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Histórico noticias



El sur de Islandia o la Última Thule

Última Thule, así es como llamaban a Islandia los monjes irlandeses que la poblaron por primera vez en el siglo VI. Un reino imaginario mezcla de Julio Verne y el Príncipe Valiente, lleno de hielos y volcanes. Una isla de vikingos y sagas donde pasar una corta temporada.

11 de enero de 2018

“Islandia no es un mito; es una porción sólida de la superficie terrestre”. Plinio.

Última Thule, así es como llamaban a Islandia los monjes irlandeses que la poblaron por primera vez en el siglo VI. En mi cabeza un reino imaginario mezcla de Julio Verne y el Príncipe Valiente, lleno de hielos y volcanes. Una isla de vikingos y sagas donde pasar una corta temporada.

Tenía una excusa casi perfecta: escribir un artículo sobre el poeta Jonas Hallgrimsson, uno de los hombres clave de la cultura Islandesa. Me había instalado en una pequeña casa de huéspedes en la calle Hafnarstraeti, en pleno barrio viejo de Reykjavik. Allí amarraban los barcos dos siglos atrás y era el puerto, la vida de la ciudad. Aún seguía manteniendo una intensa actividad, aunque ya el agua se había alejado unas calles de allí. Aquello era el centro de una ciudad pequeña, de unos 170.000 habitantes, muy cuidada y cosmopolita. Frecuentaba todos los días las mismas bibliotecas y en especial consultaba los viejos documentos del Instituto Arni Magnusson. Vivía pues, rodeado de libros y silencio mientras desarrollaba mi trabajo. Salía poco y, cuando lo hacía, era para encontrarme con algún erudito en uno de los cafés de la calle Austurstraeti, como el café París. Tomábamos unas cervezas y después de una larga y habitualmente monologada charla, mi fuente de información se retiraba.

Llevaba en Reykjavik unas semanas cuando conocí a Peter. Supongo que ese no era su nombre real, porque en Islandia uno no puede tener un nombre que no sea islandés de pura cepa. Incluso los hijos de emigrantes están obligados a tomar un nombre local. En realidad, yo sabía que era su nome de guerre, usado en su trabajo literario. Me habían hablado bastante de él y había leído un artículo suyo muy interesante sobre Hallgrimsson en una revista especializada. Era un joven poeta de espíritu rockero y modales impecables. Hablamos sin parar durante más horas de las habituales. Primero unos cafés y después cervezas y vodka fueron hilando su conversación sobre el poeta. Hablamos de los viajes de Hallgrimsson por Islandia, de su exquisita educación extranjera puesta al servicio de un nuevo resurgimiento literario en su país. De cómo amaba a Schiller y las nuevas y revolucionarias ideas románticas. Me descubrió su pasión por la Geología, por las Ciencias Naturales, algo realmente importante en un momento en el que el mundo bullía de nuevos paradigmas que interpretaban la naturaleza y la historia.

Pero lo que más le sorprendió fue mi completo aislamiento, mi desconocimiento casi total de la realidad islandesa. “Pero hombre Antonio —me dijo—, cómo vas a entender a Jonas si no sabes nada de su tierra y su gente? Estás aquí encerrado y has leído cuatro libros pero te falta oler y sentir Islandia”.

Así fue cómo ese hombretón pelirrojo con patillas y motocicleta de los setenta me llevó aquella noche de bar en bar, de club en club, y empecé a pensar que quizá los islandeses no fueran tan fríos ni tan serios, que quizás estaba aún por descubrir toda la vida de aquellas nuevas generaciones que habían cambiado un país. El diseño ultramoderno de los edificios, la gente vestida como en los más sofisticados clubs de la bohemia londinense o la música de las bandas que podías escuchar en casi cualquier sitio, hablaban más de un país de vanguardia que ha mantenido la raíz y la esencia de su cultura sin dejar de avanzar en el camino del conocimiento.

Viaje a Islandia

Antonio Cordero.

Peter bromeaba sobre eso, decía que sí, que tanto avanzaban los islandeses en su búsqueda que la mitad de los jóvenes andaban vagabundeando por el mundo, perdidos en lejanos y exóticos países, y la otra mitad eran escritores, músicos o arquitectos. Y algo de razón debía de tener, cuando es el país del mundo con más escritores por número de habitantes y donde más traducciones literarias se hacen.

Unos días después salíamos por la Ruta 36 en su vieja motocicleta hacia el corazón mismo de la república de islandia: Thingvellir. Fuera de Reykjavick todo son pequeñas granjas en un mar de lomas verde como sostenido por volcanes y montañas en el horizonte. Al llegar a Thingvellir decidimos primero pasear sin objetivo concreto, respirar en medio de las llanuras parameras y las rocas volcánicas. El paisaje es bello, incluso después de acondicionarlo para el turismo con pequeños caminos señalizados. No pierde ni un ápice de su soberbia y salvaje grandeza, de sus tonos solitarios y verdeazulados.

Hacía frío, aunque ya estábamos a principios de junio y Peter y yo caminábamos bajo un cielo azul restallante. Había nubes sobre las colinas y un viento racheado nos cercaba de cuando en cuando. Por eso apenas se me oía cuando desde la quebrada, subido en la roca volcánica que corona la planicie y arrebatado de sangre vikinga, me puse a destrozar viejas y olvidadas canciones albanesas (qué diría mi querido Byron mientras gritaba a pleno pulmón). Allí, en la Logberg —la Roca de la Ley—, es donde se subía el lögsögumaður para recitar las leyes que obligaban a todas las familias o clanes de Islandia.

Viaje a Islandia

Antonio Cordero.

Sentados junto a las fallas que dividen Europa de América y que cada año se abren 1 mm -—aunque nosotros ni enterarnos— fuimos desgranando las historias de aquellas planicies abiertas como por una zarpa o un hachazo de Thor. Es curioso que aquí, entre uno de los pueblos más feroces de la historia, se gestara el primer parlamento que conocemos. Y nada menos que en el siglo IX, cuando aún los queridos amigos de Erik el Rojo hacían hermosas incursiones en nuestros pueblos de la costa gallega o andaluza. Sí, una primera asamblea en la que estaban todos los clanes islandeses representados y de la que fue surgiendo una conciencia nacional, pese a sus luchas intestinas.

Un poco más allá, la pequeña cascada de Oxarafoss indicaba el lugar donde arrojaban a las mujeres adúlteras. Las metían en un saco y las tiraban al agua. En otra cercana quemaron en el siglo XVII a nueve hombres acusados de brujería. Todas las culturas tienen sus cosillas.

Seguimos recorriendo los páramos verdes junto al río y el lago y tomamos rumbo a Geysir en la motocicleta. El motor de la Norton sonaba acompasado y ronco. Se extendía por los alrededores quietos y desaparecía en su silencio. Éramos parte de este paisaje inquietante que parecía no haber cambiado desde el comienzo de los tiempos. Lenguas de hielo en la distancia. Rocas volcánicas sobre la turba donde culebreaba la pequeña carretera secundaria. Un poco de frío en la nariz y ya habíamos llegado a Geysir.

Viaje a Islandia

Antonio Cordero.

Claro, Geysir es el géiser por excelencia, el chorro de vapor más famoso del mundo y bajo el que se ha dado nombre a todos los otros que existen. Pero resulta que este rey de los géisers ya no funciona porque la sempiterna sabiduría humana y su afán de divertimento inmediato no podía soportar que el pobre estallara cuando le viniese en gana. No, eso estaba muy mal, tenía que echar su chorrito cuando los señores estuvieran preparados y con las cámaras en ristre. Así que, tras años de arrojarle piedras, tierra y jabón, pues al pobre poco menos que se lo han cargado. Entonces Peter me condujo a otro un poco apartado y nos preparamos para esperar. Apenas unos minutos después, el Strokkur, que así se llamaba, soltó su torre de agua pulverizada de forma impecable. Este extraño efecto que maravilla a generaciones desde hace siglos se produce de una forma de lo más natural: hay un acuífero en las partes inferiores del pozo que se encuentra en ebullición y, al entrar en contacto esta agua supercaliente con el agua fría de la superficie, revienta la capa fría y sale como un chorro de vapor.

Muy cerca de allí, apenas a seis kilómetros, se encuentra la catarata más famosa de Islandia. Dicen que el arcoiris vive en ella y que en los días en que nadie merodea por lo alrededores, se despereza e inunda la pradera de colores. En invierno sus labios se vuelven blancos del frío y el agua se va quedando más quieta, sin ruido, helada.

Viaje a Islandia

Antonio Cordero.

Las granjas donde parábamos estaban tan aisladas unas de otras que apenas se distinguían las luces en la noche. La gente nos recibía con amabilidad y dormíamos sin problema con nuestros sacos en cualquier habitación. Café caliente por litros y comida casera recién hecha. Casas de madera pintadas de todos los colores posibles y separadas de la carretera por unos cientos de metros de pista de tierra por la que nuestra moto culeaba a punto de desmontarnos.

En invierno estas pistas suelen estar impracticables y en muchos casos es necesario una moto de nieve o un trineo para poder salir de allí. Los granjeros en esos meses mantienen una actividad más lenta, casi como si estuvieran en hibernación esperando de nuevo la llegada del sol. En esta época, que va de octubre a mayo, hay unas cuatro horas de luz al día de media. Una noche continua con auroras boreales y todo. Estas son más fáciles de ver entre diciembre y febrero, que es cuando casi no hay luz solar en todo el día. Aunque el clima en Islandia no es tan helador como podríamos pensar, sí hace falta ir bien preparados contra el frío y el agua (por lo menos esta es la opinión de un mediterráneo). En invierno suele nevar en todo el país y, aunque el sur es bastante más templado, no conviene olvidar que podemos estar habitualmente bajo cero. En primavera aparece el sol y sigue hasta el final del verano. Sigue tanto que llega un momento en que no se va y a las tres de la mañana, cuando sales de un pub, hay tanta luz como en un mediodía invernal.

El pueblo más meridional de toda Islandia es Vik í Myrdal. Vik, en la antigua lengua norse de los vikingos, significa bahía. Y en su comarca andábamos recorriendo pistas de tierra entra granjas llenas de caballos y un paisaje parecido a Irlanda si no fuera por la enorme masa helada del glaciar Myrdalsjökull, siempre cercana. Vik es un pequeño asentamiento sin más interés si no tuviera esa playa de arena negra desde donde pararse horas a ver pasar las aves marinas o romper las olas en un océano abierto. Y así lo hicimos, recorrimos las dunas donde sobrevuelan los frailecillos (uno de los platos favoritos de los islandeses) y tomamos unas cervezas frente al Reynisfjall, un arco de roca tallado por la erosión. El mar llena el espacio de leyendas e historia en Islandia. La relación de este pueblo con el océano ha sido siempre tan matriz, tan vinculante, que casi la mayor industria del país ha sido siempre la pesca. Sus ancestros son vikingos navegantes y aventureros, sus abuelos pescadores de ballenas, y sus hijos viven pendientes de los bancos de pesca.

Viaje a Islandia

Antonio Cordero.

Uno de los lugares más peculiares y más ligados a la mar es sin duda el archipiélago de las Vestmanjeer. Tuvimos que dejar la moto en el puerto de Thorlakshöfn y tomar el ferry que tarda unas tres horas en llegar a Heimaey, la isla principal del archipiélago y donde vivía el tío abuelo de Peter, Snorri. Es el único lugar habitado de estas dieciséis islas e islotes. Vestmanjeer significa “isla de los hombres del oeste” o “westmen”, como llamaban los vikingos a los irlandeses. Los primeros en llegar fueron nueve esclavos fugitivos irlandeses. Después se fue poblando de islandeses que sufrieron las razias y asaltos de los piratas ingleses y argelinos. Los hombres del mediterráneo diezmaron la población de pescadores en el siglo XVII y se llevaron a unos doscientos cincuenta como esclavos lejos de allí.

Aquí todos miran al mar, lo bueno y lo malo, todo llega del océano. Casi todos los hombres de esta tierra son pescadores. Por eso, cuando los bancos de Islandia empezaron a escasear en los años setenta por la superexplotación de los pesqueros europeos , fundamentalmente ingleses, Snorri Gislason y toda su gente se pusieron en pie de guerra. Pidieron una ampliación de sus aguas territoriales y el cese de la pesca en sus bancos. Después de graves enfrentamientos con los pesqueros ingleses —“la guerra del bacalo”— la cosa se arregló de forma diplomática.

El viejo tío Snorri y su hijo Thomas nos condujeron por los farallones sobre la línea de costa, arriba y abajo de los pequeños volcanes y más allá de las playas de arena negra donde un faro vigila el océano como si siempre hubiera estado allí. Él y Peter comenzaron a escalar las enormes paredes del acantilado para entrenarse. Es el deporte local, subir colgados de la piedra a alturas de vértigo para coger las crías de frailecillos, que es uno de los platos nacionales. No están malos, aunque de primeras cueste pensar en morder a un bichito tan simpático y colorido.

Unos días después, Peter me dejó en el viejo barrio de Reykjavik mientras terminaba el artículo y los días se iban haciendo cada vez más cortos. Todo iba encajando; comenzaba a entender el afán viajero y naturalista del poeta Hallgrimsson. O quizá sería mejor decir que entonces me acerqué al geólogo que se convierte en poeta, con la revelación de la naturaleza a un neófito. Hay un factor romántico en este paisaje indómito, una sentimiento que va apareciendo en los espacios vacíos, en las formas casi libertarias que nos envuelven. Islandia es pasión en su forma más primitiva. Glaciares y volcanes. La vida en los extremos.

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