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Histórico noticias



En San Román de Moroso

Juan de Herrera, el arquitecto de El Escorial, decía que San Román de Moroso era uno de los lugares mágicos de España. Estar en esta ermita cántabra es estar a las puertas del año 1000. Los orígenes de los reinos cristianos, del arte medieval y del castellano se contemplan desde ahí.

18 de septiembre de 2017

Un día de lluvia. Estamos en el norte. Lo habitual. Y decidimos hacer una visita cultural. ¡Qué sería de la cultura sin una climatología adversa! Conocíamos lo grande; nos quedaba lo pequeño. Exploramos una guía. Una nota nos llamó la atención: una iglesia mozárabe, bien de interés cultural desde el año 1931. San Román de Moroso, en Bostronizo, valle de Iguña, Cantabria. Buscamos en el mapa. No quedaba lejos. Iríamos. ¿Hay un plan mejor que acercarse a una desconocida iglesia mozárabe? Hay unas cuantas en España. Habitualmente en lugares un tanto apartados. Nosotros habíamos visitado algunas de ellas. Ésta nos había pasado desapercibida. Las lagunas de la ignorancia a veces son oceánicas. Las hay extremadamente sencillas, otras más imponentes. ¿Una novedad en el arte español? No tanto. En realidad se trata de iglesias de base visigótica pero realizadas o decoradas por cristianos arabizados –mozárabes– que vinieron desde Andalucía hacia el norte. Traían una mayor sofisticación y cultura, así que es lógico suponer que el arte de los recién llegados se impuso.

Lo fascinante no es el estilo o el edificio en sí, aun siéndolo, sino el mundo que trae de la mano, como aquella mítica magdalena proustiana… Antes de ir nos sometimos a un cierto maquillaje intelectual. Había que estar a la altura. Leímos sobre esas iglesias. Están entre los edificios conservados más antiguos de España. Muchas aún en uso para el culto católico. Siempre son bellas, minimalistas, sencillas y aisladas. Están situadas en lugares no solo remotos, sino también hermosos. Se cuidaban los detalles. No hay que olvidar que en aquellos años se creía que el juicio final estaba cerca, así que estaban dedicadas al retiro, la oración y la conexión con Dios al que pensaban ver cualquiera de aquellos días. Luego pensamos en la indumentaria. Habría caminos, barro y charcos. Nos prohibimos la ropa técnica y nos vestimos de forma pijoprogre. Lejos de la estética del montañero y del guiri.

Todas merecen ser visitadas, pero probablemente las más pequeñas, sobrias y antiguas resultan especialmente conmovedoras. Ya en el coche abrimos un concurso de ideas profundas: ¿para qué ir? La mejor respuesta fue esta: Visitar una iglesia mozárabe genera un sentimiento de intimidad, misterio y recogimiento. No solo es su sobria belleza, sino que implica estar en contacto con el origen de lo que conocemos como España y como lengua castellana. Son además testigos y muestras de un mundo medieval bastante desconocido y tergiversado. El coche derrochaba cultura. La temperatura del motor había subido.

En San Román de Moroso

Primero nos perdimos para llegar a Bostronizo y luego nos perdimos en la pista para llegar a la ermita. No es que sea difícil, es que no tenemos grandes luces para la orientación. Por fin, tras tres kilómetros y justo cuando la carretera amenazaba con desvanecerse, apareció un rótulo cutre hecho a mano; no de 1931, entonces se hacían las cosas con más detenimiento. San Román estaba a pocos metros, pero no se la veía. Tampoco había alma alguna amante del arte. Nadie. Sin mencionarlo se notaba un poco de suspicacia. ¿Estábamos haciendo el bobo? El lector tampoco ha de entrar en pánico. Sí que estaba. Pero es muy poco visitada debido a la curiosa forma de entender el turismo orientado al patrimonio artístico que ejercen el Obispado de Santander, el Ayuntamiento de Arenas de Iguña y los sucesivos departamentos de turismo del Gobierno de Cantabria.

¿Y cómo es ella? se preguntarán ustedes, parafraseando a Perales. La iglesia de San Román de Moroso está en la profundidad de los bosques de Cantabria, hoy ya muy disminuidos. Cuando se construyó esta iglesia el lugar era ideal para un monasterio. El edificio se levanta en medio de un pequeño claro y cerca de un modesto río, está rodeado de árboles autóctonos, es discreto y todo alrededor es sumamente verde debido a la humedad y la umbría. Un lugar que si no fuera un tópico podría ser descrito como de cuento… o de Juego de tronos. Al lado de la iglesia hay unos robles enormes, que si tenemos en cuenta lo longevos que son, tuvieron que ser plantados al tiempo que se construía. Lástima que no puedan hablar. O sí lo hacen, aunque no podamos entenderlos. En la visita a San Román de Moroso ha de guardarse algún momento para estar a su lado en silencio, en soledad, y tratar de mirar la iglesia con ojos de otros siglos, el X o anteriores. No se sabe con exactitud cuándo se construyó, pero podría ser alrededor del IX o del X. El primer documento que la menciona es de 1119. En ese año la reina Urraca de Castilla dona la propiedad al monasterio de Santo Domingo de Silos. Hay tradiciones que mencionan que aquí estuvo retirada un tiempo. Nada lo prueba.

En los ojos de los visitantes se podía ver asombro y decepción, pero no ambas sensaciones en la misma persona. Es una belleza minimalista. El paisaje y la iglesia colaboran, pero uno también ha de poner de su parte. Que nadie espere ver un gran monumento. Está más próxima en su sencillez a la de Quintanilla de las Viñas que a Santa María de Lebeña. Pero está muy bien construida, con solidez y armonía, y desde luego en un paraje muy hermoso. Alrededor de la iglesia hay unas tumbas medievales que se descubrieron al hacer los trabajos de restauración. No tienen nada que ver con el origen de la iglesia, pero le añaden misterio y romanticismo al lugar. El edificio como tal es sencillo: una planta y un ábside, ambos cuadrangulares. De piedra de sillería bien hecha y conservada sin apenas deterioro –se restauró en el año 1982–. Tiene una espadaña que aunque no es fea proviene del siglo XVII. Tal vez mereciera la pena desmontarla. El arco de entrada es mozárabe, así como el del interior que separa los espacios públicos de los sagrados, como era lo habitual en las iglesias bizantinas.

Tras comprobar que existe, el viajero ha de pasear alrededor de ella, observarla desde la entrada de la finca en la que está, acercarse hasta la puerta, volverse a alejar, abrir los ojos, cerrarlos… Nos dimos esta instrucción: veámoslo todo con mente del siglo X. Sabemos que Juan de Herrera, el arquitecto de El Escorial, decía que San Román de Moroso era uno de los lugares mágicos de España. Aproximarse a la iglesia con esos ojos y ver su rotundidad suavizada por el bello arco de media punta nos traslada, al momento, al medievo. Sin duda estuvo asociada a un monasterio con dependencias agrícolas, pero en la actualidad está exenta, lo que contribuye aún más a propagar el aura misteriosa y espiritual que emana de ella. Hay que sentirlo.

Bostronizo, Cantabria.

Al pasear alrededor de ella hay que fijarse en el alero del tejado. Si existió una iglesia antes, esos habían de ser restos de ella. Así que el arquitecto los valoró y los reutilizó. Se sostiene con modillones de lóbulos adornados con discos solares y flores de cuatro y seis pétalos. También con cruces esvásticas. Nadie ha de perder la calma. Son antiguos signos solares seguramente de procedencia aria, esto es, de algunas zonas del norte y este de India. Tanto los motivos vegetales como los geométricos son, en su origen, representaciones profanas, aunque cristianizadas más tarde por los visigodos y, finalmente, recogidas por los mozárabes. Nada se desperdiciaba.

Toca ahora mirar con un ojo al edificio y con otro al contexto histórico. Sentarse en una de las tumbas antropomorfas será particularmente útil para la experiencia. En todo caso, tendremos aspecto de locos. De esa guisa, todo viajero podrá sentir de forma material y directa la historia y la cultura de una tierra en la que lo árabe y lo europeo se tocan. Uno está en un lugar en el que el cristianismo y el islam fueron capaces de generar el mundo occidental tal y como lo conocemos. En estas zonas, alrededor de estas iglesias y monasterios, probablemente se creó el crisol en que se fundieron el latín, los idiomas visigóticos y el árabe para transformarse en esa forma de lenguaje romance que llamamos español o castellano. Estos pequeños lugares, en una península que excepto en unos pocos núcleos apenas tenía población tras la desaparición del imperio romano, fueron el laboratorio en el que se gestaron muchas ideas, herejías, artes y lenguajes. Y esas innovaciones, como si estuvieran catalizadas, se expandieron con suma rapidez. Hoy ese latín vulgar y corrupto es la lengua fascinante que hablan millones de personas.

Es difícil estar en un lugar más cargado de resonancias históricas y culturales que esta humilde y bella ermita. Decía que está aislada, y este detalle es muy importante. Toda innovación, toda singularidad, exige aislamiento. La evolución no progresó hasta que algunos corpúsculos fueron capaces de crear una membrana que los aislara del medio. Y allí dentro empezaron las innovaciones y los experimentos que culminaron con una célula y luego… todo los demás, hasta nosotros, que tampoco es que seamos gran cosa pero, quizá el proceso no dio para más.

Nos gustó mucho la visita, pero teníamos la sensación de que algo faltaba. No comprendíamos suficientemente lo que acabábamos de ver. Su significado e importancia se nos escapaba, así que a la vuelta hicimos lo que mejor sabemos hacer cuando hay un problema: leer. Luego nos reunimos alrededor de varios gin tonics –bueno, una del grupo prefirió rooibos, pero es que es rara, ella, no la infusión– y pusimos en común, cual Maîtres à penser, lo que habíamos leído. Y, amable lector, aquí van esas conclusiones, no para mostrar una extravagante erudición, sino como datos importantes para comprender su origen y función.

Es diferente esta iglesia de otras mozárabes próximas que pertenecen al estilo cantabroastur. Esa diferencia quizá se deba a que en el siglo X se reconstruyó una iglesia anterior, visigótica, que, en ese caso, sería una de las más antiguas de España, realizada en la primera oleada de repoblación. Arte de la repoblación o arte mozárabe son casi sinónimos. En el primer caso se habla del contexto y en el segundo del estilo artístico.

Y el arte de la repoblación nos lleva al tema… de la repoblación, de los árabes, de los mozárabes y de la realidad o ficción de la llamada “reconquista”. Hay diversas teorías que desafían la idea grandiosa de una reconquista como afirma la historiografía oficial. Permita el lector que les cuente la que afirma y documenta el profesor Francisco de Borja García Duarte, que parece sencilla, creíble y desmitificadora de un tema, el del nacimiento de España, muy de actualidad y muy tergiversado. Sepa asimismo el lector que ante estas teorías cualquiera de las dos Españas machadianas podría helarnos el corazón… o pisotearlo.

Tras la desaparición del imperio romano, diversos grupos de visigodos se van expandiendo por todo el territorio de la antigua Hispania romana. Al tiempo, lentamente emigrantes árabes van llegando al sur de la península debido a los problemas políticos en sus lugares de origen. Como ven, nada nuevo bajo el sol. Al cabo de los siglos se produce en la zona de Andalucía una gran mezcla de culturas y de lenguas. El latín clásico se va abandonando y es sustituido por uno más vulgar que conserva gran parte de su estructura pero que va adoptando formas, verbos y términos de los lenguajes visigodos y del árabe, que se va imponiendo como sistema cultural. El islam y el cristianismo se desarrollan al tiempo. Un grupo de personas de creencias cristianas pero de lengua y cultura árabe se va haciendo notable en esas comunidades del sur. En un momento alrededor del siglo VIII-IX, algunas zonas de Al-Ándalus sufren una enorme sequía y empobrecimiento que dura varios años. Grupos de mozárabes de una zona que se conocía como Castilla, situada cerca de Medina Azahara, deciden emigrar hacia el norte. Atraviesan el centro vacío y extremo de la meseta y se instalan en una zona de lo que hoy son las merindades del norte de Burgos y llaman a esa tierra como se llamaba la suya: Castilla. Algo semejante hicieron los emigrantes españoles en América. El lenguaje también se sigue modificando al mezclarse con el de otros pobladores de esas zonas. Cada vez es menos latín y es más otra cosa: castellano.

Puede que uno de esos emigrantes fuera un tal Pelayo, un noble visigodo. En algunas crónicas de la época se le identifica como un militar que llega a Asturias huyendo de los conflictos entre los nobles visigodos. Tal vez sea la base del mito del Pelayo asturiano. El centro de la Península Ibérica en esos momentos era un territorio muy poco poblado; y el norte, un lugar ya apenas romanizado y con un poder visigótico en descomposición, se va repoblando con gentes venidas desde el sur. Los mozárabes llegan con su cultura, formas de vida y de arte. Algunos construyeron iglesias con técnicas novedosas y avanzadas, muchas veces reformando estructuras ya existentes y en ocasiones casi abandonadas. Ese podría ser el caso de San Román de Moroso. Poco a poco el desarrollo de los  diversos grupos cristianizados promovió que se fueran uniendo bajo el liderazgo de nobles locales que mas tarde se proclamaron reyes. La primitiva Castilla de las Merindades de Burgos constituyó uno de sus principales núcleos. El reino cristiano que surge a partir del siglo VIII, un crisol de grupos étnicos, lenguajes y culturas, empieza a repoblar, esta vez hacia el sur, la península. La génesis del reino asturiano a partir de Alfonso I y de la primitiva Castilla se explica bien si se tiene en cuenta la llegada de pobladores de las zonas andaluzas que llevaron su sofisticada cultura. Y desde ese núcleo se inicia el movimiento hacia el sur, primero como repoblación, luego ya más estructurado. Es cuando aparecen enfrentamientos con comunidades y fuerzas hispanoárabes. Para muchos historiadores actuales no se trató de batallas enormes; nada de una cruzada de ochocientos años de los nativos contra los árabes. Hemos de dudar de muchas de las gestas y descripciones a las que estamos acostumbrados. Tal vez muchas sean elaboraciones posteriores destinadas a mitificar y justificar la historia.

Estar en San Román de Moroso es estar a las puertas del año 1000. Los orígenes de España, de los reinos cristianos, del arte medieval y del castellano se contemplan desde ahí. Y más aún. A poca distancia de San Román hay un castro cántabro y romano en el alto del Cueto.

Esta bella zona, de lo que hoy llamamos España, ha conocido muchas vicisitudes.

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