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España, un país con otro país en su interior

Existen dos Españas: una urbana y europea, y una interior y vacía, la que retrata Sergio del Molino en un ensayo elegido mejor libro de no ficción 2016. La comunicación entre ambas ha sido y es difícil; a menudo parecen países extranjeros; pero el uno no se entiende sin el otro.

22 de diciembre de 2016

Con La España vacía, Sergio del Molino ha obtenido no sólo el aplauso de muchos lectores y críticas entusiastas de escritores como Antonio Muñoz Molina y Andrés Barba, entre otros, sino que una institución tan poco sospechosa como el gremio de editores de España lo ha considerado el mejor libro de no ficción publicado en este país en 2016. Nos encontramos ante una obra, pues, que es necesario tener en cuenta.

Todo el ensayo de Sergio del Molino parte la idea de que existen dos Españas, tal y como lo enuncia claramente en un párrafo del primer capítulo: una España urbana y europea, indistinguible en todos sus rasgos de cualquier sociedad urbana europea, y una interior y despoblada, la “España vacía”. La comunicación entre ambas, escribe del Molino, ha sido y es difícil. A menudo parecen países extranjeros el uno del otro. Sin embargo, la España urbana no se entiende sin la vacía. Los fantasmas de la segunda están en las casas de la primera. A explicar las implicaciones de todo esto va a dedicar el autor las trescientas páginas de un ensayo que, sin ser el colmo de la originalidad –al fin y al cabo lo que nos cuenta son esas cosas que, como decía Bergamín, se nos olvidan de puro sabidas–, resulta ameno y estimulante. No se trata, por supuesto, de un libro de viajes, aunque se relatan algunos aquí y allá, ni es un libro de vivencias personales, aunque Sergio del Molino tampoco se priva de contarnos pasajes de su vida si viene al caso. No, La España vacía es, sobre todo, un ensayo cultural bien hilvanado en el que se mezcla la erudición al estilo más clásico con referencias constantes al cine, la literatura, la televisión, la música pop y donde conviven sin dificultad Azorín y el Tierno Galván de la Movida o el José Antonio Labordeta de Un país en la mochila con Fray Antonio de Guevara, el autor de Menosprecio de corte y alabanza de aldea.

La España vacía. Sergio del Molino.

Jacinta Lluch Valero, Flickr.

No trata de explicar Sergio del Molino en su ensayo las razones del magnetismo que a lo largo de la historia han tenido las ciudades y que en este mundo globalizado nos está llevando de manera cada vez más acelerada a un mundo vacío, en cierto modo –una de las amenazas del futuro es precisamente la existencia de unas gigantescas megaciudades rodeadas de la nada–. Aunque quizá lo que ocurrió en España durante el Gran Trauma –concepto acuñado por el autor– se pueda considerar un ensayo de lo que ahora se está poniendo en práctica a escala planetaria. El Gran Trauma, así con mayúscula, consiste en que nuestro país se urbanizó en un instante, escribe el autor. En los veinte años que van de 1950 a 1970, millones de personas procedentes de pueblos que iban quedando en muchos casos literalmente vacíos se concentraron en los alrededores de Madrid, Barcelona, Bilbao, Zaragoza. Es la rapidez con la que ocurrió todo esto lo que convierte nuestro país en una excepción. De la noche a la mañana, como quien dice, se produjo este trasvase. También existen, por supuesto, razones geográficas, históricas, sociales, económicas, etc. que ayudan a explicar por qué, a diferencia de otros países europeos, España está tan desigualmente poblada. “Hay dos cosas que llaman la atención a un español cuando se adentra por las carreteras francesas y sigue por las belgas, las alemanas, las suizas o las austriacas. Una es el paisaje… la otra, son los pueblos. Su morfología y su continuidad… son abundantes y están separados entre sí por pocos kilómetros”. La gente coincide en los mercados en los que se venden productos agrícolas locales y hay una población joven. Nada que ver con los pueblos españoles, sigue Sergio del Molino: siglos de abandono y atraso han hecho del campo de nuestro país –en concreto del país que está dentro de los límites que él considera la España vacía y que básicamente está compuesta por las dos Castillas, con excepción de Madrid, Extremadura, Aragón y la Rioja– un escenario de casas apiñadas y pequeñas. Las aldeas se pliegan sobre sí mismas en calles retorcidas en parte por el clima, para crear sombra y frescor como defensa contra un sol insoportable. En parte por la pobreza secular. “Mientras los pueblos europeos –concluye el autor– se beneficiaron de doscientos años de progreso por más que fueran interrumpidos por guerras y revoluciones constantes, la España vacía vivió sin las comodidades fundamentales hasta casi la década de 1970”.

Una vez descrita esta brecha brutal, las páginas más brillantes del ensayo son las dedicadas a analizar la mutua desconfianza, el desprecio y el temor con que se han ido mirando estas dos Españas, como si no se conocieran, como si no formaran parte la una de la otra. Es interesante también –y muy actual por otras razones, dicho sea de paso– observar cómo cambiará la percepción de todo esto con la segunda y tercera generación de inmigrantes que, a partir de los años ochenta, convertirá la vergüenza y la inseguridad de los padres en insolencia y provocación en unos casos, pero también de una nostalgia transferida que dio como fruto novelas como La lluvia amarilla de Julio Llamazares o Camino de Sirga de Jesús Moncada, así como algunas películas de José Luis Cuerda. Precisamente donde el autor se encuentra más a gusto y se nos muestra como un crítico perspicaz es en la elección de películas que reflejan el Gran Trauma –aunque menciona los grandes éxitos de Paco Martínez Soria, donde se detiene para descomponerla es en Surcos, la maravillosa y crítica película de José Antonio Nieves Conde, en la que participaron los ya para esas alturas desafectos con el régimen Eugenio Montes y Gonzalo Torrente Ballester–, las novelas –son abundantes las menciones de Tiempo de silencio, por ejemplo, pero a la que dedica muchas páginas es a El disputado voto del señor Cayo, de Delibes– y de algunos mitos y leyendas negras que a lo largo del siglo XX actuaron como una especie de advertencia, y muy en particular el mito de Las Hurdes, al que presta una atención especial. Esta región extremeña ha jugado un papel fundamental en nuestro imaginario colectivo como representación de la barbarie y lo salvaje. Un mito difundido por Europa gracias al antropólogo francés Maurice Legendre –que escribe cosas como éstas: “Frente a mí un ser pálido con la tez verdusca a causa del paludismo, cubierto con los harapos de su ancestral miseria y tan silencioso y mudo como el paisaje prehistórico que aplasta su pequeñez”– y que Buñuel con su Tierra sin pan –en la que cargó aun más las tintas ya de por sí cargadas– terminó de dar forma. Otro mito muy posterior que habla de la violencia del mundo rural es el crimen de Puerto Hurraco, y también a él dedica Sergio del Molino una reflexión que le lleva a relacionarlo con otros crímenes legendarios como el de Casas Viejas. A pesar de que no hay ninguna evidencia de que la España rural sea más violenta que la urbana –más bien al contrario–, ha habido una percepción injusta pero persistente, como si todo lo malo de España viniera de la parte vacía del país. ”Hay un sustrato que Lorca sabía identificar muy bien y rimaba en tono de tragedia griega”.

La España vacía. Sergio del Molino

Álvaro, Flickr.

En un ensayo como éste, naturalmente, no podían faltar todos los viajeros que han descrito la España vacía en diferentes momentos, empezando por nuestros románticos, y muy en particular Bécquer durante su estancia en el monasterio de Veruela, siguiendo por los krausistas Giner de los Ríos y Manuel Bartolomé Cossío, los escritores de la generación del 98 –sobre todo Azorín, a quien pinta como un precursor de los beatnik y los hippies, lo que ya es pintar, Unamuno y Machado– y muchos de la generación de la República, a través de las misiones pedagógicas –cuya influencia se encarga Sergio del Molino de relativizar–. También invoca a los viajeros extranjeros del XIX, por supuesto: Richard Ford –que escribió la primera práctica, una especie de Lonely Planet primitiva–, Víctor Hugo, Alexandre Dumas, Theofile Gautier –es muy interesante cómo analiza la manera en que el hoy olvidado poeta Enrique de Mesa tradujo el libro de este último para darle a todo un tinte aun más pintoresco–. Y como referente ineludible, El Quijote.

A lo largo del libro, Sergio del Molino matiza muchas de las afirmaciones. El éxodo rural, aunque se produce masivamente en esos veinte años –de 1950 a 1970–, tiene múltiples antecedentes. El primero, quizá, debido a la filoxera, un parásito que destruyó masivamente los viñedos y a partir de 1860 llevó a miles de familias a la ruina. O las sucesivas oleadas de emigración a América Latina. Es también interesante la seriedad con la que se dedica a desmontar otros mitos como el de las ardillas que podía cruzar la península de punta a punta sin bajarse de los árboles, que supuestamente poblaban nuestro país, un mito que perdura hasta llegar a los programas de Félix Rodríguez de la Fuente. No hubo nunca tal ardilla, nos dice. Ya Plinio el Viejo lo decía: “Los montes de las Hispanias, áridos y estériles y en los que ninguna otra cosa crece, no tienen más remedio que ser fértiles en oro”. No se sabe de dónde salieron luego tantos árboles. Son interesantes también los párrafos donde se comenta el papel que tuvo España en los poetas románticos –muchos de los cuales escribían sobre ella sin conocerla siquiera, porque era un lugar en cierto modo imaginario, hasta el punto de que un cínico Heinrich Heine le pregunta a Gautier a punto de emprender el viaje: “¿Y cómo se las a va a componer usted para hablar de España una vez que la conozca?”.

Otro tema presente en la obra es el del arribista; es decir, cómo es o no aceptada la persona que, procediendo de lo más profundo de la provincia, tiene éxito en la corte, y que ejemplifica en las figuras de Francisco Tadeo Calomarde, que a principios del siglo XIX representó junto a Godoy al trepa político, y en la del locutor radiofónico Joaquín Luque, que triunfó en Madrid a finales de los sesenta sin perder en ningún momento su aire de chico de pueblo, de Caparroso, para ser más exactos. A partir de estos dos ejemplos nos habla de los enormes cambios sociales. Si en el caso de Calomarde tuvo que fingir ser toda su vida lo que no era para, en definitiva, no ser nunca aceptado por la aristocracia, en el caso de Luque ocurre casi lo contrario, hasta el punto de que un político tan astuto como a la larga demostró ser Tierno Galván se inventó casi una biografía rural para ser aceptado por sus potenciales votantes. “Al subrayarse como mesetario no sólo conectaba con todos los mesetarios que podían votarle, sino que agitaba ante los ojos de todos dos tabúes: el de la movilidad social democrática y el del orgullo inmigrante y rural. Miradme, venía a decir, soy alcalde, vengo de la universidad, pero soy como vosotros, me vine del pueblo y en esta ciudad me hice, como os hicisteis vosotros”.

Hay todo un capítulo dedicado al movimiento neorrural que es ciertamente desolador, quizá porque no habla tanto del carácter de este país como de la naturaleza humana, y recuerda aquel refrán cruel que decía “pueblo pequeño, infierno grande”. A través del caso del asesinato de Miguel Grima (alcalde de Fago) –y aquí Sergio del Molino nos muestra su mejor vena periodística–, nos habla de todas esas personas que por voluntad propia dieron la espalda a la civilización y buscaron instalarse en pueblos casi vacíos para encontrarse a veces en medio de una pesadilla de rencores, envidias y paraísos que, sin saber cómo, habían acabado convertidos en infiernos.

Me gustaría terminar esta reseña refiriéndome a dos aspectos que creo importantes, uno desde el punto de vista político y otro desde el punto de vista poético. Hacia el final de su ensayo nos habla Sergio del Molino de Valle Inclán y Ciro Bayo y sus flirteos con el carlismo, pero a partir de aquí hace un análisis que es muy revelador de cómo surgen los nacionalismos a finales del siglo XIX. Habría que leer despacio todo el pasaje donde se habla de cómo el movimiento carlista primero y los nacionalismos después se imponen porque proporcionan dignidad y una forma de reconocimiento precisamente a toda esa España rural y vacía. “El carlismo no logró triunfar, pero no porque su proyecto fuera disparatado. Durante sus primeros setenta años fue la mayor amenaza para el estado liberal, por encima de los revolucionarios socialistas y anarquistas. En los siglos XX y XXI se ha visto cómo sociedades como Irán o Afganistán caía en manos de insurrecciones religiosas comparables al carlismo. Y, aunque no logró imponerse, su persistencia como cultura política dominante en amplias regiones de España ha dejado una huella honda y perceptible. Buena parte de la retórica de los nacionalismos vasco y catalán se hereda directamente del carlismo”.

Por último, Sergio del Molino, aunque no lo dice claramente en ningún momento, insinúa una especie de lectura psicoanalítica de nuestra historia reciente. Cita un precioso poema de Adam Zagajewski, el de Dos ciudades, en el que un abuelo y un nieto pasean juntos pero lo que ven son dos ciudades distintas, y la ciudad del abuelo sólo existe en su imaginación. Habla también de los judíos sefarditas que varios siglos después de su expulsión conservan las llaves de sus casas de Toledo o de Córdoba y concluye: “Hay llaves imaginarias en muchos salones de España. Llaves que siguen pasándose de generación en generación, como la conciencia de una fuga.  Hay un país que ya no es pero a veces parece más fuerte y más sólido que el país que es, y con el que debemos reconciliarnos. Quizá eso explique que hoy tengan tanta aceptación libros como Intemperie, de Jesús Carrasco, o se reivindique la figura de Machado por escritores jóvenes como Miguel Barrero o Elena Medel, o escritoras como Jenn Díez o Lara Moreno escriban novelas de tema rural o Pilar Argudo haga documentales como Estación de paso. Una vuelta a los orígenes que está presente en cronistas como Francesc Serés en La piel de la frontera o en poetas como Hasier Larretxea. Hay toda una generación de creadores para la que utiliza un término ilustrativo aunque cuestionable –viejóvenes–, que ha tomado conciencia de proceder de un lugar que ya no existe. La conclusión es clara: “La despoblación es difícil que se corrija, quizá sea tarde para eso; pero si algunos toman conciencia de la peculiaridad de España y escuchan los ruidos que llegan desde el yermo, tal vez seamos capaces de imaginar una convivencia que tenga en cuenta las rarezas demográficas y sentimentales de este trozo del sur de Europa. Hemos sabido romper la inercia de la crueldad y el desprecio de los siglos. Nos falta darnos cuenta y hacer algo con esa conciencia”. Con estas palabras termina Sergio del Molino su ensayo, y a nosotros nos deja la tarea de hacer algo.

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  • 13 de enero de 2017 a las 10:24

    Interesante articulo sobre un libro que seguro también lo es y de cosas que todos hemos visto y pensado cuando salimos de nuestra ciudad.
    Solo tengo que decirle al autor; Jesús Arana Palacios,que el locutor, ya fallecido, originario de Caparroso (Navarra) se llamaba: Joaquín Luqui., terminado en i. Es un apellido muy conocido allí y en otras localidades próximas y aun guarda mucha familia. Le ruego lo rectifique.

    Por Francisco Javier Perez Prim