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Fantasmas de la orgía y el luto en el Chelsea Hotel

El Chelsea Hotel, catalogado como patrimonio cultural antes que ningún otro edificio de Manhattan, alojó en sus mejores tiempos a escritores como Mark Twain, Sartre, Kerouac o Tennessee Williams, además de multitud de estrellas de cine.

12 de enero de 2015

De las muchas películas que han rendido homenaje al Chelsea Hotel, muchas sin duda, las mejores secuencias son aquellas que nunca pudieron filmarse; es decir, las que sirvieron como andamiaje a la fama que la posada neoyorkina ganó, a partir de la delirante estancia del poeta Dylan Thomas, que allí murió en noviembre de 1953. Su aura la convirtió en lugar de peregrinaje para celebridades de toda catadura. Las andanzas de beatniks, existencialistas, cineastas visionarios y hipters han corrido de boca en boca desde hace medio siglo, allí, hasta adquirir tintes épicos y no precisamente con anécdotas exageradas por el correveidile. ¿Puede considerarse casualidad que, aparte de Dylan Thomas, tantos iconos de la cultura y la industria del entretenimiento encontrasen fin a su vida en el hotel? La lista es larga.

Durante los pasados años sesenta el Chelsea tenía habitaciones para todos los bolsillos, razón de que Leonard Cohen escribiera allí su famosa canción de título homónimo, en 1974, aludiendo a un supuesto affaire con la cantante Janis Joplin. Por entonces, con su escalera de forja, no era el hotel antañón y destartalado que viene a ser ahora; bastantes más caras sus habitaciones, por cierto, teniendo en cuenta que en la puerta se dejan leer nombres de celebridades pop, como si al llamar a ellas cualquier divo fuera abrirla. Y es que la filmografía que consagró el lugar, ya digo, insiste una y otra vez en exhumar fantasmas. El actor y cantante country Kris Kristoferson se prestó en el 2001 a protagonizar la película Chelsea Walls, dando vida a uno de sus huéspedes, alcoholizado él, en el entorno de los bohemios que buscaban no sólo inspiración al alojarse allí, sino también las bendiciones de los gurús que frecuentaron sus muros. Ya estaba Kristoferson trece años atrás en el ocaso profesional y su rostro cuarteado parecía sugerir, en primer plano, nueva chance para el hotel, como geriátrico y retiro de viejas glorias.

Jorge Valdés-Iga dirigía ocho años más tarde su cinta Chelsea Hotel, bajo el dudoso argumento de la pareja de japoneses que lo frecuenta en luna de miel, atraída, cómo no, por el pedigrí del sitio. Hablamos de un film que también termina mal, tanto por exigencias del guion como por los avatares de su plató, dando la razón a quienes desechan las idealizaciones y ponen el dedo en la llaga del Chelsea, como mentidero relacionado con los excesos de la droga y el bourbon. Prueba de ello fue igualmente el rodaje de Sid y Nancy, hacia 1986, apuntando que la estrella punky Sid Vicious bien pudo apuñalar a su novia, el 12 de octubre de 1978, en su alcoba 100. Nueve semanas y media lo ocupó con el romance de Mickey Rourke con Kim Basinger, el mismo año, en otro tan vertiginoso como inolvidable largometraje. Y luego el hotel indujo otros títulos al celuloide, como la psicopática Rest Stop for the Rare Individual (2006), hasta que Abel Ferrara introdujo el documental en su hall, con Chelsea on the rocks (2008), entrevistando a Denis Hopper entre sus actores residentes, lo mismo que a moovie-stars recién llegadas, como Robert Crumb y a Ethan Hawke.

Chelsea Hotel, New York.

Thenails, Flickr.

Sin duda fue la llamada “década prodigiosa” aquella que mayor dimensión de holograma inyectó en el Chelsea Hotel, a partir de la dirección cinematográfica de Andy Warhol en Chelsea girls, escenografía que consagró la belleza coul de Nico. Veinte años después Almodóvar daría la patente a sus propias chicas en Pepi, Luci y Bon, emulando al icono albino. Llegado ese momento, Jeferson Airplane, la propia Nico, Ryan Adams y Bill Morrisey habían grabado ya las grandes canciones referidas al lugar, ‘The week in the Chelsea’, ‘Chelsea Girl’, ‘Chelsea Hotel Nigths’ y ‘Twenty-third street’, respectivamente. Incluso Sir Arthur C. Clarque tenía escrita entre las paredes del Chelsea su ‘Odisea espacial 2001’, haciéndose visitar por Stanley Kubrik y catapultando las miras avant-garde de New York.

No pudo ser más elocuente el director de Chelsea Hotel, tirando de japoneses mitómanos, cámara en mano, frente al relumbrón del albergue. El Chelsea, en cualquier caso, se ha facturado un buen párrafo de la épica contemporánea en la Gran Manzana, negro sobre blanco, a medida que la megalópolis se elevaba, el hollín devoraba el ladrillo visto de sus casonas a la holandesa y sus escaleras de incendios exteriores se volvían simplemente pintorescas. Inaugurado el inmueble del Chelsea Hotel en 1884, como cooperativa de apartamentos, hasta 1902 fue el edificio más alto de New York, en mitad de su distrito con posterior sabor Broadway: entre la Séptima y la Octava Avenida, número 222 Oeste de la calle 23. No nació propiamente la finca como hotel hasta el año 1905. Pero, al poco, tampoco paró de alojar generaciones de escritores, con Mark Twain a la cabeza, incluyendo a existencialistas parisinos como Jean Paul Sartre. Jack Kerouac, Gregory Corso, Allen Ginsberg, Charles Bukowsky y William Burroughs le dieron caché con la beat generation por bandera. De Gore Vidal a Tom Wolfe se estiró el perfil de novelista que lo saludó. Hablamos también de escritores con oficio de guionista o dramaturgo, como Tennessee Williams y Arthur Miller, que a su vez daban vida a los más variados personajes literarios, encarnados en actores como las decimonónicas Lillie Langtry y Gaby Hoffmann, Elliot Gould, Milos Forman y Jane Fonda. El Chelsea Hotel también vio llegar a filmmakers independientes como Shirley Clarke, cómicos de rictus surrealista como Mitch Hedberg y actrices consagradas por películas totémicas como Pulp Fiction, caso de Uma Thurman.

Ya se sabe la prisa que siempre tuvieron los americanos en acumular anales frente a Europa, siquiera dándole a la manivela de la fábrica de sueños Hollywood. Así que, aunque catalogado como patrimonio cultural e histórico antes que ningún otro edificio de Manhattan, el Chelsea Hotel ha sido devorado visualmente por su entorno de hormigón, neones y metacrilato. Será por eso que, desde el 1 de agosto de 2011, decidió no aceptar nuevas reservas de habitación. Tiene bastante con las largas estancias que prometen sus huéspedes. No en vano, después de haber vivido treinta y cinco años en una de sus alcobas, a los 112 murió el pintor Alphaelus Cole, considerado en 1988 el hombre más anciano del mundo. El musicólogo Harry Smith también falleció en el Chelsea, concretamente en la habitación 328. Antes, en 1964, el modisto Charles James había sucumbido a la neumonía como Dylan Thomas, al otro lado de sus tabiques. Y se había suicidado otro príncipe Carlos de las artes, en 1968, Charles R. Jackson, autor del libro The lost weekend. Casi nada…

Roqueros de vida en el filo, sin embargo, caso de Dee Dee Ramone y Patti Smith tuvieron el pulso de escribir sobre el hotel no sólo canciones, sino hasta novelas. ‘Chelsea Horror Hotel’ el líder de los Ramones. ‘Eramos unos niños’, Patti Smith. Por lo demás, también Madonna se permitió una fotonovela sobre las fiestas locas del Chelsea Hotel en su escandaloso libro Sex, hace trece años, rescatando, frente a cualquier luto, el espíritu orgiástico con que la filmografía Warhol había teñido el qué dirán del hotel. No en vano, se conserva como museo viviente, merced a las acuarelas, collages y acrílicos que dejaron en sus corredores el fotógrafo Henry Cartier-Bresson y el performer Christo, pero también Larry Rivers, Jasper Johns y hasta el muralista Diego Rivera. Incluso la esquiva Frida Kahlo quiso y pudo dejar en él su santo y seña, la década de los años treinta que la vio residir en Nueva York.

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