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Ese nombre de mujer, Estambul

Tailandia, Camboya y ahora Turquía quedaban detrás del horizonte, treinta y cuatro días de viaje y dos lunas llenas. De Estambul, de sus gentes, bazares y palacios… de Santa Sofía… de la Mezquita Azul… De despedidas y regresos hablan las últimas páginas de este diario fotográfico.

14 de abril de 2014

Fin de trayecto, el tren se vacía. Sales con los pies hinchados dentro de unos zapatos de hebilla nuevos, apretados. La máquina del Orient-Express cierra los ojos y parece acercarse al suelo donde encuentra reposo. París quedó lejos, y la estación Sirkeci es un presente bullicioso de olor dulce, de humo de arguile y hojaldre. Apenas pisas el andén, la metrópolis carga en tus pulmones un aire denso de historia. Hoy no veré tu tren, pero imagino tu llegada.

Diario de Tailanda

Diario de Tailandia

Estambul es una ciudad perfumada, con ese movimiento constante de un barco sobre el agua. La ciudad es lo que intentas ver sin poder abarcarla: bazares, gaviotas sobre pescadores en el puente de Gálata, mezquitas, palacios, dulces de dátiles y almendras, música que recorre las cuestas y duerme en las murallas, ese iris interrogante y sonriente de la infancia, una mano artesana. La cuidad son sus perfiles famosos e irregulares, rostros que se reconocen y saludan, la delgadez elevada y elegante del minarete, sus arterias llenas de transeúntes, de medios de transporte. Siempre hay alguien que amanece antes, y alguien que, después de ti, apagará el reflejo de una casa sobre el Bósforo. Y entiendo que tan importante es lo que muestra como lo que guarda; tan cierta y asombrosa es la ciudad que ves como la que no ves.

Diario de Tailandia

Los azulejos tienen un color limpio y esa intensidad que da el triunfo sobre los años. La Mezquita Azul parece vestida con un traje fino y estampado. En su interior, cualquier detalle es un objeto de contemplación; me fijo en la pared, la cúpula, el mihrab, el minbar, en la gente que se abre paso sobre la alfombra, y, en ese momento, no pregunto el origen de la estructura, porque aprendo que estas construcciones tiene un lenguaje común que sólo se oye en el silencio. Le dedico tiempo al balcón del sultán y a esas lámparas enormes y circulares que cuelgan del techo y caen casi hasta la altura de los hombres más altos, en ellas hay unos vasos para el incienso que atenuaban los olores que desprenden la materia y los cuerpos, o huevos de avestruz para evitar que las arañas tejan.

Diario de Tailandia

Entro en Santa Sofía, observo impresionada que después de tantos capítulos es todavía hermosa, maquillando sin complejos las arrugas que aumentan, sin perder ese brillo dorado en los mosaicos, sus enormes pendientes circulares montados en madera, sus letras árabes. Atravieso las puertas de madera pesadas, y siento la futilidad de mi presencia puntual en la suya histórica y certera. En las mezquitas, acabo la visita en el lugar de la ablución, por ese gesto cotidiano de lavarse, de sacar con agua las manchas del día, esas que van quedándonos en los pies, en las manos o en el alma. Y quedo en deuda con todos los que trabajaron e idearon estas joyas titánicas, arquitectos y obreros.

Diario de Tailandia

Desde los jardines del Palacio de Topkapi, atenta al color de los tulipanes y al olor de unos jacintos morados, agrupo las razones que llevaron a los sultanes a abandonar esta residencia por el Palacio de Dolmabahçe, pero debe faltar alguna, porque a pesar de las nuevas comodidades, los decorados neobarrocos, el oro y el cristal, a pesar del Bósforo, este lugar rezuma un encanto que no es capaz de contener entre sus muros. Me interesa la vida de los sultanes y me fascina la de sus mujeres, aquellas que componían el harem, aquellas que deseaban abiertamente o en secreto que alguno de sus hijos fuera el futuro sultán, aquellas que, asomadas entre los bordados de unas rejas, adivinaban los movimientos alejados de los trajes durante las ceremonias y los bailes que tenían lugar en el gran salón de Dolmabahçe.

Diario de Tailandia

Mustafa me hablaba del ritual sin cambiar la expresión serena de su cara. Tiene veintiocho años y lleva cinco como profesional, me cuesta entrever en vaqueros y chaqueta de cuero negra al derviche que hace apenas quince minutos estaba detrás de aquella túnica negra y había girado magistralmente, ondulando un enorme faldón blanco, inclinando hacia el hombro derecho un sombrero cilíndrico de color tierra. Pero me explica, con una seguridad sin fisuras, el sentido de sus movimientos, de la posición de sus manos, de los giros, y, entre sus  frases y mis anotaciones, se cuelan como una bendición los instrumentos y el canto de los seis músicos sufís. Habían danzado en una de las salas de la mítica estación del Orient-Express donde días antes había imaginado tu llegada.

Diario de Tailandia

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Algo en el Gran Bazar me hizo pensar en la mezquita de Suleiman, el Magnífico, tal vez el adjetivo. Volví a disfrutarla como si estuviera dentro, sentada y admirando la suavidad de sus tonos, acunada por una tranquilidad ajena a lo terrestre, pero acostumbrada a convivir con el murmullo de la aspiradora de Zeki, un hombre fuerte, de mirada añil y curiosa, con un sombrero de lana fundido en su cabeza. Pasaba los días limpiando la casa de Dios y, por ello, se considera un privilegiado. Dios debía de quererle, nos decía, si me ha asignado este trabajo. Nos hizo sonreír, antes de probar el enchufe para continuar su tarea.

Diario de Tailandia

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Es por los bazares que la ciudad exhala su aroma de especias y cuero, de jabones y toallas, de piedras valiosas y frutos secos; allí se fabrica un bálsamo que embriaga los sentidos, que se pega por fuera a la ropa y por dentro al deseo. Ningún día es igual en Estambul, como no lo es ninguno de sus barrios, ni el de los que más tienen, ni el de los que menos necesitan. Entre tiendas, cafés y restaurantes, percibes los contrastes: los últimos modelos de coches, los primeros; mujeres cubiertas o en minifaldas negras; galerías contemporáneas, obras de artesanos a pie de calle realizadas a mano.

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Frente al vaso de té turco en el café de Pierre Loti, ofrezco el asiento de al lado a esa vaga, profunda y sosegada tristeza que vive en Estambul, a esa melancolía que muchos poetas quisieron atrapar para sus páginas. Encuentro a Aziyade, la protagonista de la historia de amor del autor francés Loti, y admiro con ella la imagen de la ciudad dorándose por el ocaso sobre el Cuerno de Oro. Fernand es el dueño del café desde hace treinta años, se acerca para decirnos que le gusta la literatura de Pierre Loti y que se siente muy unido a él. Le pregunto si escribe, dice que le gustaría y tiene alguna cosa en algún cajón, pero que, por ahora, lo suyo es ser propietario de un café con nombre de escritor. La luz del atardecer y la ausencia de Aziyade me transportan a los pasillos del hotel Pera Palace, ocupado durante décadas por los distinguidos pasajeros del Orient-Express, lo fue Agatha Christie en la habitación 411. Vuelvo a ver el ascensor del hotel, ese rosa omnipresente de su pastelería con música francesa, y aquella bella fotografía de Atatürk con su hija adoptiva en el dormitorio de la 101.

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Sobre el vientre del Bósforo hay una sucesión hermosa y grave de casas, palacios, puentes y embarcaciones; dimos un paseo diurno y nocturno, porque en Estambul los días no se parecen, pero las noches tampoco, y el sol es tan atractivo como las estrellas. Junto a la fortaleza de Rumeli Hisari, con forma de “eme” árabe, del sultán Mehmet II, está el cementerio Asiyan Asri, asomado al Estrecho con esa quietud de lo transcendente. Se le conoce con el nombre de cementerio de los enamorados, y está lleno de relatos de amores imposibles. La última tarde en el puente Gálata estuve con una mujer que miraba al agua, no hablamos en ningún momento y no hizo falta, yo sabía que ella esperaba un regreso y ella supo que yo me despedía. En el aeropuerto, en una espera perfecta del avión de Turkish, Juan y yo parecíamos más pequeños, hundidos en los asientos, buceando en un mar agitado de miles de fotos y páginas de notas con mala letra. Tailandia, Camboya y ahora Turquía quedaban detrás del horizonte, treinta y cuatro días de viaje y dos lunas llenas.

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Fotos: Juan Echeverría. Texto: Belén Alvaro.

Páginas anteriores del Diario de Tailandia: La muerte de las piedrasLuces en TailandiaCiento ocho monedasEl camino azafrán de Tailandia.

Con la colaboración de Turkish Airlines (www.turkishairlines.com),  Oficina de Turismo de Turquía, Pasión Turca (www.pasionturca.net) y Oficina de Turismo de Tailandia (www.turismotailandes.com).

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