sus pies en la cima del Eiger y se hicieron parte de la Historia.

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