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Escocia, el país inagotable

Escocia no se puede explicar; hay que visitarla y explorar sus paisajes y pueblos. Con sus enormes diferencias entre las Highlands y el resto del país, ofrece naturaleza, senderismo, cultura, historia y contemplación de un entorno hecho para ser pintado a la acuarela.

18 de septiembre de 2015

La lluvia cae apacible, suave a veces, otras con más fuerza, sobre las Hébridas, sobre Skye y sobre la pequeña isla de Scalpay. No siempre es así y se puede disfrutar de un dry day, eufemismo para decir que uno no se va a empapar. Pero es recomendable llevar unas botas de agua, las que en Bélgica llaman wellingtons, para ir por los senderos y prados siempre húmedos. El tiempo es impredecible en Escocia, lo que añade una cierta expectación al viaje y la dificultad de planificar todo, como nos gusta a los que vivimos en las ciudades. Hay que dejar lugar a la improvisación, a una buena lectura, a un juego de cartas. Y la humedad, con los más variados tonos de azul, gris y verde, invita a seguir e imitar ese arte tan británico de la acuarela.

Los vendavales dejan en los bosques su huella de árboles derrumbados, testimonio de que es un país duro, difícil, que ha forjado un pueblo cálido pero resistente. En las costas, las algas de varios colores forman el fondo de un cuadro de expresionismo alemán, con manchas naranjas, amarillas, óxidos, negros, verdes oscuros, grises y azules de todos los tonos.

Bien mirado, Escocia tiene enormes partes de su territorio que podrían ser consideradas un erial desolado –como señaló el gran Dr. Johnson en el siglo XVIII–, aunque sea verde, especialmente en la Tierras Altas. Sin embargo, los escoceses aman y han conservado ese paisaje de una prístina belleza, lo cuidan como algo suyo, con cariño, con sentido común, con pueblos sin disparates. Esa desolación fue la que hizo que emigrasen en masa a los Estados Unidos y a Australia o Canadá, y hoy la contemplamos con admiración sin pensar en cómo era la vida. Era muy ardua, las tierras daban poco y encima estaban en manos de terratenientes y latifundistas duros y tacaños. El ejército británico y el mar fueron sus dos principales escapatorias.

Viaje a Escocia

Luis Ascenso, Flickr.

Los árboles y bosques fueron desapareciendo por el pastoreo, cuando los terratenientes decidieron que era más rentable criar ovejas que tener aparceros (cuando hubo enormes, masivas emigraciones escocesas a Canadá, América del Norte y lo que luego sería Estados Unidos, a Nueva Zelanda, Sudáfrica, Rodesia, Australia). Una ley de finales del XIX les dejaba anular sus contratos de aparcería. Los ciervos también han tenido su papel en la deforestación.

Pero un verde con calidad de fieltro cubre todas las montañas, con el denso y violáceo brezo en las laderas, y fox gloves (digitalis purpurea, guantes de zorro) en las vaguadas con bosques de abetos repoblados. Y los escoceses, que aman los árboles, los plantan: hay serbales magníficos, arces majestuosos, hayas, cerezos silvestres, fresnos, pinos, abetos, espinos albares, abedules, musgo y líquenes, nenúfares en los recónditos lagos. En estas islas no suele helar demasiado, siendo raro que las temperaturas bajen a menos de dos grados bajo cero; de vez en cuando nieva, pero en general la Corriente del Golfo palia los fríos y atempera las estaciones. Eso sí, hoy, para plantar un árbol, son precisos los permisos de medio ambiente, de agricultura y hasta de los servicios de arqueología, una forma de emplear funcionarios, como me dijo con humor un propietario. Todas las plantaciones necesitan además de protección contra los ciervos, que son grandes devoradores de árboles jóvenes y tiernos.

Ahora están en pleno debate sobre la cría y la caza de las grouses o urogallos, que no están para extinguirse, habiendo granjas de cría. El debate, como siempre, tiene varios puntos de vista y ambos grupos, los pro (cazadores y criadores) y los contra, defienden el medio ambiente. Hay que decir que la protección y conservación de la naturaleza forma parte de la agenda de todos los partidos, asociaciones y grupos que en Escocia hay (como en todo el Reino Unido, pero mucho más en Escocia), algo que contrasta con la triste ausencia de este tema en España, donde apenas un político se ha interesado jamás por ello (incluso ahora, la sequía, el calor intenso, los fuegos, interesan y preocupan sólo a los marginales, no es rentable políticamente). A finales de agosto de 2015, el gobierno escocés anunció que va a prohibir los productos genéticamente modificados para preservar mejor su naturaleza y su biodiversidad. Esto sigue también a la moratoria declarada en Escocia hace unos meses contra el fracking.

Viaje a Escocia

Jaime-Axel Ruiz Baudrihaye.

El agua, omnipresente, escurriendo por las laderas, por los peñascos, entre los firth (fiordos, rías), los ríos, los lagos (loch), ha sido conservada, es limpia y hay desde hace lustros una protección contra los productos químicos. No en vano, el whisky precisa de ella, de que sea pura y mantenga sus propiedades y frescor.

Pero también ha sido domesticada, utilizada para producir energía (con saltos hidráulicos de bella arquitectura industrial) y para navegar (en Escocia he visto hidroaviones comunicando las islas). Los ingenios para salvar esos firth han sido unos puentes de hormigón armado modélicos, muchos de más de un siglo de antigüedad, pero siempre con unas carreteras estrechas, bien delineadas, pero no avasalladoras, adaptadas al paisaje. Los escoceses se opusieron en masa a la construcción de una autopista que subía de Glasgow hacia las Highlands, que hubiera destrozado los paisajes del Loch Lomond. Se va por carreteras bastante exiguas, la velocidad no es lo importante, sino el disfrutar del país y viajar con tranquilidad y parsimonia (el civismo al volante es una de las virtudes del país).

Como decía el poeta escocés Edwin Muir, gran parte de los escoceses, sobre todo los highlanders y los del noreste y las Shetlands, son realmente noruegos de raza. Son las secuelas de las terribles invasiones vikingas de antes del año mil, que fueron conformando la raza, junto a los pictos, gaélicos, normandos y celtas.

Escocia ha sido tierra guerrera; pero, aún más, ilustrada. Ha dado numerosos filósofos, escritores y pensadores, como David Hume, Adam Smith, Adam Ferguson, Thomas Carlyle (el precursor del apoyo mutuo que populizaría Kropotkin), el novelista Walter Scott (casi excesivamente conocido), el poeta William Knox o el más reciente Robert Burns. No es casual que una de las mejores universidades del mundo sea la de Saint Andrews, al norte de Edimburgo. La influencia de la Ilustración escocesa, que abarcaba filosofía, economía, química, biología e ingeniería, sería decisiva para conformar la visión de algunos ilustrados españoles del siglo XVIII, sobre todo de Jovellanos. Pero en España seguirían más a los franceses y luego a los alemanes. La visión de un Estado protector y dirigista viene más de estos últimos. De haber seguido a los escoceses hubiéramos tenido una visión más abierta y libre de la sociedad y de la economía, lo que los escoceses llaman intelecto democrático, cuya base es que la cultura y la educación tienen efectos emancipadores.

Viaje a Escocia

Chris Combe, Flickr.

En cuanto a pequeñas recomendaciones prácticas, para el alojamiento, olvidemos los Bed and Breakfast (B&B); ya son casi todos pequeños hoteles u hoteles rurales; pocos hay que pertenezcan a viejas parejas jubiladas y cuidadosas que usan sus dependencias para redondear sus pensiones. Pero estos hotelitos o posadas (inns) son agradables. Y no olvidemos los ferrocarriles, como para viajar a los Borders, al sur de Edimburgo, para el que recomendaría el tren que se acaba de inaugurar, de la capital a Tweedbanks, llamado Borders Rail.

Las bebidas alcohólicas son servidas según medidas rigurosas: 25 ml. El whisky (3,95 libras) y otros licores, apenas unos –deliciosos– sorbos. Las unidades de medida están aprobadas y selladas por el Gobierno. En cuanto a la eterna duda sobre las propinas: en un restaurante se puede dar un diez por ciento, en un bar no hace falta dejar nada salvo que se haya uno encariñado con quien le ha servido muy bien.

Aunque nadie niega que Escocia es una nación diferente de Inglaterra, otra cosa es la independencia. Hasta Walter Scott defendía arduamente su identidad mientras defendía también su unión con Inglaterra. De hecho, hasta el nacionalismo escocés frente a Inglaterra nunca se ha cerrado en sí mismo, no ha sido nunca provinciano. La futilidad de la independencia estriba en que no va a resolver ninguno de los problemas a los que se enfrenta Escocia y el resto de Europa: inmigración que busca a veces no tanto el trabajo sino el Estado de bienestar, desindustrialización, envejecimiento de la población, desequilibrios demográficos, déficit comercial (que en 2014 supuso 162 mil millones de dólares para el conjunto de Gran Bretaña), la importación de capital, la decadencia continuada de los textiles (los tweeds y los shetlands son casi reminiscencias del pasado, sólo para las élites). Parece que será algo tan poco glamoroso como el turismo lo que desbloqueará la economía escocesa, ya que Glasgow, que fue adalid de la revolución industrial y la segunda capital del Imperio, dejó de ser un centro naval industrial dinámico y avanzado –de sus astilleros saldrían muchos de los acorazados de la marina que se enfrentarían a los navíos alemanes– para ser hoy un conjunto de suburbios y espacios libres, solares, autovías y restos desoladores del glorioso pasado. Con edificios interesantes, pero con muchas zonas de auténtica arqueología industrial.

Por ahora se vive en una especie de limbo bastante agradable, que mira más al pasado que al presente y al futuro. Incluso ahora dicen los analistas que el sentimiento que más prospera es la indiferencia, no la independencia.

En fin, Escocia, con sus enormes diferencias entre las Highlands y el resto, especialmente los Borders, nos ofrece naturaleza, senderismo, escaladas (como la del Ben Nevis), cultura, historia y, siempre, contemplación de un paisaje que parece hecho para ser pintado a la acuarela. A cada viajero le tocará descubrir sus preferencias y sus afinidades. Como dijo Ezra Pound: “Beauty should never be presented explained”. Escocia no se puede explicar, hay que visitarla y explorar sus paisajes y pueblos, demoradamente.

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