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En el andén

Una estación de tren es un espacio de transición, un lugar de paso que sirve para unir, juntar, vincular, anudar… historias: la del que llega, la del que espera. Casi todas las estaciones  del mundo las preside un reloj que nos recuerda la fugacidad del tiempo.

10 de enero de 2013

Llegan en el vientre de un animal antediluviano, como si fueran las víctimas que ha ingerido en el camino. Sin embargo, su aspecto no es tan temible cuando se acerca lentamente al andén y se detiene casi con suavidad. Si tenía alguna fiereza, si corría hace un rato a gran velocidad, ahora parece que se ha amansado. Por un momento, el tiempo se detiene. También las conversaciones de los que esperan en el andén. Todo el mundo mira. El tren ha llegado.

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Pilar Rubio Remiro

De repente, tras un sonido como de aire que se descomprime, se abren las puertas y empieza a salir la gente. Cada uno de los que sale es significativo para alguien que está en el andén esperándolo. Sólo lo es para él. El resto forma parte del paisaje, son comparsas. Los que están en la estación activan sus sensores. No responden hasta que la persona a la que esperan aparece por la puerta. Pero hay mucha gente y miramos y miramos, buscamos… Por eso, a veces, no se ve a quien se está esperando hasta que ya avanza decidido -o decidida si se trata de ella- hacia uno. El que llega quizá no sabe que alguien está esperándolo, o tal vez sí y puede que  sienta una pequeña decepción, pero para quien espera en el andén representa un pequeño fracaso, una pequeña herida, no haber podido saber de antemano de qué vagón y por qué puerta iba a hacer su aparición. Y teme ser considerado un poco descuidado, poco amoroso. También ocurre que a algunos nadie les espera. Por la razón que sea. Salen más rápido que los otros e incluso los hay que miran con una cierta altivez a los que esperan. Como si ellos no necesitaran nada o les urgiera abandonar la estación vaya usted a saber por qué.

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Manuel Holgado. Flickr

La densidad de historias que puede contener un espacio tan pequeño como lo es un andén –aunque unos sean más grandes que otros- es enorme. Hasta resulta obscena esa promiscuidad. Nadie está allí por azar. Todos tienen una historia en marcha. Los que esperan y los que llegan. A veces puede adivinarse algo tan solo con mirarlos brevemente. Percibimos amor, aburrimiento, anhelo, placer, esperanza, tristeza…, siempre con esa marca que deja en el rostro la mezcla  de ansiedad y deseo.

En un andén se concentran múltiples relatos flotantes, tal vez a la búsqueda de un narrador que les dé vida. Y esa esperanza crea una densidad en la que a uno le cuesta moverse, como si fuera ese misterioso bosón que, al desplazarse por el campo de Higgs, adquiere masa.

Para algunos de los que están allí parados, su historia  está empezando. Pero otros están ya cerrando su novela,se encuentran en el último capítulo. Amores, desamores u odios que están a punto de anudarse o desatarse cuando se produzca el encuentro. Lo peor será para aquellos a quienes ya les da igual en qué parte de su relato están. El libro de su vida está resultando aburrido. Y contemplan la llegada del tren como lo hacen las vacas desde la pradera…, con una indiferencia que asusta.

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Monet

Y junto a los que esperan en la estación, sobre todo si en ella hay un bar, una cantina, descubrimos una variedad de personajes, sujetos, gente e historias que encuentran en los andenes un nicho apropiado: desde cualquier tipo de buscavidas, hasta vendedores, jubilados, desempleados, turistas, paseantes, locos, emigrantes… Toda la comedia humana.

Hace algún tiempo estuvo de moda considerar las estaciones o los aeropuertos como no-lugares porque se consideraba que eran zonas simplemente de tránsito, sin personalidad o identidad propia. Un concepto equivocado. Si  hay un espacio que pueda llamarse “lugar”, ése es precisamente una estación. En especial las de tren, que te devuelven al origen decimonónico de los sistemas de transporte masivo. El ferrocarril está en la historia de la expansión occidental hacia el este  por Siberia y hacia el oeste por Norteamérica. Lo reflejó muy bien el cine, sobre todo el western, tan vinculado al  ferrocarril y a sus lugares de paso.

Una estación es un espacio de transición, una especie de agujero de gusano como esos que describe la física cuántica que conecta dos realidades, dos mundos. Aquel del cual se ha partido y este al que se llega. Por tanto, se trata de un espacio que, perteneciendo a todos, no es de nadie. Uno de los lugares más democráticos que pueda imaginarse. Un lugar en el que se está, en el que no se es. Y por ello no posee la carga esencial o identitaria que tiene un hogar o una patria. No es lugar de sangre, es lugar de paso. Un lugar que sirve para unir, juntar, vincular, anudar… historias: la del que llega, la del que espera.

A veces se ha calificado estos espacios de anodinos. Pero eso es porque no se ha viajado o leído lo suficiente. Estaciones como la de Moscú, la de Ulan Bator, la de Nueva York, la de Budapest, la de San Petersburgo,  la de Madrid… por citar las grandes, pero también cualquier estación de la FEVE en los pueblos del norte de España, como por ejemplo la de Pendueles. Todas son eficaces y con una decoración –o falta de ella- apropiada para su uso. Presididas, cual pantocrátor de las horas, por un gran reloj para que los que esperan y los que se marchan no se queden anclados en el tiempo detenido que esos andenes, esas estaciones, como fotografías o novelas, generan. Un reloj que nos recuerda que times goes by.reloj-en-el-anden

Los poetas han sabido ver bien que el tren, a pesar de no poder abandonar sus vías, podía ser vehículo de libertad, de huida de lo establecido, de una solución radical a la maldad de lo cotidiano. Fugarse. Y también ser la opción o vía del regreso cuando eso era lo necesario, lo deseable. Tal vez por eso viajar en tren sea tan bello.

 El ÚLTIMO TREN SE HA PARADO

 El último tren se ha parado en el último andén, y nadie

salva a las rosas. Ninguna paloma se posa en una mujer de palabras.

El tiempo se ha acabado. El poema no puede más que la espuma.

No creas a nuestros trenes, amor, no esperes a nadie en la muchedumbre.

El último tren se ha parado en el último andén, y nadie

puede retornar a los narcisos rezagados en los espejos de la penumbra.

¿Dónde dejaré mi última descripción del cuerpo que en mí habita?

Todo ha terminado. ¿Dónde está lo que ha terminado? ¿Dónde vaciaré el país que en mí habita?

No creas a nuestros trenes, amor, las últimas palomas han volado, han volado,

y el último tren se ha parado en el último andén… y no hay nadie.

Mahmud Darwish

 

Anden, estacion de tren, Experiencia de Viaje

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Comentarios sobre  En el andén

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  • 14 de enero de 2013 a las 8:47

    Muy oportuno. Acabé precisamente de leer a alguien que dice que las estaciones son archivos para los recuerdos.

    Por Jaime Axel Ruiz