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Enorme, magnífica Ayutthaya

Las ruinas de la antigua capital, Patrimonio de la Humanidad, ocupan 289 hectáreas imposibles de visitar en un día. Wats, escalinatas, chedis, budas revestidos con bandas anaranjadas y prangs. Hay que volver a Tailandia para conocer Ayutthaya en profundidad.

17 de octubre de 2013

Este verano estuve de nuevo en Ayutthaya. Tan sólo habían pasado dos años desde que, en una escala en Bangkok, aproveché para hacer una excursión a este importante recinto arqueológico, los restos de la que fue capital de Siam durante más de cuatro siglos. Sin ser muy consciente de hacerlo, me debí plantear la escapada (de nuevo una escala inevitable) como una especie de reencuentro con un paisaje de ruinas hermosísimas que me habían dejado impactada. Porque, en realidad, haciendo gala de una presunción ignorante, pensé que gracias a mi anterior visita ya conocía Ayutthaya. Una arrogancia estúpida de la que me descabalgué nada más pisar la tierra rojiza en la que se asienta el recinto.

Para el que no lo tenga en la cabeza, lo recuerdo: la ciudad fue fundada en 1350 como capital del reino siamés, conoció muchas décadas de grandeza, enriquecimiento y esplendor a lo largo de su historia (testimonios escritos de su gloria los hay a docenas) hasta ser invadida, saqueada y sometida al fuego destructor por el ejército birmano en 1767. Desde esta fecha, quedó sumida en el abandono, con todo lo que eso significa, y sólo mucho más tarde, en 1991, se convirtió en centro de atención y de cierto cuidado al ser declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO y, en consecuencia, visitada por tailandeses y turistas, siendo restaurados algunos de sus monumentos más valiosos. Bueno, pues todo eso es, dicho en cuatro palabras, lo que cuentan guías y libros.

Wat Mahatat, Ayutthaya, Tailandia.

Ahoerstemeier, Wikipedia.

Lo más importante viene de su contemplación y su disfrute. Encerrada por las aguas de tres ríos, al situarse en un recodo del Chao Phraya, justo en su confluencia con el Lopburi y el Pa Sak, y penetrada de canales, sobre su tierra rojiza se levantan prodigiosos wat (monasterios), se suceden majestuosos chedis (estupas que guardan restos de grandes maestros y santos), bordean los caminos decenas de budas de piedra sentados, otros muchos aparecen en cualquier dirección, grandes y pequeños, en grupo o solitarios, encaramados en templos o ante ellos, de nuevo sentados, de pie y también reclinados, de proporciones gigantescas. Mientras, los prang, las torres santuario de influencia jemer, de piedra soberbiamente labrada, intentan tocar los cielos. El panorama hace temblar el alma.

Bueno, tras esta disertación descriptiva-romántica, volveré a donde iba. Y ya lo dije, iba a re-conocer Ayutthaya, a disfrutar de nuevo de aquella visión perturbadora. Sin embargo, nada más traspasar la puerta de entrada, me di cuenta: estaba en Ayutthaya, pero no en mi Ayutthaya. Me callé para no parecer estúpida, que a veces me da por disimular mis errores y manías de turista avezada, pero al cabo de una hora de admirar templos, identificar las torres angkorianas, recorrer senderos terrosos, caer seducida por el perfil perfecto de una línea de chedis acampanados (campaniforme es el nombre correcto, pero bueno) con remates puntiagudos, rendida ya ante la evidencia, me dirigí al guía con la sensación de comportarme como una idiota. Mira, Thaksin (ese era el nombre del guía), ya te lo dije, he estado antes en Ayutthaya, pero la verdad, no reconozco nada de lo que vi entonces. Thaksin me miró con cierta condescendencia (no existe un guía capaz de prescindir de esa mirada, sobre todo ante una mujer) y me preguntó por qué puerta había entrado y en qué sector del recinto me había movido.

Wat Chai Mongkhon, Ayutthaya, Tailandia.

Marc White, Wikitravel.

¿Puerta? ¿Sector? Yo pensaba simplemente que había recorrido la ciudad antigua, toda la ciudad vamos. Los budas a los que los devotos les colocan las bandas anaranjadas, los enormes wat, las escalinatas, los contundentes chedis y, recordé de pronto, esa enorme cabeza de buda incrustada entre las raíces y el tortuoso y ramificado tronco de un enorme árbol cuyo nombre no consigo ahora identificar. Por la localización de esa inquietante cabeza prisionera que en esta segunda visita yo no había encontrado, volví a preguntar a Thaksin, dispuesta a perder la vergüenza y salir de mi ignorancia.

La explicación estuvo clarísima: dos años atrás había recorrido una zona muy distante de la que estaba visitando en esta ocasión; vamos, que no tenía ni la menor idea de las enormes dimensiones de la ciudad antigua, de sus muchas puertas de acceso, de la verdadera magnitud y grandiosidad de Ayuntthaya. Me enteré luego: sólo contando con la zona protegida por la UNESCO, estamos hablando de 289 hectáreas, a las que se deben sumar todas las zonas atrapadas, aquí y allá, en la ciudad nueva, o las que surgen de pronto entre desviaciones de las carreteras, circunvalaciones y rotondas varias. Aun dentro de la isla, las áreas a visitar son muchas y de tanto interés que exigirían mucho más que una visita de medio día.

Poco conocemos los viajeros de paso, me dije mientras, reconciliada con mi ignorancia y ya en la gloria, recorría de nuevo la zona de Ayutthaya que me había correspondido en esta ocasión. No tenía nada que envidiar a la anterior, y pasé unas horas inolvidables de felicidad solitaria (no habían llegado aún los autobuses cargados de visitantes). Mientras admiraba la sucesión de pináculos, torres y plataformas escalonadas, me prometí a mí misma: en mi próxima escala en Bangkok reservaré al menos un par de días para empaparme a gusto y disfrutar sin tanto límite de la belleza de estas ruinas, de esta portentosa ciudad. A la tercera va la vencida.

 

arqueología, ayutthaya, patrimonio de la humanidad, viaje a tailandia

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Comentarios sobre  Enorme, magnífica Ayutthaya

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  • 09 de noviembre de 2013 a las 18:16

    Ana, estoy pensando que me pasó como a ti la primera vez, que sólo vi una parte de Ayutthaya.
    Así que habré de volver. Lo que pasa es que ahora Tailandia me da pereza, ¡hay tantos turistas!
    Gracias por contarlo.

    Por Francisco
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