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Baikal, el ojo azul de Siberia

El lago Baikal, ese extraño “mar sagrado”, como se le denomina en la tradición rusa, es el más profundo de la tierra. En el recorrido del Transiberiano se rozan sus orillas de agua clara, y uno atiende con expectación los paisajes de otoño que se cuelan naranjas por la ventana.

17 de diciembre de 2014

No recuerdo mayor melancolía que la que produce un viaje en tren por un paisaje de otoño, o tal vez haya una mayor: la que produce un viaje en tren por un paisaje de un otoño que muere lento cuando el invierno empuja. Quizá hay un grado superlativo de esta añoranza, de esta nostalgia de nada en concreto o de todo en general, y es que al tren se le conozca como el Transiberiano, atraviese las orillas del lago más profundo de la tierra y con las aguas dulces más claras. Hablar de Asia Central y de la región de Siberia es hablar del lago Baikal, ese extraño mar, como se le denomina en la tradición rusa, ese “mar sagrado”, “Dalai-Nor” en lenguas buriata y mongola. Pero si he de pensar en un nombre para esta mancha líquida, me viene siempre, antes que la designación de “la perla de Asia”, la de “el ojo azul de Siberia”; porque ahora lo sé, Siberia tiene los ojos, al menos el único que muestra, del color de un mar sin olas.

El ojo azul de Siberia, lago Baikal

El ojo azul de Siberia, lago Baikal

Mirar por la ventanilla del vagón es tener a menudo la cabeza inclinada sobre el cristal y dejar sin enfocar las imágenes que crees que se desplazan mientras estás quieta. Es esa ilusión del movimiento que tanto fascina, como cuando descubres a temprana edad, por el cristal del coche, el misterio de la luna que acompaña. El otoño en este punto del mapa es una alfombra de tonos naranjas, una tela de colores irregulares dentro de la gama del fuego. Dentro del tren hay un silencio que no viene de fuera ni de dentro, un silencio que sólo es perforado por el ruido que asciende desde los raíles o los pasos que cruzan por el pasillo que no veo.

El ojo azul de Siberia, lago Baikal

El ojo azul de Siberia, lago Baikal

No sé cuando se descorrió la cortina de árboles ni quien lo hizo, pero ahora es la orilla del lago Baikal lo que aviva la ventana. Antes de la existencia del Transiberiano, poco se sabía de este “mar sagrado”; aunque fuese uno de los lagos más antiguos de la tierra por su historia geológica, fue durante más de veinticinco millones de años una bella durmiente a la espera del tren que le despertase. Para que esta pareja admirable se encontrase fueron necesarios dos cientos puentes y treinta y tres túneles. Cuando el tren alcanza el borde del lago, los colores del otoño se precipitan en el agua, y queda el reflejo de la floresta vestida de estación sobre la superficie pulida de un azul sereno. Y si algo se desplaza, lo hará lento, como si el tiempo hubiera cambiado su velocidad y los segundos durasen largos minutos.

El ojo azul de Siberia, lago Baikal

El ojo azul de Siberia, lago Baikal

Como una diosa india de cientos de brazos, los tres cientos treinta y ses afluentes de la perla de Asia dibujan un corazón turquesa en un cielo acuoso al que llegan centenares de venas y del que sólo sale una arteria azul a la que llaman río Angará. Al Baikal le abrazan cadenas de montañas, esas que ahora veo manchadas con la nieve blanca de un invierno que se acerca metálico e implacable, capaz de congelar el ojo dulce de enero a mayo. Y por debajo del hielo, sonrío imaginando el vientre del lago permaneciendo tibio y líquido en la más hostil de las heladas. Desconozco si el frío sólido logró alguna vez descender a los 1.680 metros de profundidad, pero al hombre le costó una esfuerzo ímprobo tocar fondo: no lo consiguió hasta el 2008, cuando hacía casi cuarenta años que ostentaba haber pisado la luna.

El ojo azul de Siberia, lago Baikal

El ojo azul de Siberia, lago Baikal

Y siempre es la vida ordinaria la que deja los recuerdos extraordinarios de los viajes. Ser testigos de escenas que se repiten en cualquier punto del mundo, de afinidades que no conocen fronteras, de emociones que no tienen patria. Porque a veces el único acierto de viajar miles de kilómetros se halla en despertarnos en el paraíso desigual de las cosas banales. Por algún extraño conjuro, incluso el pez omul, que ahumado uno encuentra en los puntos del recorrido, que pertenece a estas latitudes y a este lago, se vuelve familiar y evoca momentos de otros pescados y otras latitudes más usuales, aunque nunca vimos ni veremos omules en los mercados del lugar que habitamos. La ciudad de Irkutsk, de Ulán-Udé, la isla de Oljón van quedándose detrás, mencionadas en las últimas páginas del cuaderno en el que anoto; sin embargo, ni el olor del agua dulce ni el perfil del otoño, ni la invisible presencia de la falla que conecta el Baikal con el fondo incandescente de la Tierra, desaparecerán del todo. Uno lee hasta la letra pequeña del bello recorrido en este tren con esencia, el Transiberiano.

El ojo azul de Siberia, lago Baikal

Fotos: Juan Echeverría. Texto: Belén Alvaro.

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Comentarios sobre  Baikal, el ojo azul de Siberia

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  • 19 de diciembre de 2014 a las 4:50

    maravilloso paisaje….Misteriosa memoria que guardan estas aguas.Y sus historias….esperando ser descubiertas.Felicidades por tan excelente viaje.

    Por juan Garese
  • 02 de enero de 2015 a las 15:57

    Magníficas fotos y precioso texto. Me dan ganas de ir. Es uno de los viajes que me falta. Pero el pensar en tantos días de estar quieto mirando por la ventanilla, con lo intranquilo que soy, siempre me ha retenido.

    Por Francisco Po Egea
  • 14 de enero de 2015 a las 13:22

    Pura Poesía!! Gracias por el artículo. Lo recomendaré en las redes sociales de mi web http://www.elhombrequeviaja.

    Por El hombre que viaja