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¿Es posible un París sin Cortázar?

París es la ciudad más literaria y artística del mundo, donde todos parecen haber vivido. Julio Cortázar nos dejó, como un gran cronopio, una de las más poéticas visiones de la ciudad escrita en una Rayuela. Hoy le echamos de menos al pasear por calles perdidas.

26 de enero de 2013

El escritor vivió en París desde 1951 hasta su muerte, en 1984. Al pasear por la ciudad, le echamos de menos. La ciudad aparece, en realidad o en sutil transparencia, en gran parte de su obra, reflejo de esa encrucijada cultural que París representaba en aquellos años.

torre-eifeel-paris¿Puede existir un París sin Cortázar? Existe, pero es otra ciudad. La que era recoleta y magnética, como evocase su amigo Saúl Yurkiévich, también hoy desaparecido, ya no está. Afortunadamente, Cortázar vivió siempre en barrios poco turísticos cuyas calles todavía nos pueden servir para recorrer, lateral y solapadamente, su mundo. Los paseos de Horacio y la Maga, las veladas intempestivas –días de jazz y alcohol– del Club de la Serpiente, los encuentros de los revolucionarios del Libro de Manuel, los podrá imaginar el paseante con un poco de voluntad. Quintos pisos sin ascensor, chambres de bonne en las buhardillas, todavía hay. Pero sus habitantes y su forma de vida han cambiado, aunque no han cambiado esos vecinos protestones, esos viejos chinches y solitarios.

Julio Cortázar vivió por los distritos XV y XVI, aún hoy relativamente castizos, aunque desfigurados por la especulación inmobiliaria que arrasó París como un ciclón y cuyo pináculo del horror es el ataúd alzado de la Tour Montparnasse. Con un poco de paciencia, podremos encontrar un bistrot pasado de moda y acogedor por las inmediaciones de la rue Lecourbe o del bulevar de Grenelle. Y bajando por la rue de la Convention hacia el Pont Mirabeau, como cantase Apollinaire…

                   Passent les jours, passent les semaines,

                   Ni temps passé, ni les amours reviennent

                   Sous le Pont Mirabeau coule la Seine

¿Pero hay ciudad más literaria que ésta? En las calles adyacentes, algo solitarias, podremos imaginar a Julio paseando desgarbado y tranquilo. Y, en el Parc Montsouris , quizás podamos encontrar los restos de un paraguas como el que arrojaron la Maga y Oliveira una inclemente tarde, una de esas tardes que ponen a prueba gabardinas, depresiones y zapatos calados (“usados en Olavarría en 1940”, Rayuela, l).

Todavía podemos apreciar el color de tiza del cielo de París (que para Azorín era más bien nácar, gusto de los tiempos) y la oscuridad inquietante del Sena en una noche de noviembre. Pero tendremos que evitar la Cour de Rohan, hervidero de turistas, y pasaremos sin detenernos por el bulevar St. Germain.

Coches-calle-del-Paris-de-Cortázar

Si nos acercamos al square Furstenberg, aún tranquilo, donde está el atélier de Delacroix, podremos detenernos en una galería de arte diminuta, la de nuestro amigo Serge Aboukrat, gran cronopio que siempre nos sorprende con sus fotografías. Y si vamos hacia el lado contrario, hay que llegar hasta la iglesia de St. Sulpice, recientemente restaurada, que los malévolos comparaban con una estación ferroviaria, pero que abriga obras de arte como dos Delacroix imponentes; uno de ellos, La Lutte avec l’Ange, ha servido de pretexto al escritor Jean Paul Kauffmann para hablarnos de esa iglesia en un libro con el mismo título, La Lutte avec l’Ange (Collection Folio nº 3727), modelo de descripción artística y urbana. Por detrás, hay que pasar por la rue Férou, con la librería eslava L’âge d’Homme, classiques Slaves, que es editorial y que publica rusos –las memorias de Herzen completas, lo que es insólito–, serbios y demás magníficas rarezas. A la vuelta, en la rue Servandoni, está el pequeño restaurante, casa de comidas, Au Bon Saint Pourçain, donde cenaremos muy honestamente, como en los tiempos de Cortázar, conversaremos con el orondo dueño y, si tenemos suerte, podremos atisbar a la Maga en alguna mesa.

cortazar-en-paris

Design Insane (Petros V.), Flickr.

Rayuela es la búsqueda, es la antinovela que se sale de la geometría euclidiana. Y sin embargo, Cortázar fue dejando piedrecitas blancas en el camino para que años después pudiésemos rastrear sus encuentros, los amores de Horacio Oliveira y la Maga, sus puertos de abrigo. Nos ha dejado cabos sueltos para que vayamos descubriendo, ya solos, nuestros personales y caprichosos lugares en la ciudad, con la cual nos haremos de ella, nos sentiremos parte, participaremos.

París está hecho de collages, como la novela, y si queremos descubrirla, huyamos de las guías, de las rutas preparadas y demos saltos, como en una rayuela, hasta fijar nuestra sensación lírica y personal de la ciudad, que todavía se deja querer.

Aunque si Heráclito viviera también diría que París no es nunca el mismo París.

Anexo o pequeño indicador, pero sólo para orientarnos, no para seguirlo

Por los domicilios de Cortázar:

Distrito XIV

  • Rue Lecourbe
  • Place du Général Beuret, todavía simpática.

Distrito XV

  • Rue Raymond Losserand
  • Rue d’Alésia
  • Rue Daguerre
  • Rue de la Tombe Issoire

Paseos:

  • Rue Servandoni (arquitecto de St. Sulpice), donde vivió Roland Barthes.
  • Jardin du Luxembourg, a toda hora y en toda estación.
  • Parc Montsouris, imprescindible (ver Azorín, el paseante inmóvil y Un París barojiano).
  • Quai des Célestins, y luego adentrarse por St. Paul
  • Place Dauphine
  • Galerie Vivienne
  • Canal St. Martin

 Evitar la decepción:

  • Cour de Rohan,
  • Rue de la Huchette
  • y Rue St. André des Arts,

que el comercio y el turismo han arruinado.

 

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