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En la biblioteca de París

Hay grandes bibliotecas en el mundo que son dignas de visitar: la British Library de Londres, la Biblioteca Pública de Nueva York, la Marciana de Venecia, las de las universidades de Salamanca, Dublín… Pero hoy viajamos a la Biblioteca Nacional de Francia François-Mitterrand, en París.

24 de diciembre de 2014

Llegamos a la Biblioteca Nacional de Francia François-Mitterrand, en París, a media tarde. Ya anochecía y llovía ligeramente. Y lo hacíamos nada menos que atravesando la pasarela Simone de Beauvoir. Mis acompañantes deliraban de gozo. Se trata de una estructura de acero –la pasarela, claro– con sinuosas curvas matemáticas que atraviesa el Sena tras salvar una distancia de más de cien metros. Es obra de la firma de arquitectos Feichtinger. Fue construida  por la Eiffel Company –no podía ser de otra manera–. Es elegante, amplia y delicada. Conduce hasta la misma puerta de la biblioteca. Se recorre en su totalidad si se sale, como hicimos nosotros, de la Cinemateca construida por Frank Gehry, que es otro hito de la nueva arquitectura en Francia. Un  bonito y agradable edificio que quizá se parezca demasiado al Guggenheim de Bilbao, aunque con dimensiones más modestas.

Decir algo de París que no se haya dicho ya es tarea difícil, como saben los lectores. Aquí, en estas tres páginas, quiero hablar de una zona y de un edificio, que muchos de ustedes –unos, más; otros, menos– conocerán. Acaso escribir sobre él solo sirva para recordar el placer que provoca y la importancia indiscutible que tiene este lugar, a pesar de que la mayor parte de quienes viajan a París lo citan, sí, pero pocos lo visitan.

Así que estábamos en la puerta de una biblioteca, de un complejo de edificios singulares y de una zona urbana diseñada por decisión política a finales del siglo XX. Tres aspectos que justifican la visita.

Hay grandes bibliotecas en el mundo que son dignas de visitar. La del Congreso de Washington, la British Library de Londres  o la Biblioteca Pública de Nueva York son instituciones vivas y potentes centros culturales. Las históricas tienen, en  cambio, la belleza y el sabor del antiguo invento humano de los libros y del lugar donde se conservan. La Marciana de Venecia, las de las universidades de Oxford, Salamanca, Coímbra, Dublín… Y, cruelmente, no la de Alejandría, que se queda en un hermoso cascarón con poco impacto cultural. Nada que ver con la que fue maravilla del mundo antiguo. La Biblioteca Nacional de España  posee algo de ambos mundos. Es un importante foco cultural, tiene una buenísima colección de libros, manuscritos y grabados, y está situada en un hermoso y antiguo edificio.

Pero pocas tienen este esplendor, un tanto megalomaníaco, de la François-Miterrand. En realidad, es sólo una de las sedes de la Biblioteca Nacional de Francia. Hay más bibliotecas nacionales. Alguna de ellas es tan bella y clásica como la Richelieu, situada justo en el centro de la ciudad. Esta que hoy nos ocupa, a la vista está, es la mayor y la más importante por el lugar, el edificio y la colección que alberga. No sólo constituye un lugar de lectura y un depósito de más de quince millones de libros, sino que es un inmenso y poderoso  entramado cultural.

Sala oval de la Biblioteca Nacional de Francia, París.

Poulpy, Wikipedia.

Fue el presidente François Mitterrand quien, tal vez para  pasar a la historia, pensó en crear una  Biblioteca Nacional de Francia y edificar una sede grandiosa. El ministro de cultura de esos años Jacques Attali sugirió al presidente: “la construcción y la organización de una de las más grandes y más modernas bibliotecas del mundo que deberá cubrir todos los campos del conocimiento, estar en la disposición de todos ellos, utilizar las tecnologías más modernas de transmisión de datos, poder ser consultada a distancia y ponerse en relación con otras bibliotecas europeas”.

Todo  parecía indicar que iba a ser una de esas obras faraónicas sin mucha racionalidad, excepto la de proporcionar gloria y grandeur a la República y a su presidente. Pero cuando uno se acerca a ella comprueba que no fue así. Desde su inauguración en 1996 ha sido un éxito en todos los aspectos.

Sus fondos tienen una historia tormentosa. El depósito legal empezó a  funcionar en Francia muy temprano, ya en el siglo XVI. Posteriormente se añadieron muchos libros de bibliotecas confiscadas o robadas en la época de la revolución. Asimismo se compraron fondos privados y bibliotecas escondidas por sus propietarios. Además de esas entradas, digamos más o menos románticas o dramáticas, la política de  compra de fondos ha sido muy generosa.

Como les decía al principio, cuando llegamos a la biblioteca llovía y el tiempo era desapacible. Teníamos la intención de recorrerla por dentro y por fuera. Posiblemente, la inclemencia de la climatología y la luz del anochecer potenciaran el deslumbramiento que produjo en nosotros. Parece, al entrar en ella, que uno hubiera abandonado la ciudad, el exterior lluvioso, el frío, la oscuridad… y se introdujera en una acogedora claridad, en la luz que irradia de  los cuatro edificios que Dominique Perrault diseñó en cristal y acero de forma ingrávida y elegante. No trataré de describirla con detalle. Internet tiene decenas de páginas con magnificas fotografías y explicaciones de su construcción y aspecto –les recomiendo que las visiten–. Más bien me gustaría insistir en la emoción que supone una construcción tan hermosa e imponente dedicada a los libros y la  cultura.

El edificio simboliza cuatro esbeltos libros abiertos. Sin ser muy altos, las cuatro torres de vidrio y acero tienen unos ochenta metros de altura. Cada una lleva un nombre: Torre de los tiempos, Torre de las leyes, Torre de los números, Torre de las cartas. Son sobrias, sencillas, rectas y luminosas. No es el edificio en sí lo importante, sino el conjunto arquitectónico y su inserción urbana.

Un planteamiento muy bien pensado. Entre las torres, en el centro, hay un jardín o más bien un bosque con hermosos árboles y flores que puede verse desde las salas de lectura, pero me pareció que no se podía acceder a él.  Es más bien un complemento, un contrapunto de naturaleza en ese espacio cerrado, artificial y cultural que delimitan los cuatro edificios. Las salas de lectura son elegantes, discretas y bien pensadas. Algunas de ellas, como la de audiovisuales, pueden visitarse sin acreditación. En el hall oeste hay dos enormes globos de casi cuatro metros de diámetro y dos toneladas de peso cada uno que representan la tierra y los cielos: son los globos terráqueo y celeste que el monje veneciano Vicenzo Corenelli (1650-1718), cartógrafo y cosmógrafo, construyó como regalo para el rey Luis XIV. La librería, la cafetería y las diversas salas de exposiciones están también abiertas al público.

Globos terráqueo y celeste de Vicenzo Corenelli.

Clio64, Wikipedia.

En otras bibliotecas los libros se guardan en los sótanos y las salas están en la superficie. Aquí ocurre al revés. El depósito está en las torres y las salas de actos y lectura en las plantas bajas o en el subsuelo. Los edificios, con forma de bisagra o libro abierto como dije antes, están repletos de libros. Forma y contenido se vinculan sin que parezca un pastiche.

Este proyecto fue el elegido por Miterrand de un grupo de cuatro seleccionados por un comité asesor de entre los más de doscientos proyectos internacionales que se presentaron. Probablemente no sea casualidad que el elegido fuera francés. Sin embargo, sin conocer el resto, este resultó muy acertado. No sólo por los cuatro edificios, sino por el concepto, la urbanización y el conjunto que se creó. Los proyectos de este  arquitecto se han venido caracterizando por su sobriedad decorativa, la importancia que se concede al entorno urbano en el que se sitúa y la utilización de superficies metálicas, muros de cemento y de cristal. Nada de original hay en ello. El secreto es cómo lo combina y usa para hacer estructuras leves y traslúcidas como estas cuatro torres de libros.

La biblioteca está situada en un distrito, el XIII, que hace tiempo era un tanto marginal comparado con el centro de la ciudad. En la actualidad, con este edificio y el cercano de la Cinemateca de Gehry, se ha convertido en un lugar muy interesante para comprender y apreciar las nuevas estrategias del desarrollo urbano. Hay tanto que visitar en esta ciudad y de tan obligado cumplimiento que se agradece haberlo hecho ya  para poder ver cosas menos famosas, de no tanto tirón masivo tal vez, pero que no por ello dejan de constituir una de las esencias de la cultura y de París.

Es esta una visita en la que no sólo se goza; también se sufre… por envidia. Tenemos buenas bibliotecas en España. Y la Nacional de Madrid es hermosa y bien gestionada. Pero no supone esta apoteosis cultural. Desde luego que aquí hay mucho dinero invertido, desde luego que Francia es más rica que España, desde luego que es un tanto excesiva…, pero aun así es un complejo que se utiliza profusamente. Es más producto de la cultura, del aprecio por el saber y por las luces, de la democracia, que del dinero.

Hoy, cuando la visitamos, es fiesta en París y la biblioteca está a rebosar. No sólo las diversas salas de lectura, sino también las otras salas destinadas a todo tipo de actividades. Curiosamente, apenas hay turistas, y eso que el acceso a la primera planta y a las distintas actividades es libre. A medida que deambulamos por las dependencias y salas los adjetivos se multiplicaban en nuestra mente: futurista, urbana, culta, elitista, sofisticada, sobria… Si no la han visto, resérvenle un buen hueco en el siguiente viaje a París. Lo agradecerán.

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