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El silencio de los Cordero

La luz crepuscular del Este de África perfila la silueta de cientos de herbívoros que medran calmados entre las hierbas ralas. Al fondo, nubes de tormenta dan profundidad a un horizonte que parece no tener final. Es un momento para compartir en reverente silencio. Un momento para sacar el cuaderno de viajes.

23 de marzo de 2017

El viaje es rápido, multitudinario, apasionante y apresurado a partes iguales. No hay sosiego en el descubrimiento permanente; ahora paisajes, ahora animales, ahora una arriesgada actividad. Un abultado grupo de buenos viajeros nos movemos rápido en un magnífico viaje que tiene como único defecto realizarse en el siglo de las prisas, de la inmediatez obligada. ¿Diario de viaje? ¿Con dibujos? ¡Ni soñarlo! Sólo algún superdotado como José Luis Angulo se atreve a robarle al tiempo unos dibujos mientras botamos por una pista infernal camino de los Virunga.

La presión del calendario y la ansiedad por no dejar ningún destino sin al menos una visita testimonial aumenta la ansiedad entre los afortunados miembros del grupo. A pesar del madrugón, los comentarios sueltos de la hora de las legañas van hilándose en frases cada vez más complejas. La ansiedad creciente aumenta el volumen de las voces y, un par de horas después del amanecer, a la agenda apretada se suman los diálogos de unos y otros a viva voz. Todos nos sentimos afortunados, pero muchos luchamos por no caer en la nostalgia de otros tiempos y otros viajes con reloj de cuerda, incluso sin reloj; viajes de cuaderno de viajes. Será que ya cargo un buen saco de años.

Cuadernos de viaje

Fernando González Sitges.

Tengo delante un paisaje extraordinario. El mismo que hizo desear a Thomson levantarse de su lecho de muerte, calzarse las botas y darse un último paseo en solitario; el mismo que enamoró a escritores y empujó a aventuras suicidas a célebres exploradores victorianos. La luz crepuscular del Este de África perfila la silueta de cientos de herbívoros que medran calmados entre las hierbas ralas. Al fondo nubes de tormenta dan profundidad a un horizonte que parece no tener final. Un grupo de elefantes, ahora de colores azules y violetas, se acercan tanto a nuestros coches que nos impiden bajar. Su ronroneo gutural produce ecos entre nosotros. Fuera de los vehículos, el mundo sigue el paso lento de hace siglos, milenios; un paso que nos está vedado. Intento imaginarme sentado en una silla de campaña, acampado en la inmensa sabana, disfrutando del paso lento del tiempo. Los comentarios de los allí reunidos me sacan de mis pensamientos. Hay una lógica explosión de asombro mezclada con el sonido incesante de las fotos realizadas con los móviles. Es el canto de los insectos de la era digital; los grillos del mundo iphone.

Cuando bajamos en mitad de la sabana, nos han preparado un fantástico refrigerio con el que hacer un brindis para despedir el día. Una vez más, me siento un privilegiado por poder disfrutar del viaje. Pero al pisar tierra vuelve a atraparme, aún con más fuerza, la necesidad de alejarme del bullicio, robarle un poco de tiempo al día y sentarme con un pequeño cuaderno a esbozar una pintura. O simplemente sentarme y contemplar. Y hacerlo en silencio, callado. Comprendo lo que haga falta, la charla, el compartir la maravilla, la necesidad de comunicación. Pero a veces, en esas circunstancias, me encanta el modo callado.  Y entonces comprendo que el silencio es otro valor perdido. No tenemos tiempo ni de posponer un rato nuestras manifestaciones de asombro y felicidad tras unos instantes de contemplación; de analizar nuestras sensaciones, de dejarse llevar por ellas. ¡No! Como las fotos telefónicas respecto a los dibujos de un cuaderno de viaje; como los sándwiches del packed lunch respecto a un buen guiso. El siglo XXI es el siglo del minuto-resultado.

Cuadernos de viaje

Fernando González Sitges.

Miro con cierto desasosiego la alegre celebración de mis queridos amigos y algo llama mi atención. Al fondo, detrás de los vehículos y apoyado en el tronco retorcido de un árbol solitario, está Gonzalo Cordero. Ha tenido que ser rápido como el pensamiento para desgajarse así del grupo y que nadie lo haya notado. O quizá es que mi necesidad de un rato de calma, soledad y silencio sea común a todos los que formamos este singular grupo de viajeros. Sí, seguro que le han visto y han respetado su momento. Sea como sea, le miro con envidia. Y de la mala, como corresponde a un buen amigo.

Hace unos años, finalizando un viaje de cuarenta días por las selvas y montañas chinas, pude escaparme de la agobiante y magnífica Pekín para acercarme a la Muralla China en un tramo alejado de la urbe. Llegué al pie de la Muralla y me enteré de que el teleférico que sube hasta la majestuosa construcción estaba roto. A pie serían quince minutos más y un mínimo esfuerzo físico. Pero como la mayoría de los extranjeros que llegaban allí apenas tenían tiempo, cuando pisé la cima me encontré solo en la Muralla. Durante horas paseé despacio, disfrutando del privilegio. De vez en cuando me sentaba en las ventanas de las torretas que salpican la legendaria construcción. Allí sacaba el cuaderno y pintaba con calma mientras un viento fresco me aliviaba del sol implacable. En una de esas paradas vi, sorprendido, que no era el único visitante de la Muralla. Poco a poco, un joven de aspecto anglosajón fue acercándose con paso calmado. Era evidente que venía disfrutando de la misma soledad que yo. Cuando estuvo a unos pocos metros de donde me encontraba sonrió con complicidad, me saludó levantando una mano y, sin pronunciar una palabra, siguió feliz su camino. No pude agradecerle más su gesto ni pude sentirme más cómplice de su silencio.

Cuadernos de viaje

Fernando González Sitges.

Viendo a Gonzalo Cordero recuerdo que el año anterior les encontré a él y a su hermano Antonio en idéntica escapada en más de una ocasión. Los desiertos de Namibia invitaban a la soledad. Y al silencio. Y es que cuando uno se encuentra en esos momentos mágicos en los que el lugar, su naturaleza o sus gentes te atrapan, esos momentos que nos mueven a todos a viajar donde quiera que sea, no hace falta gritarlo a los cuatro vientos. La complicidad en esos momentos de plenitud te permite compartirlos sin una palabra, en reverente y emocionado silencio.

Empiezo a comprender por qué siento empatía y amistad casi inmediata con estos dos piezas desde que he tenido la fortuna de viajar con ellos. Son muchas cosas las que comparto con su forma de entender un viaje; incluso cuando los leo sobre países y lugares en los que no he estado jamás. Pero, sobre todo, comparto y valoro un rasgo que los caracteriza: la contemplación callada, la complicidad en el mutismo, el reconfortante y ejemplar silencio de los Cordero.

cuadernos de viaje, Experiencia de Viaje, pensamiento

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