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Eva en los mundos

Escritoras y cronistas

RICARDO MARTINEZ LLORCA

Editorial: LA LINEA DEL HORIZONTE EDICIONES
Lugar: ESPAÑA
Año: 0
Páginas: 188
Idioma: CASTELLANO
Encuadernación: Tapa blanda bolsillo

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Es tiempo de tormentas y sobre ellas han escrito, y lo hacen hoy, mujeres de un talento extraordinario para la crónica. En este mes de marzo queremos dar voz y presencia a algunas de las que más nos gustan: Svetlana Aleksiévich, Sofía Casanova, Carmen de Burgos, Joan Didion, Hayasi Fumiko, Helen Garner, Martha Gellhorn, Leila Guerriero, Janet Malcolm, Edna O'Brien, Annemarie Schwarzenbach, Marina Tsvetaieva y Rebecca West. Eva en los mundos es una colección de perfiles escritos desde la admiración, porque la pasión la ponen ellas. Pertenecen a diferentes épocas, geografías y culturas pero todas ellas comparten una mirada singular sobre la realidad y un robusto sentido de la justicia.
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Histórico noticias



Espejismos en el hotel Swakopmund

Este resort namibio está situado en el lugar que antiguamente ocupaba una imponente estación ferroviara construida por los alemanes en el desierto para la colosal tarea de dominar África. El escritor Paul Theroux  estuvo alojado en él mientras redactaba ‘El último tren a la zona verde’.

19 de julio de 2018

En Namibia uno cree a cada paso llegar al fin del mundo conocido. Lo dice su Costa de los Esqueletos, varados allí varios varios buques balleneros; su bosque petrificado de Korishas; el ancestral desierto que da nombre al país, con prolongación bosquimana en el Kalahari… Y, cuando sus dunas parecen morir inevitablemente en el mar, surge lo nunca visto: un puerto de origen teutónico descolgado en el tiempo, donde el servicio de hotel lleva cofia propia a lo fraulein prusiana.

Swakopmund fue nudo principal de comunicaciones con los alemanes en África del Suroeste, hasta que Walvis Bay dejó de ser british y le tomó el relevo bajo protectorado de Sudáfrica. Entonces su estación ferroviaria de 1901 acusó la afluencia de viajeros y se transformó en hotel, para no perder empaque. Se trata de un resthouse monumental que, a estas alturas, debería tener ya su libro de oro, pero solo recientemente ha comenzado a escribirla. Veremos si los siglos por venir le dan la razón. Recuerdo que lo visité en 1998, con la fotógrafa Teresa Ricart, cuando aún faltaban seis años para que la actriz Angelina Jolie diera a luz por aquellos lares. Namibia existe como país desde 1989. Swakopmund había sido distrito autónomo en África, desde 1896 hasta que su kaiser perdió todas las colonias con la Primera Guerra Mundial.

Hotel Swakopmund, Namibia.

El Hotel Swakopmund resulta del todo espectacular, lejos de las construcciones victorianas que los ingleses emprendieron en torno a la línea férrea El Cairo-Ciudad de El Cabo. El África de costa atlántica no ha conocido tanto protocolo bajo influencia francesa. Sin embargo, la presencia alemana allí trajo una eficacia, puntualidad y sentido del orden ajenos al paisaje habitual del Trópico de Capricornio en el continente negro. Y eso luchando contra las inclemencias del clima, que a menudo levanta las arenas del desierto con vientos racheados, antes de encontrar playa alguna. Suelos de mármol siempre brillante, mostradores pulidos, conserjes de librea abotonada pese a los calores… El viajero Paul Theroux visitó el hotel mientras redactaba su libro El último tren a la zona verde, a sabiendas de que el topónimo de Swakopmund proviene del término bosquimano “nama”, que significa “excremento abierto” y hace alusión al desbordamiento histórico del río Swakop, que por aquellas latitudes arrastró barro, helechos y cadáveres de animal hacia el océano. En semejante panorama se las vieron y desearon los colonos alemanes para construir su puerto, a iniciativa del capitán Kurt von Francois. Y eso transcribiendo el topónimo aborigen por “swachaub” y creando posteriormente la palabra “swakopmund”, que significa “boca del río Swakop”.

El tráfico de materias primas y aventureros con la metrópoli pedía de la nada una ciudad en el fin del mundo. En 1909 pasó Swakopmund de mero puerto a municipio, las compañías de exportación la poblaron, y tal espejismo en el desierto duró hasta los años veinte, que trasladaron su actividad comercial a la bahía de Walvis. No obstante, aún conservó apeadero su estación, así como la línea de tren a Windhoek, actual capital namibia. Cómo no aprovechar el esfuerzo ímprobo de cruzar con vías el desierto, bajo diseño de estación neorrenacentista a cargo de los arquitectos Karl Schmidt y Wilheim Sander. Es más, declarada monumento nacional en 1972, la estación cerró en 1993, pero no por derribo. Hibernó un año y sus ojos se abrieron con nuevo maquillaje, convertida en gran hotel. Por qué no abundar en el espejismo…

La nueva estación de la ciudad, creada a la par, cerró en 2014, cuando se demostró lo que cuesta luchar contra los imperativos de la naturaleza en los entornos silvestres. Demasiado caro su mantenimiento… Así que el hotel quedó sin vías de comunicación regulares con la civilización, aislado entre el desierto y el mar. Quedó a merced de los recuerdos, pero sin apenas recuerdos aún: a falta de un pasado grandilocuente que justificase su formidable envergadura, por más que en la vía muerta de su pedigrí ferroviario se haya excavado una piscina, su reacondicionamiento contempló hasta sala de cine y el casino que también incluye evoque Las Vegas en el desierto de Nevada.

El hotel en temporada baja ha sido hasta ahora ideal, desde luego, para el refugio de actores millonarios como Brad Pitt, cuando andaba con Angelina, en términos de paternidad responsable. De hecho, su hijo nació en Swakopmund el 7 de mayo de 2006. A la actriz y activista humanitaria, en los salones del hotel, le antecedió la presencia de las candidatas a Miss Mundo, en 1995, con Sushmita Sen, hoy top model india, coronando a la bella Chelsi Smith. Después llegaron los premios internacionales al servicio impecable del hotel, aparte de ferias cuando no de congresos. Y la ciudad resurgió en el siglo XXI con reclamos turísticos varios, entre otros el eslogan del propio hotel, que reza:  “Un hotel de lujo allí donde la costa de los esqueletos cobra vida”. Ya quisieran los mariscales alemanes del káiser haber vivido lo bastante como para visitar su resort en lugar de la imponente estación en el desierto, que les vaticinaba la no menos colosal empresa de dominar en África.

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