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Favelas en la Sierra de Segura

La Sierra de Segura forma parte de un Parque Natural, pero ello no ha impedido que cortiijos en ruina se restauren sin orden ni concierto y surjan construcciones clandestinas (pero bien visibles) que afean olivares y aldeas. Muchas cortijadas ya no son blancas sino color gris uralita y rojizo ladrillo sin enlucir.

18 de marzo de 2019

El paisaje de la Sierra de Segura, en la parte oriental de la provincia de Jaén, es de una belleza singular, inusitada. Las tierras altas, pobladas de pinares en su mayor parte (sobre esto volveré), las bajas, con valles de antiguas huertas, choperas y las faldas de muchos montes por donde trepan olivares grises que contrastan con oscuros pinares. Y farallones y picachos de roca caliza como guardianes dorados, vigilantes, incólumes.

El paisaje de estas sierras ha sido transformado por el hombre desde hace siglos. La Reconquista, allá por el siglo XIII, tras la batalla de las Navas de Tolosa, fue encomendada a la Orden de Santiago. Después, los montes fueron administrados por la Marina, pues eran útiles para la construcción naval.

Las dos desamortizaciones, la de Mendizábal y la de Madoz, fueron un desastre, pues entregaron los bienes eclesiásticos y los montes de propios a nuevos propietarios depredadores que talaron sin repoblar, que ocuparon la sierra (y las sierras) para convertir pinares en desiertos, como en los altos de Santiago de la Espada y Pontones, sobre todo, aun llamados, paradójica y tristemente, Pinar Negro.

De aquel pasado subsiste una toponimia evocadora, rica, como Encomienda, El Patronato, varias Capellanías… Pero en las zonas más bajas, esa misma desamortización hizo que se aprovechasen lomas, oteros y las faldas de los montes para plantar olivos, crear huertas y extensiones de cereal, aunque hoy día todo desaparece a favor del monocultivo olivarero, perdiéndose mucha de la biodiversidad que daba vida al paisaje, a otoños y primaveras más coloreados.

Comarca del Segura. Andalucía.

La sierra, en los últimos años, y a pesar de la despoblación, ha mejorado en servicios públicos, en sanidad, las bibliotecas municipales organizan actividades teatrales y de lectura, y se celebra cada primavera un festival musical de importancia, Música en Segura. No es extraño que hayan sido las mujeres las más dinámicas y más avanzadas para impulsar actividades culturales, para fomentar la creatividad.

La seguridad es aceptable, pues la gente es pacífica, pero queda en manos de menos de viente guardias civiles para trece pueblos y sus alfoces. La racanería del Estado en cuanto a la dotación de cuarteles y de guardias es proverbial desde hace años, todos los partidos políticos confundidos.

También ha mejorado mucho la prevención de incendios –aunque no sabemos cuánto cuesta–, la Agencia Andaluza de Medio Ambiente protege más las encinas y la flora autóctona, habiendo descartado ya el todo pinar que heredamos del Patrimonio Forestal del Estado y del extinto ICONA, de funesto recuerdo.

Con la emigración masiva de los años cincuenta y sesenta y una sangría de jóvenes que aún dura, las aldeas y cortijadas se han ido abandonando, pues los viejos se van a los pueblos con más servicios, más asistidos. Hoy se ven por doquier cortijos en ruina, muros de piedra, aunque algunos se reconstruyen por los descendientes de aquellos emigrantes que vuelven por vacaciones de Cataluña, de Baleares o Valencia.

Pero muchas de estas aldeas son restauradas sin orden ni concierto, proliferan las naves o cocheras construidas con bloques y techos de uralita, sin enlucir ni enjalbegar, se van añadiendo elementos y pisos a las viejas casas con ladrillos, de cualquier manera y con nulo gusto. Por los olivares abundan esas construcciones de desfortuna, con la uralita sujeta por piedras, con viejos muebles, aperos y herramientas tirados alrededor.

Los alcaldes no hacen nada por evitarlo ni obligan a enlucir las fachadas o blanquear. El resultado son cortijadas que más parecen favelas –esas poblaciones de chabolas en los morros de Río de Janeiro– que aldeas serranas y algunos pueblos donde todo la construcción moderna y reciente es irrecuperablemente fea.

A ello se une el envejecimiento de la población, que ha hecho que se abandonen las viejas huertas y hortales donde aún subsisten majestuosos árboles rodeados de broza y zarzales: viejos caquis, cerezos, manzanos, perales cermeños, melocotoneros, nogueras, membrillos y granados, todos abandonados a su suerte. Si no son totalmente abandonados, los hortales son plantados del monocultivo habitual: más olivas. La variedad botánica se pierde, los olivares se hacen regadío, con el complemento inevitable de los agrotóxicos usados al buen tuntún para no rozar civantos, acequias ni lindes, que son sometidas a los herbicidas. Lo que conlleva la desaparición de toda aquella fauna de anfibios y reptiles que encantaban nuestra infancia, galápagos, escuerzos, tritones, salamandras (aquí llamadas tiros), eslizones (escuerabueyes), culebras, lagartos verdes, la de mariposas, luciérnagas y libélulas y, mucho más grave, la extinción masiva de las abejas, cuando antes muchos montes albergaban sus pequeñas colmenas y los mieleros eran oficios que abundaban.

La paradoja está en que esta comarca forma parte desde 1986 del Parque Natural de Segura, Cazorla y Las Villas. Si la declaración de espacio protegido nos ha librado de urbanizaciones, no ha impedido la favelización de las aldeas y cortijos. Mientras una administración tiquismiquis vigila por todas partes, hace sin embargo la vista gorda ante las construcciones clandestinas (pero bien visibles), que afean olivares y aldeas. Muchas cortijadas ya no son blancas sino color gris (de bloques y uralita) y rojizas, de ladrillos sin enlucir.

Y dirá el lector y el viajero que por allí se aventure: ¿quién es responsable? Los primeros, los propietarios que no son precisamente pobres pero escatiman y no acaban sus casas y almacenes; segundo, los ayuntamientos, atenazados por los intereses creados y pasivos ante el hecho consumado; tercero, el Patronato del Parque, que carece de herramientas jurídicas para hacer cumplir la ley e incluso para poder ejecutar las sentencias o resoluciones de demolición, cuando las ha habido.

Si en la sierra de Segura se respetase una estética, hubiera unos criterios de edificación, estas tierras podrían ser, si no una Provenza o una Toscana, porque prácticamente no hay hoteles de calidad ni restaurantes (algunos hay, con comida segureña), pero sí en cuanto al paisaje que es, entiendo yo, más agreste y de más belleza que esas dos regiones europeas citadas.

Además, estamos limitados por la peor carretera de toda España, la N-322, que lleva más de veinte años en obras y es un auténtico cuello de botella. A la sierra solo se puede llegar en vehículo privado, pues el servicio de autobuses es lamentable, si se puede llamar servicio. Por ejemplo, los trescientos kilómetros que dista de Madrid, en autobús cuestan seis penosas horas, con parada y cambio de vehículo en la horrenda estación de Valdepeñas, indigna de un país europeo.

Esta comarca ha sido desde siempre un mero cazadero de votos, carne de votación, muy olvidada a pesar de la fanfarria propagandística de la Junta de Andalucía, del oro verde que designa eufemísticamente al aceite de oliva, a menudo vendido a los italianos para que ellos lo comercialicen. Sigue perdiendo juventud y contrasta con otras zonas de Andalucía más estimadas y cuidadas tanto por sus propios habitantes como por los políticos y los administradores públicos.

El lector que quiera saber algo más de la historia de estas sierras puede acudir a algunos libros de difícil hallazgo, como la Guía botánico-ecológica, de Valle Tendero y otros autores (Ediciones Rueda, 1989), Las plantas leñosas del macizo Cazorla-Segura, de Pascual Luque y Rufino y José Miguel Nieto (Cazorla, 1987), o La destrucción de los montes –de Segura–, claves histórico-jurídicas, del gran estudioso que ha sido Emilio de la Cruz Aguilar (Universidad Complutense, 1994).

despoblación, Mundo rural, parques naturales, Sierra de Segura, viaje a andalucía

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Comentarios sobre  Favelas en la Sierra de Segura

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  • 19 de marzo de 2019 a las 11:34

    Era imprescindible una denuncia así, llamando al pan pan y al vino vino, con todas las letras y sin escatimar críticas a quien las merece.

    Por Cristina Ruiz Baudrihaye
  • 24 de marzo de 2019 a las 23:17

    Una visión real de un problema al que no ha interesado encontrar solución, bien por dejadez o por intereses particulares o partidistas. Aún así, el paisaje, la gastronomía, y las gentes merecen la pena.

    Por Esteban