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Histórico noticias



El Reino de Lo: Tierra de Kampas

Mustang es una región remota del Himalaya nepalí que estuvo aislada del mundo exterior hasta 1992, razón por la cual aún preserva muchas de las ancestrales tradiciones tibetanas. El primer occidental en llegar al antiguo Reino de Lo fue el geólogo y explorador suizo Toni Hagen en 1952.

14 de octubre de 2019

No viajaba en las mejores condiciones, a pesar de que llevaba más de veinte años pensando en hacer este viaje, desde que visité las tierras himaláyicas por primera vez. Me impactó tanto que nunca he olvidado ese primer encuentro con el Himalaya, ni lo que pude visitar ni lo que conocí interaccionando con los lugareños.

Entonces Pokhara no era más que un pequeño pueblo en torno a un hermoso y profundo lago. En los restaurantes que le rodeaban ofrecían a viva voz tortillas de hongos. Cuando el libro del descubrimiento del LSD de Hoffman estaba todavía fresco en nuestra memoria.

Una tarde, cuando volvimos al hostal, unas mujeres tibetanas habían entrado en nuestras habitaciones y miraban tranquilamente lo que había en nuestros exiguos equipajes. Pero ni tan si quiera se molestaron en marcharse cuando llegamos, solamente empezaron a preguntarnos por señas para que servía todo aquello. Lo más curioso era que su actitud no era preocupada, ni descarada, ni asustada por haberlas pillado in fraganti rebuscando en nuestras mochilas. Eso sí, todo lo que iban sacando lo colocaban ordenadamente en el suelo. Intenté tomarlo con buen humor y no mostrar enfado ante lo que claramente era un atentado a mi privacidad. Vestían sus trajes tradicionales, que con variaciones utilizan los tibetanos en cualquier lugar donde viven. Ropas marrón oscuro hasta los pies con delantal multicolor rayado y una chaquetilla de tejido grueso similar al del vestido, por donde aparece un pañuelo de intenso colorido o blanco. El pelo trenzado, con las coletas dispuestas a modo de corona, a menudo con cintas de colores entrelazadas en ellas. Su fisonomía, de caras redondas, narices chatas, ojos achinados y piel tersa ligeramente tostada, surcada con frecuencia por arrugas producidas tanto por la exposición al aire libre como, probablemente, por el sufrimiento de vivir como refugiados.

Siempre he disfrutado del vuelo que me ha llevado a Jomsom, sobre todo de la parte en la que el avión se desliza entre las gigantescas montañas que configuran el valle del Kali Gandaki, que parecen estar al alcance de la mano, y a pesar del temblor que produce el viento en tan angosto paisaje.

Jomson siempre ha sido un centro de comercio importante por ser lugar de paso entre la llanura gangeática de India y el Tibet. Ahora es el centro administrativo de la zona y es donde está el banco, un destacamento del ejército nepalí e incluso un pequeño hospital y el veterinario. Los pobladores autóctonos de la zona, los thakalis, practican el hinduismo y el budismo; de hecho, en Muktinath, pueblo próximo, se encuentra un centro de peregrinaje muy frecuentado, compartido por ambas religiones. Desde este hay una maravillosa vista del Dhaulagiri, que expone su cresta sobre el azul intenso del cielo con una nitidez que hace de este sitio un centro único en el Himalaya.

El Reino de Lo. Tierra de Kampas

María José Sáez Brezmes.

Tras pasar por la oficina de las autoridades que controlan los permisos de entrada en el Alto Mustang, montamos en nuestros pequeños caballos de lento traquetear, tercos en demasía a la hora de querer tomar un descanso, y comenzamos el camino adentrándonos por el lado derecho del Kali Gandaki atravesando el último pueblo a donde llegan turistas, Kagbeni, lleno de cafetines, tiendas y restaurantes para ellos . Al otro lado del río se atisba la pista que conduce a Dolpo, otro de los valles más aislados y menos transitados del Himalaya, una meseta a cinco mil metros de altitud.

El Reino de Lo. Tierra de kampas

María José Sáez Brezmes.

Emocionados por adentrarnos, guiados por el Kali Gandaki, en esta bellísima ruta hacia este desconocido país, hicimos la primera parada para tomar té en Tangbe, donde ya no llegan ni turistas ni peregrinos. Allí creí, al bajarme del caballo, que no podría volver a enderezarme, ya que la rudimentaria silla de montar de mi caballo, aun recubierta de alfombras, se había incrustado en mis huesos.

El Reino de Lo. Tierra de Kampas

María José Sáez Brezmes.

Tras cruzar el río por el puente de hierro donde una enorme pared de arenisca exhibe una hilera de cuevas alineadas como si fueran las ventanillas de un vagón de tren, comenzó la subida a la meseta de Mustang por un camino cada vez más difícil y empinado. De hecho, al cruzar Chuksang sentimos que entrábamos y cerrábamos tras nosotros la puerta, en aquellas tierras aparentemente inhóspitas, donde sus gentes viven incomunicadas de los pueblos del sur. A partir de este momento, el guía sería nuestro único medio de conexión con el mundo. La tarde nos trajo un incesante viento que nos acompañaría el resto del viaje, al subir empinadas lomas recubiertas de pequeños cantos que nos hacían resbalar tanto a nosotros como a los caballos, por un camino de lento avanzar que desaparecía a nuestra espalda.

El Reino de Lo. Tierra de Kampas

María José Sáez Brezmes.

Hicimos noche en Samar, en una posada situada en un diminuto remanso a las orillas de un casi inexistente río al que rodeaban algunos, pocos, arbustos. El monasterio del color rojo habitual dominaba el pueblo, de casas pintadas de blanco, al igual que en otros poblados tibetanos, con ventanas ribeteadas en verde y negro, y un tejadillo acompañado a veces por un volante de tela.

El Reino de Lo. Tierra de Kampas

María José Sáez Brezmes.

La ausencia de gente en sus calles, nos permitía husmear por todas partes y solo una mujer anciana rezaba en los tambores de un templo casero, a la que pedimos fotografiar. A nuestra conversación se unió un hombre de mediana edad, fuerte y moreno de enormes botas tibetanas, que nos invitó a su casa a tomar té. Tras volver por calles ya recorridas y a través de unas empinadas escaleras, entramos en una casa grande, de varios pisos, situada en el centro del pueblo. La habitación que ocupaba la familia, con una rudimentaria estufa en el centro, alrededor de la cual se sentaron rápidamente en sillitas infantiles las dos mujeres que trajinaban por la sala cuando llegamos. Las paredes recubiertas con muebles exhibían una numerosa colección de cacharros de cocina de cobre reluciente; en el centro, bancos de cojines oscuros sobre alfombras que claramente utilizaban también para dormir. Ante la solicitud de nuestro anfitrión, las mujeres se apresuraron a preparar un té tibetano salado, en una tetera alta de madera con el mazo acoplado en su tapa, que se encontraba junto a otras de distintos tamaños en una esquina de la habitación, iluminada solo por amarillentas lamparillas de cera, cuando en el exterior ya había caído la noche.

El Reino de Lo. Tierra de Kampas

María José Sáez Brezmes.

Nuestro anfitrión se identificó a través del guía como el cabeza de una familia khampa, aquellos tibetanos que hicieron frente a la invasión del Tibet por el ejercito chino que terminó anexionado a China en 1950. Los khampas provienen principalmente de la ladera este de la meseta tibetana, la región del Kham, territorio próximo a Shangri-La; pertenecían originalmente a importantes familias tibetanas, pero vivieron, terminada la guerra, en campamentos improvisados, asaltando caravanas y viajeros y saqueando poblados para sobrevivir. Nuestro anfitrión relató sencillas anécdotas y batallitas por las que habían pasado sus familiares y nos enseñó una habitación llena de maravillosas estatuas de budas y otras deidades, cofres, utensilios de cocina, tangkas y también ornamentos personales de sus antepasados que nos ofreció para comprar.

Tras este primer contacto con los habitantes de Mustang seguimos camino adentrándonos en un territorio cada vez más alto que nos llevó a atravesar varios collados, desde el Nyi La (4.050 metros de altitud) el más elevado de ellos, se divisaba una hermosísima panorámica de algunas de las cumbres más altas del Himalaya, los Annapurnas, incluso de la más codiciada, el Annapurna 1, visible desde pocos sitios si no estás dentro del circo. La bajada de este collado que nos conducía a Ghemi fue escalofriante, porque bajamos más de 300 metros por una pendiente de ochenta grados, y por la que solo nuestra pericia de senderistas impidió que no rodáramos cuando los caballos bajaban deslizando.

Colores inexplicables se sucedían en las paredes de las montañas entre las que discurría el camino por el que avanzábamos, generando una inmensa sensación de soledad debida no solo a la grandiosidad del lugar sino a la obligaba concentración que exigía el control del caballo, al que me agarraba con una mano en la parte delantera de la silla, que también sujetaba la cincha y la otra en la parte de atrás de la montura, para no salir impelida en las partes más inclinadas del camino, lo único que me aseguraba seguir adelante.

El Reino de Lo. Tierra de Kampas

María José Sáez Brezmes.

Afortunadamente, llegamos con luz a la posada donde nos hospedamos en Ghemi. La ducha con agua caliente en la terraza me produjo enorme satisfacción; el pelo me lo sequé con los últimos rayos de sol que aún brillaba, a pesar de que ya hacía frío. La casa de varios pisos tenía, en la parte baja, una habitación que hacía las veces de lugar de encuentro para los habitantes del pueblo que venían a hablar por teléfono y eventualmente a charlar. Parecía que la telefonía móvil era demasiado reciente para los habitantes del Alto Mustang. Nuestro guía cargaba con uno, pero nunca vimos que lo utilizara, aunque lo justificó diciendo que no lo habíamos necesitado.

Esta posada era donde se ubicaba el único teléfono fijo del valle, una extraña y antigua caja de madera con dos auriculares y un enorme candado en el centro, que aparentemente impedía ser operado por aquellos que no eran los dueños. El sistema funcionaba a través de operadora, y vimos a la señora de la casa, la única que lo manejaba, pedir el número solicitado por los huéspedes; tras un rato largo, el teléfono sonaba y se establecía la conexión, que supusimos con Nepal, y cuya audición no debía ser buena teniendo en cuenta lo que chillaban los que hablaban. No había ningún otro teléfono en el valle, solo en la capital había otro en manos de la familia real y quizá otro público.

Mientras esperaban la conexión telefónica comían, bebían y charlaban, de hecho este lugar fue lo más parecido que vimos a una fonda en todo nuestro viaje en Mustang. Pero parecían no reparar en nosotros, casi como si no estuviéramos allí, excepto para la mujer de la casa que nos atendía con meditada solicitud. En una pared de la habitación colgaban los utensilios para cocinar y en el suelo había unas rudimentarias cocinas de barro que albergaban fuegos individuales atizados con ramas que se incorporaban por un agujero lateral. Los armarios, que ocupaban casi otra pared entera, albergaban las tazas, platos y otros utensilios, también el té, la mantequilla, la harina, el azúcar, etc. Pero era una cantina especial, allí servían yogur y cornflex que la mujer preparaba. En el resto de la habitación, unas primitivas camas recubiertas de telas de lana áspera a modo de asientos, delante de las cuales había unas mesas corridas. La posada tenía mucho movimiento de gente y se echaba en falta al marido de la mujer que se hacía cargo de todo en la posada, detrás de la que corrían un par de niños y una pareja de ancianos de movilidad delicada, además de dos chicas jóvenes, que se ocupaban de la cocina y llenaban los grandes termos chinos de flores chillonas donde tenían preparado el té con leche que nos servían permanentemente. La mujer de vez en cuando escribía en un cuaderno, lo que pensamos debían ser las consumiciones de los clientes. Nuestro guía se desenvolvía por la casa con confianza, ayudaba en ciertas tareas con familiaridad y cenaba con la familia, así que me permití preguntarle por las relaciones de parentesco entre los habitantes de la casa. El cabeza de familia, indio de origen y marido de la mujer, se encontraba en India comprando las provisiones para, seguramente, la mayoría de los habitantes del valle, lo que representaba también una parte importante de su negocio. En la posada vivía una de las familias que participaba activamente en las decisiones que estaban trasformando Mustang.

Salimos como todos los días con los rayos del sol caminando por un llano de matojos resecos, donde adivinar las huellas a seguir era más que una proeza. Después de un recodo, divisamos por fin un schorten decorado con los tres colores característicos: rojo teja, gris y blanco de Tsarang, que tantas veces había visto en fotos y que fue capital del reino en el siglo XIV. La ciudad, situada en la parte más alta de un impresionante cañón, esconde entre unos enclenques álamos el monasterio, el antiguo palacio y la biblioteca que conserva parte de los manuscritos más antiguos de Mustang que aún no han sido trasladados a Lo Manthang. Comimos en la única posada que parecía abierta una deliciosa sopa y compramos unas preciosas tazas tibetanas de jade que, nos pareció, no estaban hechas recientemente.

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María José Sáez Brezmes.

La última parte del camino a Lo Manthang cruza una polvorienta llanura que nos costó recorrer más de lo previsto, mientras un intenso viento frío arrastraba un finísimo polvo que se escondía en todos los resquicios de nuestras vestimentas, incluidas las gafas. Llamaba la atención cómo la tierra en esta planicie se había tornado blanca tras la vistosa mezcla de colores que nos había acompañado en días anteriores. Parecía como si el lugar escogido para levantar la capital se hubiera debido al majestuoso color blanco de esta zona. Cuando cayó el sol, el frío se hizo aún más intenso y agradecimos, a pesar de la dificultad, la empinada bajada que nos condujo a la capital. Lo Manthang solo se vislumbra cuando ya casi se ha entrado en la fortaleza, dejando a la derecha un enorme montículo con una desvencijada torre vigía.

El Reino de Lo. Tierra de Kampas

María José Sáez Brezmes.

Lo Manthang nos pareció una ciudad silenciosa y solitaria al recorrer las calles que nos condujeron al hostal. Bien situado en el centro de la ciudad pero de habitaciones destartaladas desde las que se tenía una singular vista del palacio ubicado en lo que podía ser la plaza mayor, donde mujeres y hombres de edad sentados a las puertas de las casas cosían, tejían o limpiaban legumbres, charlando a la vez que agitaban sus rosarios y siguiendo sigilosamente con la mirada a los otros, mientras se calentaban bajo los rayos del sol. Las mujeres vestían el traje tibetano tradicional, reforzado con chaquetas de lana y botas con gruesos calcetines de colores. La mayoría de los hombres y las mujeres cubren sus cabezas con gorritos de lana de yak tejidos por las mujeres o con sombreros de cuero que parecen de cowboy, y que he visto usar también a otros tibetanos, por ejemplo en Lhasa, sorprendentes porque parecen ajenos a su cultura y cuya procedencia desconozco. En el primer piso de una casa próxima a la plaza colgaba un cartel bien visible de una asociación de mujeres locales que exponían los trabajos que ellas mismas habían tejido y vendían.

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María José Sáez Brezmes.

La estructura frontal del palacio real tiene sobre la escondida puerta de entrada unas balconadas de madera verticales sencillamente decoradas. La familia real de la monarquía Lo vive aquí la mayoría del año y ha sido aliada de los monarcas nepalíes de la dinastía Ghorka desde la guerra tibetano-nepalí, lo que explica la pertenencia de Mustang a Nepal, a pesar de que geográfica y étnicamente es parte del Tíbet. Ambas fueron desalojadas del poder al mismo tiempo en 2008.

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María José Sáez Brezmes.

Los Loba son los pobladores autóctonos de Lo Manthang; su casa tradicional tiene techos planos y sin ventanas para paliar las inclemencias del tiempo y el viento en invierno, en verano duermen en las terrazas porque las casas son calientes y carecen de ventilación. La sociedad Loba se organiza en tres grupos: agricultores, pastores y mercaderes; de uno de estos grupos aparecen los que se encargan de conservar las costumbres de la realeza. Las reglas que rigen la comunidad están basadas en el concepto de honor y respeto a las tradiciones, así por ejemplo, aquella en la que cuando el hijo mayor hereda del padre, el hermano que le sigue debe hacerse monje budista. Cada individuo posee tres nombres: el que le adjudica el Lama, la familia y el tercero su profesor espiritual y que guardan en secreto. La mujer loba se casa con varios hombres, para que disminuyan las posibilidades de quedarse viuda, aunque esta es una de las tradiciones que con mas ahínco, según nos contaron, rechazan actualmente las jóvenes.

Lo Manthang posee varios templos que comenzamos a visitar por el más antiguo, construido en el siglo XIV (1387), el Jampa Lhakhang, y al que llegamos por angostas callejuelas que, parece, se hubieran construido alrededor de este magnífico gompa, de preciosa fachada roja y al que se accedía bajando un par de escalones para entrar en una oscura sala, no solo porque carecía de luz natural, sino porque las lámparas de aceite que desde tiempo inmemorial depositan los peregrinos a los pies del budha, que ocupa casi la estancia entera, han ido ennegreciendo las paredes y las estatuas de menor tamaño.

Pero es el gompa Thubche del siglo XV el más impresionante de todos ellos, por sus magníficos murales que decoran la enorme sala, y en la que la imagen principal de Budha está delimitada por unas columnas de madera de las que cuelgan enormes máscaras. Los excepcionales murales de maravilloso colorido y enorme barroquismo pictórico reclaman mantenimiento tanto por el paso del tiempo como por el ennegrecimiento causado por el aceite de las lamparillas. En una esquina un hombre de mediana edad previsiblemente del país por sus atuendos, sentado con una lamparita que encendía a ratos y que emitía una luz insuficiente, dibujaba en un pergamino fino concentrado de forma casi religiosa, lo que evitó que le molestáramos. Más tarde, en la calle principal encontramos un pequeño taller donde exponía y vendía sus dibujos, copias perfectas de los dioses representados en los frescos, algunos de rostros feroces, en posiciones agresivas contra animales o representaciones de la vida de Bhuda, realmente magníficos. Decidí comprar algunos, pero me sorprendió que los dibujos no estaban firmados. Le pregunté el motivo de tal decisión y respondió que “solo se trataba de copias” y que firmaba solo aquello que era de su propia creación. “Si lo hago puede considerarse un robo a sus autores, aunque estos ya no se encuentren entre nosotros”.

El Reino de Lo. Tierra de kampas

María José Sáez Brezmes.

Curiosa respuesta para lo que sucedía con los restauradores, que habían decidido trabajar haciendo una interpretación libre tanto del colorido como de la forma tradicional de las figuras de los murales de los templos y que los monjes habían logrado paralizar.

Llevaba ya tiempo viajando por lugares poco frecuentados y dándome tiempo para hablar y visitar los rincones que me señalaban los lugareños, pero fue en este viaje donde se despertó mi interés por las poblaciones que con más esmero guardan sus tradiciones, tribus que aún habitan Asia o civilizaciones antiguas de las que aún se desconocen muchas cosas.

María José Sáez Brezmes

Me formé viajando y estudiando en países que no eran el mío. Así, comencé a incorporar en mi vida pedazos de otras cultura. Colaboré en la creación de la Casa de la India en Valladolid, país que adoro por sus gentes. La fotografía se hizo mi compañera, ayudándome no solo a recordar sino a vivir los destinos que visitaba, los momentos y las personas que me encontraba, que me acompañaban, que me querían y quisieron quedarse conmigo. Casi inconscientemente, el lugar donde paraba se hizo mi país y me sirvió de estímulo para seguir viajando. Empecé a interesarme por aquellos que recorrieron parte del mundo en tiempos remotos. Me apasioné por rebuscar en las civilizaciones primitivas de las que queda mucho por conocer y así viajar para ver, encontrar, descubrir nuestras raíces como humanos tanto en sus aspectos biológicos, que es mi formación principal, y culturales y civilizatorios, que es mi pasión.

Himalaya, mustang, viaje al tibet

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