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Histórico noticias



El vuelo eterno

Amelia Earhart se subió por primera vez a un biplano en Los Ángeles, y en esos diez minutos de vuelo supo que sería piloto. Fue la primera mujer en batir récords absolutos de aviación y desapareció en 1937 bajo las aguas del Pacífico, aunque su espíritu todavía sigue planeando entre nosotros.

19 de noviembre de 2018

Los profesionales del diván vienés se nutren, con frecuencia, de frases como aquella que escribió Amelia Earhart (Atchinson, 1898 – Pacífico Sur, 1937): “El miedo es un tigre de papel“. La frase bien manipulada nos ayuda a superar los escollos, la dificultad de existir más allá de la mera necesidad animal de seguir respirando. Podría tratarse de un enunciado zen, pero también de una trampa. Lo que nos aterra de los tigres es su aspecto, aunque sea de papel. No sabemos a qué huelen y su rugido no es más terrible que el del motor de un camión. Aunque sea de papel, en la oscuridad un tigre puede dar mucho miedo. Pero la cita es incompleta:

«Lo difícil es la decisión de actuar, el resto es tenacidad. El miedo es un tigre de papel. En realidad, puedes hacer cualquier cosa que te propongas».

Amelia EarhartAquí sí, aquí pisamos tierra, algo irregular en la que fue la primera mujer en batir récords absolutos pilotando aviones. Pero refleja, antes que nada, nuestra mayor dificultad: lo que realmente nos hace daño es tomar una decisión. Cualquier bifurcación nos lleva a temblar por temor a las consecuencias. Lo que ignoramos es que en una bifurcación hay, a la hora de la verdad, tres decisiones. La tercera es permanecer quieto. Esa es la que nos transforma en un escollo para los demás y una grieta en el glaciar que es uno mismo cuando se paraliza. En esta vida quedarse quieto equivale a dar marcha atrás. Una vez que uno ha tomado una decisión, como apunta Amelia, lo que cuenta es el arrojo, seguir adelante, luchar. La satisfacción no está en la victoria, sino en la nobleza con que nos entregamos a la batalla. Existe dignidad en la derrota. Esa que Amelia parece ignorar cuando apunta, en la tercera parte de la cita, a una sentencia que ha hecho bastante mal: nadie puede hacer cualquier cosa que se proponga, excepto quien realmente pretende suicidarse. En la actualidad, a los enfermos terminales se les invita a no bajar los brazos y todos nos batimos contra la enfermedad a su lado. Pero también se les concede un derecho más: el derecho a rendirse. Nadie debería morir creyendo que no ha sido lo bastante bueno, que no ha hecho tanto como ha podido, pero que existen suertes ajenas a ellos, suertes que tienen más músculo que nosotros por decisión sideral o genética.

Amelia consiguió aquello que se propuso, hasta el día en que desapareció en el aire de los hermosos Mares del Sur. Los análisis de unos huesos que se han encontrado cerca de algún atolón del Pacífico parecen demostrar que se han hallado los cadáveres de Amelia y de Fred Noonan, su compañero en la aventura. Estaban muy cerca de conseguir dar la vuelta al mundo en avión, por primera vez en la historia, siguiendo, en la medida de lo posible, la línea del Ecuador. Cualquiera que se acerque un poco a las pasiones de Amelia Earhart dará por nulo este descubrimiento. La ciencia podrá sostener lo que quiera, pero no quitarnos la ilusión de saberla desaparecida, como si ella y su compañero y su avión se hubieran volatilizado, esfumado hasta confundirse cada uno de sus átomos con los átomos del cielo. Y luego, una vez dispersado por las capas altas de la atmósfera, contribuyera a los dos momentos mágicos del día según Amelia: el amanecer y el atardecer. Amelia reunía mucha experiencia en vuelo cuando ideó este viaje. Pero como ella dijo en un verso de uno de sus pocos poemas, cada vez que tomamos una decisión, pagamos con coraje.

El coraje, eso que precisamos para enfrentarnos a los tigres reales y a los de papel, es lo que nos distingue de los inhumanos, como el superhéroe de Krypton. ¿Por qué Batman es un superhéroe más interesante que Supermán? Porque cuando se enfrentan a un disparo, Supermán no necesita coraje: al fin y al cabo, sabe que es invulnerable, que no le hará daño. Pero Batman sí, y el hecho de saberse mortal es lo que significa que posee un coraje al que, esta vez sí, podemos elegir, tenemos acceso. Se trata de un valor idéntico al que poseía Amelia Earhart. Y si Batman puede hacer lo mismo que Supermán, entonces las mujeres pueden hacer lo mismo que los hombres, como gritaba nuestra aventurera. Pues antes de ella, el único vínculo de la mujer con la aeronáutica se limitaba a coser paracaídas.

Para hacernos una idea del aspecto que tenía Amelia, basta con saber que la actriz elegida para interpretar su papel en la gran pantalla fue Hillary Swank. Se trataba de una de las escasísimas personas a las que el uniforme semimilitar, que por entonces vestían los aviadores, le quedaba tan bien como si hubiera nacido para alcanzar las estrellas, las reales y las metafóricas, vestida con él. Tenía el pelo hecho un desastre, como cortado con tijeras de cocina, despeinado, porque en caso de haberse echado gomina para ponerlo en su sitio, habría parecido la cabellera de un Click de Playmóbil. Con ese aire de pequeño fuego fatuo congelado sobre un rostro puro de mujer, y con el traje que caracterizaba a los acróbatas masculinos, para pasar desapercibida, Amelia renegaba del casco a la hora de volar, sustituyéndolo por un gorro de algodón pegado al cráneo, tal y como lo llevan las nadadoras, con dos penínsulas para protegerse las orejas, dos apéndices que se extendían lo bastante como para atarlas a modo de barboquejo. El aspecto final resulta de un atractivo que en su momento pudo espantar, pero que a fecha de hoy nos hace revivir la nostalgia.

En aquellos tiempos el futuro era diferente, y nos hubiera gustado conocerlo, porque estamos convencidos de que entonces era un futuro mucho mejor que el que tenemos ahora. Basta con revisar los apuntes sobre las mejoras y las posibilidades de la aviación, que dejó escritos la propia Amelia, unas expectativas que hoy nos resultan de juguete. Imposible de imaginar para ella los vuelos espaciales, los aviones de cientos de plazas y miles de toneladas, los viajes de docenas de horas sin repostar, la presurización y climatización en la cabina, por no hablar del salto al vacío de Felix Baumgartner, desde treinta y nueve kilómetros de altura.

Mujeres piloto

Uno de los grandes avances con los que pudo experimentar fue el autogiro que ideó Juan de la Cierva. El ingeniero español cercenó las alas de un biplano, dejando solo el muñón de las inferiores para equilibrar el aparato, y colocó cuatro aspas que girarían sobre la cabeza del piloto. Amelia dejó por escrito que una de sus aventuras soñadas era cruzar Estados Unidos, de costa a costa, en el autogiro. En este primer intento de helicóptero, Amelia vio un sueño hecho realidad: volar en vertical y sin carlinga. Era la época en que, demandada por el éxito de sus empresas, como ser la primera mujer en cruzar el Atlántico de un solo salto (aunque no pilotara el aparato), Amelia diseñaba una línea de ropa para mujeres. Se saltó las convenciones a la hora de cortar el tejido, que en el año 1932 eran demasiadas, antes de volver a cruzar en solitario el Atlántico en un vuelo que aterrizaría en Irlanda, en un prado, entre vacas.

De hecho, una de las grandes ventajas que suponía para ella el autogiro era liberarse, por fin, de las vacas. En los años treinta apenas había pistas de aterrizaje. Con frecuencia los aviones utilizaban las carreteras o líneas horizontales que ellos mismos habían despejado en las praderas, que se llenaban de barro con las lluvias y en las que afloraban las piedras en tiempo seco. Pero la inevitable compañía de las vacas era una constante, pues la frecuencia con la que surgían imprevistos superaba cualquier barrera de seguridad. Esta era la obsesión como inventora de Amelia, eliminar imprevistos, atenazar la seguridad para los pasajeros, pues ella participó en los primeros vuelos comerciales y hasta pilotó alguno de aquellos aviones imperfectos.

Comenzaron en Washington y terminaron en Filadelfia. Y luego fueron extendiéndose, en principio por Estados Unidos, luego atravesando fronteras. Es, de hecho, el recibimiento en  México D.F. lo que marca la sangre de Amelia. Antes de volar, Amelia había atendido como voluntaria, siendo adolescente, a los heridos en tiempos de la Primera Guerra Mundial; había trabajado en la minería en Nevada y en el transporte en camiones; luego dedicó horas libres a enseñar a leer y escribir a los inmigrantes, con quienes simpatizaba por el deseo que tenían de encontrar, por fin, un hogar, alguien que les acogiera. Es entonces cuando se da cuenta de que entre los desfavorecidos existe un cincuenta por ciento que son doblemente marginados, las mujeres, por su condición de paria y de supuesto sexo débil. Amelia siempre dictaba que las mujeres podrían hacer lo mismo que los hombres, sobre todo a los periodistas que le repetían, una y otra vez, la misma pregunta: ¿Conoce usted al coronel Lindbergh, el pionero de la aviación?

A esa pregunta también tuvo que responder en la capital de México, durante las recepciones en las que se le presentó a mujeres colgadas de los brazos de hombres de gran fortuna. Pero ella vio, por la ventanilla del avión y durante los trayectos por carretera, a las mujeres agotadas por la dureza de las labores agrícolas. Descubrió así la dignidad de las mujeres pobres, que eran quienes sostenían a las familias, doblando el espinazo con los bebés empaquetados a la espalda. Hoy siguen siendo ellas quienes sostienen el mundo, de nuevo tanto literal como metafóricamente: ellas cosen nuestra ropa y recogen el arroz que comemos, y desconocen estas tonterías burguesas como la autocompasión, algo que solo sirve para molestar a los demás, para crear la oscuridad en la que dan miedo los tigres de papel.

Amelia EarhartEs esa imagen de la mujer la que reivindicará una y otra vez tras sus aterrizajes. A lo largo de su último vuelo, recabará, por ejemplo, en algunos puntos de África. Si hablamos de un tiempo en que la amabilidad era universal, en África la acogían con una felicidad purísima antes de mostrar la intriga. Los mandatarios, obligados por protocolo, podrían ser más o menos rígidos; pero la gente de la calle, los humanos, el mundo, era un regalo que compensaba la tensión de las horas de vuelo entre la niebla, el peor enemigo de los aviadores en una época en que los instrumentos de navegación hacían imposibles las estimaciones de travesía. Había jugado mucho al escondite con los aguaceros antes de compartir terreno con las mujeres africanas, que portaban grandes pesos sobre la cabeza, perolas para el agua en ambas manos y un niño dormido con legañas recorriéndole las mejillas, atado a la espalda con un trapo de vivos colores estampados a la piedra. Se propuso que, a su regreso del viaje alrededor del mundo, hablaría sobre ellas mientras terminaba sus aventuras para despedirse del sol al caer la tarde, cada día, desde el porche de la casa que compartía con un marido lo bastante valiente como para recopilar sus apuntes y elaborar el libro Último vuelo, en el que se relata, con la voz de Amelia, esta travesía: “Las nubecitas se extienden hasta muy lejos. Parecen huevos revueltos”, escribe a vuelapluma, en la única línea cursi, a intención, de todo el libro.

Esas nubecitas son las que, a otra altura, a la misma que circulan ellos, Amelia y Fred Noonan, provocan inquietud. Entre la niebla los sentidos no envían ninguna información fiable al cerebro. Las nubes dejan de ser románticas, aunque pasan a tener el peor de los adjetivos que, confundidos, creemos que caracteriza el romanticismo: son tristes. Y no existe un hombre del tiempo. Los mensajes que reciben provienen de buques que pintan sobre sus plataformas indicaciones de dirección y acerca de la meteorología; pero hasta los más grandes barcos son invisibles volando en la niebla, y entonces surge el miedo. El miedo es un tigre de papel. Lo que nos hace sobreponernos a él es la tenacidad. Antes hemos tomado la decisión, esa que pagamos con coraje, una preciosa moneda de cambio. Da la sensación de que la vida de Amelia se guiaba por ese enunciado de Baudelaire, cuando sostuvo que el hermano gemelo de la maldad es la cobardía. Uno puede garantizar que el coraje nos hace mejores, tal vez no nos lleve a la cima, a un salto como el de Felix Baumgartner, pero no hay más valor, en todos los sentidos de la palabra, en esa actuación que en recorrer los caminos de laterita durante diez kilómetros para cargar el agua con el que sobrevivirá una familia africana de diez personas.

La ruta de Amelia pasaba por el Pacífico. Se detuvo en Nueva Guinea tras haber recorrido 29.000 millas, casi 47.000 kilómetros, y a falta de 11.000 kilómetros hicieron los últimos ajustes en su avión. Partieron hacia la isla Howland y luego siguieron volando, hasta el día de hoy, en que no se han detenido. Lo que ocurre es que no sabemos reconocer en el aire su figura, ni la de su compañero. Este es el último juego de Amelia, la mujer que dejó escrito que jugar es aprender a soñar. Y a estas alturas uno está cansado de pedir que le dejen disfrutar de los sueños que tiene, porque son más vitales que llevarlos a cabo. Tal vez a eso se refería Amelia cuando aseguraba que “puedes hacer cualquier cosa que te propongas”. Lo que de verdad es una piedra preciosa entre las vísceras que se refugian tras las costillas y en esa masa que tapa el cráneo, es el sueño. Si te lo propones, puedes soñar con tanta intensidad como cualquier emoción que te alegre el mejor de tus días. Desde joven Amelia supo que quería ser aviadora y, tras mucho ahorro y con ayuda de su madre, se compró un avión amarillo, el Canary, con el que voló a más de 4.000 metros, batiendo el récord de altura en ese momento. En 1932 volvió a cruzar el Atlántico, esta vez en solitario, aterrizando entre vacas irlandesas en un tiempo de trece horas y cincuenta minutos, nuevo récord para una cuenta pendiente desde que fuera pasajera en un vuelo similar en 1928, en un avión pilotado por dos buenos amigos. En 1935 voló desde Hawái al continente americano.

George Palmer Putnam, su marido, antes explorador, ya por entonces editor, la animaba en su carrera, pero vivía las aventuras con el corazón hecho de papel, como el tigre. Putnam fue su promotor durante su gira de conferencias tras su primera travesía atlántica, y el editor del libro Veinte horas, cuarenta minutos, relato de la aventura escrita por Amelia. Luego fue galardonada por el Congreso de Estados Unidos con la Cruz Distinguida de Vuelo, la primera otorgada a una mujer. Ese pedestal la ayudó en su aportación feminista, apoyando a las mujeres que querían ser piloto o que pretendían adentrarse en mundos a los que los hombres habían puesto cerco. Reivindicaba a la mujer como protagonista de la aventura o de la ciencia. Cuando dicta el elenco de mujeres que la apasiona, no se olvida de Madame Curie, por ejemplo.

Está claro que, tras tantas investigaciones y todo el dinero que se invirtió en la búsqueda de los restos de la nave y sus tripulantes, su último vuelo no acabó bajo las aguas del Pacífico, porque todavía sigue planeando, aunque los motores de su avión no hagan ruido. Tuvo una infancia llena y confortable gracias a un abuelo que había sido juez federal. Sus entretenimientos favoritos fueron trepar a los árboles y cazar ratas con un rifle de balines. En su cositero no guardaba baratijas de colorines y lazos para peinarse de comunión, sino fotos de mujeres famosas por atreverse a viajar por el desierto o a cruzar el Himalaya. Así vivió hasta que a su padre le despidieron del trabajo por culpa del alcohol. Tras darse de cabeza buscando trabajo en Minnesota y Misuri, su madre se despide de él y se marcha con Amelia y su hermana a Chicago. Fue en Toronto, donde ejercía de enfermera voluntaria junto a su hermana, donde brotó como un relámpago su sueño, al visitar un campo de aviación del Cuerpo Aéreo Real. Más tarde, en Los Ángeles, se subió por primera vez a un biplano y en esos diez minutos supo que sería piloto, reconoció que ella tenía el don de volar. El sacrificio suponía invertir en formación, allanar pistas de aterrizaje o coordinarse con ingenieros y peritos para construir prototipos, sin importarle terminar con grasa hasta en los pliegues de la sonrisa. En 1927 ya era una celebridad. Promovió competiciones aéreas de mujeres y fundó una organización con las primeras aviadoras de Estados Unidos. Entonces poseía un avión Lockheed Vega con el que seguía batiendo marcas. Luego vino el vuelo en solitario hasta Irlanda, una hazaña que logró gracias al chocolate caliente que siempre llevaba en el termo. Siguieron las condecoraciones, el vuelo desde Hawái, el primer vuelo comercial a México sin escalas, ese en el que descubrió la absoluta dignidad de la mujer pobre, y finalmente el vuelo alrededor del mundo, sobre el que uno puede consultar todos los datos y los planos de ruta tecleando el nombre de Amelia Earhart en un buscador de pistas en la web. Pero lo que cuenta es tomar una decisión, algo que nos resulta una proeza en las bifurcaciones. Y si uno quiere sentirse algo más que un vegetal, bonito pero vegetal a fin de cuentas, se verá asaeteado por bifurcaciones donde tendrá que elegir constantemente. De ahí que el mayor de los corajes esté, a la hora de la verdad, en agarrarse bien a la tabla de náufrago y concederse el beneficio de saber que tomará una buena decisión al segundo siguiente. Amelia lo expresó mejor que nadie:

“Hamlet habría sido un mal aviador. Se preocupaba demasiado”.

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