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Eva en los mundos

Escritoras y cronistas

RICARDO MARTINEZ LLORCA

Editorial: LA LINEA DEL HORIZONTE EDICIONES
Lugar: ESPAÑA
Año: 0
Páginas: 188
Idioma: CASTELLANO
Encuadernación: Tapa blanda bolsillo

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Es tiempo de tormentas y sobre ellas han escrito, y lo hacen hoy, mujeres de un talento extraordinario para la crónica. En este mes de marzo queremos dar voz y presencia a algunas de las que más nos gustan: Svetlana Aleksiévich, Sofía Casanova, Carmen de Burgos, Joan Didion, Hayasi Fumiko, Helen Garner, Martha Gellhorn, Leila Guerriero, Janet Malcolm, Edna O'Brien, Annemarie Schwarzenbach, Marina Tsvetaieva y Rebecca West. Eva en los mundos es una colección de perfiles escritos desde la admiración, porque la pasión la ponen ellas. Pertenecen a diferentes épocas, geografías y culturas pero todas ellas comparten una mirada singular sobre la realidad y un robusto sentido de la justicia.
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Histórico noticias



El viaje y su fracaso

Este es un texto cargado de otras voces. Voces magistrales como las de Cesare Pavese o Kavafis, que hablan del viaje y de lo humano, del impulso nómada, de esa mujer o ese hombre que lleva miles de años poniendo en funcionamiento la misma maquinaria de equilibrios y desasosiegos.

2 de abril de 2019

Cesare Pavese decía que…

Viajar es una brutalidad. Te obliga a confiar en extraños y a perder de vista todo lo que te resulta familiar y confortable de tus amigos y tu casa. Estás todo el tiempo en desequilibrio. Nada es tuyo excepto lo más esencial: el aire, las horas de descanso, los sueños, el mar, el cielo; todas aquellas cosas que tienden hacia lo eterno o hacia lo que imaginamos como tal”.

Puede que fuese su propio desasosiego, que el primer enemigo al que se enfrentó lo humano fuera la pérdida del sentido de su vida. Puede que la desazón conquistase su cuerpo empujándole a sacudirse lo que le pellizcaba por dentro. Permanecer inmóvil no ahuyentaba el desamparo que le rondaba como moscas de verano, al contrario, lo acrecentaba. Sin embargo, abandonar la comodidad de lo conocido parecía una brutalidad, un extravagante desafío que llevaba a las garras de lo ignoto, pero que, quizá, traía la esperanza de un bálsamo que lograría aniquilar su zozobra vital y descongelar el alma que yacía petrificada de hastío.

Lo humano estaba laso, colgado en el punto de fatiga por un trabajo cargante, un matrimonio con el lobo feroz, por las mareas de una rutina que le enfriaba los pies, e inventó el viaje que inventaría al viajero. Puede que su deseo real no fuese partir ni dejar su origen, ni arrastrar su maleta hasta los confines del mundo ni apoyar la cabeza en almohadas ajenas; pero, como escribió Miguel de Unamuno: “se viaja no para buscar el destino sino para huir de donde se parte”.

Naturalezas simples

Hay una frase de Julio Cortázar que, como pocas, destapa ese cortocircuito que conduce a lo humano a dar el primer paso:

“El absurdo es que salgas por la mañana a la puerta y encuentres una botella de leche en el umbral y te quedes tan tranquilo porque ayer te pasó lo mismo y mañana te volverá a pasar. Es ese estacionamiento, ese así sea, esa sospechosa carencia de excepciones. Yo no sé, che, habría que intentar otro camino”.

Lo humano intenta otro camino. Lo intenta porque necesita cortar raíces, ni el agua ni la tierra conocidas parecen ser suficientes. Lo intenta porque el hogar deviene un lugar inhabitable, porque pasa los días imaginándose otras vidas lejos de su familiar trinchera. Sabe que marchar es arriesgado pero quedarse es peligroso. Si no parte, corre un riesgo mayor, el de enfermar por insatisfacción y desidia. En el punto de salida, lo humano es un cántaro cargado de posibilidades y vacío de certezas.

Durante mis lecturas, tropecé con un libro de Antonio Tudela Sancho, Ulises en el laberinto: a vueltas con el mito del indómito viajero, del que nunca había oído hablar y que subrayé casi de principio a fin:

Ítaca nada puede darte que no lleves ya en ti al preciso instante de tu partida. X equivale a X antes y después, ayer y mañana, no se emprende el viaje para romper la identidad malquerida, para escapar de la monotonía como quien escapa a una desabrida intemperie, no se viaja para lograr ser lo que desde un principio no se sea”.

Lo humano ignora que no se cambia por el hecho de sustituir un lugar por otro; que es inútil zarpar sin antes lidiar con el estado de ánimo que le empuja a dejar tierra firme. Obsesionado como está por un cambio, por iniciar el viaje, lo humano se embarca sin reflexiones previas, sin rumbo ni ruta.

Naturalezas simples

Naturalezas simples

Naturalezas simples

Naturalezas simples

Decía Mark Jenkins que…

La aventura es un camino. La aventura real –autodeterminada, automotivada y a menudo riesgosa– te fuerza a tener encuentros en carne propia con el mundo. El mundo tal como es, no como te lo imaginas. Tu cuerpo va a chocar con la tierra y tú serás testigo de eso. De esta manera te verás obligado a lidiar con la bondad ilimitada y la crueldad insondable de la humanidad –y quizás te darás cuenta que tú mismo eres capaz de ambas. Esto te cambiará. Nada será blanco y negro nuevamente”.

Las tierras prometidas, el sosiego y el placer que debían ofrecer los nuevos parajes no aparecen. Al encuentro con los otros, lo humano se topa una y mil veces consigo mismo. Henry Miller dijo que “nuestro destino nunca es un lugar, sino una nueva forma de ver las cosas”, es también una nueva forma de verse, de reconocerse en el espejo, para no vagar sin identidad ni destino.

Una de las grandes voces, Kavafis, dio en el centro de la diana con un poema que conocí hace tiempo y que releo en el libro de Antonio Tudela. Son versos que pinchan:

No hallarás nuevo país, no hallarás otra orilla. Esta ciudad siempre te perseguirá.

Caminarás las mismas calles, envejecerás en los mismos barrios, encanecerás en las mismas casas.

Siempre acabarás en esta ciudad. No esperes nada de otro sitio:

No hay barco para ti, no hay camino.

Habiendo malgastado aquí tu vida, en este pequeño rincón, la has destruido para cualquier lugar del mundo.

Naturalezas simples

Naturalezas simples

Naturalezas simples

Naturalezas simples

Lo humano partirá una o dos veces, decenas o cientos de veces, descuidando los pliegues de su ánimo, creyendo que el viaje dará sentido a su vida. Pero todos los viajes contienen la semilla de su propio fracaso, y el suyo le convierte en un barco a la deriva sin puerto ni descanso. Lo decía el gran Fernando Pessoa, al que Antonio cita: “Un barco parece ser un objeto cuyo fin es navegar, pero su fin no es navegar, sino llegar a un puerto. Nosotros nos encontramos navegando, sin la idea del puerto al que deberíamos acogernos”.

Por necesidad, por agotamiento o porque la aventura no se prolonga sin deseo, sin ese impulso que produce la falta de algo o de alguien, llega un momento en que no hay ganas de ir más lejos y lo humano regresa. A cada viaje está más envejecido, más cansado; cada vez más desorientado, algo más sabio, pero más torpe en las distancias cortas, y temeroso en las largas. Cuando ya no tiene tiempo para desandar el camino ni para corregir el rumbo, lo humano convive con la nostalgia de los trenes perdidos, de las fuerzas enterradas, de los viajes aplazados para los que ya no hay billetes.

A última hora, lo humano parece aceptar ser un sedentario, y es entonces cuando escuece la pregunta que plantea Tudela Sancho cuando Ulises regresa a Ítaca: “¿… ya junto a su fiel Penélope, no añorará aunque sea a ratos, en tardes quizá de hastiados domingos, el tacto peligroso y dulce y mórbido de los labios de otra reina, los besos de Calipso, las caricias de Circe?”

El impulso nómada de lo humano, de esa mujer o ese hombre, fracasa porque no lo completa, porque nunca llega a satisfacerle del todo. El viaje fracasa. O no.

Naturalezas simples

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Comentarios sobre  El viaje y su fracaso

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  • 02 de abril de 2019 a las 17:35

    Muy bueno, pero algo triste para mi que por la edad me quedan pocos viajes que realizar excepto el que todos un día más pronto o más tarde tenemos que hacer.

    Por Ramón Álvaro de Pablos