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Histórico noticias



En Brañagallones. Parque Natural de Redes, Asturias

El bosque es el lugar de las hadas, de los monstruos, de lo inconsciente, de lo irreal, de lo peligroso, de lo que el ser humano no puede dominar. Y algo tiene de verdad, pero esas razones son las mismas que nos llevan a adentrarnos en él y a dejarnos absorber por su belleza.

14 de noviembre de 2019

Allá por las eras Terciara y Cuaternaria, la Península Ibérica y el continente europeo, como en nuestra reciente historia, ya se aproximaban, se rozaban, se chocaban y se causaban mutuamente notables transformaciones. De ellas nacieron varios sistemas de montañas que más tarde desaparecían por la erosión. Sobre sus restos las fuerzas tectónicas originaban de nuevo otras montañas. Las últimas, a las que se refiere este artículo, formaron la actual cordillera Cantábrica. En ella se encuentra el Parque Natural de Redes en Asturias y dentro de ese espacio la singularidad de la zona llamada Brañagallones: un refugio, una vega, un antiguo circo glaciar, un lago, unos bosques y el centro de unas excursiones de montaña que convierten este lugar en uno de los más fascinantes del Norte de España.

Se juntan en la vega la dulzura de la belleza con la radicalidad de los grandes fenómenos geológicos. Al desaparecer los glaciares quedaron zonas que luego se convirtieron en brañas y pastos de altura colgados entre el cielo y la tierra. Hermosas y aisladas. Diferentes a cualquier otra zona rural o montañosa. Brañagallones es uno de esos circos glaciares. La vega y el refugio están situados en una cubeta rodeados por una gran cresta, La Xerra Les Príes (en su cima llamada El canto del oso, hay un buzón), que forma una especie de hortus conclusus y muestra más sobre glaciarismo que la mayor parte de los textos o cursos sobre el tema.

Se suele hablar del parque Redes y Brañagallones como de un paraíso natural. Se abusa del término. Paraíso, palabra persa que significa jardín creado por la acción humana, buscando una relación entre lo natural y lo artificial mediante una intervención en busca de belleza, armonía o dramatismo. Excepto zonas tal vez de la Amazonía o de Borneo, prácticamente no hay nada que no sea ya el producto conjunto de la naturaleza y de los seres humanos, bien sea por acción o por omisión. Brañagallones es un espacio salvaje y humano simultáneamente, por eso es particularmente hermoso. Estamos aquí lejos de la naturaleza concebida, al estilo de Edmund Burke, como fenómeno sublime, aterrador e inhumano. No por ello es este un lugar fácil o anodino. Ni mucho menos un parque de paseo. Estamos en la alta montaña. Aquí anda en juego, a cada instante, la vida y la muerte y los inexorables ciclos de la naturaleza.

Parque Natural de Redes, Asturias

Sobre el fondo del antiguo glaciar, generaciones de pastores y ganado han establecido una vega que apenas describiré. Son fáciles de ver las imágenes de Internet y obtener información, por ejemplo, en la página web elgallu.com, de su guía Diego Prado. Para llegar allí se sube, andando, en bicicleta o en un todoterreno, por una pista que sale del pueblo de Bezanes, a pocos kilómetros de Campo de Caso, en dirección al puerto de Tarna. Son poco más de once kilómetros inverosímiles. Vista a distancia desde algunos puntos del circo, la carretera parece un ligero arañazo sobre la pendiente casi vertical de la pared de la montaña que da acceso a la vega. Vista desde lejos, la pista provoca un vértigo emocionante. Está cerrada al tráfico normal. Solo pueden circular coches todoterreno con autorizaciones especiales. Existen unos 4×4 que funcionan como taxis autorizados y, contratándolos con anterioridad, permiten subir con comodidad y eficacia hasta allí.

El viajero encontrará un paisaje natural pero humanizado que conserva su aura salvaje. Cuando a veces se piensa en lo natural como lo no tocado por los seres humanos, uno observa esta vega que, si no fuera por el uso ganadero autóctono, sería poco más que un escobal lleno de zarzas. Lo natural o lo intervenido es positivo o negativo, bello o feo, según cada lugar.

Alrededor de Brañagallones hay rotundas montañas como el Peña del Viento. Es una excursión dura pero muy recomendable. Y más aún si se añade el cercano lago Ubales, el más alto de Asturias y uno de los más salvajes. Tras varias horas de camino y bastante desnivel, se llega a él. Antes se han atravesado bosques y ríos, una antigua vega de pastores y unas pistas de pendiente atrevida. Al final un camino con una somera señalización nos permite no perdernos y alcanzar el lago, cosa importante en un área sometida a densas nieblas. Conmueve ver esa masa de agua pura y helada colgada a 1.690 metros de altura. Pastos, aislamiento, vistas amplias en todas las direcciones, agua, animales variados en los que hemos de incluir osos, lobos, ciervos, corzos… Dsgraciadamente, no está siendo posible reintroducir a los gallones (urogallos). De aquí el nombre de la braña. Hay un centro de crianza en cautividad, pero estos animales antiguos e indefensos no pueden pasar de la crianza a la vida en el bosque. Son una reliquia evolutiva que apenas pueden resistir ante tanto depredador. El mayor de los cuales es… nuestra especie.

La caza nos lleva al origen del refugio. Se construyó para servir a los cazadores vinculados a la élite del régimen franquista. Luego lo transformaron en un hotel al estilo de los paradores de turismo. Fracasó el empeño y prácticamente se abandonó hasta que se decidió convertirlo en un refugio de montaña y se rehabilitó con gusto y esmero. Al fin ha encontrado su destino y aún guarda memoria del establecimiento de lujo que quiso ser. Es un lugar maravilloso por su situación y servicios. Sin él esta braña no sería tan amable. Pocas palabras y conceptos más nobles que ese: refugio. Allí donde uno encuentra calor, comida, seguridad, descanso, protección, atenciones… son lugares llenos de delicadeza. Todos ellos, pero este además es hermoso, noble, grande y atendido con mimo y calidad hotelera por José Manuel Prado y su hijo y guía Diego.

Los tópicos de paraísos, relajaciones, desconexiones y demás simplezas posmodernas no dejan de tener un punto de verdad, pero no son lo importante. Creo que lo es la constatación de que esta tierra nuestra no está destinada a ser una reserva extrema o un basurero degradado. Insisto en que es aquí donde está su belleza y no en la producción de desconexiones laborales para el urbanita o en la contemplación alelada de un espacio virginal. Entre romántico y elitista, me altera ver el uso de esas zonas como lugar de una especie de deporte consistente en subir las montañas corriendo en el menor tiempo posible, aunque hay cosas peores: algunos usan las brañas, refugios o majadas como lugar de botellón.

Pese a lo que se suele decir, sí que existe aquí el tiempo. No es que se detenga, aunque lo parezca al no haber cobertura de Internet o telefonía, sino que no es el tiempo del urbanita o de la economía de mercado, sino el de la naturaleza, el geológico, el necesario para la vida que los relojes o calendarios no pueden medir ni controlar. Algo que puede provocar felicidad o miedo.

Como estamos en las latitudes de los bosques caducifolios, casi cada semana será distinta en la medida que los árboles y los cielos vayan cambiando de color y de actividad para seguir el ciclo que aquí es necesario para vivir. Unos cambios que también afectan a los animales y a los pastores que se han venido ocupando del ganado y que aún lo hacen.

Es un lugar para hacer duras excursiones o para caminar lentamente a muchos de los lugares alrededor de la braña. Sobre todo al bosque que rodea el refugio, que es uno de los mejor preservados de España. Su difícil acceso ha hecho que la explotación masiva de la madera no fuera rentable, lo que ha permitido un estado de conservación muy bueno. Llegar paseando a través del bosque a las vegas de Valdebezón o Mericueria es una experiencia estética inolvidable. El esfuerzo y la preparación física son necesarios para acceder a muchas de esas zonas, pero también la lentitud y el gozo de la contemplación.

Refugio, bosque y las ya mencionadas montañas que son el tercer elemento de este parque. Cimas que llegan hasta los dos mil metros. Algunas de ellas están rodeadas de pistas que permiten una aproximación segura y cómoda; otras que inexorablemente hay que recorrer por estrechas, magníficas y salvajes veredas o monte a través. A la mencionada del Peña del Viento hay que añadir el Canto del Oso, tal vez la visita más clásica desde Brañagallones. En realidad, más que una montaña es el punto más espectacular de todo el borde (canto) superior de lo que fue el circo glaciar. Ya solo eso justifica la subida. ¡Cuándo uno va a subir y luego andar por el filo de un circo! Por el lado opuesto a la subida, desde el refugio, la caída es espectacular, unas vistas maravillosas que impresionaron al experimentado montañero José Ramón Lueje.

Para los europeos, las hayas son el bosque, el lugar de la belleza y el lugar del miedo. Allí vivían sus tremendas experiencias Caperucita, Pulgarcito o Hansel y Gretel. Es, en nuestro imaginario, el lugar de las hadas, de los monstruos o, si nos ponemos más psicologicistas, de lo inconsciente, de lo irreal, de lo peligroso, de lo que el ser humano no puede dominar. Y algo tiene de verdad, pero esas razones son las mismas que nos llevan a adentrarnos en él y una vez allí dejarnos absorber por el conjunto de colores, formas y paisajes que conforman nuestra concepción de belleza que es, junto con la verdad y la bondad, las características de la esencia humana.

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