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El viaje y la melancolía

Estamos en la Acrópolis de Atenas, sentados en las ruinas de lo que antaño fueron las gradas de un teatro griego. En el templo de Dioniso estrenaron Sófocles, Eurípides, Aristófanes y Esquilo, que nos recuerdan con melancolía la cultura de donde provenimos.

19 de mayo de 2013

Les hablo de la visita a un lugar que existe y que no existe. Un lugar al que no se podría regresar, lo cual evita un innecesario ejercicio de nostalgia. Un  sitio en el que pensar, en el que soñar y en el que, a pesar de estar en él, nunca se estuvo ni se estará; un espacio melancólico… en el que sumergirse en un lamento por la pérdida de lo que nunca se tuvo.

Pero vayamos al principio. Sólo lo poético nos permite viajar apreciando el mundo que vemos, el que vivimos. Precisemos: lo poético no es ser capaz de recitar a Keats en inglés de memoria y entre lágrimas. Es aquello que sería propio y definitorio de las personas si nuestra existencia no se desenvolviera de forma apresurada, vulgar y alienada. Un viaje es poético cuando consigue moverse en una ambigüedad ética, ideológica o formal. Esto es, cuando no está determinado, cuando genera expresiones y sentimientos pero no afectación o cursilería.

Pero un viaje también es real. Uno viaja y está físicamente en este o aquel sitio. Se traslada. Y de esa mezcla de poesía y realidad nace una expresión de la consciencia humana y de su sutileza psicológica que llamamos “viaje”, inseparable de lo que entendemos por “viajero”.

Les hablo de lo que hoy es una ruina. La de un teatro griego. Si simplemente lo vemos, si lo visitamos, nos dice poco. Falta no sólo su materialidad arquitectónica, sino el mundo social y cultural del que se nutrió. Hoy, cuando vamos a verlo, somos nosotros los responsables de alimentarlo. Al sentarnos en sus deteriorados bancos de piedra no podemos decir que vemos ese teatro, ni siquiera podemos decir que lo imaginamos. No es así y, si fuera posible hacerlo, entonces no merecería la pena venir hasta aquí. Si tiene sentido este viaje es porque, de alguna manera –la manera poética–, pertenecemos a lo que supuso la Grecia clásica sin dejar de estar viviendo en nuestro siglo XXI. Por un tiempo pertenecemos de manera íntegra a aquella civilización, aunque no sea ni mucho menos exacto. Se trata de una dulce contradicción, sin la que un viaje no es más que una experiencia incómoda y sin contenido.

Gradas del teatro de Dioniso, Atenas.

Andrea Puggioni, Flickr.

Este teatro está en la Acrópolis, pero a los pies de la muralla. Un tanto lejos de los templos conocidos como el Partenón o el Erecteión. Si se accede desde la parte norte, se suele visitar antes que los edificios de la cima. Casi queda oculto por la imponencia de los grandes edificios que se sitúan justo por encima. Si embargo, si uno no cae en la tentación de pasar de largo y se sienta en una de las gradas de mármol travertino (que entonces estaban, como lo estarían ahora, reservados para altos cargos), su experiencia personal se transforma, un poco tal vez,  pero se transforma.

En ese teatro se estrenaron las obras de Esquilo, Sófocles, Eurípides y Aristófanes. Los ritos y cantos de orden menor que allí se celebraban fueron evolucionando con el tiempo hasta generar las tragedias clásicas. Esos autores mostraron en el mismo lugar en el que uno puede sentarse obras literarias que no sólo son hermosas, sino que describieron y conformaron nuestro modo de pensar, de amar, de odiar, de ser.

Y aunque  todo eso ocurría hace más de dos mil cuatrocientos años, aún nos afecta. Permitan una explicación hermosa y, obviamente, falsa. La vida se desarrolla luchando contra la entropía, contra la degradación de toda forma energética compleja en calor, ya imposible de posterior evolución. Estamos hechos de esa lucha. El arte es una de las formas de disminuir la entropía, de generar orden frente al desorden. Esa actividad modifica e incluso crea el  mundo de lo humano. Y vale la pena pensar que esa fuerza es más poderosa allí donde fue creada. Es como si impregnara esos bancos, ese escenario.  Al estar allí, respiramos el aire que toca las mismas piedras que siglos atrás otro aire también rozó. Es un espacio sagrado. Laico, pero sagrado. Sólo en esos lugares se adquiere de forma repentina y fuerte la vivencia de ser como si se fuera otro. Otro que uno nunca fue. De ahí esa melancolía que genera todo viaje. En ocasiones eso lleva a escribir todo tipo de ñoñerías (y quieran los dioses del Olimpo que este texto no sea un magnifico ejemplo de ridiculez).

Teatro de Dioniso, Atenas.

Jorge Láscar, Flickr.

Teatro… En yacimientos paleolíticos de Centroeuropa se han encontrado algunas figuras que podrían ser marionetas. De ser así, supondrían la existencia de algún tipo de teatro o performance mítica o espiritual. Teatro en el origen de la humanidad, de la cultura y del pensamiento abstracto. Más tarde, los autores clásicos griegos imaginaron personajes a los que les sucedían  cosas que nos ocurren y nos ocurrirán a todos los seres humanos. Ellos luchaban contra un destino inexorable que siempre les sobrepasaba. Los argumentos, las narraciones que crearon, aún inspiran el arte, el teatro y la literatura actuales, pero también la vida de cada uno.

Sentarse en estas gradas por un tiempo disuelve el tiempo, como hacían las trompetas de Josué deteniendo el día y derribando las murallas de Jericó. El sol, la historia, la memoria se detienen y somos griegos, y somos Sófocles, somos esos vagos que Merkel desprecia. Es entonces cuando podemos ver, como ve el poeta, algo que está y no está delante de los ojos, algo que exige nuestra participación poética en el viaje:

Las pirámides son los senos de la arena

donde mama el cielo

y esta palmera es el falo del sol

hincado en la soledad absoluta.

G. Seferis

Sólo por lo poético y por lo amoroso, que es su esencia, existimos. “Nadie me salvará de este naufragio si no es tu amor, la tabla que procuro…”, decía Miguel Hernández. Cierto, pero hay al menos otra tabla de salvación. Se trata de la vinculación, de la pertenencia, del gozo, siempre melancólico, de los productos culturales de los seres humanos. Justo en las antípodas de su igualmente poderosa capacidad de barbarie. Hoy, en estos tiempos de desolación e injusticia, respirar el aire del templo de Dioniso, en la Acrópolis de Atenas, es una forma de resistencia, una forma de ir creando una hegemonía cultural sin la cual… ¡Ay, Gramsci, cómo te echamos de menos!

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