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Entre amapolas de mares rojos y verdes

La ruta desde tierras portuguesas hasta España por el Alentejo se llena de paisajes de amapolas. Planta silvestre, delicada, descrita hace más de tres siglos, ocupa dominios sin permiso. No hay ojos que la ignoren si en algún punto de la geografía se topan en el campo con la yerba-viento.

7 de agosto de 2014

“¿Paramos?” “No hace falta”. Mi respuesta es breve y la frase sucinta suena ilógica en el interior del auto; ilógica porque atravesamos esta indómita y admirable extensión de amapolas que plaga los campos. Voy tan perpleja que no recuerdo cuánto tiempo hace que no hablamos; tal vez su pregunta quiere colarse en mi silencio y ahuyentarlo, o quizá nace del celo de verme distraída con el lienzo, un cuadro que tantas veces atravesé corriendo. Con apenas seis años, pedía a mis padres parar y, al detenernos, las ganas me lanzaban del coche; recorría aquel tapiz hasta que mis piernas no daban abasto, y entonces volvía la cabeza para saludar radiante desde la distancia con decenas de reflejos rojos en el rostro. Pronto supe que los ramos de amapolas no son para las casas, que el color es a veces tan efímero como el tiempo, y que sólo en sus raíces aguantaba despierta aquella flor de apariencia tierna e intensa.

Entre amapolas de mares rojos y verdes.

Atravesamos tierras portuguesas hacia la frontera con España, y casi escucho a Saramago leer aquel párrafo primero de su libro Levantado del suelo, unas cuantas frases que en este momento son la biblia del viaje:

Lo que más hay en la tierra es paisaje. Por mucho que falte del resto, paisaje ha sobrado siempre, abundancia que sólo se explica por milagro infatigable, porque el paisaje es sin duda anterior al hombre y, a pesar de tanto existir, todavía no se ha acabado. Será porque constantemente muda: hay épocas del año en las que el suelo es verde, en otras amarillo, y luego castaño, o negro. Y también rojo, en algunos sitios, que es color de barro o de sangre sangrada. Pero eso depende de lo que en el suelo se ha plantado y cultiva, o aún no, o ya no, o de lo que por simple naturaleza ha nacido, sin mano de nadie, y acaba muriendo sólo porque le ha llegado su fin último”.

Así son las amapolas, ocupan un dominio sin permiso; nacen, crecen y pintan extensiones de tierra sin ayuda de nadie, sin que la mano de un hombre levante la brocha o hinque la pala para sembrarlas.

Entre amapolas de mares rojos y verdes.

La ruta es un paisaje familiar de amapolas rojas, de papaver rhoeas en latín, que me roban la calma singular del Alentejo, y que agitan mis velas como si fuese mar adentro, avistando tormenta. Hace más de tres siglos que se describió esta planta silvestre, y no creo que existan ojos que la ignoren si en algún rincón de la geografía se toparon con ella. Zumbarán sin remedio en la memoria los tallos erectos de color verde claro, poco ramificados, con finos pelillos; las hojas simples, alargadas y lobuladas, que nacen alternas a lo largo del tallo; la flor de color escarlata intenso, acampanadas y casi esféricas; esos pétalos delicados, que se marchitan rápidamente, y que no podrán usarse para adornos florales en ningún jarrón de sala; los estambres de color negro, como un botón de uniforme; el fruto verde pálido, esa cápsula henchida de semillas pardas e inframilimétricas, que escaparán para perpetuar la vida que llevan.

Entre amapolas de mares rojos y verdes.

Reconozco que siempre me pareció una planta silenciosa, que guardaba algún misterio o muchos de ellos. Lo es su origen desconocido, que podría estar en algún punto de Eurasia o del norte de África, donde es frecuente encontrarla cerca de áreas de cultivo. De alguna forma, avanzan con el hombre desde épocas antiguas. Donde hay agricultura, hay amapolas. Parecen enamoradas del ser humano, sin importarles ser consideradas mala hierba, ni tener que combatir contra los métodos de control de plagas. La suya parece una triste historia de amor no correspondida. Hace años leí sobre ellas; se conocen decenas de nombres en castellano, algunos como ababol, amapola de cuatro hojas, amapol fino, babaol, beril, hanapola, maripola, papola… Pero me guardo uno que resuena como una ola en mi cabeza, huele casi a poesía: “yerba-viento”. Y cuando dejamos atrás la frontera y entramos en España por Badajoz, todavía voy callada frente a un lienzo invisible de amapolas, frente a un campo secreto de yerba-viento.

Entre amapolas de mares rojos y verdes.

A las afueras de Madrid, vuelven a aparecer los mares rojos y verdes que dejamos atrás. Esta vez hacemos una parada que reclaman los estómagos, y descubro en el pan semillas tostadas de amapolas entre las de sésamo y girasol. Sé que las hojas verdes frescas de la amapola común pueden prepararse como las espinacas, y que al cocinarse pierden las propiedades venenosas, aunque no sus efectos sedantes. Apenas se emplean ya como alimento, sobre todo por el peligro de confundirla con su pariente adormidera, el opio. Con el paso de escenas por la ventana del coche y desde esa resurrección constante que es estar en camino, observo los paisajes desiguales de amapolas por los que uno planea sobre un atardecer discontinuo. Es planta silvestre y delicada; pero, dicen también, mágica; está en los libros de alquimia para hechizos de fertilidad, amor, dinero, suerte, y se asocia a la adivinación en los sueños; una antigua receta sostiene que, al echar semillas de amapola en la comida de la persona amada, ésta cae rendida de amor, pero nos caben todas las dudas, nada se sabe con certeza. Tal vez es parte del misterio que las amapolas emanan y que uno siente como una inquietud cerca de sus campos, porque, aunque no te detengas, acabas extrañamente hechizado.

Fotos: Juan Echeverría. Texto: Belén Alvaro

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