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El sol sobre el Mekong

Olafur Eliasson  es un artista danés que utiliza materiales y medios como el viento, la luz o el agua en sus esculturas e instalaciones. Diseñó el pabellón de la Serpentine Gallery londinense; su última exposición se exhibe en el Palacio de Invierno de Viena, y la próxima será en el Museo Long de Shanghái.

15 de febrero de 2016

En el otoño del 2003 y de regreso de Laos, pude quedarme unos cuantos días en Londres. Disponía de un tiempo maravilloso sin ninguna obligación y con muy pocos propósitos fijos como no fueran los de pasear, recorrer museos y librerías y ver pasar la vida tras las cristaleras de algún pub con vistas a la calle.

Al entrar una mañana en la Tate Modern, me encontré que la pared del fondo de la gran sala de turbinas estaba ocupada por un gran sol enorme, redondo, magnífico. Un sol exactamente igual al que durante tantos días había visto hundirse cada tarde en el agua del Mekong.

Su autor,  el que había sido capaz de perpetuar ese instante fugaz, ese color irreal y anaranjado del sol al desplomarse cada tarde, es Olafur Eliasson, y aquel disco que yo interpreté como el sol –y su autor como vete a saber qué– era una parte de Weather Project, una muestra de su trabajo en la que también podía verse un enorme espejo, que ocupaba por completo el techo de la gran sala y en el que los espectadores podían verse reflejados, consiguiendo así que su imagen apareciera junto a aquella masa amarilla que yo consideraba incandescente.

Leo ahora en Internet que, entonces, algún crítico escribió en Frieze Magazine: “Es la primera vez que he visto un espacio tan enormemente triste, un ataúd para un gigante, socializado de una manera efectiva”. Me han gustado de inmediato sus palabras, la forma en la que van unidas y cómo explican a la perfección que dos millones de personas visitaran la Tate Modern para ver las instalaciones de Eliasson.

Es muy complicado –y hasta cierto punto un atrevimiento– opinar de arte para alguien que, como yo, carece por completo de criterio y ha de fiarse por tanto de lo que le dictan los terrenos resbaladizos de su propio gusto como única herramienta. Sea como sea, lo que hace Olafur me gusta, unas veces porque –tal vez con algo de vanidad– creo que lo comprendo y otras porque –por alguna razón– sus exposiciones siempre coinciden con momentos buenos de mi vida.

Dicen, los que saben de esto, que son sus instalaciones de gran tamaño las que le han otorgado la fama. Tampoco me atrevo a opinar, pero sí que procuro seguir su trabajo. Si no puedo asistir a sus exposiciones, al menos por Internet…

Arte

Harkolufs, Wikipedia.

En 2007 se encargó del pabellón de la Serpentine Gallery londinense y desde finales del 2014 hasta enero del 2015 tuvo, en el Louisiana Museum of Modern Art de Humlebaek (junto a Copenhague) instalado Riverbed, un río de lecho pedregoso del que el propio artista dijo: “He  creado la mitad de una historia, ahora tú puedes finalizarla…”

Ahora, hace pocos meses –mientras yo continuaba haciéndome preguntas, tal vez absurdas, acerca de su trabajo pero fascinado por su obra– pude disfrutar en el Moderna Museet de Estocolmo de Reality Machines, que supone, entre otras muchas cosas, un recorrido a través de las ideas –y los hechos– del autor desde los años 90. Explica, en la presentación, que emplea y se vale de diferentes medios y materiales como el viento, la luz o el agua para expresar su idea de recrear la realidad y nos previene que no siempre queda tan claro donde finaliza el arte y donde comienzan nuestras propias ideas y reflexiones.Y es precisamente la percepción el lugar sobre el que Eliasson sitúa el foco y en el que parece estar más interesado. Y lo demuestra mediante diecinueve instalaciones, que llenan completamente unas salas descomunales y que se recorren, con ansiedad, esperando la sorpresa que aguarda en la siguiente, porque tal vez sea ese elemento –la sorpresa– lo que más llene toda la muestra. Sorpresa que se hace presente, tanto mientras se recorren los laberintos –formados con paneles de plástico semitransparente– que nos ofrecen perspectivas de distintos colores y formas de otros visitantes, como cuando quedamos hipnotizados ante la llamada magnética de la Big Bang Fountain de la que el agua surge a borbotones impulsada hacia arriba y unos potentes flashes parecen detenerla en el aire mientras la iluminan.O The Sandstorm Park, cuando nos encontramos que todo el suelo está cubierto de arena y un compresor sopla sobre ella haciéndola moverse en todas direcciones a nuestros pies.

Eliasson despliega materiales presentes en nuestro día a día para esculpir un espacio en el que –literalmente– nuestra presencia impacta en su obra. “En general –dice– la distancia entre nuestros actos y su impacto sobre el mundo es mucho mayor, haciéndonos difícil percibir las consecuencias inmediatas de nuestro comportamiento…”

Con eso me quedo. Con eso y a la espera de la próxima ocasión para verle.

museos, olafur eliasson, viajes culturales

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