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  • Orientalismos

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Essaouira, puerto del viento

Essaouira, la antigua Mogador, fue un bastión portugués y hoy es uno de los lugares más bellos de Marruecos asomado a la costa atlántica. Las murallas y fortificaciones hablan de su agitado pasado y  el colorido presente se muestra en los mercados y su medina.

25 de diciembre de 2012

Todo tiembla cuando rugen los vientos alisios. Túnicas y chilabas, toldos y postigos se estremecen angustiados en esta pintoresca población que buscó siempre cobijo en sus murallas, porque la naturaleza se expresa aquí con la furia de un demente. Essaouira ha vivido hacia dentro, protegiéndose en un caracol de piedra de todo aquello que, como el viento, ha turbado la quietud de su historia. cabras-en-el-arbol-del-arganA pesar de los numerosos extranjeros que se han instalado aquí comprando algunos de los más hermosos de sus riads, carece de la artificiosidad de la tunecina Sidi Bu Said y de la pomposidad de la francesa Saint Malo, con la que se la compara a menudo. Essaouira es ella misma, que es lo mejor que se puede decir de un lugar de fuerte personalidad.  Es lo que salta a la vista cuando, a lo largo del camino desde Marrakech, el viajero ha de frotarse los ojos ante una estampa surrealista: las cabras subidas a las escuálidas ramas del árbol del argan, para hacer digestión de sus frutos, los mismos que busca la industria cosmética a precios de cosmética. Después,  las primeras horas en la ciudad confirman aquella intuición de dejarse envolver por  un lugar verdaderamente único.

El argan, que es una rareza botánica especialidad de Marruecos y de este paisaje, no es, junto con el viento, lo único que caracteriza a la antigua Mogador. Dispuso de  otras rarezas, como el pigmento de la púrpura que se sacaba de un molusco abundante en el diminuto archipiélago al sudoeste de la bahía. De esta púrpura tan codiciada que se utilizaba para colorear las ropas de los romanos ricos ya habló Plinio el Viejo y, aunque su comercio se apagó en el pasado, las islas tienen hoy otros habitantes, como los majestuosos halcones Eleanora que veranean aquí de abril a octubre entre las ruinas de la prisión antes de levantar vuelo a su casa, en Madagascar.

una-vista-de-essaouira

Olivier Bonnet

Los romanos no fueron los primeros, porque antes ya se instalaron en su costa fenicios y cartagineses, hasta que en el siglo XV la ocupan los portugueses, responsables de esa pátina de inconfundible melancolía que dejaron en sus antiguas colonias. Hoy la ciudad vieja todavía se protege en el armazón de sus murallas y fortificaciones. La grisura de la piedra se alivia con el blanco inmaculado de sus riads, la casa árabe de patio central interior, alegremente manchado por el  azul cielo de sus vanos y postigos y el amarillo ocre de columnas y efectos decorativos. Es evidente que la ciudad vivió una profunda transformación en el siglo XVIII cuando el sultán alauita Sidi Mohamed Abdallah contrató a un arquitecto francés,  Théodore Conut, que se hallaba en prisión, para adecuar la ciudad al intenso comercio que desembocaba en este puerto y que llegaba desde el corazón del Sahel en Tombuctú. Fue en ese momento cuando se trazó el actual urbanismo y se levantaron edificios para nobles y comerciantes que hoy compran y restauran los nuevos residentes extranjeros en la ciudad.postal-antigua-de-essaouira

Hay también una buena muestra de arquitectura funcional y modernista que se puede ver en las casas de los alrededores del  Hotel des Iles, en la avenida Mohamed V, algunas de ellas diseñadas por Antoine Marchisio, el arquitecto de La Mamounia en Marrakech. Este bulevar, que corre paralelo al mar, está hoy plagado de cafés y terrazas (Le Chalet, Le Café de la Plague, La Petite Argue) donde dejar pasar las horas contemplando el mar, espectáculo de sesión continua.

En Essaouira los estratos de su historia cambiante son como láminas de hojaldre superpuestas que explican su ambiente cosmopolita.  Sir Francis Drake, el pirata, se detuvo en 1577 en sus orillas sobrecogido quizás por esas ceremonias del ocaso que tienen lugar a la puesta del sol en su bullicioso puerto, el mismo que siglos después utiliza Orson Welles en algunas escenas de Otelo, la película que fue aclamada en el festival de Cannes de 1952 y que tiene su particular museo en el bar del Hotel des Iles, con sus escenas y fotos del rodaje.cartel-de-otello-de-orson-welles-filmada-en-essaouira

Otros visitantes fueron más silenciosos, como el padre Foucauld, que estuvo de paso en 1884, según recuerda la pequeña placa en el muro del antiguo consulado de Francia desde donde despachaba los asuntos oficiales el escritor y diplomático francés Paul Claudel. Claudel fue cónsul en este destino agraciado, como lo fue años antes nuestro viajero Adolfo Rivadeneyra (De Ceylán a Damasco. Laertes), que también desempeñó misiones diplomáticas en Beirut, Jerusalen y Singapur.

el-diplomatico-y-viajero-adolfo-rivadeneyra Aunque son muchos los escritores que pasaron por esta ciudad atlántica, dejó mucha más huella la invasión musical. No es de extrañar, pues en Essaouira la música llena el aire en las plazas y callejuelas de la medina. Es la ciudad de la música Gnaua, una palabra que deriva de Guinea y que recuerda sus orígenes negros, llegados hasta aquí en el alma de la esclavitud subsahariana. La música Gnaua, con sus sones repetitivos y su enloquecedora percusión, con los rituales espirituales de sus cofradías, está particularmente presente en la vida de la ciudad, que celebra todos los veranos un animadísimo festival internacional de músicas religiosas.  Todo ello explica en parte el interés de la generación Beat que llegó hasta aquí en los años sesenta y que todavía es responsable de esa impronta hippy que contamina algunos de sus habitantes foráneos, junto con tiendas de artesanía y galerías de arte. Todavía sigue siendo un destino  alternativo aunque el recuerdo de los padres  Jimi Hendrix, Cat Stevens, Frank Zappa y Leonard Cohen se mantiene aún fresco.  cafe-hendrixHendrix dedicó su canción Castles in the Sand a las ruinas de antiguos esplendores del pueblecito cercano de Diabat donde vivió cinco años.

Además de la pasión musical está la del arte. También desde los sesenta muchos artistas llegaron aquí para instalarse en un lugar donde parece fácil relacionarse productivamente con la inspiración. Aunque hay muestras de todas las tendencias del  arte contemporáneo, existe una escuela local de arte naïf muy colorista y, también, para los que buscan artesanía tradicional, es muy importante la manufactura de la raíz de Tuya, un árbol frecuente en la región. Hay todo un zoco de artesanos que trabajan variedades insólitas de objetos realmente bonitos, pero muy peligrosos cuando, una vez aquí, y debido a la diferencia de temperaturas y humedad, acaban en un atrabiliario caos de piezas sueltas.

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Adrian Measures

Observar la amalgama de sus habitantes es una de las ocupaciones más placenteras que le aguardan al visitante, y para ello la ciudad ofrece abundantes puntos de observación. Las mesas del Café de  France y sus interiores de madera en la plaza Moulay Hassan es el lugar de reunión por excelencia, aunque la competencia es dura con el resto de establecimientos que ocupan la plaza y sus alrededores: la pastelería Chez Driss, L’Opera, Aftasse, Milk Bar, Marrakech, Essalam o Bab Laachour... Por otra parte, el puerto, con su incesante ir y venir de sus pesqueros, y su astillero , donde se arman los barcos con madera de teca y eucalipto, es un hervidero de actividad y lugar idóneo para darse el lujo de comer unas sardinas o unas gambas a la brasa, que se eligen y preparan ahí mismo en pequeños puestos de comida. Todo cambia los viernes y los sábados, cuando una oleada de gente joven llega hasta aquí desde Casablanca para airearse, lucir ropas de marca y actitudes más desenfadadas que los sourís observan de reojo, pues a los extranjeros, por muy neohippys que sean, ya están acostumbrados, pero estos chicos y chicas que son la revelación de algunos cambios que se vislumbran para el futuro, ya son harina de otro costal.

 

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