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Entre Togutiles de Halmahera. Molucas 1º 0’ 0” N- 128º 0’ 0” E

Halmahera es la mayor isla del archipiélago de las Molucas. En su bosque ecuatorial, todavía se pueden encontrar las últimas familias de togutiles, que continúan viviendo aislados en las inaccesibles selvas tropicales del anillo de fuego indonesio.

27 de diciembre de 2012

Apareció detrás de nosotros sin hacer ruido. Como una pantera de piel cobriza, alta y sucia, cubierta únicamente con una camiseta hecha jirones. Nos observaba sin un solo gesto. El niño que permanecía junto a ella tendría unos diez años y la piel enferma. Parecía estar mudándola, como una serpiente. Habíamos llegado al primer asentamiento Togutil. A nuestro alrededor el bosque tropical del Este de Halmahera, calor y humedad, insectos, barro.

Habíamos salido dos días antes de la isla-volcán de Ternate, el sultanato donde llegaron las primeras expediciones españolas en busca de las más preciadas especias: clavo y nuez moscada. Dimos unas vueltas en moto por Tidore, nos recibió el Sultán de Ternate y, tras recorrer las antiguas fortalezas hispano-lusas y comer un buen atún picante en el mercado, tomamos una lancha hasta la Isla de Halmahera. Tiramos hacia el norte hasta el viejo pueblo cristiano de Tobelo, fundado en el siglo XVI por soldados y comerciantes portugueses.

expedición-Tugutil-halmahera

Manuel de la Peña.

Esa misma noche un tuctuc nos dejó en el muelle. Era tarde y el puerto dormitaba entre ratas y bombillas apagadas. Un antiguo pelni de madera crujía amarrado a dos enormes  norays. Dentro se escuchaba la voz terrible de un viejo beodo mientras marchitaba un bolero. Algunas sombras cruzaban el madero tendido para subir al puente. Hombres con cigarrillos en la mano, siluetas desenfocadas mientras nos embarcamos en la nave de madera que nos llevaría hasta la tierra togutil. El barco tenía unos doce metros de eslora y en la popa un motor oxidado bajo una toldilla. La chimenea dejaba rastro de humo en el cielo sin luces. Tumbados sobre las cuadernas, entre mujeres, niños y hombres cetrinos con coloridos turbantes, intentábamos pasar la noche bajo las estrellas y el tucutuc del motor.

Al amanecer avistamos a estribor la única vía de entrada a la bahía de Jara Jara. El pueblo estaba despertando bajo los primeros rayos del sol y las aguas del arrecife transparentaban los colores del fondo. Aquel lugar perdido, al que solo se podía acceder por mar, iba a ser nuestro punto de partida para la expedición en busca de las familias de togutiles que aun quedaban viviendo en la selva.

Las barcas de colores de los pescadores punteaban la larguísima playa de arena blanca. Una línea de cocoteros y almendros seguía la costa y, al fondo, en forma de  media luna, una ola continua rompía sobre la línea del arrecife. Las calles de Jara Jara eran de arena de playa y sus casas estaban construidas con palma y coral. Los porteadores se afanaban preparando cajas, sacos y mochilas para transportar víveres y cacharros para la expedición. Descansamos y nos pusimos en marcha en las primeras horas de la tarde. Una pequeña caravana de nueve personas, Manuel y yo, nuestro guía Ilham, un cocinero y cinco porteadores. Dos de los porteadores llevaban sobre el hombro una larga ballesta  y flechas afiladas capaces de atravesar a un hombre. Eran togutiles que habían dejado el bosque hacia unos años y ahora vivían en el pueblo. Rino y John habían adoptado nombres cristianos para acercarse más a la gente del pueblo; pero, sobre todo, para poder seguir bebiendo vino de palma y comiendo rico jabalí asado, que había sido su dieta durante muchos años.

Porteadores-en-Halmahera

Manuel de la Peña

El origen de los Togutil es una historia confusa que se termina convirtiendo en leyenda. Según algunos, son descendientes de soldados portugueses y mujeres indígenas. Asentados en Tobelo allá por el siglo XVII, viven pacíficamente en el pueblo hasta la llegada de las tropas holandeses. Cuando éstas toman el poder, imponen una serie de nuevos impuestos sobre casi todo y dicen que es ahí cuando el pueblo togutil decide no pagar, no aceptar la dominación holandesa e internarse en la selva. Desde luego su aspecto se parece al de los portugueses, en su altura, en su rostro con rasgos más europeos y nariz aguileña y prominente. Su piel es también más blanca que la del resto de sus vecinos.

Quedan entre 500 y 600 individuos viviendo en las selvas inaccesibles de las montañas del Este de Halmahera. Muchos de ellos son los que los indonesios han calificado de xtrem o extremos, que mantienen su libertad y su forma de vida en la jungla a toda costa, defendiendo con las armas los territorios que consideran su hogar. En los últimos años, se han sucedido enfrentamientos entre transmigrasi indonesios y los togutil, llegando en muchos casos a verdaderas masacres. En Jara Jara cuentan que hace pocos años bajaron de las montañas un grupo de togutiles armados con lanzas y machetes, mataron a un hombre y cortaron el brazo de su mujer. A ella la conocimos porque era la tía de nuestro guía, y pudimos ver que, efectivamente, le faltaba el brazo desde el codo.

De todos modos, es raro que se genere una sociedad cazadora recolectora de selva tropical desde un grupo asentado en un pueblo de costa y habituado al comercio y a la agricultura. Es realmente extraño que un buen número de individuos se echasen al monte más salvaje, dejasen sus viviendas y sus ropas, su forma de vida y comenzasen desde la nada como un pueblo de los bosques, desnudos, subsistiendo de la caza y recolección, con armas rudimentarias y viviendo en plataformas sobre la selva.

Mujer-togutil-con-su-hijo-en-Halmahera

Manuel de la Peña

La mujer y el niño nos miraban en silencio, serios, mientras nosotros tratábamos de entendernos por medio de Rino. El hombre de la familia había salido a cazar temprano en la mañana con sus cuatro hijos varones y sus veinte perros. No le esperaban hasta el anochecer. La vivienda central estaba elevada sobre cinco troncos a unos dos metros de altura. Había que entrar en cuclillas, y dentro no era más que un pentágono de maderas irregulares por las que se colaba la luz del sol. Olía a sudor y ceniza. Tendría unos cinco metros cuadrados, y el techo de paja rozaba nuestras cabezas cuando estábamos sentados con las piernas cruzadas. Detrás, en la entrada, un madero ancho cubierto de sangre seca y moscas marcaba el lugar de despiece de las presas.

Allí no pintábamos nada, y aquella mujer tampoco nos había recibido con los brazos abiertos, así que optamos por continuar en busca del siguiente grupo togutil para montar un campamento en el que pasar la noche.

Allí estábamos Manu y yo, en medio de las junglas tropicales del ecuador, en la remota península de la más remota isla del anillo de fuego indonesio. Las horas de caminata habían transcurrido bajo los árboles, cruzando manglares y subiendo empinadas laderas de barro. Seguíamos a nuestro grupo mientras sudábamos como nunca antes lo habíamos hecho. La humedad del aire llegaba a ser asfixiante y los insectos se pegaban en la nuca como si portásemos trampas de caramelo.

hornbillSobre nosotros, los ruidos de las aves y el batir intenso de las alas del hornbill. Los oíamos gritar desde las ramas más altas y, de tanto en tanto, podíamos observar su curioso pico de colores y su torpe cuerpo prehistórico. Sabíamos que aún vivían a nuestro alrededor las últimas panteras de estas latitudes, el extraño cuscús que es nuestro pariente más antiguo al otro lado de la Línea Wallace y pequeños canguros arborícolas. Los podíamos imaginar en cualquier rincón cerca de nosotros, pero no llegamos a ver ninguno. Tampoco a las presas favoritas de los togutiles: el jabalí  o el pequeño venado de selva. Al día caminábamos entre siete y nueve horas para llegar de un asentamiento a otro.

En el segundo asentamiento conocimos a un anciano togutil y su hijo, que vivían allí perdidos desde la muerte de la esposa hacia apenas unos meses. El hijo no parecía del todo normal y, cuando le preguntamos al padre y nos contó la historia de la familia, las piezas fueron encajando: Uno de los problemas fundamentales de los últimos grupos de togutiles era la poca mezcla genética que habían tenido en las últimas generaciones. Aislados en medio de los bosques y sin apenas relación entre sí ni con otros grupos humanos, el único lazo que mantenían era el familiar. Encontrar pareja fuera del núcleo familiar podía ser arriesgado en extremo y casi imposible de conseguir. Por eso, en las últimas generaciones la mayor parte de las parejas se establecían entre familiares directos. Padres con hijas y hermanos con hermanas eran la formula más habitual para reproducirse.

togutil-en-Halmahera

Manuel de la Peña

Llegamos al campamento de Míster Lima, un lugar cuidado y limpio donde se veían cinco preciosas construcciones de madera elevadas sobre el piso y rodeadas de jardines y huertos. Una niña nos miraba desde la sombra de paja ocultando sus piernas tullidas con un colorido sarong. Sonreía contenta al ver caras nuevas. Nos acercamos a saludarla y vimos que no podía moverse y la tenían que trasladar en brazos de un lugar a otro. En la plataforma-vivienda de al lado, una mujer jorobada y de pequeña estatura amamantaba a un bebe mientras le acunaba. Sin embargo, el resto de los hijos e hijas eran altos, bien formados y muy guapos. De piel tostada y ojos redondos y marrones, narices grandes y aguileñas, cráneo redondo y pelo crespo, se parecían realmente a la figura de leyenda de la que habíamos oído hablar.

En aquel lugar conversamos largo y tendido con nuestro anfitrión, Míster Lima, un hombre de unos sesenta años pero en plena forma física y con pinta de guerrillero centroamericano en su camisa verde-caqui. Todo estaba limpio, las construcciones se parecían más a un chillout sobre la selva que a los tristes asentamientos que habíamos conocido los días anteriores. Detrás de la cabaña-cocina salía el sendero que, en menos de veinte metros, nos conducía a un precioso río de aguas transparentes sombreado por inmensos árboles tropicales. Aquél era el lugar del mandi familiar, un sitio donde bañarse y solazarse a última hora de la tarde. En el jardín se mezclaban flores y plantas de huerto como plátanos o chiles. Todo tenía un aspecto equilibrado y acogedor.

En la plataforma principal donde me había instalado junto a nuestro anfitrión, las flechas y arcos colgaban entre las vigas de madera junto a los trofeos de quijadas de jabalí con sus afilados colmillos. Charlando bajo la luz de las pequeñas lámparas de coco, pasó la tarde y, ya entrada la noche, nos tumbamos sobre nuestros sacos escuchando el rumor de los insectos y los últimos murmullos de las mujeres acostando a los niños. Aquella noche, una gran tormenta ocultó las estrellas y, durante unas horas, los  relámpagos  iluminaron todos los rincones de la jungla. Uno, dos, tres… ¡hasta veinte tenía que contar entre la luz y el trueno!, como si dioses diferentes cabalgaran sobre las copas de los árboles.

Tugutiles-en-la-selva-tropical-de-Halmahera.

Manuel de la Peña.

A la mañana siguiente, me desperté con las botas puestas y salí tras el hijo mediano de Míster Lima para recorrer los más recónditos lugares del bosque tropical alrededor de su asentamiento. Seguía como podía el trote de Lima junior por las laderas cerradas y verdes hasta encontrar los diferentes nidos de un pavo de la selva. No llegué a verlos, aunque sí oíamos sus llamadas a menudo. El nido era enorme, tendría unos tres metros de diámetro y más de un metro de altura. Estaba hecho de tierra removida con las patas, y allí enterraba sus huevos, cada vez en una zona distinta del nido que nuestro guía localizaba por la densidad de la tierra que  movía con un palito. Entonces excavaba con las dos manos para sacar el enorme huevo, como unos cuatro huevos de nuestras gallinas. Para ellos era como salir al corral a recoger la puesta, aunque a veces había huevos y, otras muchas, no.

Nos despedimos de Míster Lima y seguimos nuestro camino hasta que las primeras lluvias del monzón nos cortaron el paso hacia el río Kokorongo. Los nubarrones negros ocultaban la montaña y el valle del Kokorongo hacia el que nos dirigíamos y parecía muy arriesgado continuar por el curso del río, por temor a una riada súbita que nos dejase en mitad de un mar de fango y agua. Decidimos salir a la costa para esperar el ferry que nos llevase de regreso a Tobelo.

Río-Kokorongo-Malucas

Manuel de la Peña

Tardamos un par de días, en los que sucedieron aventuras de arrecifes y canoas que dejaremos para narrar en otra ocasión, pero al fin estábamos balanceándonos en una pequeña barca de madera en medio del océano, sin más luz que una linterna de mano a tres millas de la costa. Esperábamos ver pasar en la lejanía la luz del ferry. Entonces le haríamos señales con nuestra linterna para que detuviese su marcha en medio de las aguas y lo abordaríamos para saltar al puente y seguir camino de la costa durante toda la noche. Y así fue. Esperamos una hora mecidos por las olas en la más completa oscuridad hasta que apareció un punto de luz en el horizonte que se fue acercando. Nuestro capitán le hizo señales luminosas con la linterna y aceleró el motor del bote, que dio un brinco y comenzó su carrera hasta el ferry. Nos acostamos por su babor y saltamos a bordo mientras los marineros  arrojaban nuestras mochilas sobre el puente.

Ya solo quedaban ocho horas de navegación en el viejo y destartalado ferry para llegar a Tobelo. Coloqué el saco sobre la tabla de metal de la litera, la mochila de almohada y abrí el libro con el frontal bien colocado en la cabeza. Uhmm, La Islas de la Imprudencia, de Robert Graves. Nada como leer un libro de aventuras cuando navegamos en el Mar de las Molucas.

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