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Imagen de la India

JULIAN MARIAS

Editorial: LA LINEA DEL HORIZONTE EDICIONES
Lugar: ESPAÑA
Año: 0
Páginas: 112
Idioma: CASTELLANO
Encuadernación: Tapa blanda

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Finales de los cincuenta. ¿Quién sabía algo de India? Los hippies españoles, que veinte años después aparecieron por ahí, aún no habían nacido, pero era el país con el que había soñado Julián Marías desde niño y la ocasión le llevó hasta ese fascinante país gracias a un congreso de Filosofía. Marías abre los ojos de par en par. Todo le interesa, todo le conmueve y en ese primer acercamiento ya da cuenta de manera sencilla, como un viajero más, de los grandes temas que conforman una sociedad tan compleja y distinta. Un texto que no ha perdido la frescura con la que fue escrito y que podría pertenecer a un viajero sensible de hoy día.
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El viaje y la pintura

El viaje y la pintura están íntimamente ligados: los viajeros describen imágenes con la pintura, y los pintores encuentran los temas de sus cuadros en los viajes. Así lo demuestra la exposición ‘Gauguin y el viaje a lo exótico’ en el Museo Thyssen-Bornemisza.

12 de octubre de 2012
Matamoe. Gauguin

Museo Thyssen-Bornemisza.

Hace año y medio, Paloma Alarcó, jefe de Conservación de Pintura Moderna del Museo Thyssen-Bornemisza, se puso en contacto conmigo para encargarme un ensayo para la exposición que se acaba de inaugurar, de la que es comisaria, Gauguin y el viaje a lo exótico. Tras reunirnos y hablar también sobre el concepto expositivo, el viaje en la pintura, al que le había dedicado, junto con la selección de los cuadros que lo exponían, cuatro años, se decidió que escribiría sobre cómo el viaje y la literatura de viaje había influido en la pintura y sobre todo en Gauguin, en torno al cual se articulaba la exposición. De esta forma, yo continuaba con mi investigación de los pintores viajeros. Una relación fascinante, la del viaje y la pintura, pues tanto uno como la otra hacen de la multiplicidad, variedad e intensidad de la mirada, su fuente principal.

La pintura hereda de la literatura de viajes un gran potencial evocador; es decir, la exclusividad del género para describir los destinos del viaje. Y las descripciones sólo se pueden representar a partir de imágenes. Los destinos aluden a ellas y se perciben a través suyo. De allí el interés de la pintura, además de la fotografía, en la literatura de viajes: pues posiblemente es el género más iconográfico que existe. Algo que ya se sabía en el siglo XVII, cuando a las descripciones se les dio el término de pintorescas o, lo que es lo mismo, que merecían ser pintadas. Y que conocían también los viajeros del siglo XVIII, quienes reconocían en los pintores a los únicos capaces de describir el viaje, pues lo sublime de la naturaleza sólo podía representarse mediante la pintura.

Es así como se organiza un viaje de ida y vuelta entre la pintura y la literatura de viajes que aún está por investigar en profundidad. El de los viajeros que hablan de sus destinos a partir de las obras de pintores, como, por ejemplo, hace Bougainville cuando cita a Boucher, o los pintores que utilizan las descripciones de los viajeros como temas de sus cuadros, como hace Ingres con Lady Montagu o el mismo Gauguin, cuyos temas, como el noble salvaje, el paraíso, la iconografía de la Edad de Oro, la naturaleza e incluso sus vahine están extraídos de las descripciones de las circunnavegaciones del siglo XVIII.

Dos mujeres. Gauguin.

Museo Thyssen-Bornemisza.

Aunque Gauguin no se llamó a sí mismo “viajero”, nunca le importó usar la palabra viaje. Al contrario que Pierre Loti, la fuente principal de su itinerario, no se dejó seducir por el lugar, sino por la figura del viajero. De allí que no sólo no supiera cuándo iba a regresar, sino que afirmó en Tahití y las Islas Marquesas que no pensaba volver. El viaje terminó nada más llegar a su nuevo hogar. El pintor partió para vivir en un destino que formaba parte del imperio colonial francés, de allí que su estancia fuera más similar a la de un colono que a la de un viajero. Sus contemporáneos no hablaron nunca de él como un “pintor-viajero” y en la prensa de la época no aparece la palabra viaje cuando se informa de su estancia en la Polinesia, sino las palabras: exilio, fuga, salida y estancia.

Gauguin conocía bien el sector editorial ligado al viaje de la segunda mitad del siglo XIX, entonces en pleno auge. Con regularidad leía, Le Journal des Voyages, Le Tour du Monde, L’Illustration, Annuaire de Tahiti y Le Magasin pittoresque. Asimismo, estaba muy atento a la literatura de viajes y las tres obras que más le influyeron en su trabajo pictórico y literario fueron: Voyage autour du monde, de Bouganville; Supplément au voyage de Bougainville, de Diderot, y Voyage aux îles du Grand Océan, de Jacques Antoine Moerenhout.

Dos mujeres. Gauguin.

Museo Thyssen-Bornemisza.

En definitiva, las obras de Gauguin de Tahití están incluidas dentro de un imaginario geográfico de estereotipos y lugares comunes, que se fija a finales del siglo XVIII y se consolida en el siglo XIX. El viaje a la Polinesia se identifica por un movimiento y desplazamiento de las imágenes. Las visiones del pintor representan hoy un papel tan importante en la construcción del imaginario occidental de Tahití como el libro de Bougainville en el siglo XVIII. Por eso una de las preguntas que hay que hacerse es cómo, ante los ojos asombrados de Occidente, su obra ha llegado a representar una imagen auténtica de Tahití. Algo que obliga a interrogarnos sobre la formación de nuestra identidad, la construcción de nuestros deseos y el sentido de nuestros propios viajes.

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Comentarios sobre  El viaje y la pintura

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  • 23 de octubre de 2012 a las 17:34

    “de allí que su estancia fuera más similar a la de un colono que a la de un viajero.”
    Pues no estoy de acuerdo en que su estancia fuera similar a al de un colono. El se integró con los indígenas y los defendió de funcionarios y misioneros.
    Ni tampoco en que “En definitiva, las obras de Gauguin de Tahití están incluidas dentro de un imaginario geográfico de estereotipos y lugares comunes, que se fija a finales del siglo XVIII y se consolida en el siglo XIX.”.
    He escrito sobre Gaugin después de haberme documentado y viajado a Tahiti y sus islas. Entre otros párrafos:
    Las indígenas le sirven de modelo y se afana en reflejar su expresión alegre o melancólica, a menudo soñadora, junto a imágenes de paisajes y escenas de la sencilla vida diaria en su lado más idílico y primitivo. “Amo la vida al aire libre y, sin embargo, íntima, en los bosques y en los arroyos olvidados, a las mujeres cuchicheando en este inmenso palacio decorado por la naturaleza misma con sus colores fabulosos”
    Gauguin canta con su pincel un himno a la mujer en todo su esplendor, desembarazada de las cortapisas de una civilización coercitiva. En sus telas y sobretodo en su lecho, las tahitianas desnudas, sumisas y voluptuosas suceden a aquellas bretonas rígidas y con sus encantos escondidos bajo sus pesados trajes de fiesta que había pintado en Pont Aven unos meses antes de embarcarse para Tahití.
    Libre y ávido de sensualidad, el pintor quiere vivir lo más cerca posible de la belleza, mental, física y, sobre todo, carnalmente, junto a la mujer indígena, a sus ojos la mujer de verdad, inocente y libre, al contrario de la europea moldeada por la moral burguesa. . . . . .

    Por Francisco
  • 24 de octubre de 2012 a las 22:58

    Siempre me ha sorprendido la capacidad de los buenos escritores para describir una paisaje, un cosmos, ( tú eres uno de ellos ) y comparto tu idea de que el pintor ( o el fotógrafo ) y el escritor se complementan o quizás más aún se empujan, se estimulan unos a otros en la captación y manifestación de la realidad física y de la virtual de las cosas y entre unos y otros nos proporcionan a los sedentarios el placer de conocer todo el mundo mejor quizás que si lo visitásemos realmente.
    Sigue en ello y te lo agradeceremos

    Por Mario