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El viaje antes de las Lonely Planet

Hubo un tiempo, antes de que las guías de viaje y los viajeros fueran inseparables compañeros, en que se partía hacia el horizonte rumbo a lo desconocido, dejándose arrastrar por los impredecibles avatares del azar en el camino. Toda esa incertidumbre, toda esa libertad, quedó atrás.

21 de abril de 2014

Terminaban los años ochenta del siglo XX cuando fui por primera vez al Petén, en Guatemala. Crucé ríos en botes destartalados, recorrí caminos sobre el barro en camiones que no sabía dónde me dejarían y bebí cerveza en los peores tugurios de Sayaxché entre putas e indios borrachos. Entonces aún no existían en mi universo las guías Lonely Planet y apenas eran conocidas en nuestro mundo. Supongo que en aquel tiempo empezaban a llegar las primeras a España con cuentagotas.

Viajaba sin apenas información, con un mapa local y lo que en cada pueblo me iban contando. No sabía si habría bus ni, por supuesto, a qué hora saldría hacia mi nuevo destino. De hecho, muchas veces tampoco sabía cuál sería la próxima parada en el camino. Todos esos detalles que ahora nos parecen imprescindibles, básicos, y que tanto facilitan la ruta. Desde aquí puedes llegar aquí en tantas horas y allí tienes un hostal fantástico que te cuesta tanto y en el que además organizan excursiones haciendo el pino a la gruta de Xinxin y a la aldea Juju donde hay un mercado alucinante.

Nada de nada. Ni siquiera sabías si habría hotel en el pueblo hacia el que te dirigías en el bus local. Ibas encontrando otros viajeros. Ellos te pasaban información. Tú les pasabas la tuya. Nos contábamos los planes y quedábamos en volver a vernos tiempo después en tal o cual lugar de la ruta.

El viaje antes de las Lonely Planet

Antonio Cordero.

Esos lugares eran los templos en  los que todo el mundo pasaba una temporada. Hostales donde parar en el camino, bases de buen rollo en el espacio exterior. Centros de energía positiva o como cada uno quisiera llamarlos. Lugares donde vivíamos en una realidad totalmente ajena al mundo que nos rodeaba. Un mundo dentro del mundo. Una burbuja en la que las reglas y los sonidos eran distintos, con mucha influencia de los antiguos viajeros del movimiento beat o los más tardíos hippies. Allí siempre había buena música, libros de Castaneda o la Vida de Buda, buenas cervezas y mejor material hipnótico. Largas charlas que podían extenderse y extenderse, playas donde bailar junto a la hoguera, viejas mansiones coloniales en las que haraganear mientras pasaba el tiempo en cualquier ciudad centroamericana, en cualquier pueblo bajo el volcán o cerca del lago más hermoso del mundo.

Aquellas eran estaciones espaciales donde se reunían todo tipo de personajes. Allí se cocía la ruta y cambiabas de planes después de cada conversación. Uno te hablaba de las pozas de agua azul turquesa que quedaban en las remotas montañas centrales, otro te soltaba una filípica sobre los últimos garífunas en la costa de Honduras y no podías dejar de pasar un tiempo en Tela, y aquel otro encendía tu imaginación con el relato de sus aventuras en las Islas del Capitán Morgan, la lejana Utila donde todavía en la taberna del puerto podías beber ron con los últimos descendientes de los piratas de largas barbas pelirrojas.

 Así era la vida entonces, en garitos tan básicos que nos parecían monasterios de vida ascética. El sueño zen de los beat siempre sobrevolando nuestras mentes. No teníamos casi de nada, apenas cuatro perras, dólares que nos costaban un riñón al cambio de la peseta en Madrid, travellers checks que volaban entre pasaportes verdes y marrones, los perdíamos y volvían a surgir en las manos de los amigos de cada puerto. Qué bárbaro, qué bares más infectos y qué juergas tan grandiosas… Recuerdo las de días enteros junto al Lago Atitlán, siempre azul sobre las hamacas; nadábamos en el agua transparente y nos mecíamos en la noche discutiendo sobre Roque Dalton o William Burroughs. Maravillosos brownies, y siempre Angie o Lucy sobrevolando el Hotel California. El tío Bob nos transportaba en las mañanas antes de zambullirnos de nuevo y recrear el círculo del tiempo infinito. Cada tarde, en nuestro auxilio, Ray Davies, con la Village Green Preservation Society, paseaba los senderos entre maizales y casitas de adobe quechiles. Anunciaba las estrellas después de las tardes de siesta.

El viaje antes de las Lonely Planet

Antonio Cordero.

Sabíamos quiénes eran los malos y los buenos, aunque nunca llegamos a empuñar las armas. Teníamos claro quiénes no eran nuestros amigos y con quienes sí nos iríamos de mambo. A veces salías de nuevo al camino con un nuevo compañero y viajabas un tiempo. Todo era individual y colectivo, malos rollos, buenos rollos, aventuras y desventuras; todo en una pastel que compartíamos en cada paso. Aquellos parecían buenos tiempos con buenos tipos.  Después resultaron ser también más de lo mismo, pero eso ocurrió casi al final de esta historia.

Recuerdo muchas cosas y he olvidado más aún. Pero sí mantengo como un faro el olor de los días sin rumbo, de las noches en cualquier hueco y la incertidumbre. Lo desconocido. En realidad había llegado allí para subir a la montaña con los del FMLN, y al final descubrí que no estaba hecho para todo esto, para las contrapartes y las súper partes y los proyectos que quedaban en los anales de la historia del agua. Nunca la misma en su camino al océano. Pues eso, que después de un mes en las montañas del Chaparrastique con los chavales guerrilleros, en los manglares de Jucuarán y las pobladas suburbiales de San Salvador, me tiré a la carretera.

Llevaba sólo una hamaca que compré en El Salvador, y que aún conservo, y un saco de dormir que eran dos sábanas viejas cosidas en tres de sus lados y que me había hecho mi madre con todo su amor unos meses antes de comenzar el viaje. En ese momento era imposible encontrarlos en las tiendas como ahora. Así que colgaba la hamaca y dormía en casi cualquier parte. Al principio me costó mucho, pasaba desvelado largas horas de la noche. Pero luego, poco a poco, me fue gustando aquello, la sensación de libertad que me producía, y descansaba a pierna suelta entre dos árboles cualesquiera.

El viaje antes de las Lonely Planet

Antonio Cordero.

Aprendí del relente del amanecer en la selva, del frío de la noche en las montañas de Gracias en Honduras o del balanceo rítmico frente al Pacífico colgado bajo dos palmeras (no cocoteros, claro). A veces los mosquitos me acribillaban y me arrebujaba en mi saco, solo, con los ojos destapados para observar las estrellas entre las palmas. Eran horas de pensamiento y conocimiento personal, como una navegación en solitario cada noche. A las seis de la tarde oscurecía, y hasta las seis de la mañana no recogía la hamaca para ponerme en marcha de nuevo. Había tiempo y yo tenía tiempo para descubrirme durante el viaje.

Así llegué por primera vez al Petén, easygoing, llevaba ya más de dos meses dando tumbos por Centroamérica y aún tenía un largo viaje por delante. Recuerdo perfectamente que una chica inglesa con la que coincidí durante varios días en la isla de Flores, al despedirse porque regresaba a su país y acaba su viaje allí, me regaló su guía con una sonrisa. Fue el regalo más sorprendente que me habían hecho nunca. ¡De repente tenía en las manos un libro con los datos de buses y hoteles, horarios y precios para moverme fácilmente por toda Centroamérica! Fue la primera Lonely que vi, que utilicé y que aún conservo. Ella se llamaba Jacqui, y la guía se la habían regalado Jo & Ian en su cumpleaños, según puedo leer aún en el interior de portada. No podía creer lo que veía allí escrito. Joder, tenía toda la información de casi cualquier cosa, podía decidir con tiempo, podía organizar la ruta, podía pensar en lugares apartados o conocidos, en hostales, en actividades; todo desde aquel libro. Iba a empezar una nueva vida en el viaje, más cómodo, un viaje en el que coincidiría con otros miles de tipos haciendo prácticamente lo mismo. Viajeros independientes haciendo el mismo recorrido, como una gran marea humana en columna densa, los mismos lugares, las mismas cosas. Iba a ganar mucho pero también iba a perder para siempre ese espíritu libertario y fronterizo de lo desconocido, del azar en el camino. Esos días de gloria terminaban para siempre.

El viaje antes de las Lonely Planet

Antonio Cordero.

Y sí, había vida antes de las guías de viaje más famosas del mundo. Dura, difícil, salvaje, maravillosa  e impredecible vida, antes de las Lonely Planet.

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