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El universo y yo en Botswana

Los salares de Makgadikgadi habían sido un lago prehistórico que en su día ocupó gran parte de Botswana. El camino hacia ellos son dos horas de carretera por la sabana seca del Kalahari. Una experiencia salvaje con 360 grados de planicie y una línea cruel en el horizonte.

26 de septiembre de 2016

Las excursiones y actividades turísticas en los hoteles se organizaban para tres personas mínimo. Y yo… viajaba sola. Entonces llegué al Gweta lodge, en la pequeñísima población de Gweta, muy cerquita del desierto Kalahari, y pregunté lo mismo por enésima vez:

—Viajo sola, en transporte público y no tengo coche. ¿Puedo pasar una noche en los bosques de baobabs o en los salares cercanos al desierto? (La logística la tenían que organizar en los hoteles, era imposible acercarme a estos lugares en transporte público.)

Y voilà: un sonriente empleado llamado Lesh confirmó que la única esperanza posible es esperar lo inesperado.

—Mañana llega un grupo organizado de veinte españoles que quieren pasar la noche al raso. No te puedes unir a ellos porque son grupo cerrado, pero puedes venir con el staff del hotel a preparar la noche allí para ellos. Haremos una excepción. Seremos seis contigo.

“Las cosas son pocas veces tan malas como las pintan”, recordé la frase de Stanley en su camino de búsqueda hacia el doctor Livingstone.

Y así fue como me enrolé al día siguiente en un desvencijado jeep que transportaba logística con Lesh y Tupé, una de las cocineras, atravesando las dos horas de camino de sabana seca que nos iban a llevar al salar de Ntwe twe, un antiguo lago que había sido secado y formaba parte de los 16.000km cuadrados de los salares de Makgadikgadi. El resto del personal nos esperaba allí. Makgadikgadi había sido un lago prehistórico que en su día ocupó gran parte de Botswana.

El coche era descapotable y remolcaba por suelo de dunas las colchonetas donde íbamos a pasar la noche las 26 personas. Le costaba avanzar y renqueaba, la arena levantaba una gran polvareda por lo que teníamos que ir como tuaregs, con todo el cuerpo tapado menos los ojos, cubiertos con gafas de sol. El paisaje no podía ser más seco y más inhóspito. Arbustos, árboles y matorrales exhibían sus hojas amarillas en un lugar donde no había ninguna huella de que el hombre hubiera pasado por allí.

Viaje a Botswana

Mónica Hernández.

La temporada de lluvias trae migraciones de animales como ñus y algunas aves migratorias, pero viajábamos en la temporada seca, donde no había lugar para más animales que algunas vacas aperezadas por los vientos cálidos y la quietud del paisaje. Los pastores vivían en chozas aisladas rodeadas de palos. Y el coche seguía, a duras penas, avanzando. A través del desierto, de la sequedad, de la aspereza. A través del calor. A través de lo salvaje, de lo extremo.

Y supe que habíamos llegado porque ante nosotros se abrió la nada. Llegamos a un lugar inhóspito que parecía la superficie lunar sin nada de referencia. 360 grados de planicie y una línea del horizonte cruel que empezó a doler. Quedaban tres horas para que atardeciera y la luz comenzó a ser anaranjada, como son todas las luces en África. Habíamos llegado al salar de Ntwe twe. Allí íbamos a pasar la noche. Y no había dónde mirar. El cielo era como una bóveda, como si encima de nosotros se hubiera destapado media naranja. Pensé en La Historia interminable, de Michael Ende. ¿Esto era la nada? ¿Esto era lo que amenazaba el reino de Fantasía? ¿Dónde estaban Bastián y Atreyu? ¿Vendrían a por mí? Me dio miedo aquella inmensidad.

No había nada que hacer allí. El personal tenía que preparar la cena para el grupo y algo de logística, pero yo nada… Y no había dónde sentarse ni sitio donde acudir, nada que explorar. Me vi frente a un vacío y algo se me movió dentro. Aquello era como un espejo que me devolvía mi imagen. Entonces sentí que el universo me invitaba a parar. No había que explorarlo todo, saberlo todo, preguntarlo todo, correr hacia todas partes, controlar la situación… Había que parar y sentir. Allí estaba yo, sintiéndome parte de ese abismo e integrándome con él. Me atormentaba la frase del explorador Wilfred Thesiger: “Donde quiera que miraras no había esperanza”. Y allí, más que nunca, me resonaba Paul Bowles: “La llegada del día promete un cambio, pero cuando ha alcanzado su plenitud, el observador sospecha que es, una vez más, el mismo, el mismo día que ha estado viviendo durante mucho tiempo, una y otra vez, ese día enceguecedor que el tiempo no ha empañado”.

Viaje a Botswana

Mónica Hernández.

Mientras el grupo llegaba, los trabajadores colocaron sus colchonetas, los baños, hicieron la cena. Entonces colocaron mi cama. Habían distribuido las veinte colchonetas del grupo bastante lejos, las del personal del hotel en torno a una hoguera, y la mía la colocaron  allí, sola, lejos de todos,  frente al cielo, bajo el firmamento. Quién era yo allí. Qué importancia tenía.

—This is your room —me dijo Gloria, otra de las cocineras, señalando mi colchoneta.

¿Allí iba a dormir yo?, ¿tan sola? Volví a tener miedo. ¿Por qué me ponían tan lejos? Sentí una inmensa soledad, pero no psicológica, sino cósmica.

—No te preocupes, no hay seres vivos aquí. Ni arañas, ni serpientes… Sí crees que estamos cerca, mueve tu cama y vete más lejos. Eres libre.

Viaje a Botswana

Mónica Hernández.

Entonces comprendí. No me estaban haciendo el vacío, me estaban haciendo un favor. Yo no había ido hasta allí para dormir protegida, había ido hasta allí para desprotegerme, para liberarme, para vivir una experiencia salvaje con la nada, cara a cara con el universo, para estar sola con la naturaleza, con quien era yo de verdad, lejos de las máscaras, de las capas, de los miedos, lejos de mis pequeñeces occidentales. Aquí estoy, universo, devórame. Y fue entonces cuando sentí paz, cuando me integré con lo que había y perdí el control. Y entonces me di cuenta de que no estaba sola. Estaba más protegida que nunca, porque vi mi poder y fui libre.

Los seres humanos  tenemos miedo de todo. Perdemos la confianza en nuestro poder y buscamos seguridad: la seguridad de un trabajo, la seguridad de una persona a nuestro lado, el control sobre todas las situaciones diarias… Pero esa seguridad es falsa, porque nuestra vida no es nuestra; porque no hay nada más que el presente, lo que tenemos delante; porque nuestros planes pocas veces se cumplen; porque no hay nadie que venga al mundo con la misión de cumplir nuestras expectativas, y porque dormir junto a alguien era sólo una ilusión, la ilusión de sentir que no estamos solos. Pero, ¿por qué tenemos tanto miedo a la soledad?

Llegó el grupo. Cenó. Escuché los comentarios de siempre: que si no tengo miedo de viajar sola, que si donde cojo los autobuses para moverme, que si por qué no organizo mis viajes, que si soy mochilera, etc. Y anocheció. Y tomé la cena más rica que hubiera podido imaginar. Y me senté en silencio en torno a una hoguera para que mi ropa y mi piel se impregnaran de ese humo para siempre. Y vi salir a Júpiter y a Venus. Y a Marte. Y a la Cruz del Sur. Y vi la Vía Láctea. Y abrí mi colchoneta  para meterme en sábanas que olían a limpio mientras el viento frío me rozaba la cara. Y no quería quitarme las gafas para no perderme este regalo que, como todo en la vida, aunque no lo queramos ver, es pasajero. Y en el fondo esa es la belleza. Que sólo tenemos lo que dejamos marchar. Que sólo somos verdaderamente libres si esperamos lo inesperado. Llegar a un hotel cualquiera en un país cualquiera y que haya un regalo guardado esperando específicamente para nosotros. El regalo de recordarnos la fuerza de estar aquí y estar vivos.

Makgadikgadi, viaje a botswana

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