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En Lübeck con los Buddenbrook

La ciudad báltica de Lübeck, a sesenta kilómetros al noreste de Hamburgo, con su puerto sobre el río Trave, nos ofrece un resumen colorido de lo que fue la Hansa, su arquitectura y su espíritu. Es acogedora, con historia y con una interesante vida cultural.

18 de agosto de 2012

La antigua ciudad libre de Lübeck ha entrado en la imaginación de muchos gracias a Los Buddenbrook, la rica saga sobre ambición, poder y dinero escrita por Thomas Mann basada en parte en la historia de su propia familia (su padre era, como el cónsul Buddenbrook, mercader y almacenista de granos. Vivía, en efecto, en la Mengstraβe). La ciudad, eminentemente comercial desde el siglo XIII, puerto ballenero en el siglo XVII, era la salida natural para los cereales producidos en las vastas y fértiles campiñas de Ante Pomerania y Brandeburgo. Era capital de una minúscula república de 297 kilómetros cuadrados. Como sucede a menudo, la obra literaria nos permite soñar y valorar mejor una ciudad. Sucede también con París y Patrick Modiano, Madrid y Galdós, Lisboa y Eça de Queiroz y, así, Lübeck cobra más sentido cuando nos imaginamos al poderoso cónsul Hagenström en la Sandstraβe, a Kurz en la Beckerstraβe. Lübeck es una ciudad que inspira el confort de una tradición cívica de más de siete siglos.

Vista de la ciudad de Lübcek

La Hansa (de la vieja palabra hanse, comerciantes locales), fundada en el siglo XIII, abarcaba cien ciudades del mar del Norte y del Báltico, desde Gante hasta Novgorod, siendo su capital Lübeck. Fue una federación de ciudades libres, precursora de un mercado común y contribuyó al desarrollo de mecanismos financieros y jurídicos para fomentar la libertad de comercio, y también de ideas. Eran un oasis de libertad en el mundo feudal sajón. El espíritu teutónico de la época permitía que un gentil se ocupase del comercio y de la navegación, pero no así de las labores de la tierra. En la novela de Mann, planea esa ética comercial, tan hanseática, esas leyes no escritas de la confianza, la solvencia, el respeto a los pactos, pacta sunt servanda. Cuando los Buddenbrook especulan, fracasan, como si la ruina fuera el castigo por vulnerar los principios del libre comercio y la seriedad en los negocios.

La liga hanseática fue la impulsora de la naciente burguesía, impulsó las artes y sus ciudades jugaron un papel importante en la Guerra de los Treinta Años (1618-1648). En esa época ya habían decaído por defender más los intereses locales y regionales que los colectivos; toda una enseñanza para la actual Unión Europea. No obstante, la Hansa había cumplido su misión histórica: crear una mentalidad libre, un sentido federal, establecer las bases del librecambio.

Lübeck fue siempre una ciudad liberal, abierta, como Hamburgo. Hoy, perfectamente conservada –muy bien restaurada tras los terribles bombardeos de la Segunda Guerra-, nos ofrece notables piezas arquitectónicas, museos, galerías y los paseos por sus tranquilas calles y contornar sus murallas, el Mauer. En la silueta de la ciudad destaca Marienkirche, la Iglesia de Santa María, con dos altísimas y afiladas torres, un modelo del gótico de ladrillo rojo, que podremos ver en muchas ciudades del Schlevig Holstein, de Mecklemburgo, de Ante Pomerania y Brandeburgo, llegando hasta Dantzig (hoy Gdansk) y las capitales de los países bálticos.

La iglesia, bombardeada con saña en la víspera del domingo de Ramos de 1942, ha tardado cincuenta y cinco años en ser totalmente reconstruida. La impresionante Danza de los Muertos, obra de Bernt Notke (1463) –el Recuerde el alma dormida y despierte de la pintura, “allá van todos a se acabar y consumir” –, pereció entre las llamas y hoy sólo se pueden ver sus viejas reproducciones en el museo de Ste. Anne. Parece una inspiración para El Séptimo Sello, de Bergman. Junto a los restos de sus campanas, semifundidas por el fuego, han puesto clavos de la catedral de Coventry, que a su vez había sido bombardeada por los alemanes en 1940, como símbolo de reconciliación. El Bomber Commander británico ordenó la destrucción; sin embargo, dejó intocada la importante fábrica de aviones militares Dornier, a pocos kilómetros. Todas las víctimas fueron civiles y paradójicamente el castigo fue infligido a una de las ciudades menos nazis, dado su pasado liberal, republicano y federal.

El viajero encontrará numerosos restaurantes, siempre tranquilos y acogedores, entre los que destacaría el Lübecker Hanse y el Miera, en la interesante Hüxstraße, llena de comercios curiosos, diseño, y moda especial. En el capítulo compras, el fieltro, filz, destaca por su calidad. Y recuerde que Lübeck es la capital del mazapán. Una visita a la Farmacia Löwen del León, antigua de cuatro generaciones, en la Dr. Julius Leber Straße, nos ofrece la posibilidad de adquirir cremas y remedios de gran calidad fabricados por la misma familia, los Niendorf. Su dueño actual, Marcus Niendorf, amabilísimo, incluso habla un poco de español.

La casa de los Buddenbrok en Lübeck

En el plano cultural, no deje de visitar cuatro museos, al menos: la casa de Günter Grass (la película El tambor de hojalata está filmada en la ciudad), la casa de los Buddenbrook (que fue de los Mann), y el Museum Behnhaus Drägerhaus, con una importante colección de pintores alemanes y exposiciones temporales muy acertadas. El norteamericano Lyonel Feininger, enamorado del país, ha dejado algunas telas memorables de Lübeck, pintadas antes de la Primera Guerra Mundial. Junto al museo, la Iglesia de St. Jacob merece otra visita así como el Hospital del Espíritu Santo (Heiligen Geist) que nos muestra uno de los más antiguos del mundo y está perfectamente conservado. Y el imprescindible museo de Ste. Anne, con la mejor colección de retablos e imaginería gótica de toda Alemania y probablemente del mundo. Más contemporánea, una visita a la casa de Willy Brandt nos recordará la historia reciente de Alemania y del dirigente político que luego sería alcalde de Berlín y canciller.

La ciudad es para pasear, tanto en los días en que  la niebla del Báltico invade la parte baja hasta llegar a dejar los  pináculos de las iglesias como señales verdosas, como cuando sopla un viento claro y frío del Este, que avanza sin obstáculos desde la llanuras rusas. El puerto sobre el Trave, desde donde se puede ir en pequeños barcos hasta la desembocadura en el Báltico, hasta la ciudad balnearia de Travemünde (münde = desembocadura), nos da una idea de lo que eran esos legendarios puertos y canales del comercio nórdico. Cerca de los canales, por la Beckersgrube, podremos ver esas casas particulares agrupadas en estrechos patios, ganghäuser, que son un especial atractivo de la ciudad.

Barco rojo en el puerto

Lübeck es también una ciudad de música (no en balde el gran Buxtehude fué organista de Sta. María), así que esté alerto el viajero para aprovechar algún concierto de los que hay casi todos los fines de semana del año. Además de su belleza, su altura y proporciones, otro de los atractivos de estas iglesias hanseáticas son los órganos, a veces hasta tres en un solo templo, y los relojes astronómicos.

Pero no desespere el viajero, Lübeck no es una ciudad museo. Ha conservado su alma, allí vive gente corriente que va de compras, trabaja, festeja. El visitante se encontrará incluido en sus calles, sin agobios, en sus pequeñas plazas, y se sentirá uno más, no un turista.

 Más información:

Los Buddenbrook, de Thomas Mann. Ediciones Edhasa. Barcelona, 2012. 12,95 €

El incendio. Alemania bajo el bombardeo 1940-1945 de Jörg Friedrich. Taurus Historia.  Madrid, 2002. 575 páginas. 23,75 €

Buddenbrook, Lübeck, Thomas Mann

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Comentarios sobre  En Lübeck con los Buddenbrook

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  • 18 de septiembre de 2012 a las 8:37

    Este “reportaje” me ha ayudado a conocer una zona y su historia de la que no tenía idea.Gracias!

    Por jesus